Cincuenta años después de Sylvia

A cincuenta años de la muerte de Sylvia Rexach (1922-1961) me sorprende la celebración de la efeméride porque siempre, de alguna forma, su canción lleva en mi corazón matiz de amor. Basta con unos acordes para que rememore su “cabaret” en la Ponce de León, cerca de la calle Mayagüez, recuerde las Damiselas, y me imagine a Tuti Umpierre, con su forma especial y única de acompañar aquella voz lánguida y temblorosa, cansada de humo y de alcohol, decir: “Subconsciente de amor”. Acto seguido, unos acordes, una sorpresa de la melodía que es preámbulo al único bolero verdaderamente psicoanalítico que jamás se ha compuesto: “Mi subconsciente amor, turbación de mi mente, ahora es que yo sé, lo difícil que es, despojarse de emociones inconscientes...”

En ese viaje cerebral e íntimo vamos viendo el desenvolvimiento poético de una compositora que estaba más allá de su época, más allá de la visión que se tenía del bolero, ese género que puede ser hermoso de palabra y melodía, en su mejor forma, o de horrible confección en cualquiera de sus partes. O en ambas. Al final de esa canción difícil, de melodía compleja, de letra ambigua —perfecta y pionera—, el triunfo del momento es también decepción: “¿Por qué al resucitar te has convertido en un amor consciente?” Un final sorpresivo en un género en el que abunda lo obvio: genial. 

Esa voz que a la vez se sorprende y se desilusiona con amores que creyó olvidados, vivía atrapada en ese combate perenne que es el amor. Vívidamente se proponía definirlo: “Es vibración que en el alma comienza, que se siente tanto que ya ni se piensa...” Presa del amor por su hermano muerto, pero pensando, compuso una elegía que se inserta fácilmente entre las de Jorge Manrique y Federico García Lorca, y que se ha convertido en un lamento —ya el jíbaro tenía el suyo— de la clase media, del bohemio y los desamparados del amor, para quienes el amor es el amor terrenal, y cuando “de noche mi corazón te nombra” no importa que la imagen esté “vagando entre las sombras” porque se ha convertido en la imagen de la amada o el amado.

Ese corazón deshecho que se ahogaba en la “inmensidad de un llanto” creó un imaginario del que espero nunca escapemos. Según pase una “triste caravana de recuerdos” por nuestra mente esos recuerdos se afianzan en la memoria colectiva de todos los que regresan al pasado en busca de un aliciente nostálgico e inmarcesible. Sylvia siempre nos transporta a ese lugar en la memoria que se reserva para cosas especiales y permanentes, que nos devuelven a lugares que han perdido su romance, para nuestro pesar.

¿Quién piensa aún en la luna sobre el Condado? Para muchos, ya el hombre estuvo allí (me refiero a la luna) y allí también (me refiero al Condado), y desde entonces nada es igual. Tal parece que ha desaparecido tanto la luna como el Condado. Hasta que escuchamos esa pregunta evocativa y expectante: “¿Qué espera de mí la luna sobre el Condado?”.

Varias generaciones rápidamente recordarán los bailes en el Escambrón y el Hotel Condado, los paseos cerca del Fortín San Jerónimo, el coger fresco en el Puente dos Hermanos, el Jack’s Club y el Hotel Flamboyán, el Vodoo Room en el Normandie. Otras más recientes, tal vez el bar del lobby del Condado Plaza, y las discotecas. Pero a pesar de que la luna del Condado ya es otra cosa, aún es testigo de besos inmensos para el pesar de muchos. De todos modos, Sylvia siempre la rescata para que la volvamos a admirar y para que no nos incite a hablar. Ese efecto de rescate del pasado que Sylvia ejerce sobre mí, no lo percibo con ninguno de nuestros otros grandes compositores de boleros. 

Me he preguntado a qué se debe ese efecto de sus canciones. ¿Será porque su dolor emerge en las melodías o porque se ha grabado en nuestra psiquis a través de sus poemas?  ¿Qué sortilegio representa ser capitán de una nave sin rumbo? ¿Qué mágia tiene ser la arena que envidia otras arenas? O, que nuestra luna nos esté mirando por entre las palmas. Esa humanización de símbolos que nos rodean no es tan común en otros compositores puertorriqueños que son más conocidos que Sylvia.

¿Será precisamente por eso que a veces se olvidan de ella? ¿Era demasiado cerebral nuestra compositora? Rápidamente contesto mi propia pregunta. No puede ser; la han cantado Lucho Gatica, Marco Antonio Muñiz, Juan Luis Barry y, me quito el sombrero colectivo, Gilberto Monroig. Y cuando me estoy desesperando, sufriendo por que la vayan a olvidar, se fragua una bohemia en su memoria, o llega Miguel Zenón y me rescata de mi pánico y me confirma que Sylvia vive y seguirá viviendo.

 

Para mí no es un misterio que las melodías de Sylvia sean propicias para ser interpretadas en saxo, pues era uno de los instrumentos que tocaba la compositora. Eso, además, tal vez explica porqué su registro de voz es idóneo para cantar sus canciones.

Hay mejores cantantes, con más voz, más fama. Pero nadie canta a Sylvia como Sylvia, que es a veces como un saxofón barítono que nos habla al oído como si estuviera ahí con nosotros, cantando con nuestros corazones en su mano, como si la luna aún tuviera un llanto de estrellas y en las noches más bellas llorara más. ¡Sylvia vive! 

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