Crónica sucia: basura (Nick Quijano), literatura, religión, música

Piss Christ (1989)
-Andrés Serrano

Una suela de zapato, si uno escudriña, se da cuenta que es un testimonio;
es una vida… una novela. Un testimonio total.
-Nick Quijano

No hay nadie: sólo las moscas y yo.
No hay nadie: sólo las moscas y él. Sólo el mundo y la basura.
-Yván Silén

Museo de las Américas. Cuando finalmente entré a la exposición antológica de Nick Quijano, en El Cuartel de Ballajá del Viejo San Juan, meses después de la apertura en diciembre, basculé (¿efecto sarduyano?). Como si estuviera metido en un poema patas arriba de Pedro Pietri, el arte que tenía en frente se reía seriamente de la (sin)razón instrumental. Sensación de extrañeza y alteridad. Proximidad y distancia. Frente a un mundo al revés (lo sabe Galeano), la basura, cada vez más ominosa en el tardocapitalismo isleño, se transformaba en arte. Plástico convertido en “arquefacto.” Olor a antropología poética.

Antes de entrar a la exposición, había leído notas periodísticas, visto piezas en internet y escuchado comentarios en Radio Isla. La propuesta de “Basura” (2012), decían todos, daba certeramente en el blanco. Por eso, al entrar, sabía a qué atenerme. Aún así, por la magnitud y variedad de la exhibición (instalaciones, esculturas, fotografías, video, textos), el encuentro fue uno de vértigo: ¿densidad de un proceso artístico marcado en décadas?

Sin duda, la presencia de Adán, hombre hecho de suelas de zapatos sobre madera —pieza que conocía desde hacía tiempo—, ayudó a salir de la bruma y el asombro, invitando como invita este primer hombre a los regresos “existenciarios” (Silén): “caminante no hay camino, se hace camino al andar.” Cuerpo hecho de suelas tiradas al mar (donde caminan los marullos de Clara Lair). El eco de Antonio Machado era claro en este primer caminante, Adán, hecho con el recorrido anónimo de otros zapatos (vidas pasajeras), en una sociedad del derroche y la desmemoria. Por supuesto, Adán verbalizaba la resistencia de Machado: “son tus huellas el camino, y nada más.”

Adán: comienzo de una antropoética. Recuperación de una antillanía errante, incierta, náufraga, que termina como basura en las orillas del Viejo San Juan, donde la recoge Quijano para refundarla (tras una resurrección pagana).

Seducido por los arquefactos que poblaban una geografía importante de la exhibición —zona de una nueva intersubjetividad—, hubo ocasiones en que me sentí, imantado por la resignificación gravitacional, letra de una canción vieja: “piedra rodando sobre sí misma.” En otros momentos, como al pasar por debajo de las nubes de plástico, parecía que atravesaba el tema de Ray Barreto, “Acid” (1968), ahora como lluvia contemporánea (polución ácida).

Pero sobre todo, se fue haciendo claro que tanto como la imantación hacia los arquefactos, me halaba la pulsión lingüística de “Basura” —¿un “testimonio,” una “novela”?—; tirón que, de una manera interesante, reclamaba un protagonismo dramático, como en el caso de esta ecuación, emblemática de la exposición: “Vida-Basura-Muerte-Basura-Vida: Lo crucial es ¿desde qué paradigma se percibe y ejecuta este ciclo?”

La tensión del lenguaje se sentía sinestésica. ¿Olía a poder el plástico de las nubes? En silencio, los arquefactos hablaban entre sí. De repente, la cara neobarroca de Ama de llaves, ¿diosa o mujer?, me hizo saltar del susto lingüístico. “Ama de llaves” hecha de llaves. Desde el fondo negro de la madera, el rostro tautológico de una mujer-diosa-ama hecho de llaves, con aureola de divinidad pagana (como los nimbos blancos en la pintura de Arnaldo Roche Rabell), me interpeló. Rostro que, para algunos, marcaba el camino hacia otras amas, como Yemayá y Oshún. Cámara de ecos. Ama de llaves (¡sin cerraduras!): ¿suma o resta? ¿Intento gráfico de destruir —¡literariamente!— la metáfora?

Más bien, Ama de llaves fue el prefacio a una sorpresa mayor, a punto de acontecer como la más literaria de las paradojas (otro salto raro a la literalidad): Un hombre de letras. Cara de un escritor hecho de letras, también sobre madera negra. ¿Pasión tautológica o guerrilla poética contra la metáfora? ¿Paranoia o desenfoque? (proximidad con el mundo out of focus de la cámara de Adal Maldonado: ¡Pietri borroso!).

Un hombre de letras (i). Otra vez, el juego con la metáfora provoca al ojo literario. “Estro” (Silén). La mirada se sabe sumergida en un universo poético. Por eso, el disparo de literalidad, Un hombre de letras, se siente como un flechazo zen en vez de como una irrupción protestante. ¿No es la metáfora tachada sinónimo de poesía? Experiencia porosa y resbaladiza. De Ama de llaves (hecha de llaves) a Un hombre de letras (hecho de letras), la torsión lingüística se poetiza en un sentido presuntamente minimalista. Puesta en escena de una economía feroz: un escritor hecho de su propia literalidad. ¿Lenguaje que celebra su mismidad como si fuera una metáfora? ¿Propuesta al final neobarroca?

Aporía feliz; disloque de la economía tautológica. Fruición. Entre Ama de llaves y Un hombre de letras sobra el artículo: “un” hombre. Pero este, paradojalmente, no está de más. Porque de lo que se trata, es de politizar la literalidad y de establecer una complicidad de género, desde la cual, por un lado, la evocación de la pintura (Ama de llaves) se ríe solidariamente de la literatura (Un hombre de letras).

Complicidad de género desde la que, por otro lado, el ama resulta más soberana que el escritor, por lo cual, dueña de su imagen, ella no necesita artículo (“un” ama de llaves). Artículo que, por su parte, Un hombre de letras requiere, sobre todo para encuadrar al escritor en una categoría borgesca: la de los escritores que se hacen con letras. ¿Cara que no dice nada con sus palabras, excepto la tautología que la enmarca?: un hombre de letras.

El juego con la literalidad gravita hacia Borges, quien, como hombre de letras, se alejó temprano del ultraísmo, bastión de la metáfora: cara de lo neobarroco. Por esa imantación, el Borges de “El Evangelio según San Marcos” (1970) resonaba, fuera de foco, entre los arquefactos más literarios. ¿Se empezaba a transformar el plástico en relectura? ¿La basura en reescritura? ¿El individualismo posesivo —Salsa, sabor y control (1998)— en intersubjetividad transcreadora?

Un hombre de letras (ii). Cambio de piel. La imagen de Un hombre de letras empieza a mutar de sentido. Como consecuencia, yo también me transformo. Del fondo negro de la madera que fija el rostro letrado, se escucha otra voz, esta vez con sabor a mirra silenista. Tono filosófico: ¿”piensa la poesía”? Efecto borgesco (se oye a Néstor Barreto hablar del menardismo). Sin cambiar una sola letra de la cara, porque lo que cambia es el contexto (Georgie), el hombre de letras empieza a decir algo diferente a la tautología feroz que lo enmarca: un hombre de letras.

Olor a metáfora. Convertido en rostro de la literatura, el hombre de letras empieza a hablar sobre la basura literaria. ¿O es la basura en la literatura? ¿La mala literatura? ¿Su corporatización? Emplazamiento; cambio de foco. Los arquefactos miran atentos. Reclaman. Las letras que conforman al personaje literario, imantándose progresivamente entre sí, se reagrupan, alterándole el rostro al letrado de mierda (hecho de letras encontradas en la basura).

Como metáfora, de la cara con magnetismo retórico irradia ahora el rostro de la alteridad (¿la metafísica de Enrique Dussel que desvela al otro encubierto por el poder de la primera modernidad?).

Metaforización; ocaso de la literalidad. Acaso, fin del minimalismo tautológico. En medio de la proliferación simbólica que se desata, el hombre de letras se pone a hablar pestes de la literatura que no dice nada, vaciada por el consumismo que lo convierte todo en basura. Transformación y transmigración. Regreso fugaz del neobarroco excrementicio, cuya verba, desde Quevedo, transmuta la mierda en oro. Exceso, proliferación, condensación: Un hombre de letras pierde el artículo (destete).

Religar. El letrado se caga en los dioses del plástico (la kakocracia de Francisco José Ramos). Desde las palabras que limpia con su propia mierda, se hace cómplice de la fotografía de Andrés Serrano, Piss Christ (1989): imagen amarilla de un Cristo hermoso, sumergido en la naturaleza (el orín) de un cuerpo que se valora como lo que es. A saber, una biología en estallido poético y político. Respeto, jamás blasfemia. Porque la basura del cuerpo, frente a la industrial, es oro, dice el hombre de letras, biocéntrico, con la metáfora de Serrano, Piss Christ, en la cara: un Cristo sumergido en la humanidad de un registro amarillo-vida, como el sol pagano de la erótica de Michel Onfray.

Fin de la basura. En el mejor de los casos, la porquería industrial que Quijano transforma en metáforas, nos regala tiempo —del que cada vez queda menos— para, desde la belleza, tomar conciencia y ponerle coto a la basurización de la isla y del plantea.

Los arquefactos trazan puentes.

Al salir del Museo las Américas, llegaron desde Paraguay acordes perdidos de la Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura, donde el primer violín, antes de instrumento musical, lo fue de la cocina: una olla. Acordes ante los cuales, por supuesto, bailarían los arquefactos, cuyo hombre de letras, poético y político, repararía también en el espanto que supone, como en el caso del arte, la musicalización de la basura (¿metáfora del ocaso de la civilización industrial? Acaso).

La voz del poeta resonaba en la distancia que el puente —invitación al reciclaje— cruzaba: “No hay nadie: sólo las moscas y yo. No hay nadie: sólo las moscas y él. Sólo el mundo y la basura.”

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