George Clooney: el artista del cine del momento

Lo que sorprende del actor George Clooney es que nunca parece que está actuando. Más bien, para el espectador, él es el personaje que está representando ante nuestros ojos, ya bien sea un soldado, un agente de la CIA, un candidato a la presidencia o un heredero cornudo. Clooney nos hace olvidar que es una personalidad pública de la que están pendientes paparazzi y fisgones. Está ahí en la pantalla, a veces un hombre guapo, a veces uno del montón —completamente promedio—, a veces soberbio, o dramático o cómico, sin que uno piense que él es George Clooney. Su presencia se funde en lo que está sucediendo en la película sin que nos esté diciendo que, sí, que es él, una de las personalidades más grandes del cine mundial.

Es el verdadero actor: un camaleón que prefiere en muchas circunstancias estar camuflado mientras le concede a los otros actores en su presencia un espacio para que demuestren sus dotes. Un actor que es tan natural que nuestro cerebro omite esas referencias obvias que le surgen al espectador de que ante sus ojos se está desplegando una fantasía. Nunca parece que Clooney está diciendo, “miren, aquí estoy; miren lo que puedo hacer”. Esa invisibilidad también lo distingue como director.

Nunca seguí la serie televisiva ER que hizo famoso a Clooney y le atrajo contratos fílmicos. No estaba de humor en esa época para llegar de un hospital verdadero a las fantasías médicas de un país que pretende esconder 40 millones de personas que no tienen seguro médico en retórica política y desmanes avariciosos. Sí, a veces, en mi habitación, en uno de mis viajes, vi algún episodio. Lo que saqué en claro era que Clooney tenía esa aura personal, que nunca ha tenido David Caruso (NYPD Blues; CSI: Miami), que lo transportó de la pantalla chica a la grande sin muchos tropiezos.

A pesar de que sus primeras películas fueron de segunda —entre ellas está la clásica parodia de las películas de los cincuenta, Return of the Killer Tomatoes—, Clooney no pasó al estrellato hasta su participación en la película de vampiros más divertida en mi memoria, From Dusk till Dawn, un exceso cinematográfico de Robert Rodríguez que se resume en la figura voluptuosa de una Salma Hayek jovencísima como una vampira de quien cualquiera se deja morder. Clooney demostró una propensión hacia los filmes de acción, pero, por suerte, no se dejó seducir demasiado por Batman and Robin y The Peacemaker, y pasó a su primer filme icónico, Out of Sight.

En el papel de un confinado roba bancos que secuestra a una agente policíaca, el actor se manifestó por primera vez como algo especial en la pantalla. La actuación de Clooney nos adentra en la psiquis de un individuo hecho externamente de granito y lleno de temores por dentro. En sus escenas con la agente (Jennifer López, quien nunca ha estado mejor y en la película demuestra que pudo haber sido una gran estrella cinemática), Clooney brilla y deja brillar a López, mientras generan las chispas que muchas veces no pueden lograr otras parejas del cine.

La animalidad de ambos, su erotismo, se percibe de forma tan real y natural que uno piensa que la pareja está verdaderamente enamorada. Tanto así que cuando la López, aún agente de la justicia, al final de la película nos da a entender que está planificando que él se pueda fugar otra vez de la cárcel, uno se los imagina viviendo lejos del mundanal ruido, hasta el final de sus días. Sin embargo, es la mirada suplicante de Clooney que nos conmueve (está buscando que ella lo mate, una forma de suicidio) y que suple el dramatismo especial de una escena que resulta novel aunque, más o menos, la hemos visto antes con artistas menos talentosos.

El significado artístico de Out of Sight reside también en el encuentro entre Clooney y el director Steven Soderbergh. Fue la primera vez que colaboraron, pero desde entonces nos han dado muy buenos momentos en el cine y han colaborado en seis filmes estupendos, que incluyen la trilogía de los Ocean’s (Eleven, Twelve, Thirteen), los filmes más taquilleros de Clooney, aunque no los mejores. Esa colaboración no ha alcanzado una intensidad como la de Scorcese con de Niro o la de John Houston con Humphrey Bogart. Aún no ha producido un Raging Bull o un African Queen, pero Clooney alcanzó ese triunfo hollywoodiense que le permite hacer buenas películas: las ganancias en la taquilla.

En el 2005, Clooney afincó su influencia como uno de los artistas (en su sentido más amplio) de Hollywood con su actuación en Syriana, por la que recibió un Oscar como mejor actor de reparto. Además, produjo, dirigió y actuó en Good Night, and Good Luck, por la cual fue nominado como mejor director y mejor guión original. En esto de nominaciones y premios, hay más aciertos en lo primero que en lo último.

 

Syriana es un filme de acción en el que la inteligencia del espectador tiene que procesar las situaciones y los vericuetos políticos de la era estúpida de los desastres en el medio oriente, iniciados por el primer Bush y completados por el incompetente segundo bush (siempre con minúscula). Bob Barnes, el agente de la CIA que representa Clooney, es un personaje complejo y oscuro, es un emisario del bien que está haciendo el mal a sabiendas y es utilizado, sin que lo sepa, por los avaros a quienes lo que les interesa de la región es el petróleo.

Clooney va de una escena a otra, involucrado en una conspiración que tuerce y se complica, y que a cada vuelta requiere una interpretación distinta de su parte para que se nos transmita la compleja falta de lógica que mantuvo a los Estados Unidos desperdiciando dinero y vidas en un lugar que tardará mucho más en reponerse de la presencia del invasor que de las torturas de sus ex dictadores. El personaje Bob Barnes es un hombre leal a su país, una entidad que lo traiciona, y su desesperanza, plasmada en el rostro y la voz de Clooney, nos va llevando al desenlace trágico con la asombrosa capacidad del actor en convencernos de que, a pesar de todo, está efectuando su misión con total sinceridad y apego a los principios que representa como hombre. 

La sinceridad de Clooney es palpable también cuando dirige y está a plena vista en Good Night, and Good Luck, un filme basado en los programas de Edward R. Murrow para CBS en los que desafió al senador Joseph McCarthy y sus cacerías de brujas en los años cincuenta del pasado siglo. Históricamente meticulosa, filmada de modo que fue, eventualmente, proyectada en blanco y negro, la película recoge el efecto que tuvo el mentiroso y conspirador senador sobre una “América” esquizoide y paranoide que veía comunistas hasta en la sopa. Clooney ambienta el filme de tal forma que uno siente como espectador la opresión del ambiente, la corrupción emocional de personas inocentes cuyas vidas fueron desarticuladas por la maldad del sistema que le respondió a McCarthy. Los personajes viven en las sombras y son partes de ellas porque no han enfrentado el problema con el ahínco del personaje principal, Murrow.

 

Pocos artistas pueden reclamar una lista de logros ni una variedad interpretativa como los que han seguido a Good Night y a Syriana: The Good German (un corresponsal de guerra después de la segunda guerra mundial), Michael Clayton (un abogado en contra de un compañía de agentes agroquímicos), Burn After Reading (un agente del tesoro que sufre de satiriasis y de estupidez), Fantastic Mr. Fox (a la que prestó su distintiva voz), Up in the Air (un individuo que es experto en notificarles a las gentes que han sido despedidos de su trabajo), The American (un asesino por encargo) y, ahora, The Ides of March (un candidato a la presidencia de los Estados Unidos) y The Descendants (un abogado viudo y cornudo).

La gama de características emocionales que necesitaron estos filmes habrían retado a cualquier actor, pero Clooney se mueve de un papel a otro con la fluidez de un actor isabelino. En contraste a lo que son hoy día obras que duran en el teatro, meses, a veces años, los actores de aquella época tenían que aprender varias partes y saltar de un teatro a otro para ganarse la vida en distintas obras, pues aún las de Shakespeare, duraban pocas funciones en el mismo lugar. Clooney hubiese podido ir de Midsummer Night’s Dream al Merchant of Venice y a las comedias más tardías del Bardosin perder su ritmo.

Con las dos últimas películas mencionadas arriba, Clooney adquiere quilates nuevos, tanto como actor que como director. Dirigió, además de actuar en Ides, con la soltura que sólo demuestra quien se ha movido detrás de la cámara para mejorar su trabajo ante ella. Es imposible no pensar en Welles y muy agradable pensar en su tío político, José Ferrer, quien tal vez lo inspiró. Es curioso que en Ides Clooney representa a un gobernador demócrata quien, como era el caso del roba bancos en Out of Sight, tiene un exterior que no concuerda con sus verdaderos sentimientos. Dentro de la amable y carismática fachada del político reside una fiera autoritaria y despiadada lista a matar a zarpazos. La transformación Jekyll-Hyde del personaje no es sólo sorpresiva, sino que nos alerta a lo que Clooney piensa, como ciudadano y como artista, de los políticos.

Cómo interpreta a su personaje es una revelación que no tiene antecedentes en la filmografía clásica del thriller político, desde Advise and Consent (de Otto Preminger) en que, curiosamente, el adulterio se trata más bien como un chiste, hasta Primary Colors, en la que el candidato es un adúltero empedernido. Clooney es todo Jekyll y es tan convincente que el descubrimiento de su falla de carácter y disciplina hace que nos preocupemos de que vaya a perder las elecciones. Así de carismático y de atractivo (por lo que dice el candidato y, sí, porque Clooney retrata su mejor lado, aquel que oculta su quijada protuberante en el lado derecho ya que en ocasiones parece tener un chichón) es el personaje que crea. Nos hace ver que los defectos humanos son difíciles de controlar y corregir. 

Ya en Up in the Air, Clooney había tenido grandes momentos en que nos revela su capacidad para crear personajes masculinos vulnerables gracias a su naturalidad y su inteligencia como actor. En ella había elevado algunas escenas a gran arte. Ryan Bigham, el hombre que viaja “up in the air” para notificarle a alguien que ha perdido su empleo, está teniendo un brete con una viajante frecuente con quien se encuentra esporádicamente. Llega el momento que piensa que lo quiere como él a ella y, poseído por un impulso romántico de hombre solitario, se presenta en la casa de la mujer en Chicago, para descubrir que es una mujer casada con hijos y, poco más adelante, que él es sólo un pasatiempo para ella. Este viraje inesperado de quién-está-usando-a-quién en un affaire sórdido es manejado por Clooney con una mezcla tan efectiva de sorpresa, orgullo herido y desencanto que uno sufre con él la decepción.    

Opino que la mejor actuación de Clooney (nominación segura), desde Up in the Air, está a la vista en The Descendants,[1] un filme que toca temas tan variados como el luto, la decepción, el adulterio, la relación entre hijos y padres, particularmente las de las hijas con el padre, la soledad emocional, el respeto por la naturaleza y el ambiente, la venganza, la retribución, la avaricia, el racismo y otros pecadillos menores de los humanos. A ninguno de estos problemas está ajeno el personaje de Clooney, y a cada uno responde de forma disitinta y tan precisa que entendemos el personaje y sus frustraciones a cablidad.

La mujer del abogado Matt King (Clooney), está en coma luego de un accidente náutico y sin posibilidades de sobrevivir. A él lo posesiona un luto profundo y la necesidad de acercarse a sus hijas, una de las cuales, la mayor, usa drogas. Para su asombro, a través de ella descubre que su mujer le era infiel y se lanza, con la ayuda titubenate (por lo menos al principio) de su hija mayor, a obtener información sobre el amante, en busca de venganza. La vergüenza y la ira que afloran al descubrir que sus amigos sabían de las andanzas de su mujer se van grabando en el rostro de Clooney que refleja el dolor casi insoportable infligido por la traición. 

En una escena definitoria de la gracia y la complejidad de su actuación, Clooney corre por la calle con dificultad, jadeante, en camiseta, shorts y chancletas, que lo hacen ver como un cornudo ridículo, digno de una farsa de Feydeau. Va hacia la casa de unos amigos para que corroboren lo que le ha dicho su hija. Lo vemos en primer plano, su rostro desencajado, desesperado y, luego, en una toma a distancia en la que nos transmite que el sufrimiento que está recibiendo su cuerpo (por la carrera) lo está sintiendo también su corazón. La capacidad de aunar un instante emocional con uno físico es una de las características de un gran actor que nos deja ver lo que piensa a través de lo que hace. Es uno de esos instantes en que Clooney es el “hombre del montón”, y eleva la escena a un nivel emotivo que sienta el tono del resto del filme.

 

Hay muchas escenas como esta que acabo de descibir, incluyendo la final del filme en la que está sentado en el sofá de su sala, presto a ver televisón con sus hijas, y uno sabe que las quiere más allá de todo, pero que en su mente el recuerdo de su mujer, a quien ha perdonado, aún está vivo. Clooney nos brinda una representación impecable de un momento vital: el comienzo de la reparación de una vida resquebrajada por las perversidades triviales que rompen el corazón de los humanos.

Notas:

[1] Desde que escribí esto, Clooney ganó el premio Golden Globe como mejor actor principal por su actuación en The Descendants y el filme fue seleccionado como el mejor drama de 2011. Asimismo, tanto Clooney, como mejor actor, y The Descendants, como mejor película, fueron nominados para los Oscars.

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