Naranja 8: la experiencia sideral (una ficción)

Entro. Tengo un cabestrillo en el hombro izquierdo porque me lo acabo de sacar de sitio. Me provoca miedo la oscuridad de la casa en la Calle Bouret.

--Yo te guío, --me dice Fonsito, y me agarra la mano derecha para llevarme poco a poco a través de los linderos de esta casa de espejos.

De inmediato, en la alacena, me topo con la primera obra: una muñeca de niña, sentada en una silla reclinable, tamaño ajustado, con unos patos o gansos a sus pies, iluminada por una luz roja. La luz proviene de una pequeña lámpara quemadora de olor. Podría ser Glade, pero no importa.

--Esta obra me gusta mucho, --le digo a Fonsito. --Me habla de la prostitución infantil, con esa luz roja que ilumina a la muñeca. Ella está en espera de su cliente.

--Me gusta tu interpretación, --se limita a decirme Alfonso.

A continuación, viramos a mano derecha y reconozco la recreación de varias obras. Frente a mí, reconozco la estructura que colgaba del techo en Naranja 7, hecha con telas negras que parecen ser sombrillas o delantales. Esta vez, sin embargo, a la misma la alumbra una maquinita que produce puntos de luz de colores. Verdes, anaranjados y blancos puntos de luz giran como en una discoteca. Me remiten, de hecho, a las bolas de espejos de los clubes setentosos. Hay algo que me habla aquí de las conexiones cerebrales, de cómo hay más de ellas en un cerebro que estrellas en el universo. Me siento, de repente, en un viaje de ayahuasca, como si la casa estuviera viva y me ofreciese un portal, un wormhole a otra dimensión. O tal vez un portal a la mente misma de la casa.

Debajo de las telas negras, atisbo un rostro de muñeco que sobresale de dentro de muchas latas vacías de cerveza. La niñez ahogada en el alcoholismo del padre o de la madre. La casa está viva y quiere contarme una de sus tantas historias. La historia de la familia puertorriqueña.

A mi derecha, en lo que podría ser la cocina, encuentro una pieza familiar. No se ha tocado desde Naranja 7. Se trata del traje de novia con cola, hecho en su totalidad con recipientes blancos de plástico, posiblemente de jugo y leche, que en su vacío hablan de una virginidad atropellada y arrebatada, de un primer amor fugaz que no se materializó en el altar. A la novia la dejaron vestida y alborotada. Y se convirtió en estatua de plástico porque en esta casa no hay sal.

Detrás de mí encuentro una pieza nueva. Se trata de una especie de rombo con hoyos circulares y un CD-ROM pegado en el centro. Una luz ámbar refulge desde adentro. Esta pieza me recuerda los motivos kitsch de las casas de urbanización en Puerto Rico. Kitsch o tacky. Prefiero utilizar tacky. Allí se me entrega la revelación de una historia: la de los new money de la burocracia isleña. Los de Montehiedra y Paseos. La casa quiere hablarme de las clases, de lo efímero del esfuerzo por aparentar.

Más adelante comienzan los ojos. Se trata de una pieza recreada, pero que reconozco como una alteración de su homónima en Naranja 7. Un gran rizoma de bolsas blancas de plástico cuelgan de la lámpara de techo. Un panel doble de madera dibuja un rostro en purgación, una cara triste de teatro, pero con ojos que examinan tu alma. Una brisa que nadie sabe de dónde viene mece un poco la cola de bolsas colgantes, y yo siento que se trata de un tumor benigno, por lo blanco, pero con una presencia ominosa. Igual es un tumor. La casa está viva, es orgánica y me quiere tragar. Soy una bacteria intrusa y bien podría pagar el precio.

A continuación, Fonso me lleva a los cuartos, que ya había visto. El del niño con el muñeco vestido de varón encerrado por una cúpula de cristal y coronado por el cono de seguridad anaranjado que le da cohesión y título a la instalación. Algo nuevo veo que no atisbé en Naranja 7.

--Míralo desde aquí, --me dice Fonsito. –-Mira el cono ahora. ¿No te parece una virgen?

Y es cierto. El cono arrugado magistralmente por una T-shirt parece, en la distancia, eso mismo: una virgen que atrapa o bendice al niño. Protege o sobreprotege. La referencia a una niñez freudiana ahogada por la madre sobreprotectora me conecta con todo tipo de discursos que pretenden explicar la homosexualidad del niño, que jamás se hará hombre porque ha sido encapsulado en una gran campana de cristal. La casa de la calle Bouret quiere que yo entienda que ella domina el tiempo. Bien podría quedarme estancado yo mismo aquí si no le muestro el debido respeto.

El cuarto de baño le pertenece a la historia de la niña. El traje que flota en la tina de baño me habla de los sueños en Cloud Cuckoo Land, las aspiraciones que se quedaron en la nada, porque el traje es corto y negro, y la niña fue prostituida o vendida al mejor postor, como era uso y costumbre en la primera mitad del siglo XX y antes. La niña la vendieron al mejor mozo de la mejor familia bien. Y desapareció. Solo queda la memoria de la casa, que se niega a olvidar.

En el cuarto del frente, veo una pieza nueva. Y aquí comienza lo verdaderamente característico de Naranja 8: ojos. Ojos por todos lados. Ojos que me observan. La casa está viva, se los digo.

Al final del pasillo veo una pieza nueva: un árbol de navidad, con una única lucecita roja pero potente. Debajo, un estuche de cuatro, con un almohadón y la cabeza de Winnie the Pooh.

--Dime tu interpretación primero, y luego te digo mi historia con esta pieza.

--Pues, yo veo, --comienzo a relatar, --un joven músico que se fue de la isla a Estados Unidos a perseguir sus sueños, pero luego, encontró una vida más allá de la música y decidió quedarse. Ese joven, sin embargo, regresó a la isla con el desencanto de la vida continental. Por eso la cabeza decapitada de Winnie the Pooh. Como si Salomé se la hubiera cortado y la hubiese puesto en un almohadón para la vista de todos.

--A mí me gusta dejar que la gente haga su interpretación primero. Después de todo, cuando uno hace arte, ya no le pertenece a uno. Pero mi historia con esa pieza, si te fijas en lo que el árbol de navidad dibuja en la pared por la luz roja, tiene que ver con un primo que yo perdí en el 9/11 en las torres gemelas. Toda la construcción de la pieza es cuando me llamaron para darme la noticia.

--Tú me habías hablado de esto antes.

--Pues, esa es la historia.

--Genial.

A continuación, Fonso me lleva por la parte del frente de la casa, el zaguán, en donde me encuentro con una pequeña pieza a mano izquierda, protegida y un poco oculta por una puerta doble de madera, típica de viejos clósets, con rendijas que dejan ver una criatura sonriente, una carita feliz dentro de un tumor blanco de bolsas plásticas y botellas de cristal. Al final, encuentro una recreación del espacio que ya había visto en Naranja 7. Aquella vez, se trataba de un tocadiscos parcialmente encerrado por las mismas puertas de clóset, pero abierto al frente para que se viera la pieza, que rodaba continuamente. Ahora, sin embargo, lo que atisbo es un rostro detrás de una tapizado de tela diáfana. En otras palabras, las puertas de closet encierran lo que luego veo que es una calavera. Al frente, el panel está tapizado con una tela bastante transparente, que sin embargo, transforma la calavera y hace verla como si tuviera piel, como si, de hecho, fuera el rostro de uno de esos gorditos chinos que la gente incorrectamente confunde con Buda. El discurso es claro: la tela, muy asociada a la pintura, me dice de la facultad que ésta tiene de darle vida a lo inanimado. Y me recuerda que eso mismo es la casa. Un ente inanimado que ha cobrado conciencia gracias a la instalación misma.

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