Revolucionario de armario

Obra de Pierre Puvis de Chavannes en Musée d'Orsay

Jeune noir à l’épée, Chavannes

Uno tiende a asociar las pinturas revolucionarias con representaciones de luchas, batallas o formas alegóricas de la libertad. En el caso de Pierre Puvis de Chavannes (1824-1898) esa veta revolucionaria pictórica parece haber tenido otras manifestaciones. Sus lienzos paradigmáticos parecen más soñados que pintados. Las figuras en ellos son, en su mayoría, tiernas y etéreas, de colores transparentes. Sus cuadros decorativos poseen las cualidades que él admiraba del mural, características que le valieron comisiones y, eventualmente, reconocimiento, riqueza y puestos públicos. Su convicción de que la pintura necesitaba menos artificios técnicos y más significado, y la influencia que sobre él tuvieron los frescos monumentales del Renacimiento—sin que los imitara del todo—, lo convirtió en uno de los líderes del simbolismo, que junto a Gustave Moreau y Odile Rendon representó.

Pocos hoy día parecen recordar su nombre, pero su influencia sobre los grandes artistas que le sucedieron es innegable y su sitial en la historia de la pintura está asegurado. Sus cuadros cuelgan en el Quais d’Orsay y nos recuerdan que Gauguin, el temprano van Gogh y los Nabis, Seurat y Picasso también, le deben mucho a Chavannes. Su idea pictórica que la naturaleza debe ser recreada de la memoria fue revolucionaria para la época. Chavannes la integró a sus cuadros como tema decorativo, en rechazo de los rebuscamientos alegóricos del arte clásico y neoclásico, y en repudio del romanticismo de sus maestros. 

El pobre pescador, Chavannes

En Chavannes, la luz se posa sobre las figuras como si pidiera permiso para tocarlas. Las figuras están sublimadas y parecen estar integradas al aire que las rodea. Además, estas figuras son parte de una naturaleza idealizada y descolorida que parece ser no sólo su propia consciencia, sino la del artista. Es difícil encontrar entre esas expresiones algo que nos trasmita el concepto revolucionario en los lienzos de Chavannes a los que aludo.  

La sorpresa revolucionaria de Chavannes es un cuadro que comparte la sala con sus más conocidos esfuerzos simbolistas. Es tan naturalista que podría ser del pincel de otro artista. Sus intensos colores hacen resaltar al sujeto desafiante que ocupa casi por completo la tela y que amenaza a las figuras de los otros lienzos que cuelgan cerca.

“Jeune noir à l’épée”, fue pintado en 1850, fue visto poco durante el siglo XX y estuvo en manos del autor y de su familia hasta que el Orsay lo obtuvo en 2003. Dos intentos de venderlo en el último tercio del siglo XX fracasaron.¿Lo estaría ocultando el artista de los ojos de los gobiernos según escalaba los puestos de poder y recibía los honores que logró durante su vida? ¿Le habría pasado su momento a Chavannes, o al simbolismo? ¿O era Chavannes un revolucionario de armario?

En el cuadro, un joven negro desnudo, sostiene una espada sobre su hombro derecho. La figura, un tanto grotesca, parece la de un salvaje al asecho presto a atacar a la más mínima provocación. A pesar de su seriedad e inconformidad, el rostro del muchacho es placentero. El muchacho parece simbolizar un (¿El?) salvaje (¿noble?) que está a la merced del hombre blanco, pero listo a vengarse. Está sentado sobre un promontorio cubierto con una casaca verde cerca de la cual hay un peto. Al fondo, un fortín y las montañas lejanas sostienen sobre su lomo un enjambre de colores crepusculares que son pálidos reflejos del rojo del sombrero que lleva puesto.

Por su empuñadura sabemos que la espada es europea. Además, aunque el arma no tiene una gota de sangre, no podemos descartar que con ella no haya matado al dueño de las vestimentas, que son su botín y que contempla ponerse. Es también posible que ni tan siquiera participó en ninguna batalla. Su rostro desafiante sugiere al rebelde contra el mundo, contra los que han mirado el cuadro desde que se pintó.

Felix Philippoteaux

El 1850 fue el final de una década de gran significado para la historia de Francia y del mundo. Unos años antes, Marx publicó sus artículos sobre el problema social de Francia en la Neue Rheinische Zeitung. En la revolución de la marginada burguesía francesa el grito de batalla fue: ¡Corrupción! ¡Abajo con los grandes pillos! ¡Abajo con los asesinos! El pueblo se indignó ante los atropellos de la burguesía advenediza y las claques políticas que lo explotaba, y que habían llevado a Francia al borde del precipicio. Causaron la desesperante bancarrota de muchos, y la pobreza general de los restantes. Todos los franceses, además, padecieron en carne viva los desaciertos gubernamentales para corregir la situación económica del país.

Es posible que la intención de Chavannes con el cuadro era estremecer a los que lo miraban. Tal vez quería hacerles ver sin ambigüedades —sin apartarse del simbolismo que siempre profesó— que a los colonizados (oprimidos) el colonizador los considera derrotados o “muertos en vida”, pero que en algún instante éstos pueden arrebatarle las armas a los poderosos, como ya había sucedido durante la época de Luis XVI. Es curioso que, etimológicamente, negro proviene de necro, o muerto. ¿Era el negro el símbolo de la muerte futura del coloniaje para el maestro Chavannes? ¿O representaba el inevitable desafío al que eventualmente habrían de enfrentarse los “amos”?

El bombardeo de Algeria, George Chambers

El bombardeo de Algeria, George Chambers

El cuadro es aún más misterioso, o, como infiero, revolucionario, si consideramos que, a pesar de que Francia abolió la esclavitud en sus colonias en 1848, en 1847 se completó la conquista de Argelia la cual comenzó en 1830, coloniaje que no se resolvió  hasta 1962. En esos 132 años, el discrimen racial y el abuso de los derechos civiles de los argelinos por sus gobernantes fue descarado y pernicioso. Muchos murieron tratando de alcanzar su libertad y de ejercer sus derechos, o sufrieron de una manera u otra los resultados nefastos que esas luchas conllevan, no sólo para el colonizado sino para los colonizadores. En la obra maestra del cineasta Gillo Pontecorvo, La Batalla de Algeria, película que todo puertorriqueño debería ver, se destaca cuán cruenta para ambos lados fue la lucha por la libertad del pueblo argelino en los últimos años de coloniaje.

La sutileza del Chavannes revolucionario llegó a su cénit en este cuadro si, como postulo, simboliza la vulnerabilidad valiente y la determinación del africano colonizado. Curiosamente, no hay en el lienzo evidencia de la injusticia francesa –la corpulencia del joven parece negarla–; no hay señas tampoco, a su alrededor, de los efectos del yugo colonial. La única evidencia de un efecto negativo del colonizador sobre el sujeto se refleja en la furia interna del retratado contra todo espectador. Es algo así como la férrea voluntad, el desafío y la determinación en el rostro de la Goyita de Tufiño (también con “sombrero” rojo), que parece ocupada con algo lejano, tal vez la libertad de los puertorriqueños. 

Rafael TufiñoPuede que sea coincidental que en una exhibición que vi el año pasado en el Palazzo Vecchio, en Florencia, un estudio para San Miguel Arcángel de Bronzino, mostrara un hombre en una pose parecida al joven negro de Chavannes, con la espada que uno asocia al ángel que desterró el diablo a los infiernos, también descansando en su hombro derecho. Chavannes pasó un tiempo en Italia antes de hacer su fama. ¿Vio y se inspiró en ese boceto? El joven negro de Chavannes, ¿es también representativo del arcángel que más de un siglo después se encargó de que los argelinos pudieran deshacerse de sus “demonios”?

¿Dónde está hoy nuestro joven con la espada? ¿Dónde está nuestro nuevo simbolismo? ¿O es el realismo cruento de los vídeos de la Policía dándole macanazos a los estudiantes de la universidad nuestro nuevo simbolismo? Esas imágenes no las podemos dejar sin ver, o en el armario. Lo que sí es que hay que apresurarse para tomar represalias contra el asedio de gobiernos que se rebelan contra el pueblo. Tomó 132 años para la liberación de Argelia en una lucha  intensa contra un ejército; nosotros llevamos 113 años contra nosotros mismos, como Majestad Negra, culipandeando.

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