Silencio, sonido, ruido: la fascinación con The Artist

Muchas historias de Hollywood narran la desesperación de los que perdieron su fama con el advenimiento del sonido. La mayoría son cuentos tristes y abultan las páginas de libros escritos por historiadores del cinema o por los que presenciaron la transición. Pero, ¿quién mejor que el mismo Hollywood para contar sus historias patéticas en su medio favorito?   

La desaparición de actores “mudos” (ellos no lo eran, eran las películas las que no hablaban) como John Gilbert, galán de Greta Garbo en películas ya clásicas y en la vida real su novio (a quien dejó plantado en el altar cuando se hizo la sueca), han servido como inspiración a una serie de filmes que se consideran entre los mejores de la historia del cine hablado. Bástese con evocar a Sunset Boulevard (1950), A Star is Born (1954) y Singing in the Rain para que nos remontemos a carreras tronchadas y a la génesis de una nueva era. El cine sonoro terminó con carreras que además fueron roídas por la bestia de la Depresión del 1929. Desde entonces, no sólo las voces sino el sonido se ha convertido para muchos en parte inextricable de la trama.

Para entender lo que debe de haber sido la revolución que supuso el cine con sonido es imprescindible ver las películas mudas que muchas veces pasan en televisión por TCM o cuando uno va por Astoria al Museum of the Moving Image, al American Film Institute en Washington, DC, o a los museos dedicados a la preservación del séptimo arte en lugares como Nueva York y Paris.

Una alternativa a viajar tan lejos es ir a ver The Artist, un filme básicamente mudo que ha desarrollado una audiencia considerable y una acogida crítica impresionante. El argumento de The Artist es una serie de clisés sobre los clisés que recordamos de otras películas que tratan de la transición del cine silente al sonoro. Sus creadores nos repasan lo ya sabido, pero usando la ausencia de diálogo para atraer nuestra atención a la banalidad de la historia que cuentan para darnos un lección fácil y simpática del significado de los sonidos y la música que escuchamos en las películas. La trama del filme es más Singing in the Rain que A Star is Born, pero sus guionistas (entre los que está el actor que protagoniza al “Artista”, Jean Dujardin) y su director Michel Hazanavicius le echan al guiso un intento de suicidio, como en A Star, por si las moscas. El filme es diversión liviana sobre el Hollywood mítico, que es el que más hemos visto, e incluye, por lo tanto, a un perro genial (Uggie) y un final feliz.

Sabemos que los perros no hablan, pero en este caso tal parece que sí y, por supuesto, que entiende. Es un homenaje al perro del pequeño vagabundo de Chaplin (A Dog’s Life, 1918), aunque también a la máxima estrella canina del cine mudo, Rin-Tin-Tin (aunque Rinty era un ovejero alemán y Uggie se parece más a Astra, el de The Thin Man, que era, como él, un terrier). Hay otros momentos en la película en que el director le rinde homenajes tanto al cine mudo como a las películas que he mencionado sobre el Hollywood silente. No obstante, me parece que su especial fascinación es con Singing, tanto así que el actor principal podría pasar por hermano de Gene Kelley en muchas tomas y, por si acaso la gente no nota eso, es a veces la quintaesencia del ídolo de matinée a-la Clark Gable, Robert Taylor[1] y, sí, John Gilbert. También se le rinde homenaje a la música de Bernard Herrmann (ver más adelante) y a Debbie Reynolds, a Fred Astaire y Ginger Rogers, además de los filmes que ya he mencionado.

Como corresponde a la inocencia unidimensional de la película, el amor entre George Valentín (Dujardin), la estrella que ha perdido su brillo, y la joven Peppy Miller, (la estupenda Bérénice Bejo), la nueva estrella cuyo voltaje enciende las marquesinas de los grandes palacios del cine de los años 30 de costa a costa, es platónico. No vemos ni el más mínimo asomo de sexo entre ambos, que no sea el que nos imaginamos, como tenía que ser cuando el cine era mudo, menos obvio y más sugerente de que lo que es hoy día.

Además, la lealtad del chófer de Valentín,Clifton (James Cromwell, un actor admirable) es de cuentos de hadas, ¡antes del cine mudo! Está también la presencia del ineludible jefe de estudio que es una mezcla de dulzura fingida, de avaricia e hipocresía, características que sabemos residían en los míticos Sam Goldwyn, Leo Meyer y Jack Warner. Ha sido atinado asignarle el papel a John Goodman, quien tiene el porte y la picardía para uno imaginárselo corriéndole detrás a coristas, jóvenes aspirantes al estrellato, y otras féminas del departamento de costura, alrededor de la mesa de su oficina. Todas las actuaciones de los principales, de paso, son de primera.

 

Pero, ¿qué es lo que enamora de la película? Para mí que se trata del uso de la idea de que estamos viendo una película muda a la usanza de las que antecedieron a la pionera The Jazz Singer, de 1927, que fue el primer largo metraje que tuvo diálogo sincronizado en algunas escenas y cuyo sistema permitió que el público escuchara a Al Jolson cantar seis canciones.[2] Sin embargo, The Artist no es una película como lo eran las originales en la que no había música ni sonido alguno. De hecho, la música, el sonido, y uno que otro pronunciamiento verbal, se usan como lo hizo Mel Brooks en Silent Film (1976), una parodia de las películas de Chaplin, Keaton y Sennet. A ella también se parece en que, al final, cuando ya hemos escuchado la sincronía maravillosa entre la música, el zapateo y los movimientos expertos de la pareja de bailarines, y el jefe del estudio habla, su línea resulta no solo banal sino superflua.[3]

En la película hay varias cosas originales que el director nos hace descubrir sobre el estado del sonido cinemático.[4] Primero, que muchas veces el diálogo malo es mejor no oírlo porque la cámara nos puede demostrar en primer plano las expresiones de los personajes, y de esa forma, comunicarnos lo que está sucediendo. Segundo, que la música, aunque es necesaria en momentos dados, nos puede enfatizar algo que podríamos detectar sin su ayuda si estuviéramos pensando en vez de escuchando. Por ejemplo, la música o el sonido hubieran sido una intromisión en el caso de la media hora del robo en Rififi (Jules Dassin, 1955), en la que no hay ni sonido ni música. Por otro lado, en la escena de la ducha en Psycho (Alfred Hitchcock, 1960), la música de Bernard Herrmann no solo nos sobresalta sino que incrementa la fuerza del apuñalamiento que está recibiendo el cuerpo de Janet Leigh. The Artist nos concientiza que mucho sonido y ruido en el cine es innecesario. En eso Hitchcock, lo más seguro, le sirvió de ejemplo a Hazanvicius.

 

En su libro sobre el uso del silencio en las películas de Hitchcock, el profesor Alfredo Nieves Moreno[5] nos indica que, haciendo películas silentes, ese director aprendió que muchas veces el silencio es la mejor forma de suspenso. Hay instantes en que los centros cerebrales que procesan los estímulos necesitan concentrar en uno solo para que podamos recrearnos en lo que el director precisa que debe de prevalecer, aquello que el director quiere que veamos y nos expliquemos.      

En una escena, Hazanavicius hace que Valentín mire los labios de quienes le hablan (y que vemos también, pero ni oímos ni entendemos) y nos damos cuenta de que no tenemos que oír nada porque le podemos dar a la escena el significado que queramos y hacer la lectura más acomodaticia que ate lo que ha sucedido hasta entonces con lo que sucede después. El director nos está diciendo que estamos ante la máxima representación del arte colaborativo, uno que tiene partes “móviles” que se pueden usar de varias formas para el efecto que pretende trasmitir el artista. Una de esas partes es el espectador. Además, nos recuerda que ese Artista del título es él también, el líder de un equipo numeroso que le ha ayudado a poner ante nuestros ojos el cuento que nos quiere contar a su manera.

La tecnología que les permitió a las audiencias oír, hizo simultáneamente de signo de interrogación y de admiración en la nueva modernidad que demarca el cine sonoro. El cinema amalgama todas las artes que conocíamos antes de su sonoridad, y debemos reevaluar el significado de la dimensión que nos brindan el sonido y el diálogo en un mundo (el presente) en que jamás ha habido tanta comunicación electrónica. Pensemos que Facebook es una versión del epistolario ilustrado, por lo general silente y muchas veces puro melodrama.   

La otra escena significativa en The Artist es cuando por primera vez se escuchan sonidos que emiten ciertas cosas y nos percatamos de que el cine sonoro es la fantasía más cercana a la vida real, pero que el cine silente posiblemente era más misterioso y mágico por su novedad. The Artist quiere que entendamos esa magia y que reconozcamos que estamos adictos a los sonidos que, en muchas instancias, son en realidad meros ruidos.

Hay mucha ironía, si no sarcasmo, en ese planteamiento pues la mayoría de los sonidos que escuchamos en las películas son modificados para nuestra percepción. Por ejemplo, cuando uno oye una tocineta friéndose, la mayoría de las veces es en realidad alguien haciendo crujir un pedazo de celofán. Así también, todos los sonidos de aeronaves, ametralladoras, los “transformadores” convirtiéndose en vehículos extravagantes y un gran etcétera de ruidos son “magia” tecnológica. Hazanavicius nos hace un llamado para que profundicemos en el balance que debe haber entre historia, voz, sonido, música y lo que es simplemente ruido.

La tarde que vi el filme la gente hablaba entre sí en la oscuridad, contestaban el teléfono móvil en voz alta, se explicaban unos a los otros lo que sucedía en la pantalla, comentaban lo gracioso que era el perro (como si no fuera obvio) y, cuando pedí que se callaran, alguien me contestó: “No importa, no hay diálogo”. ¿Será que ya nadie sabe lo que es un momento reflexivo? ¿Será que ya casi nadie aprecia el silencio y añora el ruido? ¿Será por eso que se hizo esta película? ¿Será que se supone que The Artist es cine interactivo y que estoy pasado de moda?

Pienso que el comportamiento del público refleja la capacidad que la tecnología le ha dado al ser humano, el único mamífero que, como el pollo, come mientras camina, de también hablar todo el tiempo, aún cuando camina solo. Y cuando entra a ver The Artist siente la compulsión de proveer el diálogo. No en balde la película es tan exitosa.

 

Notas:

[1] Gable, pero no Taylor, actuó en películas mudas. Los menciono por el parecido que se trata de establecer entre Dujardin y los ídolos del cine que aún nos son familiares, pero pude de igual forma mencionar a Douglas Fairbanks, padre, y a Monte Blue (Intolerance).

[2] Se le atribuye al crítico Robert E. Sherwood del Life Magazine haber dicho, luego de la premier de la película, que “veía llegar el fin del drama mudo”.

[3] En el caso del filme de Brooks, quién habla al final es una de las sorpresas más graciosas de la película: Marcel Marceau, el famoso mimo francés quien, como Harpo Marx, nunca hablaba.

[4] Al comienzo del cinema, un grupo o una orquesta tocaba música que se escogía al azar de los repertorios existentes. No fue hasta más tarde que tocaban música compuesta para la película. Para mí que la presencia de músicos era un artificio que alejaba al espectador aún más de lo que sucedía en la pantalla.

[5] Alfredo Nieves Moreno, Las mecánicas del pájaro: ver y audiover el cine de Alfred Hitchcock (Ediciones del Siglo, Argentina, 2011).

Lista de imágenes:

1. The Artist, 2011. Michel Hazanavicius, director.
2. Sunset Boulevard, 1950. Billy Wilder, director.
3. A Star Is Born, 1954. George Cukor, director.
4. The Artist, 2011. Michel Hazanavicius, director.
5. A Dog's Life, 1918. Charles Chaplin, director.
6. The Artist, 2011. Michel Hazanavicius, director.
7. The Artist, 2011. Michel Hazanavicius, director.
8. The Artist, 2011. Michel Hazanavicius, director.

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