The Help: Un festín de actrices

La película comienza en el verano que precedió al asesinato del presidente Kennedy, y presenta unos personajes de la comunidad de Jackson, Mississippi, en todo su esplendor racista y fundamentalista. Son miembros de un grupo de mujeres blancas que asesinan el tiempo jugando bridge mientras sus sirvientas negras crían a sus hijos, limpian sus casa, cocinan, planchan y hacen la compra, por menos de un dólar la hora, seis días a la semana.

La controversia racial del momento en los suburbios de la ciudad es el uso de los baños dentro de las residencias por las sirvientas (“the help”). Evidentemente, dice uno de los personajes, los negros tienen enfermedades que ellos jamás tendrían y que se transmiten por el uso de los inodoros. Como todo lo demás en la ciudad, hay que separarlos y segregarlos, además, el ministro de salud del estado respalda esta posición.

Implantar un ley que asegure el uso de retretes separados se convierte en la misión consumidora de Hilly Holbrook (Bryce Dallas Howard), líder del grupo de jóvenes matronas que no pueden cuidar sus hijos ni atender sus casas porque están demasiado ocupadas con sus juegos de bridge y sus actividades sociales. La monótona rutina de los días en que la humedad y el calor de la ciudad parece entrar en sus cerebros para entorpecer, más de lo que está, su capacidad para pensar y admitir que el mundo a su alrededor —la nación americana— está a punto de cambiar para siempre.

Mientras Hilly se angustia por los inodoros y logra agitar a sus amigas y a los políticos, en la vida real, poco antes del momento en que se desarrolla la película, Medgar Evers (en una escena, lo vemos en la televisión atacando al Klux Klan o, como se llamaban eufemísticamente, el “Consejo de Ciudadanos Blancos”), luego de ser rechazado por ser negro por la escuela de derecho, había comenzado su campaña para integrar la Universidad de Mississippi. Su triunfo llegó en 1962 con la decisión de la Corte Suprema a favor de la desegregación de la Universidad, y la admisión de James Meredith como su primer estudiante negro.

 

Este suceso, no sólo causó motines y dos muertos en el campus, sino que selló la suerte de Evers. Horas después del discurso nacional del presidente Kennedy respaldando el movimiento de los derechos civiles en los Estados Unidos, el 12 de junio de 1963, Evers fue asesinado por el disparo de un francotirador.

La película usa el asesinato de Evers a gran efecto dramático. El hecho crea un ataque tal de pánico y terror en uno de sus personajes principales, que hace palpable el estado de pánico en que vivían los negros en Mississippi en esa época. Es, posiblemente, la mejor escena del filme y deja al espectador temblando ante la injusticia que representa el discrimen.

De igual forma percibimos la esperanza que causó en los discriminados el “Sueño” de Martin Luther King, Jr., y el dolor colectivo que supuso el asesinato de Kennedy; en particular, la desesperanza que indujo, no solo en figuras mundiales, sino en el corazón de gente común, gente como las sirvientas de Mississippi. El entrelace de estas citas históricas con la lucha de las mujeres afectadas por la explotación es un triunfo cinematográfico del director Tate Taylor y el editor fílmico Hughes Winborne, que logran integrar la ficción a la realidad de la época sin entorpecer el fácil flujo de la, al fin y al cabo, jocosa y triste trama.

El personaje que desenmascara la crueldad y la maldad de Hilly y sus amigas es una chica graduada de la universidad a quien su intelecto la ha alejado de la vida banal y prejuiciada de sus antiguas amigas. Skeeter Phelan (Emma Stone) quiere ser escritora (escribe  una columna de recetas y secretos hogareños en el periódico local) pero convence a Aibileen (Viola Davis) de que le cuente cómo se siente, entre otras cosas, criar los hijos de los blancos y se da a la tarea de tratar de convencer a las otras sirvientas. Lo que transcurre como resultado es triste, cómico, estupendo y chocante, pero siempre efectivo y disfrutable.

A pesar de los placeres que brinda esta película, tengo que admitir que todavía sufro algunas partes del filme que me parecieron meros clisés sentimentales (no las quiero relatar por que habrá gente que no ha visto el filme) y otros detalles que me parecieron que eran demasiado. Por ejemplo, cuando ya sabemos del liberalismo de Skeeter y que no va ceder en su proyecto, la vemos escribiendo en su maquinilla y en la tablilla tiene “To Kill a Mockingbird” y “Native Son”. Esto es innecesario: por la naturaleza de su proyecto, yo sabía que las había leído. A pesar de eso, gocé tanto viendo a un elenco, básicamente compuesto de mujeres, tan impresionante, tan competente y brillante, tan hermoso, que perdono estos lapsos.

El filme le pertenece a Viola Davis (Aibileen). La Davis tiene una presencia fílmica impresionante: es fornida, de rasgos apacibles y atractivos, y de una risa contagiosa que sale de lo profundo de su ser. Su Aibileen es una mujer desafortunada que carga una gran pena y que lleva por dentro una misión: aceptar lo que sucede a su alrededor porque le da de comer, pero no doblegará su espíritu ni su alma ante los abusos verbales y físicos a los que es sometida. Es una actriz que modula su voz para dejarnos saber qué piensa de lo que ha dicho otro actor que la interpela, o para sencillamente alertarnos de que sabe más de lo que pretende. De una ferocidad enorme cuando es necesario, su ternura es conmovedora. Mejor aún, sabe muy bien que hay límites histriónicos que un buen actor no debe rebasar.  

Siguiéndole los pasos bien de cerca a la señora Davis, está Octavia Spencer como Minny, que rinde una actuación de alta comedia (esta película le debe mucho a las obras de alta comedia de Jacinto Benavente, sin sus ademanes católicos o religiosos) aunque, la mayor de las veces, evita caer en el melodrama, y cuya hilaridad está enmarcada en los aspectos ideológicos del personaje: es la verdadera rebelde (se pasa alertando a su hija de que no sea tan como ella, y nos reconforta que alguien será rebelde después de ella, y se opondrá al prejuicio), la revolucionaria negra lista a cruzar la raya que imponen los blancos. Spencer infunde a sus escenas la picardía de su rostro y de sus gestos para enfatizar la realidad de su condición de mujer maltratada, tanto en su hogar como en su trabajo.

Hay que destacar también las actuaciones de Bryce Dallas Howard como Hilly, que crea un monstruo que se parece a Michelle Bachmann, no sólo físicamente, sino en su forma de pensar, razonar, y en su maldad incontrolable y despiadada.

Funche aparte hay que hacerle a la bellísima, despampanante, Jessica Chastain como Celia Foote. No sólo es una mujer en la liga de Marylin Monroe (a quien se supone que se parezca en la película; después de todo estamos en 1963) sino que es una actriz de grandes cualidades expresivas, y de un control tal de la escena que puede dominarla, integrarse a ella con una sonrisa, o parecer parte del decorado, si eso es lo que pide la toma  (pienso en su actuación, no sólo en esta película, sino en “The Tree of Life”). Presiento que Chastain es una actriz que se hará más grande con cada filme que haga.

Muy bien también están Emma Stone como Skeeter Phelan y Allison Janney como su madre. De hecho, no puedo señalar a nadie que no esté perfecto en su papel. Aún los tres minutos de Dana Ivey como Gracie Higginbotham, una racista venenosa,  indignada porque en el mundo hay seres distintos a ella, son una joya: uno la quiere matar. 

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