Un preservativo en el cuadro

Los clásicos comenzaban los discursos invocando a las Musas para solicitarles inspiración y memoria. Con el tiempo, esta práctica se convirtió en una convención literaria. Hoy comienzo esta reflexión evocando, más bien, a la polisemia, al proceso ambiguo, irreducible e indetenible de la significación. Los antiguos pretendían acceder una verdad, en cambio, este comentario que esbozaré no pretende fijar un significado del texto ni precisar lo que el autor quiere decir, dado que el proceso de significación se escapa siempre de las manos del autor. Más bien, propongo una lectura que se añade o se eslabona al texto, en este caso, unos cuadros.

La crítica es una añadidura que se hace a un texto que, por su parte, también se inserta a una cadena de significaciones, a una serie de repeticiones textuales que, por otro lado, produce diferencias. El arte conlleva la repetición diferente de otros textos. Esa repetición puede darse en la manera de citas, de alusiones o de una imitación que puede ser admirativa o burlona, entre otras formas. Dicha repetición además puede ser consciente o inconsciente.

Partiendo de esta premisa, me propongo esbozar un diálogo entre el cuadro “Fuck me” del pintor puertorriqueño Samuel Toro y el mito helénico del Minotauro. Al aludir a ese mito, llamo la atención sobre uno de los efectos de la lectura intertextual y es que un texto suele plantear una nueva lectura de la tradición, en este caso, una lectura del mito que puede ser divergente con la interpretación tradicional. Específicamente, el cuadro me sugiere leer el mito como si se tratara de una alegoría del signo, debido a que la obra de este artista, al no responder a los imperativos de la representación mimética, se exhibe como lenguaje.

Este cuadro invita al espectador a que lo penetre sexualmente. Reconozco en esta solicitud una repetición del relato en el que Dédalo esculpe una vaca hueca que le permite a Pasifae ser penetrada por el majestuoso toro que le había enviado Poseidón a Minos para sacrificio. El rey no obedeció y el dios lo castigó infundiéndole a su esposa un deseo antinatural por aquel animal, al que logra atraer gracias al artificio construido por el legendario escultor. El toro es, pues, el destinatario explícito de la escultura, la cual se erige para ser penetrada por él. En nuestro caso, el cuadro reclama la penetración, a falta de una silueta verosímil y seductora, mediante el recurso de la nubecilla exclamativa, a semejanza de la tirilla, que repite incesantemente: “fuck me”. El rojo pasión que sirve de fondo refuerza la exclamación.

Sin embargo, aquí surge una diferencia con el mito griego. El castigo que recibe Minos es la reproducción monstruosa: Lo que Pasifae procrea es al Minotauro, la mala escritura. En el caso de nuestro cuadro, el profiláctico impide la reproducción. Dédalo es un artista que mimetiza la realidad; la vaca debe ser verosímil para que actúe seductoramente sobre el toro. En cambio, nuestra obra antirrealista no reproduce la realidad, sino que incorpora sus fragmentos. No propone significados, lo que asociaríamos a la procreación, sino que activa un proceso de significación inconclusa e indeterminada, que asociamos al derroche de semen.

En el mito, el laberinto sirve para aprisionar al Minotauro, lo que interpretamos como la intención de controlar al signo considerado anómalo y peligroso. En el cuadro de Samuel Toro, se interrumpe el paso hacia el significado. El profiláctico que utilizamos para controlar el embarazo, se sugiere como metáfora del bloqueo o interrupción del movimiento hacia el significado. Por esa razón, el texto escrito funciona como color y figuración, es decir, como significante. La escritura se destaca en el cuadro por su función plástica.

En un gesto propio de la vanguardia, el cuadro “Fuck me” procura violar la frontera entre el adentro y el afuera del arte. El texto se arma a partir de elementos que tradicionalmente se conceptualizan como externos al fenómeno artístico, por ejemplo, el condón chorreante. Además, ese objeto incorporado mediante la técnica del collage, sugiere que el espectador se puede meter en la obra e integrarse al texto, añadir su semen y su lectura. La metáfora sexual sugiere la participación activa del espectador en la producción de sentido. Un espectador penetra un cuadro con su mirada. La metáfora sexual, montada aquí a partir del orificio parlante, es de larga tradición. Desde la Antigüedad, confluyen el erotismo y el arte, y muchísimo se ha versado sobre ello. Georges Bataille, por ejemplo, propone que ambas experiencias aspiran a la indiferenciación entre el sujeto y el universo.

Sin embargo, nuestro artista, más que sugerir la indiferenciación del sujeto, busca producir una mirada irónica sobre la dinámica del arte en la sociedad de consumo, en la que no se producen revelaciones, sino el gozo inmediato y efímero, como el sexo centrado en la eyaculación.

En otra obra de Samuel Toro titulada “Glitter is the Herpes of Art Supp-Lies”, se pone en juego la cuestión de los materiales utilizados en el arte, debate que abrieron las vanguardias. En este contexto, la metáfora de la enfermedad venérea, el herpes, sugeriría los límites del goce, ya no sexual, sino estético, en el sentido de que la exploración con ciertos materiales no produciría cierta calidad artística. Sin embargo, la inclusión de la escarcha en la obra sugiere un gesto autoparódico que impone una lectura que se burla de ese mismo argumento, de la metáfora médica y la metafísica de los materiales nobles.

No obstante, me parece que los materiales que más le interesan a Samuel son el color y las palabras: palabras que dibujan, que manchan, que colorean, que ensucian, que se citan, que se fotografían, que provocan y que confunden.

El artista se apropia de diversos gestos y estilos vanguardistas como de un cajón de sastre. Este proceder que se suele calificar de ecléctico rompe con la noción romántica del arte como expresión de una interioridad, digamos, espiritual o como voz de una conciencia, pero también se distancia de la manía vanguardista de andar mirando el reloj a cada momento en un afán ingenuo de novedad. Más bien, nuestro artista se muestra como un espectador crítico de la sociedad y del arte contemporáneos, espectador activo que transforma su mirada en un comentario irónico de los discursos y las superficies coloreadas con las que el Minotauro se tropieza en los muros del laberinto urbano.

*Todas las piezas de arte, con la excepción de la tercera, son de la autoría de Samuel Toro.

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