Agenda 2015: música, poesía y ciencia


Esto es lo que escucho y anoto en la calle.
Tras las palabras queda el enigma.
—E. L.


28 de enero

Entre la lectura de la novela puertorriqueña Simone (2011) —que, entre otras correrías, narra las aventuras amorosas de un profesor antiacadémico de literatura de la Universidad de Puerto Rico, enredado con una estudiante chino-puertorriqueña que estudia Literatura Comparada— y la lectura de la novela argentina Blanco nocturno (2010) —que narra las aventuras de un puertorriqueño criado como un norteamericano de New Jersey, que se enreda en Atlantic City con unas gemelas argentinas con quienes se va a vivir a una provincia del sur de Buenos Aires, donde encuentra su muerte en los años setenta, surgió, como un disparo inesperado, la polirritmia rabiosa y pegajosa de Bernard Woma, xilofonista de Ghana cuya música tocada en un auditorio universitario evocaba, para un oído caribeño, sonidos que habíamos escuchado (además de en la calle) en la literatura. 

Todo un personaje: Bernard —percusionista infatigable, albino e histrión, conocedor de la sabiduría tradicional ghanesa— traduce etnomusicológicamente la música para que el público la entienda.

Trata sobre todo de eso: de una música que interpela y que invita siempre a sumarse al goce de unos ritmos hechos para el deleite del cuerpo.

Polirritmia furiosa: la que Bernard hace estallar con su grupo de percusionistas que parece reventar las paredes del auditorio; capas de sonido superpuestas; espirales; chisporroteos; aglomeración de intensidades, cada cual al ritmo de su pulso, en las que la clave, marcada desde la madera o el metal, asume con goce su verticalidad; centro de una gravedad que se mueve al ritmo de la multiplicidad aunada.

Bernard no se cansa; los bailadores, tampoco: la polirritmia toca el centro del ser.

Vértigo: Bernard sabe que al oído occidentalizado se le pierde el “uno” del primer compás. ¿Transustanciación rabiosa?

La ferocidad de la polirritmia crea un espacio imaginario: los tambores evocan la esclavitud, cuando la música africana en el Caribe agenciaba una violencia simbólica contra el poder.

Religión y política.

Toque de tambores: repiques de un contrapunteo a varios niveles.

Intensidad.

Guerrilla contra la Plantación de los sacarócratas: el olor a miedo tiene cara de mayordomo blanco.

Polirritmia fogosa: fuego.

Olor a revolución: sonido de la libertad.

5 de febrero

Desde el Hotel Verdanza en Isla Verde, irrumpe, a través de la página de Internet de Radio Universidad de Puerto Rico, el jazz del saxofonista puertorriqueño José “Furito” Ríos, la grabación en vivo de Standard Bomba (2015).

Irrupción inesperada: encuentro feliz.

Ver y escuchar a Furito dejó una huella indeleble. Desde entonces, cuando pienso en el saxofón del jazz boricua contemporáneo, contemplo una tríada que me gusta: David Sánchez, Miguel Zenón y Furito.

En esa línea de saxofones, cabe destacar la diferencia que establece Furito: es el único que, desde Standard Bomba, hace una propuesta jazzística entre el saxofón alto, que David Sánchez no toca, y el tenor, que Zenón evita. Furito habita ese espacio con destreza, para que no se pueda establecer una primacía entre los saxofones. 

De eso se trata: de escuchar la transición personalizada entre el alto y el tenor como si no existiera diferencia entre Charlie Parker y John Coltrane.

Pespunte: el fraseo de Furito deja las costuras marcadas.

Los tambores de la bomba —el buleador y el subidor— se reparten en tres: dos buleadores y un subidor.

Por su parte, los jazzistas se acercan desde el saxofón, el piano, el contrabajo y la batería.

El encuentro se llena de luz y rayos.

Furito sopla desde el vértigo: una nota se estrella en el Océano Atlántico, frente a la playa de El Alambique.

El subidor repica, dando golpes que parecen un tableteo. Siempre firme, el buleador que marca el paso —el segundo le sirve desde atrás— se mantiene impertérrito. 

Fuerza de gravedad.

La bomba le pone alfombra al saxofón: ¿le muerde la lengua el tenor al alto?

Furito se colma: deja de tocar, da pasos de bomba condensados frente a los tambores.

Marullo.

El tenor salpica tinta. Desde el silencio, oigo a Nicolás Guillén en prosa: “de qué manera sutil me derramó en la camisa todas las flores de abril”.

Los tambores apoyan al saxofón, que a su vez le rinde tributo a los cueros de chivo (macho y hembra).

El subidor marca la síncopa: taconea en las esquinas; les saca chispas a las losetas.

Hacia el final del show, el saxofón le agradece a los barriles la solidaridad y la consistencia: los cueros se calientan.

Se abren las puertas de la descarga: nueva medida de un tiempo nuevo que alterna los protagonismos. 

El buleador estalla primero: se sale del molde; improvisa; repiquetea.

El subidor lo sigue, trepándose hasta la azotea, de donde se tira en paracaídas.

El tiempo se expande: los barriles ensanchan el espacio, lo curvan.

La sede del encuentro cede, hasta que Furito endereza la casa desde los golpes bajos del tenor, al que a veces también hace gritar como si fuera un alto.

El Hotel Verdanza suda clorofila.

El cruce entre el jazz y la bomba sella la noche: el tránsito ha sido feliz.

Renacen nueve temas del repertorio jazzístico (Birdlike, Body and Soul, Yes or No, Cherokee, Confirmation, Hot House, You Don’t Know What Love Is, Softly as In a Morning Sunrise, Freedom Jazz Dance), intercalados coreográficamente con una pareja de bailadores y un invitado sorpresa: la trompeta.

Esto queda claro: Furito se expresa mejor con el saxofón que con la palabra.

9 de febrero

Hace un frío pelú. La nieve lo cubre todo de blanco. El viento de los Grandes Lagos, sobre todo del Erie, baja aún más la temperatura en el norte de Ohio. A las 4 de la tarde, en la Universidad de Michigan, se presenta Miguel Algarín, el poeta nuyorican que, como subrayó Larry La Fountaine en la presentación, tradujo la poesía de Pablo Neruda al inglés, además de haberse encargado de darle, mediante la creación del Nuyorican Poets Cafe, presencia institucional al movimiento de los poetas boricuas, nacidos o criados en Nueva York. Sin duda, el periplo de una hora y quince minutos desde el norte de Ohio a la Universidad de Michigan se justifica con creces: ¿cómo no ir a ver al poeta que, ahora como crítico, inventó el neologismo perfecto para definir una dimensión del poeta nuyorican?: ¡la dúsmica!

El poeta dúsmico es el que transforma las energías negativas que la ciudad y la sociedad le envían, en fuerza positiva.

Poeta ensayista: Miguel Algarín escribió la introducción de Nuyorican Poetry: An Anthology of Puerto Rican Words and Feelings (1975), la clásica antología editada con Miguel Piñero, desde el protagonismo del nuevo lenguaje: el nuyorican, la subjetividad/intersubjetividad del poeta y la lucha de clases en la que, como puertorriqueño de Nueva York, se ve inscrito el poeta trovador, cuya “expresión muscular”, acoplada al ritmo de la ciudad, lo compele a la supervivencia desde una ética estética.

Cuando entro en el edificio Michigan League, subo al tercer piso. Veo en el pasillo el volante que anuncia el evento: Miguel Algarín, Poetry Reading with Music. Entro a la sala a las 3:55. Está casi vacía. Miro hacia la derecha. Algarín y Larry charlan junto a tres o cuatro personas. Algarín se ve igual que la última vez que lo escuché leer su poesía, en un homenaje póstumo a Pedro Pietri celebrado en el Nuyorican Poets Cafe en octubre de 2004. 

Cuando saludo a Algarín, pienso en su poema dúsmico: “San Juan / an arrest / Maguayo / a vision of Malo dancing”. Al final, la voz poética —erotizada por la voluptuosidad del mar donde está metida, a tres kilómetros del pueblo de Maguayo (la playa de Dorado)— deposita su simiente en el agua, convirtiéndose así en padre del océano.

¿Sodomiza el poeta nuyorican a Poseidón?
La sala se llena de gente. A las 4:10, Larry, con sus uñas pintadas de azul, hace lo suyo frente al micrófono: “Ladies and gentleman, welcome to the Nuyorican Poets Cafe”. Un poeta joven afroamericano de Detroit arranca con un torrente de oralidad. Cuando termina, Algarín se acerca al podio; abre la carpeta donde trae los poemas. Pausa breve… silencio. Empieza con un poema largo, que reverencia la oralidad de los nuevos poetas callejeros de Nueva York —los raperos del hip hop—, cuya “expresión muscular” homologa a la de los poetas de la época épica de la poesía nuyorican.

Cuando lee: subraya con el cuerpo el sentido de lo que pronuncia con calma (desde lejos lo acompaña un guitarrista invitado); cierra los ojos; alarga las palabras; baja el tono; recula; se bambolea, siguiendo siempre el ritmo cambiante entre lo que dice (palabras y sentimientos) y cómo lo dice.

Cuando lee el segundo texto, no lo puedo creer. Otro poema dúsmico, que conozco desde hace muchos tiempo, cuya primera imagen nunca he podido olvidar: escena de una típica tarde de domingo, cuando la familia boricua de la diáspora, todos bien vestidos, regresa de la misa a la casa: pan y mantequilla, una taza de café… Imagen que me parece haberla visto, durante la segunda parte de 1980, en la realidad de un pueblito del estado de Connecticut, Willimantic. Allí vi a esas familias, vestidas de punta en blanco, salir de la iglesia los domingos, como en el poema, llenos de “belleza”, “amor” y “pureza”.

De repente, el poema Sunday, August 11, 1974 me revela otra parte de la imagen en la que no había reparado hasta ahora: el contraste seminal entre los cuerpos vestidos de pureza dominical y la desnudez del cuerpo de la voz poética, quien se levanta ese domingo justo cuando los boricuas llegan de la iglesia, pasado el mediodía. 

Cuerpo que no se avergüenza de mostrar su desnudez vespertina frente a la madre que lo mira desnudo. Contraste que negocia una pureza importante en el contexto de la cultura popular nuyorican y latinoamericana: la de una espiritualidad materialista, más pagana que religiosa, en la que el cuerpo “serestá” (según Yván Silén) libremente, sin la culpa cristiana del pecado:

Sunday afternoon and it is
one-thirty and all the church-
going latinos have crossed themselves
and my body swings free.

Después de la lectura, le conté a Algarín la vez que fui al Nuyorican Poets Cafe y me encontré con Pedro Pietri y Ray Barreto. Sí, me dijo, están muertos... Le dije que cada vez que visitaba a mi hermano en Dorado, me acordaba de su poema al pasar por Maguayo; le aseguré que dúsmico siempre me ha parecido un neologismo fantástico. ¿Por qué no se usa más? No querían publicarlo, me dijo; me abrazó.

Poeta profesor: de regreso al norte de Ohio, pienso en el personaje que hace de Algarín en la película de León Ichaso, Piñero (2001), cuando dice, en tono jocoso, que se ha pasado veinte años enseñado a Shakespeare, un tipo que nunca conoció a un puertorriqueño. En ese momento, me doy cuenta de que la película de Ichaso sobre Piñero es también una película que dice un montón sobre Algarín: protector de los poetas más jóvenes. De hecho, cuando Larry presenta a Algarín, hay un momento relacionado con la creación del Nuyorican Poets Café; lo que dice Larry parece una cita de la película.

Cuando llegué a Ohio, busqué Herejes y mitificadores: muestra de poesía puertorriqueña en Estados Unidos (1980), y encontré este subrayado viejo en un poema de Algarín: “Yo recuerdo que nací en Puerto Rico / y que el español que hablamos / es la lengua de nuestra esclavitud / no de nuestra libertad”.

12 de febrero

En el Día de Darwin, la biología, la filosofía y la economía le rinden tributo al autor de El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida (1859). La biología recurre a la historia para argumentar que en el famoso libro de Darwin (uno con su propia historia), cuyo título se acorta en sucesivas ediciones a El origen de las especies, la selección natural explica también, no solo la preservación y la adaptación de las especies sino la creación de las diferentes “razas biológicas.” Entre los datos históricos, aparece el del abuelo de Darwin, también naturalista, quien “había propuesto antes que el mismo Darwin la idea de la evolución de las especies.” Además, se sugiere que, “ante dudas personales sobre las implicaciones de su teoría en una sociedad Victoriana dominada por la Iglesia de Inglaterra,  Darwin añadiera una referencia a ‘el Creador’…” (Juan Bouzat).

La filosofía se distancia de los principios darwinistas de la biología: la tríada decimonónica que marcaba la evolución cultural, “salvajismo, barbarie y civilización,” se estrella en el siglo XX. La filosofía sabe que en las culturas favorecidas la selección es siempre política, nunca natural; y que la civilización y la barbarie, como señaló Walter Benjamin, se dan juntas. La filosofía desmiente el darwinismo social; la economía, valiéndose de la actual distribución del ingreso en los Estados Unidos, darwinista, demasiado darwinista, lo condena. 

 


Lista de imágenes:

1) Angu Walters, The Xylophone Player II.
2) Michael Creese, Saxophone.
3) Samuel Lind, Chichito.
4) Iba N’Diaye, Big Band, 1986.
5) John Williams.
6) Miguel Piñero.
7) Mick Mcginty, Bread and Butter.
8) Foto por Metousiosis de From Orchids to Octopi: The Evolution Mural.


 

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