¡Sonó... sonó una balacera y desaparecieron el cuerpo! (parte 2)

* El siguiente texto es la continuación de la primera parte del artículo "¡Sonó... sonó una balacera y desaparecieron el cuerpo!"

Parte 2

Con la excepción de “Sorongo”, donde la voz protagónica emerge desde el “hombre blanco” (interpretada por Calle 13, Seun Kuti y Sammy Tanco), no se trabaja con una negritud simultáneamente indómita, rebelde y violenta, sino con una domesticada, complaciente y apaciguada hasta alcanzar la alegría ante la dificultad. No se trata del cuerpo fornido de un Maelo jovial o problemático, sino de señores adorables (Roena y Concepción) navegando su nostalgia sentados en una barra de friquitín, como lo harían en cualquier esquina de un Santurce apaciguado, obediente de los códigos de orden público, un pueblo pintoresco de “música en todas las esquinas”.

La misma religión yoruba que los medios locales identifican caprichosa y sospechosamente con los narcos (sinónimo ahora de “quién te manda”), es aquí un trasfondo invisible al masacote. La intoxicación con que los santos bajan a comulgar con los hombres es anatema. Se nos presenta un San Mateo de Cangrejos que es un melting pot, o más bien una olla de sancocho pluralista y lista para recibir felizmente a cualquiera como recibió a un Curet flâneur que se paseaba hasta su cementerio.

Pero, no estamos ante una visión del todo gentrificante, ni de un trabajo totalmente blanqueado. Recordemos que estamos en una cruenta batalla sobre una negritud sin cuerpo, que parecería vivir solo en la nostalgia y en Loíza.

El goce etílico hace entrada triunfal a escena varias veces, aunque siempre bajo la misma consigna de felicidad complaciente. Esa débil tregua alcanza su máxima expresión en el Balcón del Zumbador, donde Tego Calderón vuelve a insertar el mantra del alegre conformismo entre cervezas y saoco, cantando “Con los pobres estoy”: “para mí en esos arrabales solo hay felicidad. Orgullo no va conmigo [...] la felicidad del pobre es preocupación pa’l rico”. Aún con la dicotomía entre lírica feel-good y entorno shabby-chic, se trata de un triunfo de setting más contundente que la doble lectura del barrio venezolano, un quiebre fundamental con toda pretensión de asepsia corporativa.

El sermoneo de Tego sobre las virtudes de ser felizmente pobre viene como contrapunto al anterior zarandeo revolucionario de Calle 13. “La policía nos pega igual de duro”, es la consigna al llamado del dúo a equiparar la opresión sobre la “clase media”, con la que siempre han vivido los pobres, a desdibujar las fronteras de “lo negro”. Entre ambos polos, parecería aparecer el doble discurso mediático de nuestra cotidianidad, que coquetea con la violencia y la indignación, pero nunca hasta el punto del quiebre, de la ruptura, de cobrar conciencia de la realidad sin la risa incómoda de saber que el camino puesto enfrente sigue siendo el de la deuda y la miseria.

Entre Tego y Calle 13 ubica el cínico humor de “El prestamista”, grabada en el callejón ocupado por el cuartel móvil del San Juan Police Department, en la entrada a La Perla. En este momento no sabemos desde qué trinchera ríen más.

Hacer hablar al difunto Curet es irónico cuando pensamos en que precisamente esto era lo que mejor hacía: poner su voz en otros, escribir para sus artistas con el virtuosismo de un “obsesivo compulsivo”, pensando en las palabras que mejor serían dichas por otros cuerpos. Es un Curet que, en muchos casos, también escribe para musas atormentadas como La Lupe, Héctor Lavoe, Maelo y Cheo Feliciano, todos reducidos —exceptuando el último— a breves menciones, fondos musicales o tomas de transición. El drama implícito de Cheo es resuelto en un arreglo medio jazzeado, con todo y bandeja de quesos y vinito.

Esta historia, la de Curet como un maestro de la voz incorpórea, como un titiritero de cuerpos atormentados por el estrellato, los vicios y la explotación de la escena musical y la industria discográfica, es quizá, el aspecto más interesante de la relación de Curet con sus musas. Y es, probablemente, hasta la más relevante para un público acostumbrado a una marioneta que monopoliza la verdad diaria, al no hablar abiertamente de genuinas circunstancias problemáticas.

No mencionar “el problema” de adicción de Cheo Feliciano es una de las pocas carencias del guión. Aunque se trata de un especial navideño y el tema quizá carece la jovialidad que la temporada exige, éste pudo haber aguantado un poco más de crudeza. Mas, ese es terreno de lo que quisiéramos que fuera, no de lo que fue.

El aspecto de la voz para el cuerpo ajeno es casi freaky en las tomas del niño trovador, Luis Daniel Colón, cantando junto a Tony Croatto. La diferencia de tamaño entre ambos cuerpos, que asemeja la de un ventrílocuo y su muñeco, se vuelve más ambigua dada la operación de Curet con sus artistas-musas. El dúo repite el mantra apaciguante: “Al futuro voy trovando [...] vive humildad, siembra amor y Dios cantará contigo”.

Desde el interior aiboniteño se inicia el clímax del especial, el momento más violento del tiroteo. La poderosa secuencia vuelve a evidenciar la maestría del colectivo Rojo Chiringa en retratar la cotidianidad de una manera más fluida, natural y convincente que sus contrapartes en las mega-producciones de la administración Fortuño, desde el comercial de la Vía Verde hasta su vídeo de lanzamiento. Claro, la cercanía es peligrosa, pero se da en el contexto de este campo de batalla.

El cese al fuego ocurre después de un golpe bajo, decisivo y devastador al final de dicha secuencia, que según César Colón (guionista junto a Rígel Lugo) fue una joya no escrita cortesía de Leando Fabrizi (uno de los editores). Pasado el derrochante orgasmo de puertorriqueñidad al compás de las voces de los niños que cantan “donde quiera la alegría normal del puertorriqueño. Para sentirme su dueño, visito la tierra mía” —y de un imponente atardecer, explota un calibrado y preciso bombazo dialéctico: vemos las ruinas del residencial Las Gladiolas fotografiado (probablemente) desde el Popular Center.

 

La secuencia puede pasar desapercibida para cualquiera, menos para los residentes que han sufrido el desahucio y para los tecnócratas detrás de la movida de bienes raíces que sigue la implosión del residencial. Se trata de un momento para-pelos que seguramente detonó varios de los comentarios del Presidente de Popular Inc. en la conferencia de prensa del evento televisivo.

Pasado ese apogeo, las balas y los bombazos del enfrentamiento disminuyen hasta un segundo momento tenso y lustroso durante la secuencia de “Sorongo” antes discutida. La reflexión de Rubén Blades sobre el carácter transnacional del trabajo de Curet y del artificio de las fronteras nacionales contrasta con las alusiones al arraigo y a la tierra en diversas partes del especial, que culmina con la celebración musical durante el funeral de Curet.

Conclusiones

Poco importa cuál de las fuerzas beligerantes adelantó más su posición en esta batalla de trincheras. Ambos bandos contaban ya con un acuerdo de paz: toda ganancia (si alguna) de la producción irá dirigida a la Fundación Banco Popular, dedicada, entre otras cosas, a la formación de músicos. La doctrina Santini en acción: causas benéficas como aplanadoras de objeciones.

La inversión de Popular Inc. en el network de administradores culturales del que muchos (como Rojo Chiringa) son o serán parte, y con el que nos conectamos a diario con amigos y conocidos, parecería asegurar la línea de fuego: Carrión desde las alturas (y La Fonda de Don Tite instalada en Popular Center), y nosotros desde el fango (y las fondas reales en la ciudad afavelada). El colectivo, por otra parte, se posiciona efectivamente como casa productora de largo metrajes de calidad y presencia indiscutible.

Al final de la balacera, yace el rostro de la negritud, entre los casquillos, silencioso, inanimado, su cuerpo desaparecido después de ser castrado por la injusticia centenaria. Interpretada en el amanecer, “Las caras lindas” aparecieron como rostros que apenas veíamos, al inicio eran sólo contornos oscuros de figuras humanas. Con la luz de la mañana se logran distinguir bailarines con ropa casual, no con los disfraces de la tradición.

 

Para bien o para mal, la tesis sostenida es de una negritud Light, pero actualizada en lo cotidiano, vestida para el shopping center o la fiesta de vecino, más real que la construcción folclórica institucional, pacífica y sometida a la aceptación pasiva de su condición. Se trata de una violencia “such is life”, sometida contra el espectador que debe aceptar su pobreza, humildemente.

Mientras repetimos ¿y qué le pasa a los puertorriqueños que no se rebelan?, consumimos las experiencias “culturales” guardando silencio ante las “buenas intenciones”. Seguimos sufriendo del mismo malestar, no tras un orgasmo cultural, sino tras una náusea que algún día debería explotar en purgación social.

Tite Curet no murió en la miseria, pero fue enterrado sin haber visto resuelto su litigio en los tribunales. Aunque su cadáver tenga tumba al final del día, el cuerpo de la negritud y la pobreza parecería seguir condenado al anonimato de la fosa común de quienes esperan la justicia de brazos cruzados, en un mundo cada vez más injusto.

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