Pedaleo boricua

 


La Bibliocicleta es un proyecto que Augusto [Leal] y otros estudiantes de la universidad de Bahía [Brasil] decidieron emprender para llevar literatura y educación a las comunidades más marginadas de la capital bahiana.
—Alejandra Sánchez Inzunza

Desde la muerte de su viejo Pontiac, la bicicleta se convirtió en su único medio de transporte alrededor de la ciudad. Era una de las que comúnmente llamaban burras, compuesta por un cuadro pesado de hierro colado, sin transmisión ni implementos modernos, con un solo piñón trasero y freno de pedal.
—Juan López Bauzá

Me intriga mucho la bicicleta, porque me parece una máquina muy extraña, metafísica, contradictoria y absurda: ¿cómo es posible que con esa estructura se pueda equilibrar ella misma?
—Nicanor Parra


 

Prefacio. Antes de cruzar la avenida literaria, es de rigor mirar para los dos lados. Por la derecha, se acerca desde México la colección de ensayos de Gabriel Zaid, Cómo leer en bicicleta (1975), “Pero si leer no sirve para ser más reales, ¿para qué demonios sirve?”, pedaleando entre la crítica y el humor: “para entender el Diccionario fundamental hace falta otro diccionario”. Por la izquierda, desde Argentina, la novela de Mempo Giardinelli, La revolución en bicicleta (1980), pedalea en línea recta: “Me cago en Stroessner”. Propuesta de transformación política.

Con el pedaleo de Zaid llegan también las calaveras en bicicletas del caricaturista José Guadalupe Posada; por contigüidad, se visibiliza la ausencia de la bici en el muralismo mexicano, donde prima el caballo. Con el pedaleo suramericano de Giardinelli llega desde Chile, por un lado, la “Oda a la bicicleta” (1956) de Pablo Neruda, 

Pasaron 
junto a mí 
las bicicletas, 
los únicos 
insectos 
de aquel 
minuto seco del verano, 
sigilosas, 
veloces, 
transparentes: 
me parecieron 
sólo movimientos del aire

y por el otro, el diseño aerodinámico del ciclista de Roberto Matta, Untitled (1955/7). Pero sobre todo, llegan desde ese sur conosuereño Las bicicletas de Rosario (2001-02), 350 bicis que Fernando Traverso pinta con stencils en las paredes de la ciudad argentina para rememorar a los desaparecidos de la Guerra Sucia (1976-83).

Desde Chile, las ilustraciones de Virginia Herrera, “stickers coleccionables”, sobre escritores en bicicleta (2012), ofrecen esta galería de grafómanos abocados a las dos ruedas: Gabriela Mistral, María Luisa Bombal, Virginia Woolf, Roberto Bolaño, Ernst Hemingway, Jorge Luis Borges, Edgar Allan Poe, Fedor Dostoievsky y Julio Cortázar, cuyo relato bufo contra el discrimen que sufren las bicicletas, “Vietato introdurre biciclette”, en Historia de Cronopios y Famas (1962), cierra con un final a todas luces cortazariano, demasiado cortazariano:

No ocurra que las bicicletas amanezcan un día cubiertas de espinas, que las
astas de sus manubrios crezcan y embistan, que acorazadas de furor
arremetan en legión contra los cristales de las compañías de seguros y
que el día luctuoso se cierre con baja general de acciones, con luto en
veinticuatro horas, con duelos despedidos por tarjeta.

******

 

Por la vereda tropical. Segunda mitad del siglo XX eurocentrado; desde la periferia, el pedaleo boricua no puede sino gravitar alrededor de Rueda de bicicleta (1913), de Marcel Duchamp, y de Cabeza de toro (1942), de Picasso, que son las propuestas más bicicletocéntricas de la modernidad artística del siglo XX.

Desde esa imantación a distancia, el pedaleo criollo de Julio Rosado del Valle, en Triciclo (1978), irrumpe desde el rojo. Cuadro. Gomas. Sillín. Manubrio. En el camino, Triciclo se cruza primero con la xilografía cubana, Noche de zafra (1994), de Roberto Artemio Iglesias, en la cual la bicicleta sustituye al caballo; después, interseca con el arte dominicano, Gato en bicicleta (1959), de Eligio Pichardo, y con el ARTcycle (2016), en Coral Gables, Florida.

Pedaleo críptico; toda una bici de rojo, Triciclo (1978) es una propuesta que requiere tiempo e intimidad, quizás silencio, para encontrar la tercera rueda. Clave ontológica de la serigrafía. Diálogo.

Como si se tratara de un archipiélago de colores y manchas en éxtasis, el periplo de Triciclo empieza poco a poco a distanciarse del concepto hegemónico: la bicicleta. En ruta escabrosa hacia su plenitud ontológica, se mueve por un laberinto de formas y colores seducidos por la carnalidad de la geometría y la homogeneidad de los tonos. Sin moverse, se mueve y nos hace girar alrededor de la tercera rueda, que no se entrega en la primera mirada. Erotismo. Pedaleo narcisista, sin duda, pero nunca solipsista. Invitación a la cópula.

Cuando finalmente se deja ver la tercera rueda, la bicicleta se mueve hacia el triciclo, que ahora parece delineado con una estabilidad formidable. Rueda dentro de la rueda; triciclo en la bicicleta.

En La máquina del tiempo (1993) de Elizam Escobar (una referencia a Francis Bacon, según María Giulianna Zambrano), el pedaleo no pierde tiempo. Autorretrato. La prisa se hace parte del movimiento. Dialéctico, el ciclista se mueve hacia delante mientras mira hacia atrás; movimiento articulador de las tres dimensiones del tiempo (presente, pasado y futuro) que transforma la bicicleta en una máquina retro de fuga.

Rueda delantera que impulsa la energía libertaria hacia el ahora. Pedaleo que se aleja del ayer en dirección al mañana.

Nuevo centro de gravedad. Velocidad testimoniada por la soga que el ciclista lleva en el cuello. Prisa. Pedaleo diacrónico. Urgencia que transforma el espacio en una sensación dominada por la bruma, emblema de la incertidumbre y de la necesidad. Fugacidad. Textura pesadillesca en ruta hacia el sueño.

Pedaleo neobarroco. El de Pepón Osorio, en La bicicleta (1985), se instala en su propia negación. ¿Otra bici con las gomas rojas? Narcisismo que se deleita en cancelar su ontología. Pasión (meta)política; segunda naturaleza. Horror vacui. 

Bicicleta que no quiere ser pedaleada, porque ella misma se ha convertido en la ruta. Endogamia y libidinosidad. Periplo inmóvil; en vez de desplazarse, la bici hace que las chucherías lleguen a ella. Siempre utópica, se eleva en una quietud que apunta hacia el cielo.

Sin embargo, vista de lejos y con prisa, parece un cuerpo marítimo invadido de corales y erizos. Bicicleta del mar, cubierta por la basura plástica que llega a la playa. Como si se tratara de un “arquefacto” de Nick Quijano, el pedaleo de La bicicleta transforma la producción industrial en arte político.

******

 

Bicicleliteratura. Inquieta, en El velocípedo de Jesús (2011), la anti-obra de teatro de Yván Silén retrocede a la imagen del Cristo en el borrico (el velocípedo), sin por ello anclarse en el pasado cristiano. “Tretas del débil”, como decía Josefina Ludmer, el pedaleo desde el velocípedo arremete contra la maquinaria política de la asimilación del Puerto Rico contemporáneo: “¡Estupideces, como la de los pitiyanquis y los muñocistas”. 

La poética del velocípedo clava la bicicleta en la palma de coco, como si fuera la cruz de un Jesús que radicaliza el cristianismo: “¡Ay de las mujeres  de vidrio en las vitrinas de los capitalismos ambulantes!” Un Jesús que además es metateatral y esquizo: “¿En qué acto existo y en qué acto no existo? ¿En qué acto soy yo y en qué actos soy el otro?”

Los ensayos-crónicas de Edgardo Rodríguez Juliá testimonian el pedaleo de las bicicletas neobarrocas del Caribe boricua. A su vez, la prosa del historiador Fernando Picó se sube a las dos ruedas de la imaginación literaria; en Don Quijote en motora (1993), el personaje literario circula por la geografía neoliberal de Puerto Rico, la cual, debido a los excesos de la sociedad de consumo, a la mala distribución de la riqueza, Don Quijote encuentra plagada de comunidades cerradas al acceso público. Privatización de la seguridad. En motora, Don Quijote contempla el miedo del Puerto Rico finisecular que Picó somete a reflexión crítica.

Del velocípedo de Jesús a la motora de Don Quijote; el pedaleo boricua se desplaza en prosa. En Barataria (2012), de Juan López Bauzá, alcanza su zenit: “En un dos por tres arman un arroz con bicicleta que no hay quién se lo coma luego.” Tributo bufo a las dos ruedas; una bici tan estrafalaria y quijotesca, “engendro móvil”, como su dueño, Chiquitín: “¿Todo bien, querida mía?, le preguntó [Chiquitín] a la bicicleta, bajándose a observarle los rayos de sus gomas. ¿Todo en orden, querendona?, le preguntó de nuevo mientas le acariciaba ahora el manubrio, el sillín, el tubo central del cuadro”.

Novela neoquijotesca —caudal lingüístico— en la cual la bicicleta sustituye antillanamente a Rocinante:

Cuando tuvo la bicicleta en óptimas condiciones, la miró de lejos buscando perspectivas y observación fría. En aquel ejercicio de abstracción, y pensando que estaba por convertirse en su principal acompañante por los próximos meses o inclusive años… convenía personalizarla, darle al menos un nombre con el cual referirse a ella de modo afectivo… y casi por fuerza tuvo que llamarla Anacaona.

Exceso neobarroco; en Barataria, el pedaleo en bicicleta-doblecleta-triplicleta reescribe el delirio de un personaje —Chiquitín— muchas veces literario. Novela que potencia, en dirección bufa y política (crítica feroz al anexionismo), el cuento de José Liboy, “La poética de Antonio García” (2003), en el cual Toño Bicicleta, en vez de un “sicópata” heroizado por su fugas, es repensado como una poeta frustrado.

Desde Barataria, la novela estalla como el género más bicicletero de la literatura puertorriqueña.

******

 

Epílogo. El pedaleo de Barataria, “batiendo piernas”, se sale de la literatura, derramándose sobre lo que, a partir de 2012, se conoció en Puerto Rico como el “bicijangueo”. Regreso de la bicicleta al deleite de pasear y estar con amigos. 

Entre otros bicicleteos que inciden con Barataria, surge desde la diáspora la instalación de Miguel Luciano, Puerto Rican Cotton Picker (2011); una bicicleta Schwinn blanca, de 1971, con tres banderitas, asiento guineo y la palanca de cambios, sobre un mapa de la isla que flota en un azul fluorescente, a través de la cual Luciano evoca la historia laboral de una familia boricua en Arizona (1926), inscrita en las plantaciones de algodón del mundo mexicoamericano.

¡La cotton picker boricua!

Contigüidad mexicoamericana. En el pedaleo transnacional, el protagonismo de las bicicletas Schwinn —modelo Phantom, conocidas como las “bicicletas antiguas”— se hace parte de la memoria de la gran migración boricua de 1950 a Nueva York. Vuelta a la primera novela que retrata esa traslación: Trópico en Manhattan (1951), de Guillermo Cotto-Thorner, recientemente traducida al inglés por J. Bret Maney, Manhattan Tropic (2014).

Bicicletas nuyoricans; los poetas de la comunidad que las restauran le ponen banderitas a la diasporidad sobre dos ruedas. Las bicicletas antiguas evocan las bicis chicanas, también llamadas, como los automóviles, “lowriders”, neologismo que al entrar en contacto con la poesía nuyorican de Victor Hernández Cruz deviene “Low Writings” (1991).

Desde la República Dominicana, el pedaleo de Juan Luis Guerra, en “El Niágara en bicicleta” (1998), crea furor en la sonoesfera del merengue. Onda expansiva que llega hasta Suramérica, dramatizando, en Carrera de bicicletas (2009), las bicis de Feliciano Carvallo, miembro clave de la pintura ingenua venezolana. Contigüidad. En el documental de Oliver Stone, Al sur de la frontera (2009), el Comandante Hugo Chávez regresa a su pueblo natal; se monta en una bicicleta, pedalea un poco hasta que, insólitamente, la bici se parte en dos y Chávez cae riéndose al piso.

Más al sur, desde Argentina, la poesía reclama el protagonismo sobre dos ruedas en una antología latinoamericanista, 40 velocidades. Colección de poemas en bicicleta (2014), en la cual el poeta incluido de San Juan no es de Puerto Rico sino de la provincia argentina, San Juan, más al norte de Mendoza.

Imantado hacia 40 Velocidades, Los hijos de los días (2012), de Eduardo Galeano, resalta la dimensión de género en la historia del pedaleo: “La verdad es que, por culpa de la bicicleta, las mujeres se movían por su cuenta, desertaban del hogar y disfrutaban el peligroso gustito de la libertad. Y por culpa de la bicicleta, el opresivo corsé, que impedía pedalear, salía del ropero y se iba al museo”. 

Por eso, Galeano cita a las feministas estadounidenses, Susan B. Anthony, “La bicicleta ha hecho más que nada y más que nadie por la emancipación de las mujeres en el mundo”, y Elizabeth Stanton, “Las mujeres viajamos, pedaleando, hacia el derecho de voto”.

El pedaleo de Galeano se cruza con el del dominicano Domingo Liz, en Ciclistas (1992), el cual, a su vez, en ocasiones, se parece al pedaleo naif de Feliciano Carvallo. La motocicleta roja del argentino Antonio Berni, en Cristo en el garaje (1981), se confunde con la motora de Don Quijote en Puerto Rico, donde, entre otros pedaleos sui generis, el de la Colecticicleta la Habanera (2005), de Jorge Rito Cordero, plantea en Santurce el delirio funcional de una bici colectiva que termina en una silla de ruedas.

Subiendo la pendiente, Sísifo (1993), de Elizam Escobar, quema los últimos cartuchos del bicicleteo filosófico, siempre contiguo al pedaleo poético, desde un azul verdoso que homogeneiza el delirio de la pureza. ¿Otra fuga?

Cuesta arriba, enmascarado y aséptico, el ciclista parece un enfermero que huye de la enfermedad para no respirar la muerte; un loco que, a pesar del azul demasiado prístino de todo, sube impoluto la cuesta de la ficción. Tensión. Suavidad de un tono que se estrella en la mascarilla, que ahora parece un bozal. Violencia de un pedaleo silenciado por la política de un turquesa engañosamente diáfano.

El pedaleo de Elizam insiste en la identidad enmascarada sobre ruedas, pero esta vez, en Los bicicletistas (1993), la pareja que viaja en dirección opuesta, ¿un disparate colonial?, se encuentra en la mirada que mira desde unas bicicletas que parecen quiméricamente de cartón. ¿Cuentos de hadas? 

Dobles doblados en la disparidad que los unifica y que a ella le estira cubistamente el cuello. Desfase. Pedaleo de unas máscaras que se entrecruzan desde las ruedas traseras, como si el mundo estuviera patas arriba. 

¿Brutalidad del poder?

El cuello doblado de la ciclista que mira con pose cubista contradice el movimiento. Poesía. La pintura parece una mentira que se retuerce en su fantasmagoría. Política. Dualidad que se mueve sin moverse. Encontronazo de ruedas entrelazadas desde la ficción. Fricción de máscaras que no se esconden.

Pedaleo desenmascarado. Jaque mate. El pintor que pinta bicicletas —Elizam—  es a su vez pintado en una bicicleta roja. Boomerang.

En El artificiero (Retrato de Elizam Escobar) (2004), de Rafael Trelles, la bicicleta roja establece la verosimilitud, punto fijo, a la que se sube el ciclista que nos mira asediado por la fantasía. Irrealidad que lo conforma, tanto desde la víbora con cara humana que se ha pegado a la rueda delantera, cuya presencia congela el movimiento al meter la cola en la goma trasera, como desde la cara ingrávida del tigre con mandíbulas abiertas, que brota como una excrecencia del trasfondo onírico en azul grisáceo.

¿”Transfixión”?

Telón de fondo. Pedaleo inmóvil, a lo largo de un paisaje pesadillesco que parece, desde las dos figuras animalizadas a mano izquierda, goyesco.

La manzana del Viejo Testamento se ha convertido en el aguacate que cuelga un poco más arriba y a la derecha de la cabeza del tigre, desde el cual el sueño tienta la realidad. Deseo. Del manubrio salen plantas y una flor. El artificiero en dos ruedas logra el equilibrio perfecto: sin moverse, se mantiene en la ficción con los pies en los pedales, una mano en el manubrio y la mirada puesta en nosotros.

El pedaleo pictórico de Escobar —Máquina de tiempo (1993), Sísifo (1993), Los bicicletistas (1993)— se mira en el pedaleo literario de Barataria (2012), novela criolla que más páginas le ha dedicado a la creación de una bicicleta quijotesca: “una tricicleta, porque remolcamos una carretilla”. 

Desde esa mirada metaficcional, el bicicleteo de Escobar se desdobla. Por un lado, aparecen las doblecletas, como Bicicletistas (1993), con su inversión de género (ella conduce). Por el otro, del ciclista que corretea entre la realidad, la fantasía y el deseo en su bicicleta roja, surge el teórico que, en Los ensayos del artificiero (1999), “traspasa” lo “político directo y el post-modernismo”:

“A menudo, es el arte que surge de las situaciones cotidianas reales, sin reclamar ser ‘político’, el que tiene un papel más político y significativo en nuestras conciencias...” (Escobar).

Pedaleos… El retrato de Albert Einstein en dos ruedas cruza la calle sin mirar para los dos lados. Entre la política y la poesía, el Che Guevara le pone motor a su bicicleta y el poeta español Rafael Alberti le pone alas. Mientras la Sinfonía de bicicletas (1970) de Salvador Dalí se desplaza por la Avenida Diagonal de Barcelona, la cumbia política argentina de León Gieco, “El ángel de la bicicleta” (2005), desafía la muerte provocada por el poder. 

Desde Puerto Rico, el pedaleo pictórico de Carlos Osorio, La muerte en bicicleta (1974), se desplaza por la Avenida Fernández Juncos y la Avenida Juan Ponce de León, donde lo espera, en el Burger King de Río Piedras, la ortografía idiosincrásica de Joserramón Melendes, con su libro, Dobles de Elizam Escobar (2000), abierto en otro pedaleo pictórico de Escobar, Pon a la muerte (1993), el cual “glosa la frase popular puertorriqeña ‘la muerte en bisicleta’”:

“la bisicleta que carga al personaje i a su amada final, probada en este temple de la cársel; se pasea por el (otro) filo de las rejas. El monocolor (acrílico i yeso) del dibujo, i la ejecusión suelta, lo propone como una caricatura” (Melendes).

Pedaleos…

 


Lista de imágenes:

1. Roberto Matta, Untitled, 1955-7.
2. Julio Rosado del Valle, Triciclo, 1978.
3. Elizam Escobar, La máquina del tiempo, 1993.
4. Pepón Osorio, La bicicleta, 1985.
5. Portada de El velocípedo de Jesús (Colección Maravilla), de Yván Silén, 2011.
6. Miguel Luciano, Puerto Rican Cotton Picker, 2011.
7. Imagen suministrada por el autor.
8. Portada de 40 velocidades. Colección de poemas en bicicleta (Neutrinos), 2014.
9. Elizam Escobar, Sísifo, 1993.
10. Elizam Escobar, Los bicicletistas, 1993.
11. Rafael Trelles, El artificiero, 2004.
12. Elizam Escobar, Bicicletistas, 1993.
13. Imagen suministrada por el autor.


 

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