Para verte y escucharte mejor


Nuestra verdad posible tiene que ser invención,
es decir escritura, literatura, pintura, escultura,
agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo.

—Julio Cortázar, Rayuela


~Sobre la convergencia de las artes en la literatura puertorriqueña contemporánea~


I. Sinestesias literarias

Hace varios años vengo explorando el concepto de la sinestesia como un pretexto para la gestión cultural y también como lente para explorar las convergencias de las artes en la literatura puertorriqueña contemporánea. Es decir, desde la óptica de la sinestesia, indago los efectos de la convergencia e interdependencia de las artes visuales, musicales y literarias, según se manifiestan en obras literarias contemporáneas[1]. La sinestesia (“syn”: juntar; “estesia”: sensación) literalmente es una condición neurológica que involucra varios sentidos en un mismo acto perceptivo. En la literatura es una figura retórica donde se trastocan los sentidos de forma que se asocian con percepciones reservadas a otros sentidos. Por mi parte, propongo el concepto, no solo para explorar el junte literal de sensaciones que provoca toda obra de arte, sino, también, para explorar los efectos de la convergencia de diversas disciplinas artísticas. Enmarco la sinestesia en las teorías de Emmanuel Lévinas en torno a la alteridad y la experiencia estética, donde se privilegia la sensación sobre lo racional y la otredad como vía que provoca la subjetividad. En particular, exploraré, a través de dos novelas (Palacio de Sergio Negrón Gutiérrez y El imperialista ausente de Manuel Martínez Maldonado) cómo la narrativa contemporánea inserta de forma, tanto explícita como implícita, otras manifestaciones estéticas de lo visual y lo sonoro y los efectos que estas convergencias producen.

Propongo que, al insertar otras manifestaciones estéticas a la literaria, se potencia e intensifica la búsqueda ontológica del sujeto y el efecto de hallarse en el otro. Este encuentro en estas obras está arraigado a la experiencia estética y su impacto en los sentidos. Esta manifestación de la alteridad se provoca en el sentido que la propone Lévinas, es decir, el hallarse a uno mismo desde la experiencia con el otro, y esa subjetividad se produce en estas novelas también como efecto de la presencia de la obra de arte, que funciona como una dimensión de la otredad.

II. “Para verte y escucharte mejor”

Comencemos con Palacio de Sergio Negrón Gutiérrez. En esta novela vemos que sobresale lo sonoro musical, pero que convergen también otras artes mediante los diversos personajes de la misma. Por ejemplo, está Frank, el narrador que es escritor; Willow, la trompetista de jazz; Ayesha, la aficcionada del jazz y estudiante de posgrado que estudia novelas gráficas; Kaede, la joven japonesa quien era actriz; su mamá, ya finita hacía varios años, era artista plástica; y su padre, el Sr. Abe, es ornitólogo y pianista. El ornitólogo japonés llevaba a cabo una investigación de aves capaces de reproducir la voz humana, pero una vez fallece su hija, Kaede, el señor Abe comienza otro proyecto con las aves para eternizar, a través de ellas, la voz de su hija. Alice, la esposa del narrador, lo abandona y termina en Japón ayudando al científico en su proyecto descabellado.

Lo sonoro-musical en esta obra se presenta como un aliciente, un bálsamo para el dolor de ser vivo. La novela resalta al sujeto quebrado: la mayoría de los personajes sufre una pérdida literal y simbólica del otro, ya sea en una relación filial o amorosa. Sobresalen, Frank, el narrador, que su esposa lo abandona, y el señor Abe, que sufre una pérdida doble al fallecer su esposa y su hija. Estas pérdidas también quiebran una hebra en el tapiz de la realidad que estos personajes se habían construido a partir del otro. Como afirma el narrador:

Aquella noche del aguacero, de la confesión ebria de Alice, accidentalmente, hice de ella mi nación; me preparé para mostrar su foto cuando me pidiesen pasaporte; a utilizar su nombre como ciudadanía. No fue mi intención. Ni siquiera me percaté de ello, hasta esa mañana en la que me abandonó, en la que miré por el vidrio de nuestra ventana y me sentí como aquel último ciudadano de la Atlántida. (37)

Por otra parte, para el ornitólogo, prolongar la voz de su hija en las aves lograba transformar su ausencia:

Tan solo tendría que recurrir a un ave […] y allí estaría un pedazo de su hija, vivo. Y no tendría que soportar la soledad, la certeza de que las cosas que lo habían mantenido sano y salvo, las dos personas que mantenían su mundo en su órbita ya no estaban en existencia. (61)

La transformación de la ausencia se logra desde el arte, como afirma Alice: “Sé que suena absurdo, sé que todo esto es extrañísimo, pero es arte… el señor Abe está haciendo una pieza de arte” (42). Conforme a Esteban Beltrán para Lévinas la obra de arte “posibilita un encuentro con la otredad, la obra de arte facilita la huida […] hacia una alteridad” (134). Entonces el arte se convierte en ese otro ausente y ahuyenta la soledad: “la soledad como hecho ontológico puede superarse únicamente a partir del pluralismo” que representa la otredad, es decir, “el advenimiento de la subjetividad no puede realizarse cuando se está aislado, ya que está fundada como un acto de darse al otro y al mismo tiempo recibirlo. [Se] funda como sujeto en el reconocimiento a la alteridad a la pluralidad” (De Ita Rubio).

Por otra parte, la música y lo sonoro también se proponen como un diálogo alterno, una forma de comunicarse con el otro sin mediar palabras, sino cadencias: “ella le pregunta que si se puede quedar escuchándolo en el piano. Lo hace porque piensa que lo que el señor Abe no dice —apenas habla— lo expresa en sus prácticas de Bach” (57); en otro extracto, la trompetista Willow afirma: “Entonces me entiendes. Entiendes cómo se siente querer rendirse. Si no fuese por el jazz […] hubiese soltado la soga. […] A veces me gustaría poder utilizar el jazz como metáfora. Ponerlo en palabras…” (104-105). Es desde la música que varios personajes de la obra intentan tender puentes hacia el otro. En el caso de la primera cita, es Alice quien intenta conectar y comprender al señor Abe. En el caso de Willow, ella intenta conectar y conmover a las personas a través del jazz. Para Ayesha, otro de los personajes principales, el jazz la acerca a su padre, con quien sostiene una relación marcada por la ausencia y las dificultades de comunicación. Por tanto, abundan instancias en que la música es el puente que logra armonizar lo quebrado, al menos temporeramente, mientras dura la melodía.

En la novela, lo sonoro musical se nos presenta como una sinestesia, un arte multidisciplinario que trasciende el lenguaje y provoca la conexión con los otros, sin mediar palabras, sin diálogos, solo sensaciones, provocadas por la música y sus sonidos. Según propone Lévinas, al reflexionar sobre la música como arte, el sonido, su “mismo timbre, huella de su pertenencia al objeto” es “sensación pura, todavía no convertida en percepción” y “la sensibilidad se plantea como un evento ontológico”. Es decir, la música se inserta como remanente del objeto, que en este caso es la persona con quien se desea tender el puente. Al sustituir la persona por la melodía se logra una presencia en la ausencia. El arte musical es, entonces, ese otro que produce el mismo efecto de alteridad: “la relación entre el Mismo y el Otro funciona como discurso en el que el Mismo sale de sí”, provocado por el otro, esa persona deseada o, en este caso, la obra de arte que la representa (De Ita Rubio). Es un salir del solipsismo para entrar en la pluralidad del arte como un otro. Según Beltrán:

La obra de arte permite la concreción de un espacio [donde hay] un “tú” que llama a un “yo”. […] El arte no es solo un campo de los artistas, el ser humano está siempre en disposición al goce estético, al conocimiento no lógico, y esto no es un acto pasivo, sino una praxis creadora, no solo hay acción en el compositor de la sinfonía, sino también, en el que escucha…”. (131)

Propongo que aquí Negrón inserta lo sonoro y musical como praxis creativa, una sinestesia, provocada por la convergencia de lo literario y lo musical, en este caso, para llevarnos a ponderar el arte como campo multidisciplinario que posibilita articular lo humano y la diversidad estética que surge de las relaciones humanas y de las maneras de interactuar con el otro, y permite trazar subjetividades desde otredades que se empeñan en ausentarse, mientras simultáneamente siguen presentes desde las obras de arte mismas.

Esta paradoja de la simultaneidad de la ausencia y la presencia del otro a través del arte, continúa como temática desde el título de la otra novela que exploraremos: El imperialista ausente de Manuel Martínez Maldonado. De entrada, esta obra nos inserta en el terreno de la sinestesia, como estrategia discursiva que provoca, desde la intertextualidad, una convergencia entre la literatura, las artes plásticas, el cine y la música. La novela convoca las metáforas canónicas al insertar una búsqueda por el padre ausente, que en ocasiones se equipara a la búsqueda de la patria. En la novela se va hilvanando, en primera persona, la historia del narrador, fragmentada, en tránsito entre lienzos, películas y canciones. El narrador continúa insertando las artes plásticas y lo visual como medio para explorar la ausencia del otro, primero su padre y luego su propia esposa e hijos, que ahora están lejos a causa del divorcio y su vida en Nueva York:

Yo me sentaba en el borde de la barra y pensaba en mis hijos. Quería ver a mis hijos en un cuadro de alguien, tal vez de Renoir o de Velázquez. Me miraba en el espejo de la barra y veía ahora aquella composición en la que Marina estaba rodeada por nuestras dos hijas y el chico. Ellas sonreían; él reía como si lo más gracioso del mundo acababa de acontecer. Mas el chiste era yo. Allí sentado, al filo de la noche, tomando, solo, mirando un espejo entre humo y copas de licor. (39)

La soledad del narrador provoca su búsqueda por el otro, que es simultáneamente su esposa e hijos y el arte, “Renoir o Velázquez”. En la novela la búsqueda del narrador es múltiple: es por el padre ausente, más presente ahora desde su muerte; es por la patria, ese origen mitológico; es por la vida misma, el origen ontológico. En esta búsqueda, se intenta construir una patria-padre desde las palabras, desde el arte y la sinestesia, y se convierte en una narrativa ontológica que trasciende lo puertorriqueño y se inserta en lo múltiple a través de sus abundantes intertextos que interpelan a las manifestaciones estéticas de varias artes de diversas épocas y culturas. Como afirma el narrador: “Comienzo a preguntarme […] si mi búsqueda por el ser que me creó es un intento de resolver el misterio de la capacidad creativa” (235-36). Esto señala a que la novela es una exploración de la creatividad humana, manifiesta, precisamente, desde el hecho de que el narrador y su padre son ambos escritores y desde la exploración multidisciplinaria del arte. Como afirma Beltrán: “la obra de arte se torna en esa particularidad, singularidad que permite un salto ontológico […] en la relación dialógica que deriva del ser humano con la obra misma, […] En la relación, Yo-Tú […] frente al acontecimiento estético (creación, contemplación), se manifiesta un impulso hacia algo más afuera de sí, una exterioridad” (132-133). Esa exterioridad es precisamente la “capacidad creativa” que la obra de arte provoca en quien la crea o la contempla por igual: “el goce estético, parte de una contemplación vista como acogida del existente frente a aquello otro, que le convoca” (Beltrán, 133).

Por ello, no ha de tomarse a la ligera que finalmente nuestro narrador encuentre a su padre en una obra plástica de Nick Quijano: “Eukarysto”. La imagen de la pintura de Quijano es la de un jíbaro, imagen tan presente en la literatura, el arte y la cultura puertorriqueña, la cual se plasma como símbolo que dialoga con otros textos visuales (Ramón Frade León, Campeche, y Oller) y literarios (Manuel A. Alonso, Llorens Torres, entre tantos otros). No obstante, al darse el encuentro con el padre ausente desde una obra de arte, se propone un hallazgo simbólico mayor: se apunta a la capacidad del arte de ser una dimensión de la otredad, la cual provoca una experiencia estética que incita a la exploración de lo ontológico y lo humano, como puente de conexión con los demás.

Propongo que esta novela trasciende la temática de la identidad y la inserta en la exploración de lo que el narrador llama “la capacidad creativa” del ser humano, manifiesta en todas las artes y que se convierte, no solo en aliciente para remediar la ausencia del otro, sino en calmante, incluso, de la violencia:

La ira me hace daño, me saca de mis cabales y me lanza a venerar la violencia […] Por suerte, […] cuando suba a mi la idea, me marcho a un museo, al del Barrio, al MET o al MOMA, y considero escaparme de este mundo a donde no se restrinja la vida, por el contrario, a donde esté coloreada como debe ser. La vida, te lo aseguro, es solamente de colores. (47)

Aquí se propone la experiencia estética como algo que invita a trascender lo cotidiano y ascender hacia lo asombroso e inefable de la experiencia humana. Emmanuel Lévinas afirma que: “La sensación y la estética producen, pues, las cosas en sí, no como objetos de grado superior, sino que, apartando todo objeto, desembocan en un elemento nuevo, extraños a toda distinción entre un 'afuera' y un 'adentro'” (71). Por tanto, la experiencia estética, según Lévinas, tiene un efecto incluso más intenso que el otro, ya que produce un más allá, un “elemento nuevo”, que está entre el afuera de la otredad y el adentro de la subjetividad, produciendo una experiencia novedosa del existir. Como afirma el narrador en su tránsito onírico al final de la novela al encontrarse con múltiples otros que se presentan como fantasmas: “Hablaban de libertad, de los derechos del hombre, de la convivencia y la camaradería, del significado de la escritura y la certeza de la poesía, de la exquisita liviandad de la pintura y del peso del celuloide sobre la conciencia colectiva” (293). Esta cita contiene la propuesta implícita de esta novela de que el arte en sus múltiples manifestaciones es una praxis creativa capaz de afirmar la libertad y la solidaridad. También en Lévinas hay ecos de esta postura, según lo explica Beatriz De Ita Rubio: “La auténtica trascendencia es estar sumergido en la relación con los otros, es la sociabilidad, la trascendencia que propone se da en términos positivos, ya que la relación con otro no me anula, no totaliza, por el contrario es la trascendencia misma”.

III. Del arte a la alteridad

En estas dos novelas se insertan otras manifestaciones estéticas a la literaria, particularmente las imágenes y lo sonoro-musical, logrando el efecto de potenciar e intensificar la experiencia estética y ontológica del sujeto y el efecto de hallarse en el otro y en el arte. Es decir, que esta manifestación de la alteridad se produce como efecto de la simultánea presencia-ausencia del otro y como efecto de la experiencia estética ante la obra de arte.

El hecho de que en ambas obras los narradores son escritores que reflexionan sobre el arte de escribir y otras artes y que trazan puentes a otras tradiciones culturales, que trascienden lo puertorriqueño e incluso lo hispano, permite afirmar estas novelas como manifestaciones de sinestesias literarias que producen una visión que privilegia los sentidos, las sensaciones, donde el sujeto no solo puede “ver” y “escuchar” mejor al otro, sino sentir la trascendencia de su propia existencia y cómo conecta con la pluralidad del mundo.

Es precisamente esta praxis creativa del arte la que posibilita articular el sujeto aun desde las relaciones amorosas o filiales quebradas. Es a través de la experiencia estética frente a las obras de arte, que están en función de la otredad, donde se produce esa alteridad levinasiana. Por tanto, en ambos textos, el arte representa otra dimensión de la otredad y un espacio desde el cual explorar la capacidad creativa, la cual posibilita nuevos saberes, nuevas experiencias que trascienden lo puertorriqueño e inscriben la experiencia de lo humano.


Notas:

[1] En 2013 comencé el proyecto cultural Sinestesias en UPR en Carolina, primero desde la cátedra y luego integrado a la agenda cultural del recinto. Fue en sus inicios un proyecto de gestión cultural que involucró el desarrollo de actividades que mezclaban disciplinas artísticas en un mismo evento, para provocar una conexión creativa entre las artes y sus varios sentidos: el visual, auditivo e incluso el gustativo. Por ejemplo, estudiantes y profesores veían un cortometraje y creaban obras plásticas, literarias y hasta gastronómicas, todas inspiradas en el filme. En el evento se compartían todas las creaciones con el público, haciéndolo partícipe de un festín creativo multidisciplinario. Ahora, el enfoque del proyecto se centra principalmente en la crítica literaria, donde la sinestesia se ha vuelto un lente teórico para explorar la literatura contemporánea.


Lista de referencias:

Beltrán Ulate, Esteban J. “El arte y lo indecible: Meditaciones desde el pensamiento Levinasiano”. Revista Humanitas, 2015, pp. 125-136.
De Ita de Rubio, Beatriz. “Emmanuel Lévinas: El deseo de trascendencia como esencia de la subjetividad”. Revista Observación Filosófica, http://www.observacionesfilosoficas.net/eticalevinas.html
Lévinas, Emmanuel. De la existencia al existente (trad. Patricio Peñalver). Madrid: Arena, 2000.
___, “Crítica y arte” (trad. Saúl Kaminer). Estafeta, http://estafeta- gabrielpulecio.blogspot.com/2011/03/emmanuel-levinas-arte-y-critica.html
Maldonado Martínez, Manuel. El imperialista ausente. San Juan: Editorial del Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2014.
Negrón Gutiérrez, Sergio. Palacio. San Juan: Editorial Agentes Catalíticos, 2011.


Lista de imágenes:

1-7. Diggie Vitt, "365 Project", 2013

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