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CARTAS DESDE ...

Carta desde la descendencia del genocidio
RAMÓN STERN
+ SOBRE EL/LA AUTOR/A

Mi abuela tan querida, Adel Stern, falleció el 18 de noviembre de 2011, teniendo más de noventa años. Nació Adel Weisz, una de diez hermanos y hermanas, en una familia pobre judía en la pequeña aldea de Janoshaza, Hungría en un año indeterminado. De chica, tuvo que abandonar la escuela para cuidar a su madre achacosa y ya para mediados de los años cuarenta su pueblo fue invadido por los Nazis.

Fue llevada junto con los demás miembros de su familia a numerosos campos de concentración, incluyendo a Auschwitz. Por milagro, y por su voluntad tenaz de vivir, sobrevivió la última ¨marcha de muerte¨ escapándose al bosque con una banda de mujeres esqueléticas al llegar los aviones americanos. Allí se alimentaron de escasas ramitas y bayas. Tres de las diez salieron con vida y ella fue una.

Estas historias de heroísmo de mi abuela, junto a incontables más, marcaron los años de mi infancia. Ella fue el pilar de la familia de mi padre, pues crió y alimentó a siete hijos en la pobreza, viviendo apenas de las ganancias de una pequeña sastrería. Mi abuela nunca se quejó de las dificultades de la vida, sino que siguió luchando contra la pobreza y sus propios demonios y traumas siempre con el deseo de brindar una vida digna a su familia. No hablaba mucho de su pasado, pero se despertaba temprano todas las mañanas por las pesadillas que la acometían cada noche.

De niño cuando la visitaba, no importaba a qué hora me despertara, sabía siempre que ella estaría despierta, preparándonos el desayuno a mí y a mi hermano. Mi abuela fue una mujer excepcional pero no por ser más fuerte o mejor preparada que otros. De estatura baja, sin la más mínima muestra de imponencia, ella fue forzada por las circunstancias de la vida –en su caso, la pobreza extrema y el intento de exterminio- a luchar por no morir.

Este mundo tan honrado y determinado de mi abuela quedó grabado en mi memoria como contraste patente al ritual de conmemoración del Holocausto que se desarrolló entre la comunidad judía americana. Al escuchar las constantes referencias a los seis millones muertos, observar a judíos recitando nombres de los exterminados en turnos por unas 24 horas y, aún peor, ver el uso que se hacía del Holocausto para justificar los abusos del estado de Israel, no  podía sentirme sino alienado de esta comunidad.

¿Dónde estaban los sentimientos de ambivalencia y distancia que incluso yo, un nieto de sobrevivientes, no podía evitar ni aun con mi vínculo personal a estos eventos históricos, tan grotescos y aplastantes? ¿Dónde se encontraba la curiosidad por aprender la historia, fuera de un marco judeo-céntrico, y dónde el deseo de humanizar a las víctimas y sobrevivientes, verlos como seres humanos, antes que nada?

En este marco etnocéntrico, el Holocausto se volvía una pertenencia a través de una mecánica consagración ritual; las víctimas, objetos martirizados de fetiche que simbolizaban la victimización del pueblo judío de generación a generación. Y, en el peor y más triste de los casos, las fotos de cadáveres y cuerpos cadavéricos en una especie de pornografía de una morbosidad abominable.

Todo servía un propósito específico: subrayar la singularidad de la persecución judía a través de la singularidad histórica del Holocausto. A mí siempre me asqueaba e indignaba este ritual, y lo digo sin demonizar a los participantes. Muchos lo hacían con las mejores intenciones y deseos de entender, pero con los cerebros bien lavados.

Mas, encima de la identificación tan simplista de los judíos americanos con el Holocausto, la opulencia de bastantes de ellos, que no tienen ni una sola experiencia personal con la pobreza y la persecución racial, me dejaba fastidiado, y a veces iracundo. Me parecía que estaban deshonrando todo lo que sufrió mi abuela. Siempre sentí que un chileno torturado, un preso político sudafricano de apartheid o un sobreviviente ruandiano o camboyano de genocidio tenía muchísimo más en común con mi abuela que un gringo judío con el privilegio económico y racial de que ella nunca disfrutó.

Este modo de identificación superficial generaba una proyección psicológica egocéntrica de una tragedia solemne e incomprensible en vidas cómodas y ventajosas. Y nunca pude aceptar la farsa de aproximar una vida tan sufrida como la de mi abuela a vidas tan ciegamente privilegiadas como las de la mayoría de la comunidad judía americana. 

La muerte de mi abuela me llevó a derramar muchas lágrimas y me inundó de recuerdos vívidos de los años que pasé con ella en mi infancia. La indignación, subyacente durante mi infancia y adolescencia, volvió a nacer este año, en el dos de abril para ser exacto. Esto ocurrió cuando vi un letrero en la exhibición conmemorativa anual por el Holocausto que armó la Casa Hillel de la Universidad de Michigan, el centro de la vida judía en el campus. En él, se citaba al ex vice-presidente republicano Dick Cheney que pregonaba por la memoria del Holocausto de manera tal: "Hay que recordar que esta crueldad inmensa no se dio en una parte lejana, no civilizada del mundo, sino en el centro del mundo civilizado".

Me apresuré a expresar mi protesta ante esta cita a una muchacha representante de la organización. Traté de decirlo todo con respeto: "Si quieren traer un mensaje positivo e impactante a esta universidad, no deben tener este letrero con una cita que divide al mundo en diferentes niveles de civilización. Estas palabras son ofensivas y sumamente racistas". La estudiante me miró con ojos agrandados y cara de boba, entonces, me volteé y fui a la biblioteca para estudiar. Al salir, seguía el mismo letrero allí mientras leían más nombres de exterminados en voz alta detrás del mismo. Al buscar la cita en el internet esa noche, me di cuenta que varias de las citas se habían copiado de una lista de lo dicho por visitantes gubernamentales a Varsovia para conmemorar el Holocausto en el año 2005, y salí del sitio web de la BBC.

Decidí mandar un correo electrónico a la directora de la Casa Hillel manifestando mi descontento. Fui firme y al mismo tiempo discreto con mis palabras, enfatizando cómo esta cita naturalizaba el genocidio y la violencia política en los países del Tercer Mundo, calificando a los morenos, asiáticos, negros, indígenas –es decir, quien no sea blanco o europeo- de bárbaros que se matan entre sí a diario. Me encontré con ella por casualidad en el recinto unos días después y mostró algo de interés en discutir el asunto con líderes de la administración de Hillel, pero no así en la necesidad de educar a los jóvenes universitarios judíos en algo tan básico como el anti-racismo y no adherirse a discursos colonialistas anticuados.

Lo triste de todo es que el mensaje tras las palabras de Dick Cheney no es atípico. Como buen republicano, la sutileza no es su fuerte. Sin embargo, dice directamente lo que muchos piensan: que la Europa moderna es el auge de la civilización y el Tercer Mundo poscolonial es la cuna de la barbaridad. La directora del Hillel mencionó que la Alemania de los treintas era, al parecer, una democracia plena. Tal punto de vista ignora por completo la historia de partición de África entre 1881 y 1914. Entre 1904 y 1907, las fuerzas alemanas coloniales cometieron un genocidio en Namibia contra los pueblos Herero y Namaqua. Se violaron mujeres, se masacró a niños, mujeres y hombres, se forzó a miles a morirse de sed y hambre en el desierto y después se internó a sobrevivientes en campos de concentración donde se murieron de hambre y agotamiento.

El hecho es que había precedente para el genocidio en la historia de Alemania misma y en Europa –hay que recordar el genocidio del pueblo congolés por el reino de Leopoldo Segundo de Bélgica, entre otros casos- es algo que se evade en la memoria del Holocausto. No hay otra causa para este olvido que el racismo colonial: las víctimas de estos genocidios fueron negros. Sólo cuando los europeos exterminaron a otros europeos fue que el acto se recordó como bárbaro. El colonialismo en sí fue un gran acto de genocidio –a veces un exterminio de pueblos y más a menudo una destrucción de culturas autóctonas milenarias de un valor incalculable- y así la violencia de la Segunda Guerra Mundial siguió un patrón más generalizado de brutalidad emprendido por el colonialismo.

Este mito de la caída trágica de la civilización europea no es uno que hay que afirmar. En vez de leer nombres de una lista, hablar de seis millones y justificar las políticas represivas imperdonables de Israel, habría que recordar y conmemorar el Holocausto con humildad y reverencia, con solemnidad y copiosa compasión por otros que han sufrido esto, incluyendo a los palestinos. Más que ritualizar mecánicamente el recuerdo, se esperaría que nos esforzáramos en sacar una nueva y más amplia lección cada año de la historia y del sufrimiento, sin distanciarnos de otros pueblos.

Mi abuela, como siempre, tenía la respuesta. Nunca olvidaré un gesto suyo en los últimos años de su vida. Ella era una mujer sumamente judía con poca educación formal. Sin embargo, cuando se internó en el hospital por problemas pulmonares, se acercó un día a la mujer liberiana que la cuidaba, Bindu Taplah, y le dijo: "Tú me entiendes, Bindu, hemos pasado por cosas similares. Ya lo hemos hecho antes, pues escapémonos de este lugar". En ese momento, se vislumbra el resplandor de la compasión: la guerra civil en Liberia no pasó en un lugar remoto no civilizado, sino en el núcleo mismo de la humanidad sufriente y sobreviviente, tal y como pasó el Holocausto. El impacto de esa guerra no fue menos chocante y la ruptura que provocó no fue menos severa.

Desafortunadamente, según Dick Cheney y muchos otros –incluyendo trágicamente algunos sobrevivientes del Holocausto- la humanidad de Europa siempre estará en el primero plano, mientras que todo lo que no sea Estados Unidos o Europa se definirá por un modelo de barbaridad subhumana. Esta visión continúa sin ser cuestionada entre los individuos más educados de este país, y las instituciones que les educan, y por lo tanto esta visión tiene que ser desafiada estridentemente. Si mi abuela, una mujer sin educación, pudo entender el lazo entre Europa y África, ya es hora que dejemos de lados tales divisiones civilizatorias para que las próximas generaciones no tengan ni que debatir o pensar en si es ofensiva o no la postura colonial.

Lista de imágenes:

1. "El Holocausto", por George Segal (1984) en el San Francisco Holocaust Memorial en el parque Lincoln, San Francisco. 
2.Calaveras del genocidio en Ruanda, 1994. Museo de Ntarama, República de Ruanda.
3. Sobrevivientes del campo de concetración de Ebensee, parte del complejo de prisiones de Mauthasen en Austria, chupan cubos de azúcar tras su liberación luego de la llegada del ejército estadounidense. Foto por J Malan Heslop, fotógrafo militar en Ebensee, el 8 de mayo del 1948.  
4. Oficiales alemanes con prisioneros en la Isla Tiburón (Shark Island). Foto de la portada del libro "The Kaiser's Holocaust: Germany's Forgotten Genocide And The Colonial Roots Of Nazism" por Olusoga D Staff, David Olusoga y Casper W. Erichsen.
5. Sobrevivientes del pueblo Herero después de escapar el genocidio y atravesar el desierto de Omaheke en el África Sudoeste Alemana (actual Namibia).
6. Fosa común. 

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Comentarios: 1

Yoryie Irizarry

16/04/2012
08:12 AM

Gracias por una reflexión excelente como también por compartir un poco de la historia de tu abuela y tu relación con la misma. Este es un escrito valiente, con una clara propuesta honesta, anti-racista y anti-xenofóbica, haces honor a la memoria de tu abuela. Compartiré el artículo.



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