El reino que a su manera persiste


Un puñado de habitantes. El agua que lo rodea todo, pero que no aísla. La voluntad de convivir y que sea en armonía. Una poética visual que evoca a Juan Rulfo desde la óptica fílmica. Estos son algunos intentos para empezar a describir el brillante documental Los reyes del pueblo que no existe (2015), dirigido por Betzabé García.

Navegando hacia un lugar aparentemente elusivo, o deshabitado, es que comienza la película. Revelando entonces, trozo a trozo y estampa por estampa, lo que queda de un pueblo en ruinas, vamos conociendo las pocas familias que allí permanecen. Se trata de un lugar en San Marcos, en Sinaloa, México, que ha experimentado los efectos y estragos relacionados con la presa Picachos desde el año 2009. Pero la presa no figura en escena: uno de los mayores aciertos del documental. La narrativa se va construyendo metódicamente, a partir de la cotidianeidad de las vidas de los que aún habitan el pueblo y de un talante anímico, tanto incierto como ecuánime, que va calando poco a poco en el público. Se trata de un pueblo convertido en isla, y esa isla se vuelve, a su vez, su propio ecosistema anclado en actos de generosidad, rutinas, e incluso miedos compartidos. Se sobrevive, además, con el sentido del humor.

Mientras el público va conociendo más en detalle a las familias que no se rinden, se van develando diferentes matices relacionados con los recuerdos que van (re)creando el pueblo. Resalta además el sutil equilibrio orgánico que se manifiesta entre las personas y la naturaleza, entre los humanos y los animales. El equilibrio se logra entre mucha agua, y se trabaja, literalmente, "con lo que queda a flote": los recursos vitales, los cuentos que preceden la construcción de la presa, la generosidad y atención al prójimo que se desborda también hacia los animales. Estos no solamente son parte del paisaje, sino que interactúan con él, añadiéndole vida al lugar: el burro que espera pacientemente a que algo caiga de la máquina de hacer tortillas; la vaca aislada a la cual un miembro de una de las familias le lleva tortillas en bote para que no se muera de hambre; los perros que ladran, evocando un realismo mágico de corte rulfiano. 

La violencia, como la presa, no se ve en la película, pero se evita su olvido mediante las historias que cuentan los habitantes. Las muertes que desafortunadamente han presenciado y los miedos que han tenido que enfrentar se comunican al público mediante los recuerdos, las historias de familia y, en especial, de boca misma de las personas que viven en ese lugar. Y ese es otro de los grandes aciertos de este documental: el que no haya una voz narrativa incidiendo en una temática que resulta ser tan compleja y que, a la vez, se presenta sutilmente asequible y humana. Que la película hable por sí misma, parecería ser la consigna. Así pues, las estampas del lugar evocan estados anímicos; la naturaleza pinta, tal cual, lo intricado del panorama; y las personas comunican sus propias historias.

La presa está presente, pero demás estaría verla. El tributo de Los reyes del pueblo que no existe está dirigido al equilibro ecoconsciente y fraternal logrado por los habitantes de un lugar que, muy a su manera, persiste —a flote— en su existencia.


Lista de imágenes:

1. Los reyes del pueblo que no existe (2015), Betzabé García

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