La gran mentira

Como muchos saben, a Henri Cartier Bresson se le atribuye la famosa cita que nos dice que las primeras 10,000 fotografías que uno tome serán las peores. Eso quiere decir también que, si hemos de creerle a las especificaciones técnicas de las cámaras digitales, la vida útil de su disparador puede durar hasta 150,000 activaciones. Por lo tanto, mi cámara tiene el potencial de tomar 150,000 malas fotos si la regalo luego de la foto diez mil a alguien que no haya tomado una foto en su vida, y él hace lo mismo subsiguientemente.

Cualquiera esperaría la foto 10,001 con gran anticipación. Pero en nuestra “era digital” es muy poco probable que alguien tome 10,000 fotos con la misma cámara porque la variedad de estos aparatos es demasiada debido a los continuos adelantos tecnológicos y al consumismo. Por lo tanto, si usted no llega a tomar nunca 10,000 fotos con la misma cámara, ella no habrá recorrido ese camino con usted, y por lo tanto, no será cómplice de la meta anticipada. Para colmo, todas las fotos tomadas con ella serán malas.

Mi celular contiene alrededor de 13,000 fotos. Es un duplicado de la colección en mi computadora. Han sido tomadas con por lo menos 11 o 12 cámaras distintas desde hace siete años. Solamente una cantidad muy baja de ellas ha sido imprimida y las otras residen en una especie de éter electrónico de misteriosa existencia, sujetas a que un mal día puedan desaparecer sin dejar rastro detectable por ninguno de nuestros sentidos. Así las cosas, resulta irónico que en el presente se tomen más fotografías que nunca, y que de cierta forma se pueda afirmar que las mismas no existen. Aún con la fotografía tradicional, ya Roland Barthes se había cuestionado este dilema, aunque de distinta manera: “Sea lo que sea aquello que la fotografía otorga a la vista, y cualquiera que sea la manera en que lo hace, una fotografía es siempre invisible: no es ella lo que vemos”. La foto como “objeto” no es ni su contenido ni el papel en la cual se imprime. Es más fácil decir lo que no es que lo que es.

Debido a esto, y en mayor grado que nunca, existe también ahora un problema adicional: la fotografía se resiste a ser definida. En la actualidad, la gran mayoría de las discuciones sobre la fotografía se limita a una sola de sus posibles categorías: la “fotografía artística”. Los historiadores y críticos de arte navegan en un mar indeciso sin claros límites. Discriminar es difícil.

En otras artes visuales como en el caso de la pintura, el lienzo (o cualquier otro soporte) y los pigmentos son inseperables de igual manera que los diferentes materiales lo son en la escultura y en la arquitectura. La fotografía digital tiende a parecerse más a la música y a la literatura: las piezas musicales son inefables, y al igual que las historias, son intangibles. A pesar de ser evidentemente detectada por nuestro sentido dominante —la vista— la imagen fotográfica es ahora más ingrávida, diáfana y vulnerable que nunca.

¿Acerca más esta condición a la fotografía a su particular clasificación como arte? Lo pregunto porque la fotografía es un campo tan variado que sus funciones no pueden restringirse a esa sola categoría. Ciertamente las primeras fotografías no tenían pretensiones de índole artística y eran más bien crónicas visuales de documentación. Si bien al principio su invención ayudó a liberar a la pintura e influyó sobre ella para cambiar su expresión, no lo hizo desde un punto de vista artístico, sino científico (como en el caso de los impresionistas). Más tarde, sin embargo, comenzó a suceder lo opuesto.

En su afán de ser reconocida como arte, la fotografía empezó a emular a la pintura, para años después encontrarse que con el movimiento hiperrealista, la pintura le devolvería el favor. Esta relación entre ambas manifestaciones ha sido desde entonces un proceso continuo en el cual ambas compiten y cooperan y que hoy resulta todavía más ambigüo gracias a la manipulación y a la creación computarizada.

El germen de esta confusa interacción surgió con el reconocimiento de la capacidad para “mentir” de la fotografía. Lo intuíamos, pero nos negábamos a admitirlo: la “realidad” y “verdad”que muestra una fotografía son siempre cuestionables. El encuadre seleccionado, el momento escogido para capturar la imagen y la manera de imprimir (la alteración de tonos y el recorte selectivo) reflejan la subjetividad del fotógrafo, y esa subjetividad ha sido su salvoconducto para entrar al reino del arte. Tal como mencionáramos antes, la gran interrogante es ahora otra, y ha sido motivo de simposios y publicaciones: su definición definitiva. Nadie sabe si en su ausencia se podrá en el futuro trazar su ruta histórica.

Pero sepa que si sus intenciones fotográficas son artísticas, no sólo sus primeras 10,000 fotografías serán malas, sino que también serán torpes mentiras. De ahí en adelante, si su habilidad de mentir mejora, podrá entonces escoger si esas mentiras serán en verso, o en prosa. Déjele las definiciones a aquellos que las necesitan. 

* Todas las fotografías fueron tomadas y son cortesía del autor, Eduardo Bermúdez.

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