Tres en uno: creacionismo, transgénicos y cambio climático

In El Salvador leftist priests endorsed and even traveled with the rebel movements in Nicaragua and El Salvador, while Pat Robertson and Jerry Falwell, along with conservative Latin American clerics, backed the Contras fighting against the Sandinistas in Nicaragua and the murderous military regimes in El Salvador, Guatemala, Chile and Argentina.
—Chris Hedges

Para que no haya dudas: no se trata de oponerse a los avances científicos. Ni mucho menos. Lo que necesitamos es fomentar una ciencia independiente de los intereses de las grandes empresas y al servicio del bien común.
—Esther Vivas

Republicans are the only major political party in the world that rejects this mainstream climate science.
—Mark Hertsgaard

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Prefacio.Como de costumbre, el paseo por el ciberespacio incluye una parada en Letras Libres, portal del historiador mexicano Enrique Krauze, cuyo conservadurismo liberal, ¿el Mercado Libre de Vargas Llosa?, matiza la revista, heredera de la de Octavio Paz, Vuelta, aunque no por eso la torna ilegible, sobre todo en términos literarios y culturales. Es decir, en términos no políticos, para los cuales es siempre preferible la historia que escriben tipos como Paco Ignacio Taibo II y Pedro Salmerón.

En Letras Libres, el artículo de David Huerta, “Un árbol esbelto y fuerte” (2014),  llama la atención, justo porque plantea lo contrario a lo que siempre he pensado de Octavio Paz. Huerta dice que Paz vale más como poeta que como ensayista. Idea que, en Los ciudadanos de la morgue (1997), Yván Silén voltea: “Paz es verdadero poeta en la sabiduría de su prosa… es uno de nuestros grandes ensayistas, pero no uno de nuestros grandes poetas…”.

De la prosa poética de Paz a la metafísica de su meditación sobre la poesía, en El arco y la lira (1956), la figura del poeta se hace capital en el contexto de la modernidad, que hostiga al vate por no abocarse a la figura del progreso que fetichiza lo moderno. Y ello porque la poesía no es sino el deseo de volver, para recuperarlo, al momento originario, cuando todo era una misma cosa, según la fenomenología heideggeriana que emplea Paz.

Como Némesis de la modernidad, el poeta paga el precio de la marginación: aquella lo agrede y excluye desde la primacía epistemológica de la ciencia, única forma de conocimiento que la modernidad considera válida.

Víctima de la exclusión moderna, el conocimiento del poeta, porque articula la sapiencia paradojal, la diversidad, la ambigüedad, es trivializado. La poesía moderna se hace maldita, prohibida, siempre contestataria de la razón instrumental. Hay definitivamente algo agónico (desempleo, cárcel, muerte) en el periplo del poeta por la modernidad (¿Sor Juana Inés de la Cruz? ¿Federico García Lorca? ¿Roque Dalton?). Sin embargo, esa ruta moderna ha dejado de ser la agonía exclusiva del poeta. El nuevo blanco (diana) de la posmodernidad neoliberal, estremece: la ciencia.

Desde finales de 1970, el capitalismo usamericano se ha ido volcando, politizándola, contra la ciencia. Desde la religión (el fundamentalismo cristiano), la botánica (los productos transgénicos) y el antiecologismo (la negación del calentamiento climático), la posmodernidad usamericana se encarga de insultar al científico (a los poetas, después de la Generación de los Beat en los 50, la posmodernidad los borra de la escena pública).

Creacionismo (I). En la década de 1990, al fundamentalismo religioso usamericano le dio por meterse en los salones universitarios para debatir con los evolucionistas, como si tal debate tuviera algún sentido —las peras del olmo del poeta—. La irreverencia enfurecía a los biólogos, que se sentían humillados. Ante la farsa, los científicos hicieron la performance de enfrentarse al creacionismo. Una pérdida de tiempo, como planteó el evolucionista Stephen Jay Gould en 1999, al pedir la separación de los “magisterios” de la ciencia y la religión.

La intensidad neoliberal de aquella década equívoca, 1990, rostro triunfal de la posmodernidad clintoniana, resultó engañosa: no hizo sino empujar hacia el neomedievalismo de George W. Bush, el cual termina en la impúdica y negra desnudez obamista, más grotesca que la blanca incompetencia y mendacidad de Bush.

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A partir de la irreverencia del creacionismo, el neoliberalismo usamericano deslegitima la ciencia. Mediante seudodebates celebrados en las casas de la razón (las universidades), la ridiculiza. Considerada indecorosa, la ultraderecha del Partido Republicano proscribe la evolución. Como el poeta, el evolucionista, ateo, demasiado ateo, es mal visto por el poder neomedieval, que se burla del discurso privilegiado de la modernidad.

Monsanto (II). Humillada la teoría de la evolución, el ataque neoliberal se sofistica. Vuelve a arremeter contra la ciencia, pero ahora lo hace desde la botánica de los productos transgénicos. Otra vez, la década de los 90 protagoniza el golpe: en 1994, se comercializa el primer organismo transgénico para el consumo humano (el tomate). Si el poder político de los neomedievales permite que el creacionismo se burle de la ciencia, el poder corporativo se encarga de violar el método científico.

Las corporaciones se apropian de la ciencia. La compran. Rompen la tradición científica con dinero. De ese modo, los resultados que no concuerden con los intereses corporativos, se omiten. Se borran. Se niegan. Los científicos que no acaten las reglas de la corporatociencia, se disciplinan. Pierden los fondos. Se desemplean.

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La corporatización de la ciencia socava el método científico, porque, sobre todo, prevalece la recuperación de la inversión monetaria y la plusvalía. La sustentabilidad ambiental, la salud ciudadana, no valen tanto. Como consecuencia, los transgénicos llegan al mercado antes de haber sido estudiados, debatidos, científicamente, para lo cual se requiere más tiempo del que exige el mercado. Tampoco, a pesar de la petición popular, se etiquetan los productos transgénicos. Si consumirlos trae riesgos imprevistos, las corporaciones proponen asumirlos después. Cuando exploten. ¿Para qué cruzar el puente antes de tiempo? Cuando son halladas culpables de perversidad contra la ciudadanía (comercializar productos que sabían tóxicos, científicamente dudosos), las corporaciones pagan un porciento mínimo como indemnización; lo cual justifica la sistematización del riesgo a expensas de la vida, la humanidad y el ambiente.

Otro ejemplo del llamado capitalismo de casino. Los transgénicos llegan al mercado antes de haber emplumado en el laboratorio: ¡entropía!

Hot (III). Burlada y comprada, la ciencia se partidiza. Como en ningún otro país del centro posmoderno, o del mundo en general, el cambio climático es desmentido por los Republicanos del GOP, cuya agenda, dictada por los barones del petróleo, consiste precisamente en negar la evidencia científica que apunta hacia el peligro creciente. Es decir, el hecho de que el calentamiento climático actual es antropogénico, y no, como dicen los hermanos Koch, una treta de la izquierda. Realidad espantosa que, aunque el ambientalista Bill McKibben pone en la mesa desde 1989, no estalla como movimiento ecológico con fuerza sino hasta después del primer lustro del nuevo milenio, como demuestra la organización “350.org,” fundada en 2007.

Como los creacionistas, los políticos que niegan el calentamiento climático se amparan en la religión. Dios, dicen los senadores republicanos, nunca dejaría que su creación fuera destruida. Como la corporatociencia que manipula los transgénicos, los negadores eluden y eliden la ciencia del cambio climático. Calentamiento ha habido y habrá siempre, repiten, con o sin humanos, en la tierra o en marte. “Drill, baby, drill”, piden los republicanos, desde 2008, que se saben parados, como en Alaska, sobre un pozo de oro negro: ¡perfora, papá, perfora!

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Mientras persiste la negación, la temperatura sube. Los mosquitos se multiplican. Los brotes de malaria y dengue aumentan. El hielo polar se derrite, liberando metano. Las partes por millón de CO2 rebasan el límite de lo aceptable: 350. Los barones del petróleo gesticulan; Usamérica no endosa El protocolo de Kioto en 2007. A partir del nuevo milenio, el fracking empeora la ecuación. Ante la agresión ambiental, en curso desde finales del siglo XVIII, la naturaleza responde con violencia: “Tendremos que soportar una mayor ocurrencia de eventos climáticos extremos, como huracanes y grandes sequías, la extinción de muchas especies y el grave problema de la escasez de alimentos a nivel mundial" (Amy Goodman y Denis Moynihan).

Cambio. En vez del creacionismo religioso que ningunea la Naturaleza, es preferible el poético que la imita, mismo que, a principios del siglo XX (1912), puso sobre la mesa Vicente Huidobro: “El pájaro anida en el arcoíris”. Porque imitar la Naturaleza es crear, como ella, un mundo verde, de clorofila, de energía, de poesía:

Por qué cantáis la rosa, ¡oh poetas!
Hacedla florecer en el poema;
Sólo para nosotros
Viven todas las cosas bajo el sol.

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Sólo para nosotros, entendido ahora como un Nosotros-Pachamama, florece la Naturaleza, exacerbada desde el fundamentalismo religioso, los agronegocios y las transnacionales del petróleo. Y ello porque, desde el creacionismo poético, Nosotros somos la Poesía de la religión, de la agricultura y del Sol.

En vez de la corporatociencia, y su botánica del poder, descrita por Michael Pollan en The Botany of Desire (2001), es preferible el método científico que no se vende; y que por eso, no patentiza las semillas. Una botánica libre, ni “terminator” ni “zombie”, sino como la que defiende Vandana Shiva en su “Declaración de las semillas” (2012):

La semilla es fuente de vida, es el ansia de vida por expresarse a sí misma, para renovarse, para multiplicarse, para evolucionar libremente en perpetuidad… La semilla es la encarnación de la biodiversidad cultural. Contiene millones de años de evolución biológica y cultural del pasado además de todo el potencial de milenios de futuros desarrollos… Las Semillas Libres son el derecho de nacimiento de toda forma de vida y la base para la protección de la biodiversidad…

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No la botánica de Monsanto, pues, sino la de la Vía Campesina, sembrada en el campo de la soberanía alimenticia, porque esta, resume Raj Patel, no persigue sino terminar la violencia de género, raíz de los agronegocios, cuya botánica del poder arremete sobre todo contra las mujeres, que pagan cada una de las consecuencias de la agrodependencia, verdadera siembra corporativa; desde el hambre de los hijos que cada vez comen menos, hasta el suicidio de los esposos, entrampados, como en India, en el endeudamiento de la privatización de las semillas y su creciente consumo de glifosato.

En vez del clima auspiciado por las transnacionales del petróleo, aferradas al dinero y al ecocolonialismo, clima que, según Mark Heartsgaard en Hot (2011), será feroz en los 50 próximos años de vida en la tierra, es preferible el clima que, desde Suramérica, están sembrando a partir del segundo lustro del nuevo milenio, Bolivia, Ecuador, Uruguay, pues, como dice el presidente uruguayo, “Cuando luchamos por el medio ambiente, tenemos que recordar que el primer elemento del medio ambiente se llama felicidad humana”.

Climas como, en Puerto Rico, el de Casa Pueblo, en Adjuntas; el de la Coalición Pro Corredor Ecológico de Noreste; el de la exposición “Basura” (2012) de Nick Quijano; porque la crisis que enfrentamos, dice en la Cumbre de Río (2012) el presidente uruguayo, Pepe Mujica, “no es ecológica, es política”:

El hombre no gobierna hoy a las fuerzas que ha desatado, sino que las fuerzas que ha desatado gobiernan al hombre. Y a la vida. Porque no venimos al planeta para desarrollarnos solamente, así, en general…Venimos al planeta para ser felices… el desarrollo no puede ser en contra de la felicidad. Tiene que ser a favor de la felicidad humana; del amor arriba de la Tierra, de las relaciones humanas, del cuidado a los hijos, de tener amigos, de tener lo elemental...

Epílogo. En marzo de 2005, el campamento Amigos del Mar ocupa la playa aledaña al Marriot Courtyard de Isla Verde. Para impedir, entre otras medidas, que la hotelera construya un estacionamiento en la zona donde anidan las tortugas en peligro de extinción, los ambientalistas crean esta coalición: Playas Pa’l Pueblo. Entre los que resisten está Tito Kayak. Seguro de que la resistencia popular prevalecerá sobre la alianza entre la hotelera y los políticos locales, facilitadores de la movida ecocida, Tito dice que está acampando porque se lo pide el corazón. Porque está cansado de que le roben al pueblo y que le violen sus derechos.

Desde la poesía, Yván Silén incide filosóficamente en la necesidad ecológica que nos compele: “Sembrar se ha convertido en mi forma de combatir la muerte”. Desde la ciencia (científicos, ingenieros, ambientalistas), Casa Pueblo lidera exitosamente una batalla, entre 2010 y 2012, contra el neoliberalismo feroz de Luis Fortuño, encarnación isleña del radicalismo republicano que no sólo proscribe la evolución, compra la investigación científica de los transgénicos y niega el cambio climático, sino que también prostituye el lenguaje, llamándole “Vía Verde” al proyecto de un gasoducto que atraviesa la isla de sur a norte, denominado por los ecologistas como “el tubo de la muerte”.

Desde su cárcel en el estado de Indiana, Oscar López Rivera piensa en lo primero que le gustaría hacer al llegar a la isla después de tres décadas de encarcelamiento político: “oler la tierra puertorriqueña”.

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Lista de imágenes:

1. Jennifer Celio, Suburb, panel izquierdo del díptico, 2013.
2. Jennifer Celio, The Island, 2010. 
3. Jennifer Celio, On The Boardwalk, 2010.
4. Jennifer Celio, Nest, 2011. 
5. Jennifer Celio, The Long View, 2010.
6. Jennifer Celio, The Meadow, 2012.
7. Jennifer Celio, Will There Be An Elephant?, 2010.
8. Jennifer Celio, Big 99, 2013.
9. Jennifer Celio, Suburb, panel derecho del díptico, 2013. 

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