El caldero de Yván Silén

Estoy comiendo alpiste con cuchara…
-Los poemas de Filí-Melé
(1976)

Está bien, pero yo noto que hay una constante, o sea, un elemento que se repite en tu obra: la idea del muerto o de la muerte y su relación con la comida. En La muerte de mamá, el lector se enfrenta con la dura escena del ojo.
-Félix Córdoba Iturregui

            Hoy, mientras millones de personas en el mundo no tienen qué comer, otros comen demasiado y mal.
-Esther Vivas

I. Cocinando: oda a Ray Barreto

Quitó Cien años de soledad y Los hermanos Karamasov de la mesita y cuando pasó por la cocina los tiró a la basura.
-Las muñecas de la Calle del Cristo
(1989)

En la cocina literaria, los libros se amontonan, como en la novela, La biografía (1984): “Julio me mira extrañado desde lo último de la cocina. Aun allí lee. La cocina llena de libros” (todos los títulos sin mención de autor, pertenecen a Silén).

Si tuviera que poner en imágenes visuales la cocina literaria de Yván Silén (1944), pensaría, por la proclividad al vértigo de sus comedores, en la pintura de Arnaldo Roche Rabel (1955), cuyas imágenes, desde la turbulencia onírica, multiplican los delirios, socialmente críticos.

Inmediatamente, aflora entre los libros dispersos por la mesa, la dimensión culinaria de otra novela, La casa de Ulimar (1988), cuya analogía gastroliteraria —en el fondo, una “metáfora”— sirve de metarrelato al convite (madre de la cena) que tenemos sobre la mesa, con música de fondo de Ray Barreto, “Cocinando suave” (1972): “La gramática son los libros de cocina. Después uno hace lo que le dé la gana con la receta—dijo dejando caer el agua dentro del caldero—. Los que son hábiles inventan. Los que no lo son no se despegarán jamás de la receta.”

A esos gestos libertarios del Poeta, José Francisco Ramos les llama, en el prólogo de Los ciudadanos de la morgue (1997), no pedir permiso a nadie para pensar: “los moteles esquivos de la noche / do me como el lenguaje y lo defeco, / lo vuelvo a manyar y me como la eñe, / me como la zeta y me como tu sed…“ (“Soy el amante de Dios,” 2003).

II. Sobre la mesa literaria: en la cocina boricua

Si la carne arde y la piel ceniza / … en el horno de Dios
-Casandra & Yocasta (o: l libro de Tití)
(2001)

En Tuntún de pasa y grifería (1942), de Luis Palés Matos, la poesía abre un “restorán” intersubjetivo para el turista, pero no para cualquier peregrino, sino para el ambulante antibelicista de la Segunda Guerra Mundial. El que peregrina por el Caribe buscando la “vitalidad” agotada de la Europa exangüe, según La decadencia de Occidente (1918), de Oswald Spengler: “Mi restorán abierto en el camino / para ti, trashumante peregrino. / Comida limpia y varia / sin truco de especiosa culinaria.”

A ese sujeto errante, el “Menú” de Palés Matos le pone sobre la mesa los mejores platos de la biblioteca caribeña (incluidos los flanes de Rubén Darío); una antillanía comestible que “restaura” desde el potens caribeño, transformado en alimento vital de la poesía: “palmeras de ciclón de las Antillas, / cañaveral horneado a fuego lento,  / soufflé de platanales sobre el viento, /  piñón de flamboyanes en su tinta, / o merienda playera / de uveros y manglares en salmuera…”

En Sitio a eros (1980), de Rosario Ferré, el ensayo aborda la sazón filosófico-culinaria: eso que “en última instancia” le da el gusto clave al guiso. En “La cocina de la escritura,” Ferré plantea que el sabor no depende de la identidad de género, sino de los componentes que se pongan en el caldero. Como Sor Juana, Ferré sabe que la cocina sabe a epistemología y a política de género, pero decide que al final, el toque sine qua non, como el tono literario, es una cuestión de mano y no de “sexo”: “la buena cocina, no tiene absolutamente nada que ver con el sexo, sino con la sabiduría con que se combinan los ingredientes.”

En Encancaranublado (1982), de Ana Lydia Vega, el cuento pone sobre la mesa una dieta nacionalista, “Historia de arroz y habichuelas,” que expulsa la comida del invasor (el hot dog gringo). A otro nivel, el cuento revela lo que toda cocina es: un caldero político (porque comer significa, como poco, votar tres veces al día).

En una década como la de los ochenta, a un año de la presidencia de Ronald Reagan (1981-89), con lo que esto significó para la clase trabajadora, los ingredientes del plato criollo boricua se radicalizan desde su unidad de clase: los obreros se organizan contra la hegemonía del hot dog y reclaman su arroz con habichuelas. La comida criolla gana; sí, el nacionalismo simbólico, metacuentístico, lúdico, se queda con la comida de la Fonda Feliz, pero a un costo brutal: en su crítica al colonialismo, el cuento se traga la diáspora boricua, que come hot dog en Nueva York y Chicago…

En Elogio a la fonda (2001), la prosa de Edgardo Rodríguez Juliá se sienta a la mesa criolla. Por un lado, el ensayo traza semejanzas entre diferentes platos caribeños, lo que prueba la existencia de un sistema transcaribeño. A su vez, la crónica narra lo que observa en las fondas boricuas, donde también come la imaginación del  cronista: “la Fonda El Jibarito es una neofonda, lugar que por su nombre —pocos fonderos tradicionales aceptarían que regentean una fonda— ya acusa cierto regusto chic sanjuanero en su tradición.”

Desde el ensayo, la “cena navideña” que el Caribe pone sobre la mesa en diciembre, resulta gustosamente transcaribeña. Entre iguales, plantea Rodríguez Juliá, la identidad transnacional comparte solidariamente gustemas. Simetría que alteran los “fast foods,” porque “Las manías y caprichos del colono son las contradicciones del colonizado.” En el fondo de la fonda que elogia Rodríguez Juliá, el ensayo y la crónica saben que el sabor transcaribeño se debe a la cultura: “La cocina puertorriqueña, la cubana y la dominicana merecen descripción, elogio, ser testimoniadas como cocinas todavía populares, con una tradición regional muy viva y compleja.”

En Devórame otra vez (2004), de Luis Rafael Sánchez, el ensayo invita a una cena diferente. Una ingesta simbólica. Todo un neoplato que la prosa pone sobre la mesa, con un solo ingrediente: la relectura. Ni sexual ni culinaria, la antropofagia que propone la prosa desde el título, “devórame otra vez,” es literalmente libresca: invitación a leer de nuevo los ensayos del libro, publicados anteriormente en periódicos y revistas.

“Devórame otra vez”: transformación del lector en comensal goloso. Reléeme de nuevo, tragón de letras, de ensayos que nada tienen que ver con la comida, excepto los menos, como “Elogio de la fritura,” plato “chovinista” y “dogmático”: “Jamás tuvo la fritura una boca más dispuesta a triturarla que la puertorriqueña, jamás tuvo mandíbulas juramentadas a darle feliz término.” 

Para los más golosos, el neoplato luisrafaelista ofrece una ingesta adicional: desde la literatura, tragarse la música popular, tantas veces sazonada con ingredientes de la comida transcaribeña (¡salsa, merengue, kétchup!). Sin más, el neoplato deviene sobre la mesa en tripleta. Tres texturas (y un postre inesperado): 1) homenaje desde el ensayo al compositor del tema musical, “Ven, devórame otra vez” (1988), Palmer Hernández, que 2) Lalo Rodríguez popularizó en la salsa de los noventa; el cual, gracias al grupo 3) Azúcar Moreno, los españoles devoraron también —como queda filmado en la película española, Barrio (1998), cuando el personaje de la hermana, bien sazonada, aparece de espalda bailando el tema abrasador de Lalo, con un swing sabroso, demasiado gustoso— .

En Puerto Rico en la olla: ¿somos lo que comimos? (2006), la investigación de Cruz Miguel Ortiz Cuadra colma la mesa. Los platos se llenan de historia. El arroz, las habichuelas, la harina de maíz, el bacalao, las viandas y la carne nunca habían sabido igual. La mano de Ortiz Cuadra le da un toque especial al guiso. Gusto que el libro obtiene al pasar la comida por el filtro del análisis cultural, en un proceso consciente de que el acto de comer supera con creces el papelito que le confirió la modernidad, que lo marginó a una práctica doméstica, femenina, funcional, sin mayor trascendencia cultural (inferior a la literatura).

Por eso, más que un plato, Ortiz Cuadra pone sobre la mesa un festín; invitación a leer la historia de la comida con la nariz, para llegar, porque todos los caminos conducen a Roma, al aroma “algo agrio” del sofrito, “una de las mayores realizaciones de la cocina <puertorriqueña-caribeña>… uno de los más sabrosos aportes de Puerto Rico a los sabores del mundo."

III. Emplazamientos y desplazamientos.

El tonto va a los hospitales y vende varias pintas de sangre para comerse un hamburger en Burger King o en Mac Donald… ¡Estoy harto de la cultura del popcorn!
-La poesía piensa o la alegoría del nihilismo
(2010)

Por esa centralidad del aleph culinario boricua (el sofrito), La casa de Ulimar se gana el lugar más cercano a la tablita de picar de la cocina literaria, donde, según uno de los narradores de la novela, “María picará el sofrito. Busca los cuchillos, el pepinillo, las cebollas, los ajíes, la salsa de tomate, las aceitunas, la sal. Abre la llave de agua fría para que las cebollas no suelten su sumo. Las descascara y comienza a picarlas en pedacitos. Lo mismo hace con el pimiento verde y con el recao.” Sin embargo, a partir de esa proximidad, no hay que olvidar que la cercanía entre la tabla criolla, donde María escribe, y la novela que cocina la puesta en escena de los ingredientes, está atravesada por una dimensión metaliteraria, la cual, como tropo, distancia.

Por eso, desde la metáfora del sofrito, “fondo” culinario del plato boricua, la tabla de picar catapulta La casa de Ulimar hacia el libro-biblia-archivo de la cocina contemporánea, Puerto Rico en la olla, el cual, por su dimensión enciclopédica, reclama un lugar en la cocina literaria más alejado del día a día de la tabla, donde María pica los ingredientes del sofrito. Archivo, repositorio libresco en el cual, además de varias recetas antiguas de sofrito, se conserva una historia mínima del “recao,” que lo desvela, tras la corrupción del sustantivo “recado,” como el culantro, inscrito en una relación de poder entre amos y subalternos, según la cual, “la acción de enviar a los sirvientes a comprar en el mercado [el recado] las provisiones que diariamente se utilizaban en la cocina,” el culantro deviene recao.

En La casa de Ulimar —hogar del que habla con Dios; cocina del que come carne y toma sangre—, el protagonismo del sofrito remite a otra centralidad culinaria, que ha permanecido semi-oculta entre los libros amontonados sobre la mesa criolla: la de la grasa (y la fritanga). Dúo que, en “La manteca que nos une” (1993), la prosa ontologiza desde el ensayo literaturizado de Magaly García Ramis: “Afuera del ranchón los calderos prietos llenos de manteca burbujeante atestiguan que la tradición no se ha perdido en el país porque allí sí que se cocina con manteca El Cochinito. ¡Manteca El Cochinito! Mentar esa grasa es como cantar La Borinqueña con la letra original, es invocar lo más patriota del tracto intestinal, es revolucionar el estómago y nacionalizar el alma.”

Ergo: entre los textos que literaturizan la cocina boricua, por encima del sabor de la manteca, la propuesta del sofrito se queda con el  caldero criollo; y ello porque, entre otras razones, la propuesta culinaria de La casa de Ulimar incide en la cocina poética de César Vallejo, en Los heraldos negros (1918), donde los platos se queman a las puertas del horno. Fogón de Ulimar que, como angustia crística, como “gracia cara” y “mala suerte,” cocina sus mensajeros prietos: “Encontraba libros que tú podías utilizar y los escondía debajo de la almohada. Los metía en el horno…”

Proclividad al fuego; olor a sofrito que, en sus desplazamientos narrativos (tres historias paralelas), marca el imaginario político de La casa de Ulimar: “Olía a mujer y a condimento: cebolla, ajo, orégano. –Hueles a recao.”

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