Fuera del clóset, utópicos

Recientemente me atreví a salir del clóset de los utópicos cuando habiéndole preguntado a un gran amigo cuál era su mayor intención en completar estudios en psicología éste admitió: cambiar el mundo. Creo que la mejor forma de describir cómo me sentí en ese momento es refiriéndome a ese verso de John Lennon que inspira diciendo “you may say I’m a dreamer, but I’m not the only one”.

 Durante las semanas posteriores, le he seguido dando vueltas a esa no poco ambiciosa meta a largo plazo que, al menos, este amigo y yo compartimos. Entonces, como una gotera en mi mente, ha retumbado constantemente una pregunta: ¿serán muchos más los escondidos en el clóset de “cambiadores de mundo”? Hallándonos en un contexto global tan problemático y siendo capaces de actos libres y creativos que transformen lo existente, ¿serán muchos más los que consciente o inconscientemente tienen algo de “utópicos”? Luego de hacer una llana estratificación social, puedo identificar al menos cuatro posibles racionalidades que potencian la acción social del trabajo, una de las cuales me permite deducir una respuesta afirmativa a estas preguntas.

Todo trabajo asalariado responde en mayor o menor grado a la condenada necesidad universal de sustento económico. Entiéndase, que todo el que trabaja obedece a una primera racionalidad de subsistencia, aunque sólo un grupo de trabajadores se rige únicamente por esta lógica, la de “trabajo porque hay que comer”. Además de este primero, parecen haber al menos otros tres grupos de trabajadores que responden a racionalidades añadidas a la ya indispensable de subsistencia.

 Unos trabajan porque además de vivir con las necesidades humanas básicas cubiertas, desean vivir de la mejor manera posible dentro de la cultura dominante. Esta racionalidad se podría denominar como una de acomodo, desde la cual se dice que se “trabaja para tener dinero”. Otra lógica de trabajo, haciendo la salvedad de que estas racionalidades pueden experimentarse tanto separadas como mezcladas entre sí, es aquélla que sostiene que trabajar no sólo permite subsistir sino que, de alguna manera, satisface. Esta racionalidad de felicidad es aquella que manifiesta un cierto placer en la labor que se realiza, aquella que asegura “trabajar porque le gusta”. 

La cuarta, y última racionalidad para motivos de esta reflexión, es la que busca con su trabajo no sólo suplirse de un ingreso económico sino también remediar el caótico mundo en el que se encuentra. Estas personas se sienten un tanto intranquilas ante determinadas situaciones sociales y es su trabajo diario la forma en que contribuyen a la atención de estas. Es la racionalidad de aquellos que al preguntarles por qué hacen lo que hacen, e insistiéndoles en que trasciendan respuestas puramente técnicas, mirarán a su alrededor precavidos, se acercarán a uno lentamente y dirán un tanto avergonzados: “es que quiero cambiar el mundo”. Quiero referirme a esta última racionalidad como utópica, y, por supuesto, a los que actúan desde ésta como “utópicos”.

Hablo de utópicos y pienso, por ejemplo, en activistas, políticos, psicólogos, escritores, abogados, ambientalistas, trabajadores sociales, médicos, entre muchos otros. Se trata de faenas que en gran medida viven para y de angustiosos problemas sociales. Viven para estos problemas sociales en la medida en que gran parte de su energía vital es consumida por estos. Viven de los problemas sociales en tanto y en cuanto su profesión misma y el salario que de ésta devengan presuponen la existencia de estos problemas. Si las desagradables causas que les ocupan no existieran, tampoco existirían las profesiones que estos ocupan. He aquí una cuestión paradójica.

Sostengo que los que más en serio se toman estos asuntos (que no deberían tomarse de otra manera) van como guiados por una estrella lejana, que es el mundo cambiado, la utopía. ¿O me equivoco? Tomemos, por ejemplo, aquél que, como mi amigo, opta por la psicología, a quien supongo que le preocupa el agobio que resulta ser la vida para muchas personas. Siendo este el caso, su empeño será ayudar a estas personas a salir de ese agobio. Mientras menos agobiados, mejor.

Así también el abogado que quiere mediar en la conflictividad social para rectificar una injusticia. Mientras menos injusticias, mejor. O tal vez un periodista, que busca exponer aquellas verdades que le han sido ocultadas a la sociedad. Mientras menos mentiras, mejor. O un médico que pone todo su conocimiento al servicio de aquellos que sufren los síntomas de determinada enfermedad. Mientras menos enfermos, mejor. El estímulo, pues, de toda vocación que se asume desde lo que llamo una racionalidad utópica es la utopía, es decir, alcanzar ese mundo sin los problemas que tantos inconvenientes nos generan. ¿O acaso soy el único que si tuviese la famosa varita mágica acabaría inmediatamente con tantas penas que suelen cuestionarnos a viva voz el sentido de nuestra existencia?

Ahora bien, echemos a andar nuestra imaginación para ubicarnos por un momento en la utopía y nuevas preguntas se suscitan. ¿A qué se dedicarán los psicólogos cuando ya no existan agobiados? ¿Qué harán los abogados con su licencia cuando ya no haya conflictos en los cuales intervenir? ¿A qué mundo amoroso le predicarán los religiosos cuando ya vivan en él? ¿Qué investigarán los estadísticos cuando todos los índices de disfunción se hayan reducido a cero? ¿De qué tratarán los libros de los reformistas cuando todos los cambios hayan sido exitosamente efectuados? ¿Qué enmiendas propondrán los legisladores cuando ya todas las leyes hayan sido felizmente aceptadas?  En fin, ¿qué pito tocarán los cambiadores de mundo en el mundo cambiado? ¿En qué rayos empeñarán sus vidas los utópicos justamente el día después de haber llegado a la utopía?

Todo esto podría caer como un chiste de mal gusto, particularmente en tiempos en que nuestro país parece caminar en dirección opuesta a cualquier utopía. No obstante, se trata de preguntas ineludibles para los utópicos más empeñados en un mundo cambiado. Aunque el intento de imaginarse ese mundo es más que difícil, quizás imposible, sirve como ejercicio de práctica para aquellos que van, poco a poco, rumbo a la utopía. De esta forma, si llegase el día, el verdadero “fin de la historia”, no habrá de verse frustrado por una repentina crisis de desempleo en el sector de los utópicos, sino que, bravo por nosotros, ya la habremos previsto. 

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