Genio: Wilde y Welles

Octubre conjura el recuerdo de dos genios.

La palabra genio tiene sus raíces en el latín, genius y su significado se remonta a la creencia pagana de que, al nacer, a cada uno se le asigna un espíritu para que gobierne su fortuna, su carácter y, finalmente, lo acompañe fuera de este mundo. También hace referencia al genio bueno y malo que cada uno llevamos y que define nuestro carácter, como en “Ese tipo tiene mal genio”, o “es un genio alegre”, como el caso de la obra de los Hermanos Quintero. En algunos casos, el genio se vuelve maldito, como en “evil genius”.

No fue hasta el siglo XVI que comenzó a usarse la palabra, esporádicamente y principalmente en obras literarias, para definir ciertos talentos o habilidades naturales y la calidad de la mente de una persona. El Oxford English Dictionary nos indica que en 1855 alguien se refirió al “genio peculiar de Newton”, y, un poco más tarde (1878) alguien señaló que el primer ministro de Inglaterra, Gladstone, tenía “un genio extraordinario para las finanzas”. Ya en el siglo XVIII se había usado la palabra para definir el intelecto superior que dotaba a su poseedor de imaginación, y de una capacidad extraordinaria para la creatividad y para la especulación que conduce al desarrollo del pensamiento. El María Moliner coincide con estas acepciones, y, como en el caso del OED, enfatiza su uso principal como definitorio del carácter de las personas.

En sus Journals André Gide relató su famosa conversación con Oscar Wilde en la que le manifestó su decepción por el desvío que había tomado la carrera literaria del poeta dramaturgo, de quien tanto se esperaba. Al escuchar esas palabras del director de la Nouvelle Revue Française, Wilde le respondió que “le había dedicado sólo su talento a su trabajo y todo su genio a su vida”. Una genialidad de Wilde, ya que, para muchos, talento y genio, son polos opuestos y muy diferentes en calidad.

Uno se percata, sin embargo, que Wilde comenzaba a usar la palabra “genio” en una forma especial, que se acerca más a como la usamos hoy día para ciertas cosas. Él ya había hecho el vocablo famoso en su viaje a Nueva York en 1882. Cuando el agente de aduanas le preguntó que si tenía algo valioso que declarar, el ya voluminoso esteta y futuro escritor de grandes comedias de costumbres le respondió: Sólo mi genio.

Desde entonces esa palabra aparece con demasiada frecuencia asociada a individuos que exhiben una aptitud especial para ciertas cosas. En otras palabras, se ha ido degenerando un poco y se le ha aplicado a una serie de talentos en los que el intelecto y la sabiduría juegan un papel ínfimo o secundario. ¿Es Roger Federer un genio? Absolutamente no. Es el mejor jugador de tenis “de la historia”, según lo demuestra el número de partidos y campeonatos que ha ganado, y que no se pueden negar ni discutir. Pero el tenis podría desaparecer de la faz de la tierra sin que suframos mucho.

¿Es Alex González un genio? Fuera de que se acostaba con Cameron Díaz, no lo creo. Es un gran jugador de béisbol, uno de los grandes. Pero, ¿genio? Lo dudo. Más cuando se dejó de Cameron Díaz. ¿Es el apabullado Tiger Woods un genio? La respuesta a esa pregunta, dadas sus hazañas, es tan rotundamente no que no hay ni que argumentar mucho para sostener mi punto de vista. ¿Es Karl Rove un genio? ¡Zas! Es un demonio (¡evil, evil!) que tergiversa la verdad y que fue capaz de convencer a los americanos de que george w. bush (siempre con letra minúscula) merecía ser presidente de los Estados Unidos. En otras palabras, un embustero mediático que usa los millones de dólares de otros para crear imágenes para los lerdos analfabetos del mediano oeste y de Texas. Lo más seguro es que se lucra exageradamente y que paga pocos impuestos.

Hay personas, muchas, que son geniales en momentos dados porque son inteligentes y rebasan el talento promedio de otros mortales, pero genios, como Copérnico, como Newton, como Pico della Mirandola, como Erasmo, como Einstein, Richard Feynman y Stephen Hawkins, como Leonardo o Miguel Ángel, como Velázquez, Goya, Dalí, y Picasso, Mozart, Beethoven, Homero, Dante,  Virgilio, Cervantes y Shakespeare, no abundan. 

Hoy día hay quienes pretenden alcanzar nivel de genio basándose en cuánto dinero ganan. Es imposible, amigos. De hecho, Wilde muy bien dijo que el genio nace, no se paga. Tampoco se puede alcanzar nivel de genio aludiendo a una prueba de cociente de inteligencia, que sólo nos da una idea del potencial de una persona. Es difícil pasar a ser genio sin producir nada, sin crear nada, sin decir nada, no importa cuán estratosférico sea el IQ.

Hay precocidades que pueden ser confundidas con genio. Las aptitudes matemáticas para calcular sin ayuda de calculadoras o computadoras, la memoria fotográfica que algunos tienen la suerte de poseer, el niño que resuelve el cubo de Rubik, y un largo etcétera se han catalogado como de genios Pero si esas aptitudes no conducen a la producción de algo nuevo, duradero y valioso, en realidad no cualifican como genio al que las posee.  

Hay que entender que, al mencionar “su genio”, pienso que Wilde se refería a un conjunto de características que poseía. Estaba su capacidad expresiva, su sentido de la estética, su conocimiento de los clásicos y los poetas americanos, sus lecturas de Ruskin y Pater, su fácil pluma, su inteligencia deslumbrante, su astucia, sus gustos por la comida y el buen vino. No era que podía hacer cálculos matemáticos en un instante ni que jugaba un tenis espectacular. Era que las cosas verdaderamente valiosas se habían juntado en él y le permitieron crear algo duradero de lo que todavía nos beneficiamos: su obra.

Esas cosas valiosas que se juntaron en Wilde, que lo hacían un hombre completo (en contraste a los que solo saben hacer una cosa) no son admiradas hoy día a menos que no vayan acompañadas de dinero. No en balde, en un momento visionario, Wilde dijo que los vulgares sabían el costo de todo y el valor de nada.

Es difícil señalar una persona en el siglo XX que haya sido un genio público (Wilde murió justo en 1900, de modo que siempre fue un hombre del siglo XIX. ¡Genial!). Pero nada más hay que pensar en Orson Welles para reconocer el oro verdadero. Al tope de sus múltiples carreras como actor, guionista, director de radio, teatro y cine e innovador en todos esos medios, director de Citizen Kane, la mejor película jamás filmada (que celebró sus 70 años en mayo del corriente), inventor de las técnicas más significativas del cine moderno, bon vivant, raconteur, siempre estuvo un paso adelante de todos, Welles era ese conjunto de características inefables, al mismo tiempo que palpables, que llamó genio Wilde y que no se celebran hoy día o han perdido su importancia en la era de dime cuánto vales y te diré quién eres.

 

Pienso que de haber sido contemporáneos, Wilde y Welles hubieran compartido, además de sus iniciales, por lo menos tres cenas opíparas al año en el Savoy Grill, de las que habría constatadas docenas de citas mordaces. Octubre es una coincidencia para ambos: Wilde nació y Welles murió en el mes otoñal. Si aún existe en el XXI alguien que tenga ese genio, esa capacidad para deslumbrar, debe de estar oculto en algún recoveco del mundo en donde la putridez del dinero y la vulgaridad aún no han alcanzado, y no lo sabemos.

De genialidades, muchos. Genios, muy pocos.

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