Jazz Bar II: entre Yván Silén y Joserramón Che Meléndez

Esto próximo hay que agregarlo a los hechos incomprensibles o misteriosos del siglo 21: la indiferencia crítica y la hostilidad académica al corpus silénico…
-Néstor Barreto

A Meléndez se le debe mucho; lamentablemente, su legado pasa las más de las veces desapercibido.
-Néstor E. Rodríguez

Río Piedras.

En la estantería del bar, una hilera de libros, todos del mismo autor, Yván Silén, zigzagueaba en forma de símil. Ebria de sí, sinestésica y rubendariana, se sentía tan larga como era (“verosimilitud”): un poco más de veinte teclas. El olor a “mirra” venía de lejos. En el escritorio aledaño, dos o tres libros de otro escritor, Joserramón Che Melendes, esperaban, uno encima del otro, una lectura más cabal, sobre todo el ensayo, El fondo de la máscara (2007): rostro de una nueva cara vieja, neobarroca.

Por esa asimetría entre la hilera de libros y los ejemplares puestos sobre la mesa, el encuentro entre los poetas será desigual, demasiado desigual; pues éste que bebe de esa literatura, con la copa rota y la piel manchada de tinta, ha sido más lector del primero (Silén), Los poemas de Filí-Melé (1976), que del segundo, Joserramón Che Meléndez, La casa de la forma (1997). Ante esa desigualdad, nada como un trago justo —éste—, que bregue con las diferencias.

Yván.

Prenden y apagan las luces del bar: “Hay un olor a Dios / en todo el inodoro” (El miedo del Pantócrata, 1980).

Junto al piano, el lirismo de la generación de 1970 le da un aire de época boricua al escenario. El humo del tabaco, cortado por la luz que enfoca la batería, se confunde con el de la poesía que se fuman los libreros, entre cervezas mexicanas y dominicanas que toman como si fueran tropos de la generación anterior. Entre los libros manoseados que quedan sobre las mesas, los que esa generación de 1970 no publicó nunca, se amontonan en la basura, del otro lado de la barra, “donde las ratas / comen la sombra de Dios” (El miedo del Pantócrata, 1980).

El humo de la poesía se confunde con el del mafú, que se pasan de mano en mano los novelistas, siempre congregados en el lado más oscuro de la luz que apunta hacia el baño, donde come la entropía. Las trompetas y los trombones afinan contra el ruido de la página en blanco. Como si fueran colillas, los ensayistas escriben oraciones incompletas, que apagan con el pie y patean hacia las esquinas, siempre sucias de poesía. La percusión menor se hace ahora más elíptica. Las congas azules (de Cortijo) sonean sonetos desde la memoria acústica. Para subjetivizar la realidad política de los años 70, los filósofos le ponen “alpiste” silenista a la poesía.

Se oyen los tiros del Cerro Maravilla: 1978.

De la hilera zigzagueante de libros (mayormente poemarios y ensayos), se levanta una imagen atroz, violenta, que se queda con el sonido oscuro del bar: Dios es ateo (2011). El negro de la muerte se confunde con el azul de los títulos silenistas (El llanto de las ninfómanas, 1980); pero los libros suenan a “amarillo” literario. Eco al cuadrado: Iván deviene Yván en el zigzagueo de libros como La muerte de mamá (2004). Con la vibración metonímica, las maracas caen al piso, que pronto se llena de pepitas, alter egos y heterónimos. Las feministas cierran los libros  y abren los candados. El olor a pubis se siente en el sudor de las madres silenistas, a quienes Cristo observa en El último círculo (1992): “Contempla / que detrás de la puerta / la madre se /  masturba.” La música le pide silencio al jazz. La oscuridad tiembla de quietud.

Nietzsche o la dama de las ratas (1989), se equivoca; El maricón o los ciudadanos de la noche (2011), embiste.

El trombón se calla para que se oiga la imagen atroz que plantea, vestido de El pájaro loco (1972), Silén, en la última página de La poesía piensa (2010): “La poesía es apocatástasis.” En la paredes, el Poeta escribe con tinta amarilla el nombre poético (y político) de Dios: Nelis.

El rostro de El Antinihilista se fuma la luz. Humea. Radicalmente antiposmoderno, Silén predica como un político lírico el culto a la imaginación, a la originalidad, a la “libertá.” Pide nuevos sustantivos, verbos, adjetivos, adverbios; inventa neologismos, desempolva arcaísmos. Reparte libros, que se saca de las mangas, y metáforas, cultivadas en la biblioteca. Su botánica del deseo. Con las palabras que inventa en La novela de Jesús (2009), toca el piano que Nietzsche dejó sin teclas; con los conceptos que imagina cuando duerme despierto, le chupa los dedos a las “muñecas de trapo.”

Los heterónimos se amontonan en el inconsciente. Libidinizan: el Poeta guerrero se pone los guantes y se tira al ruedo en El velocípedo de Jesús (2011). Los enemigos acechan. Censuran. La poesía saliva sílabas silenistas, demasiado silenistas, que llenan las copas de muerte/vida en Casandra & Yocasta (2001).

Entre la estantería sinestésica y el bar literario, metáfora de otras metáforas, luz de otras oscuridades, estalla de golpe el manoseo de libros (varios inéditos). Los que quedaron en la mesa negra, La rebelión (1995), frente al contrabajo amarillo que toca sin arco bajo el humo de la literatura, se abren a la conjunción que invita al abismo: Tanni Lee o los cuentos de la nada (2012). “El vacío es azul,” como los gatos. En vez de un chisporroteo de hojas sueltas, salpica del estruendo un polvorín de polilla, muchas veces yvanesca (como metáfora): “La polilla de Dios recorre la ciudá” (La casa de Ulimar, 1988).

En estado de eflorescencia, la gramática silenista irá acaeciendo desde su inocencia atroz: Las muñecas de la calle del Cristo (1989). Hiperestésica, se queda con el bar; perversa, demasiado siniestra, se toma la biblioteca de una lectura, que multiplica los narradores en Los narcisos negros (1997). Desde la metagramática, el Poeta “realida,” pero no escupe jazz, sino “rosas negras,” “paraguas amarillos,” “narcisos verdes,” “erizos.”

Desde la alteridad que la marca y la separa de la gramática del poder, la silenista alucina con los sustantivos; “esquiza” con los verbos; “orgasma” con los adverbios; “realida” con los adjetivos; “girasola” con los neologismos y “poesía” con los arcaísmos.

Antigramática de la “libertá,” según la define el Poeta-filósofo del sombrero de copa, el ateo cristiano que, en Las mariposas de alambre (1992), se cagaba muy a su manera —siempre sacra— en Dios: “Vacío de la voz: tocar el culo / de Dios para saber que irreal existe.” La antigramática silenista se organiza desde la “zensación,” zona del “serestar” que requiere su propia lingüística. Una que el Poeta cartografía desde el inconsciente, para que el filósofo vea, oiga, ría, imagine, “existencialice,” “esencialice,” lo que escriben ambos, además de con sangre, con “semen” y “pus.”

Antigramática radical, que politiza la belleza desde el horror que la hermana, como siameses (“el ectópago”): la de Silén aporta el aparato metagramatical más dramático que ha puesto sobre la barra, desde la subjetivación subversiva, la generación de 1970. Alucinante: un banquete silenista para nada platónico (en vez, pornolírico, como en Catulo o la infamia de Roma, 2010).

Llueve sobre mojado desde la novela poética, demasiado esquiza, La biografía (1984). En el bar-biblioteca, empolvada de polilla silenista, reina, entre verbos y adverbios originales y narcisistas, pero no por eso cerrados en su solipsismo, la metáfora del jazz (en silencio, paranoica). Desde África, a “Nandirí” (2012) le cortan el clítoris en el Caribe.

Aporía.

La música y la literatura se miran. En el espejismo del bar libresco, que se sabe tropo de la ensoñación “lírica,” metáfora para un Poeta que filosofa la literatura desde la puertorriqueñidad de su generación, se dibuja la silueta (de la “libertá”) en el humo de la poesía. La pipa que “girasola” en el zigzagueo de libros silenistas, no es la de la paz. Por ósmosis, la política de Los ciudadanos de la morgue (1997) queda escrita en las paredes (como en un cuadro de Elizam Escobar).

Hasta que la sinestesia (rubendariana y silenista) bascula, y cambia de registro, aunque se queda en la quema de los setenta. El humito santo del Señor: “¿qué hace el taxi de Dios / frente al delito” (El miedo del Pantócrata, 1980).

De la antigramática silenista, sublime, demasiado siniestra, el bar-biblioteca se abre, hiperestésico, a la ortografía subjetivizada del otro poeta filosófico de la generación de 1970. El que escribe con el oído de la puertorriqueñidad a la intemperie. Las botellas de ron no se rompen con el cambio de letra. En el giro hacia la izquierda de la ortografía, la estantería vuelve a serpentear. Los libros se amparan en su forma. Materialidad del texto. El olor a “mirra” amaina; se oye otra pluralidad “lírico-política.” Los ensayistas alzan las copas y fuman.

Transición e intersubjetividad: relevo y continuidad de la rebelión. El jazz de la biblioteca-bar gotea polilla.

Che.

La antigramática “orgasma.” En el goce político, se engancha a la ortografía fonética de Joserramón Che Meléndez. Humo. La intersección se hincha, hasta que le rompe el cuerpo y el cuero (y hasta el culo) a las palabras. La biblioteca-bar “realida” en un solo silenista. La música escupe tinta desde los trombones enardecidos. Fragmentos de la escritura de Joserramón se incrustan en la pintura de Elizam Escobar (tantas veces coloreada con tinta silenista).

Enredo; cruce de poetas que escriben y dibujan con la vida. Setenteros.

Como la antigramática, la ortografía fonética (“oxigrafía”) se ontologiza. Física de una metafísica política. Luz; neblina. La crítica dominicana comenta “la palabra habitada” de Joserramón: “Este gesto de experimentación tiene sus antecedentes directos en Cortázar, Juan Ramón Jiménez y Andrés Bello, pero Meléndez parece proponer una transgresión mucho más radical, puesto que intenta minar [con “mala escritura”] la autoridad de la escritura desde su propia materialidad” (Néstor E. Rodríguez).

Segundo estallido: rabo de nube silenista. Aleteo de ángeles caídos, que se levantan. Chisporroteo de letras con plumas criollas. Olor a Burger King (antiguo batey) de Río Piedras. El piso se llena de palabras nuevas, zapateadas en las esquinas de una insularidad transmoderna: legtor (lector), qe (que), erbido (hervido), biento (viento), ridmo (ritmo), cabesa (cabeza), ueco (hueco), berso (verso).

Joserramón reina en la obediencia activa de su libertá. Silén “silena.”

Las imágenes de Joserramón parecen más sonoras que las de Yván, pero no lo son; pues, por más idiosincrásica que sea la ortografía, al escuchar la palabra del poeta, la diferencia escritural desaparece, ¡como por acto de magia! Sí, la voz encubre la épica ortográfica, minimizando desde el humo el esfuerzo del lector para leer “la palabra habitada”: “Esto no son palabras: son pedasos de biento/ agrupados en torno de una sílaba de aire:/ el fulcro madre inmóbil i la trensa del ridmo,/ cabesa i trensa, ueco i agua: el berso es un pulpo”.

El trombón se sacude el polvo y la polilla; suena un do de trompeta como si se trata de un arcaísmo silenista (que en vez de “donde,” escribe “do”). Frente a un libro de crítica pictórica, marcado por la idiosincrasia del poeta, Dobles de Elizam Escobar con un interensayo por Joserramón Melendes (2002), se escucha desde el micrófono, también sinestésico, la cara afilada de Joserramón: “’Persibir’ es ya un desdoblamiento.”

La hilera de libros da varios coletazos. La estantería resuena en el vaivén de las palabras rotas, que el poeta alado, como un arqueólogo, desentierra en el bar, lleno ahora de letras. Desde el ensayo literario, enamorado de su propia abundancia material, El fondo de la máscara (2007) se vuelca rabiosamente hacia la poesía.

La fonética ortográfica de Che Meléndez corresponde a la antigramática de Yván Silén: la generación de 1970 se crece con los filólogos más poéticos de esa familia literaria, subjetivizadora, demasiado subjetivizadora.

La estantería multiplica sus brazos. Como si se tratara de un mangle que redobla sus pulpos frente a la laguna de Condado, escupe libros que manchan las mesas de amarillo silenista. El peso de la materialidad de las palabras que Joserramón reinventa, se sienta frente a la barra. Pide su copa: “La enerjía, la libertá creatiba del arte –lo sujetibo relatibo-, nesesita la resistensia de lo pasibo’, la detensión de lo fagtual, lo dado –lo objetibo relatibo-.”

La antigramática y la oxigrafía coinciden en una ortografía que las marca: “libertá.” Vértigo. Apagón iluminado de negro silenista. Azul. Los libros se marean. El jazz se enloquece con los solos más locos (de David Sánchez y de Miguel Zenón). Las paredes hablan. Joserramón grita en silencio: “Pero no todo 2 (dos) es doble dual y resíproco.” De un cuadro de Elizam Escobar, salta una novela silenista: La casa de Ulimar (1988).

Silén apaga la cita con el mismo libro que abrió el bar: “Hay un olor a Dios / en todo el inodoro” (El miedo del Pantócrata, 1980).

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