Nostalgia a dos tiempos

Si la palabra nostalgia fuera menos hermosa tal vez no nos asaltaría en momentos cuando más vulnerable está la mente. En instantes en que reconocemos nuestra finitud se apodera de nosotros un sentimiento de pérdida, de añoranza, que nos deja una leve tristeza inexplicable. A la nostalgia no se le dio nombre hasta fines del siglo XVIII, y se acuñó como un término patológico para describir el sufrimiento que enfermaba a quienes dejaban la patria sin posibilidades de regreso. Sabemos que aún persiste ese sentimiento y que puede ser un virus pernicioso y vil, pero muchas veces es una sensación que dejamos entrar a nuestra casa a sabiendas que para nuestros oídos sensibles y nuestro cerebro receptivo resaltará la tristeza por algunas cosas que se pierden sin que puedan ser rescatadas, pero que simultáneamente dejan buenas memorias.

Mi sentido de pérdida por La Bombonera está modificado por el hecho que nadie sabe desde afuera los recovecos oscuros de un negocio y los negocios están siempre sujetos a perecer si la economía no los sustenta, o si sus modos operacionales no permiten que subsistan. Mi nostalgia es repostera más bien que sentimental: echaré de menos las mallorcas de cuando era niño, que no puede ser una sensación compartida con alguien que se la comió el mes pasado, y que sé que tampoco nadie compartirá de la misma forma. En un tiempo tan breve como proustiano, se ha empequeñecido tanto ese echar de menos mío por un pedazo de pan glorificado, que logra acurrucarse en algún lugar recóndito de mi cerebro que, como el de todos, se va achicando según pasa el tiempo. Es a lo mejor lo que experimentan muchos que un día estuvieron allí en la calle San Francisco y lo que recuerdan es el aroma del café y el sabor agridulce de un bocadillo engullido sin la menor intención de preguntarse si los gastos de la empresa excedían los ingresos de las ventas.

Contrasta ese sentimiento con el que tuve de La Mallorquina por mucho tiempo antes de que cerrara sus puertas centenarias. Me daba vergüenza ajena aceptar que fracasaría porque la comida y el servicio eran malos, y los mozos carecían de la elegancia y la experiencia que una vez tuvieron. De allí echo de menos la memoria de la barra a la que tantas veces me senté y los espejos de azogue decrépito manchados por el tiempo, y los purrones, que me imagino vinieron de Mallorca en el siglo XIX. Mi nostalgia por La Mallorquina es de sus cosas (¡oh, aquel reloj!) y de lo que representó en la historia de una ciudad que consideró el lugar como punto de encuentro de sanjuaneros y de huéspedes; los primeros eventualmente no pudieron resistir y se fueron rindiendo al llamado del suburbio; los segundos —los turistas de muchos lugares—partieron de regreso a sus hogares, lo más seguro que en suburbios.

Canjear el caminar por las calles y mirar las vitrinas y encontrarse a gente a quien uno puede estimar más o menos, o desconocer, o con quienes uno comparte, por el den con la televisión, lo he sufrido en carne propia en mis estadías en los Estados Unidos, y con el cambio urbano que ha trastocado nuestra Isla. Por eso, aunque sé que en Nueva York se puede hacer todo tipo de vida, me complace vivir, aunque sea por unos días, eso que Jane Jacobs llamó “el ballet de la acera”: ese  me muevo-a-la-derecha-porque-viene-el-panadero, me muevo-a-la izquierda-porque-el-mensajero-sale-a-llevar-una-pizza, me-detengo-porque-el-turista-acaba-de-sacar-un-mapa-y-tengo-que-darle-la-vuelta. En ese baile incesante, que disminuye pero no desaparece con la huida del sol, se percibe la música del cambio, de lo que se ha marchado con las hojas de los almanaques desaparecidos. De hecho, me da nostalgia por los almanaques, pues ahora todos tenemos uno con alarma en nuestros teléfonos o en algún instrumento electrónico que hubiera alarmado a Leonardo.   

Esos almanaques electrónicos nos han traído nuevas ansiedades, pero la mía más reciente me asedió en Nueva York por la desaparición este año de un lugar que amaba: el Oak Room en el Hotel Algonquin. Allí satisfacía con frecuencia mi insaciable apetito por la canción “pop” clásica norteamericana, los llamados “standards”; amor casi tan grande como el que profeso por los tríos y la música de la época de oro del bolero cantados en pequeños lugares, aquellos en los que la música se queda flotando por varias horas. Como era el caso del Oak Room. Se ha dicho que la gente ya no iba a escuchar a cantantes como Julie Wilson, Karen Akers, Andrea Marcovicci y Barbara Carroll, interpretando a Cole Porter, los Gershwin, Rodgers y Hart,  Kander y Ebb, Lerner y Loewe, y muchos otros. Sin duda, las consideraciones económicas siempre superan las artísticas.

La nostalgia me devuelve las melodías que estas mujeres cantaron para mí, para nosotros, y me recuerda que Sylvia Sims, otra cantante de la que era devoto, murió allí en el Oak Room, una noche que cancelé mis reservaciones para irme a ver a Raúl Juliá en Man from La Mancha. Pienso que, de haber estado allí, la cantante, que hacía de cada canción una ofrenda especial a un rey o a una reina, pudo haber caído sobre mi mesa y hoy día el cierre del local me entristecería aún más, pero con la sombra de una sonrisa en mis labios por haber burlado al “destino”.      

Es la misma sensación que experimento cada vez que paso frente a lo que fue el Ocho Puertas y recuerdo, entre muchas cosas, que mientras allí cantaba Glenn Monroig al cruzar la calle cantaba su padre Gilberto, y que hubo noches que cruzamos para escucharlos a ambos. O que en Ocho vimos a Olga Guillot y la oímos cantar desde su mesa unos versos de “Miénteme”. Que allí vimos por primera vez a Alberto Carrión decir que era “amante del cantar del coquí…”, y que tenía “el miedo de perder el miedo”.     

Igual de nostálgico me sentí porque ya no puedo oír a Bobby Short en el Carlyle, ni a la estupenda Blosom Dearie, ni a la maravillosa Hildegrade, a quien escuché bastante en los años setenta, y a Dardanelle, que usaba el destello de sus ojos azules para enfatizar un verso de algunas canciones, tal y como hacía con “I Concentrate on You” de Porter( on the light in your eyes when you surrender/ and once again our arms intertwine…). Por suerte lo bueno no se olvida por completo y en Broadway siempre están los grandes escritores de musicales de los años treinta hasta los ochenta representados por alguna reproducción especial.

Ese es el caso estos días con Cole Porter, cuya obra Anything Goes ha sido revivida con una puesta en escena que es luminosa, resplandeciente y, musicalmente, inigualable. ¿Qué otra obra musical puede reclamar en su partitura canciones como: “I Get a Kick Out of You”, “You’re the Top”, “Easy to Love”, ”It’s De-lovely”, “Anything Goes”, “Blow, Gabriel, Blow”, y “All Through the Night”? A su vez  la obra, que se desarrolla en un transatlántico, es una invitación a la nostalgia de una era (los años treinta) que convulsó con la caída de la bolsa en Wall Street y fue preámbulo a la segunda Guerra Mundial. Lo que se añora de ella es la elegancia de la época, la sensación de que los estragos por venir, serían mitigados por cosas livianas y graciosas, como la trama leve de esta comedia musical y el diálogo imaginativo e ingenioso que hace referencia a lo que Porter consideraba “chic”.

La nostalgia por los años sesenta que nos evoca The Best Man (que lleva el nombre del autor, Gore Vidal ) es también graciosa pero con una mezcla de recuerdos amargos — los asesinatos de los Kennedy y de Martin Luther King, la crisis de los misiles en Cuba— y de realidades que comprueban qué poco el mundo ha cambiado en muchos sentidos, a pesar de los adelantos electrónicos. Con un elenco de grandes ligas, James Earl Jones, Angela Lansburry, Candice Bergen, John Larroquette, Eric McCormack y Michael McKean, la obra reverbera con el diálogo brillante de Vidal, quien ha vivido esta vida política tras bastidores desde antes que se montara la producción original de la obra en 1960, que tomó a Broadway con su éxito huracanado. Los temas son precoces, y, el central, si uno de los candidatos es o no homosexual, tan de primer plano como el anuncio del presidente Obama de que favorece el matrimonio entre personas del mismo sexo. También motivo de nostalgia a carcajadas es el hecho que Vidal rechazó a Ronald Reagan, quien se presentó a la audición en 1959 para el papel, porque no tenía “cualidades presidenciales”. ¡Qué visión!   

Los poetas han sufrido de nostalgias aterradoras que los han jamaqueado en esta ciudad de rascacielos. La más famosa muestra de ello es posiblemente Poeta en Nueva York de Federico García Lorca (Era la gran reunión de los animales muertos, / traspasados por las espadas de la luz;…), mas no se puede olvidar Cuaderno de Nueva York de José Hierro (El cementerio entre los rascacielos/ no radia nuevas de la muerte.) que es una visión menos terrible y menos surrealista de la de Federico de la ciudad en que el viento lo peina todo. Aquí también sufrieron sus nostalgias y las persecuciones Pedro Pietri y Miguel Piñero, entre otros, y nos dieron sus poemas en los que descansar la cabeza y reflexionar sobre esos cañones de acero y cristal por donde el viento aúlla.  

Tal vez somos nosotros los puertorriqueños los que más presa somos de la nostalgia. No sé si será por el hecho de que no tenemos una ciudadanía propia y nos pasamos de aquí para allá, a dos tiempos, sin un rumbo definido, como aves que emigran a la inversa: del calor al frío, del calor al más calor. Cuando el modernismo nos legó la palabra del griego, nostos de regreso y algos de dolor, jamás consideró que una isla en el Caribe vivía la nostalgia de ser algo que nunca ha sido. Y esa fuerza del no ser ha impulsado a una cantidad cada vez más creciente de nostálgicos a vagar por el mundo, a encontrarse en permanente añoranza por algo que ya sólo vive en un imaginario imposible de hacer realidad. Yo la dejo que me posea cuando lo deseo, pero me sacudo y pienso que hay que enderezar las cosas o si no, hasta la nostalgia desaparecerá. Peor aún: en la lucha sin sentido por ser algo que no somos, van y nos roban la nostalgia que nos queda.      

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