Objetos Circumbinarios

“El dolor afirma el ser
y justifica el camino.
Orla de espuma combada.
Astro alegre en mí entrevisto.”
Francisco Matos Paoli

¿Quién no ha mirado a sus padres e interpretado su propia vida a través de estos? Ausentes o presentes, cercanos o lejanos, amorosos, abusivos, manipuladores, incondicionales, dulces o cascarrabias, es inevitable pensar en nuestros progenitores, si es que pretendemos sabernos a nosotros mismos. Aun si decidiésemos alejarnos de estos lo más posible, en un explorador intento de determinar nuestras propias vidas, esta separación sería todavía una acción que sucede en función de quienes nos dieron vida. Pues en tales circunstancias, su mera existencia, tanto física como la que habita en la memoria, nos obligaría a definir libertad en proporción directa a cuan distantes nos ubiquemos de lo que fue nuestro centro inicial, además de tentarnos con la idea de que el secreto de la autonomía se encuentra en ser lo opuesto a lo que estos fueron.

Todo comienza con una unidad acérrima, pues en nuestros inicios, no podríamos subsistir si no es con el apego y atención constante de nuestros padres. Y obviando por el momento aquellos que no los tienen, recibimos en los primeros años, a través de estos, lo que aparenta ser nuestra visión de las cosas. Mas en la mayoría de los casos, y luego de un periodo de apartamiento que usualmente comienza al final de la adolescencia, volvemos, aunque sea poco a poco, a acercarlos hacia el centro que originalmente ocupaban.

Son entonces tres las etapas que, en términos generales, dividen nuestra existencia en relación a nuestros padres, dependencia, separación, y retorno. Mas por lo regular fallamos en entender la totalidad de esta situación, y no es hasta el final de la vida de estos, y por ende, un tanto cercano al final de la nuestra, que absorbemos y aceptamos, como preámbulo a lo que pudiese ser la más profunda de nuestras reflexiones, el enorme peso que tienen sobre lo que somos. Pues este momento es, donde su presencia física deja de ser ancla y centro, convirtiendo los focos alrededor de los cuales gira nuestro ser en recuerdo y memoria que aún fiscaliza con la misma firmeza con que lo hacían en cuerpo presente, el instante que marca el comienzo de una cuarta e insospechada etapa en la vida. Etapa que dura hasta el final de la nuestra.

Es en esta coyuntura que entremezcla fin con principio, en donde Edgardo Sanabria Santaliz comienza su poemario El Arte de Dormir En Una Silla de Hospital[1]. Es una larga cavilación sobre el final de la relación física y emocional con su(s) padre(s), en función de la cual Edgardo explora, en muy humanos detalles, el espectro total de su existencia. Un final que es, a través del libro, moldeado y convertido en metáfora del comienzo.

Partiendo de una incómoda silla de hospital, a la cual los familiares que deciden pasar la noche con sus seres queridos, aquellos que, postrados en una cama de imponente inactividad los observan batallar con los metálicos bordes y los rígidos espaldares que retan el sueño, Sanabria Santaliz detalla la lentitud del tiempo que, cual las gotas del suero en la habitación, transforma la obligada estadía en torturante espera. Tanto así, que cuando desde la irritable silla mira al internado, presiente que tal incomodidad fue conscientemente planeada por aquellos que eventualmente pretenden ponerlo en la cama del corriente ocupante, el cual a sí mismo en antes, de seguro pasó también por la despiadada silla. Tajante crítica esta, que desde la minúscula esquina de un cuarto de hospital, desmenuza las ulteriores motivaciones de un complejo médico que pretende servir, pero que en el fondo solo se asegura de perseverar su continuidad y existencia.

Gota a gota, se le escapa la imagen de su padre que, postrado en la cama, se desvanece junto con el reflejo del cristal en la ventana mañanera. Con premura, como quien se sabe limitado por el tiempo en la realización de una tarea que debió haber cumplido hace ya mucho, Edgardo concentra sus energías en pensar a ese hombre que le dio vida, y que hoy lo ve esfumarse cual efigie en un vidrio hospitalario. No es su padre un héroe, ni mucho menos lo fue. Por lo menos no como para compartir el panteón con hombres de la talla de Cristo, Ulises, o Moisés.

Mas por razones extrañas, posee detalles físicos que comparte con aquellos que dejaron su magnánima huella en la historia. Algo así como una especie de héroe no realizado, temeroso de lo que le rodea, cortado desde el principio, y así evitado de desarrollar lo que el destino le pudo haber predestinado. Tal vez el paradigma del hombre puertorriqueño, que aunque nacido para la grandeza, se ve reducido al tembloroso encerramiento tras unas rejas y ventanas que se esfuerzan por mantener el desorden social fuera de la casa.

Pero esa innata energía heroica tiene que usarse de algún modo, y a falta de la oportunidad noble, los cantazos que de niño recibía Edgardo, como los que recibimos casi todos los miembros de su generación, y que por lo visto insisten en persistir en el seno de la familia isleña, se prestan como conducto mundano del brío épico, antes de ser lavados, entre la humareda del cigarrillo y el picante vaho del ron, en el llanto nocturno del infante. Ahora se encarga el autor de documentar la enfermedad y los años que terminan revelando la verdadera naturaleza del corderito bajo la antigua piel de lobo, la piel del único padre que, para bien o para mal, confiesa haber tenido.

Sin embargo, para cualquier hijo de boricua, la reconciliación con el padre no es cosa fácil. Nacimos muy temprano en nuestra historia, y para cuando los vientos de novedosas ideas, en donde la devoción a los hijos, el cariño incondicional, y la absoluta regla de nunca ponerles un dedo encima comenzaban a descollar en la Isla, fue para nosotros ya demasiado tarde. Era común para el colonizador y misionero portugués, y aún hoy en el encuentro entre el etnógrafo brasileño y el indígena del Mato Grosso amazónico, sorprenderse al hallar entre estos últimos la costumbre de nunca pegarle a sus hijos.

Basaban estos sus acciones en la creencia de que la mano del padre sangra cada vez que esto sucede. Nosotros, en nuestra modernidad, vivíamos, y aún todavía, la herencia bruta de la implacable violencia española como instrumento de instrucción, consolando las conciencias paternas con el respaldo de una iglesia, y la escritura divina que la justificaba. Nuestra generación aprendió la alternativa por contradicción, pues tanto nos dolió, que se hizo evidente que tenía que haber una mejor forma. Decididos entonces a la experimentación de algo diferente para nuestros hijos, tropezábamos con el obstáculo de primero tener que perdonar a nuestros padres por el abuso. Difícil píldora de tragar.

Saltamos mejor el requisito y pasábamos directamente al intento de ser buenos padres. Es como si el perdón trajese el peligro del olvido, y la vivencia que persistía en nuestra piel, la de la violencia, estuviese esperando esta oportunidad para resurgir, y muy en contra de nuestro intelecto, tomar control de nuestra emociones y así zamparle el primer correazo a nuestros niños. Mas esta absolución, si se hace en persona, tiene que ocurrir temprano en la vida del padre, pues si se espera al final, al momento en que tal vez fuimos obligados por la tardanza de una conciencia reprimida por la angustia, la confusión, y el enojo, puede que sea ya el momento donde la senilidad y la enfermedad hayan tomado posesión, como le paso a Edgardo, de aquel otrora imponente ser humano que ahora reposa indefenso, desorientado por la vejez, e incapaz de comprender a cabalidad el propósito y significado del perdón y la confesión amorosa del hijo.

Pero para Edgardo, el rencor contra las faltas de sus padres es solo una de las caras de una moneda que al virarse muestra una ternura ilimitada, mezclada con un agradecimiento que se alimenta con el recuerdo de lo que estos hicieron por él cuando pequeño, y que mueve a la reciprocidad que solo la fortaleza de su cuerpo adulto, con capacidad de ofrecer el auxilio frente a la fragilidad que asoma por entre la piel de sus padres puede dar. Fragilidad que no es más que un reflejo repetitivo de lo que estos veían en él, cuando velaban su sueño y persignaban su frente, hace ya muchos años atrás.

“Su fin es el preámbulo del mío.”

Mas la extensa espera del final paterno no siempre se vive en el hospital. Pues en su largura obliga a traer a la casa a nuestros padres envejecidos, a tener que ajustarse a una nueva rutina en el lar que los vio fuertes mientras nos vio niños. Todo cambia. La necesidad de la asistencia corporal comienza a inundar las esquinas de bastones y andadores, cual si sosteniendo a una casa que también envejece, y dándole a los muebles un nuevo modo de vida.

Los espacios de antigua permanencia fugaz ahora aprenden, con la nueva lentitud del paso, a esperar al enfermo que mantendrán por prolongadas horas. Y los hijos, los adultos del presente, añaden nuevas memorias a una morada a la que hubiesen preferido seguir pensando a través de los eventos que los vieron crecer. En esta nueva repartición de roles en el teatro que la vieja casa presencia, los personajes actúan el reverso de lo que eran. Los ancianos son ahora los niños, mientras los niños de antaño ahora asumen en sus pasos, la memoria de lo que fueron sus padres.

Pero esta alargada espera trae consigo la crueldad del llanto prematuro a la muerte que aún no llega. Es como si la inmediatez del fallecimiento imprevisto se deseara, como contrapeso a la extensa erosión y el desgaste de continuamente ver el inevitable féretro que no acaba de arribar. Se asienta la calvicie, se precipitan las ojeras, y el aún joven cuerpo absorbe, en un intento galante por aliviar el sufrimiento ajeno, parte del envejecimiento que padecen los padres.

La larga despedida no solo mueve a los hijos a una forzada reflexión que evalúa el pasado, y a la vez intenta cuadrar cuentas ante la eminente partida, pero de igual manera los padres, si no es que han sido emboscados por un excesivo deterioro de sus capacidades mentales, también terminan por ver la necesidad de revelar a sus hijos secretos y confesiones que alguna vez pensaron nunca tendrían que ver la luz del día. Contándonos entonces Edgardo, como su madre, en la más inesperada de las movidas, le entrega un cartapacio con nada menos que su vida en poesía. Algo así como el impreso de una pequeña parte del código genético que sin sospechar, heredaba.

Y el padre, en su vejez, la que con frecuencia usamos para nombrar lo que en fondo puede ser una intensa toma de conciencia, mira una vez más hacia las estrellas, brillantes puntos de origen que siempre entendió como la morada de los arquitectos de las pirámides egipcias y la magnífica ciudad de Machu Picchu, y absorto, sonríe hacia la posible mano que lo saluda y se extiende, en un gesto final de bienvenida. Se abre entonces el espectro espacial, la lógica galáctica entra en escena y nos entendemos como minúsculos participantes de un vasto esquema que ha determinado que la mayoría de las estrellas, los soles de sus respectivos mundos, existan en pareja. Objetos binarios que con su mutuamente poderosa fuerza gravitacional, orbitan entre sí, brindando estabilidad a los planetas que los rodean.

Nuestro propio sol, solitario astro que ilumina sus totalmente dependientes ocho vástagos, está entre las excepciones en el gran esquema cósmico. Y aunque es cierto que muchos tenemos que hacer nuestras vidas sobre la base de un solo padre, la gran mayoría de nuestros soles viven en pareja, haciendo de nosotros, los péquenos frutos de su majestuosa entrada al universo, humildes y revoltosos objetos circumbinarios.

Lista de imágenes:
1. Grey and Black, No. 1: Portrait of the Artist's Mother, 1871, por James McNeill Whistler. 
2. Mis abuelos, mis padres y yo, 1936, Frida Kahlo.
3. Retrato de Monsieu y Madame August Manet, 1869, Edouard Manet.
4. Retrato de mi padre, 1920, Salvador Dalí.
5. Retrato de papá, 1896, Pablo Ruíz Picasso.
6. Julie Warhola, (madre de Andy Warhol) 1974, Andy Warhol.
7.  Louis-Auguste Cezanne, a.k.a. El padre del artista leyendo L'Evenement, 1866, Paul Cezanne.
 


[1] 2005, Editorial Plaza Mayor, San Juan, Puerto Rico

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