¡Llegaron los hippies!

Desde hace varios años tenía ya la idea de publicar libros de forma independiente y fue a principios de 2010 que me reuní con un grupo de amigos que, como yo, tenían la misma inquietud de crear una editorial que ofreciera literatura latinoamericana difícil de conseguir en los Estados Unidos. Fue en ese mismo año que me tocó un recorte de personal de una de las editoriales más grandes de libros de texto para la que trabajaba y quedé desempleado. Tal hecho fue atribuido en aquel entonces a la “recesión económica”, excusa que todas las corporaciones utilizaron para generar más ganancias sin importar a quien degollaran. Esa situación, en aquel entonces trágica, me orilló a tomar la decisión de iniciar este proyecto que ahora se conoce como 7Vientos y que hasta hoy ha sido la mejor experiencia profesional y la más gratificante durante casi diez años, después de ser seducido por primera vez por este bello y noble mundo de las letras.

Anteriormente había realizado gestiones diversas en ese sector; coordinando ferias del libro, pasando por la edición y llegado hasta la distribución de publicaciones en español en los EEUU. Uno de mis hits fue conseguir la exclusividad en la distribución del libro Psicomagia de Jodorowsky, publicado Random House en el 2006, el cual logró colocarsre dentro de la lista de “bestsellers” en Amazon durante varios meses. Después de perder mi trabajo como editor, por azares del “destino”, llegaron a mis manos algunos libros de editoriales independientes como Blackie Books en Barcelona y Almadía en Oaxaca. Al de ver la calidad y el contenido de estos libros, me enamoré de la idea de subirme a bordo de ese barco literario que está revolucionando por completo la industria editorial en una dirección distinta a la que muchos conocen con la llegada y alarido del e-book. 

Tal como ocurrió con la industria de la música, en la literatura también sobrevivimos algunos románticos nostálgicos que nos resistimos a hacer el cambio de lo análogo a lo digital. Cuando el formato MP3 empezó a desplazar al CD, surgió algo súper interesante; los LPs que habían estado empolvados por varios años sacudieron la polilla y actualmente esa industria ha llegado al grado de que la producción de discos en vinilos está incrementado de forma importante como no se había visto desde hace muchos años. De forma similar, ahora que muchos apuestan por el e-book, veo muy lejano el que este formato remplace al libro impreso. 

Para hacerle la vida más difícil a los feroces ebookeros, 7Vientos se une a la escuadrilla que apunta por darle continuidad a los libros impresos, dándole un valor agregado a nuestros libros creándolos de forma artesanal con una ilustración de portada creativa, diseño innovador y ediciones de calidad palpable. Todo lo anterior tiene el propósito de satisfacer el placer visual y táctil del lector exigente y, desde luego, complementar y darle la presentación que merece una obra que necesita continuar teniendo un registro tangible, después de haber estado fuera de impresión por más de tres décadas. 

Llegaron los hippies es la primera publicación de 7Vientos, ya que nos pareció que Manuel Abreu Adorno era un escritor emblemático para el lanzamiento de una editorial que pretende marcar una pauta en la letras hispánicas en los EEUU. “A mi familia y a la patria por liberar”, escribió Abreu Adorno en su dedicatoria al inicio de este libro que, con su humor, entre lírico y sarcástico, es el embajador idóneo que refleja una necesidad contemporánea de abordar de forma inteligente el tema de Latinoamérica como un frente unido que ya no tiene más que perder en este mundo hegemónico. Un frente pensante y autosuficiente, el cual se resiste a ser categorizado dentro de un estereotipo con forma de sociedad codependiente. Pocos son los libros que se encuentran en español en los EEUU que, como el de Abreu, transmiten un mensaje tan contundente de manera tan sutil.

 

La primera vez que leí a Manuel Abreu Adorno, fue por recomendación del escritor Rafael Franco-Stevees, quien también realizó la traducción al inglés que publicamos en forma de “flipbook” en un mismo volumen con la obra original en español. Después de leerlo, no me cuadraba que una obra tan importante hubiera sido castigada con el olvido por tantos años. Pero, tras investigar más sobre el autor, descubrí que en realidad la obra nunca fue abandonada, ya que un número de lectores, como Rafael Franco-Steeves, han mantenido viva la memoria de Manuel, a pesar de su fallecimiento en 1984. 

En la pluma de Abreu existía un pulso de cultura pop que enriquece la lengua narrativa latinoamericana y expresa una modalidad del habla urbana puertorriqueña con la que inmortaliza sus historias. Libros como éste necesitan resurgir y es para mí un gran honor tener la oportunidad de compartir el libro Llegaron los hippies con nuevas generaciones y con lectores de otras culturas. Me da una inmensa alegría saber que con este lanzamiento 7Vientos se une a este movimiento cultural que intenta replantear el curso de las tendencias editoriales, el cual muy desafortunadamente se ha consolidado en un grupo de anticuados gigantes corporativos.

En un intricado proceso investigativo, identificando decenas de imágenes al parecer inconexas, los sacrificados archiveros tediosamente construyen hilos conductores que conectan y reconstruyen historias y procesos del pasado: una dulce niña judía perdida en el Berlín nazi que deviene al pasar del tiempo en una demente pordiosera en las calles de Londres; una dama de sociedad que se une a un grupo de músicos itinerantes y entra a un sórdido mundo de placeres y crimen, la cual al final resulta ser la abuela del propio comprador.  Aunque a instancias adolece de una tónica un tanto melodramática, Shooting the Past se nos antoja como un buen ejemplo de la defensa y el reconocimiento del valor documental de la fotografía, así como una exhortación velada a no menospreciar la riqueza informativa que puede derivar de un análisis dedicado y metódico de dicho medio.

En el año 2002 vieron la luz dos excelentes producciones fílmicas donde el tema del medio fotográfico juega un papel fundamental: One Hour Photo, del director Mark Romanek, y Cidade de Deus (City of God), del director brasilero Fernando Meirelles. Ambas películas no pueden ser más disímiles en temática ni en género. La primera podría clasificarse dentro del género del  típico “thriller” sicológico, mientras que la segunda constituye una versión cinematográfica de hechos reales, con un fuerte contenido de denuncia y crítica social.

En lo personal, considero One Hour Photo como uno de mis filmes favoritos en torno al tema fotográfico. En el mismo Robin Williams (famoso por su vena humorística), encarna magistralmente a un solitario y muy perturbado dependiente de un estudio fotográfico dentro de una típica tienda por departamentos norteamericana. A través del control que ejerce sobre las fotografías de sus clientes, Seymour “Sy” Parrish va construyendo un mundo surrealista de relaciones interpersonales fantasiosas, para compensar un gran vacío que va más allá de su vida solitaria. “Sy” desarrolla una especial obsesión por la familia Yorkin, la cual idealiza como la familia perfecta que nunca tuvo. Incluso duplica en secreto sus fotos familiares, con las que construye un inmenso mural en su apartamento, memorizando cada fecha y evento importante de la familia. Cuando descubre a través de unas fotos que el señor Yorkin está engañando a su esposa con una amante secreta, “Sy” monta en cólera y persigue a la pareja, a la cual secuestra en una habitación de hotel, tomándole fotos en poses comprometedoras con el solo propósito de humillarlos. Finalmente es capturado y en el interrogatorio policial descubrimos que el origen de su perturbación radica en que cuando niño fue abusado por su padre, quien le tomaba fotos de pornografía infantil.

Más allá de la excelente actuación de Williams, considerada por muchos críticos como su mejor trabajo, One Hour Photo provee múltiples instancias donde, a través de las cavilaciones silenciosas del personaje principal, compartimos sus concepciones sobre la función (por así decirlo) “social” de la fotografía. Debajo de la llana superficie del género tan comercializado del “thriller” sicológico, One Hour Photo nos hace reconsiderar más profundamente sobre el impacto de la experiencia fotográfica. En el caso específico del protagonista, es claro que para “Sy” la fotografía era mucho más que un trabajo, era su único elemento de cohesión social. Ante una vida profundamente solitaria, marcada por la destrucción del grupo familiar y una niñez perdida, "Sy" construyó para sí una nueva familia, considerada por él como perfecta y feliz: “… la gente toma fotos de momentos felices, nacimientos, cumpleaños, vacaciones … quien mire nuestros álbumes familiares pensará que vivimos una vida feliz … nadie nunca toma una foto de algo que quiere olvidar”. En otra escena, mientras se nos muestra el meticuloso proceso de revelado, paso a paso, Sy sentencia: “… cuando ocurre un incendio en un hogar, ¿qué es lo primero que la gente busca salvar?, las fotos familiares … hay mucho más detrás de lo que el ojo ve”.

El filme nos lleva a meditar, no solo sobre la fotografía, sino sobre los muchos mecanismos y procesos de control que conforman nuestra cotidianeidad. Entre otros aciertos de la producción, el mundo perfectamente estructurado, ordenado, clasificado, cuadriculado y blanco de la tienda por departamentos, donde todo se mide, todo tiene una función, donde todo se supervisa y se observa en monitores escondidos; donde hasta el espejo del cuarto de descanso exige una sonrisa para el cliente, enmarcando al empleado/autómata como en una foto de carné de identificación. Cuando vemos ese mismo mundo de control y vouyerismo expresado en el impresionante mural de fotos familiares duplicadas en la pared del apartamento de "Sy" —sin dudas punto de inflexión de la trama— se nos antoja chocante, perturbador, enfermizo. No obstante, no cuestionamos las tantas formas de vouyerismo y control institucionalizado a los que estamos sujetos en nuestro entorno comercializado, agravado mucho más por la intervención del estado en nuestro diario vivir tras los eventos de septiembre de 2001 (un año previo a la producción de este filme).

Otro instante en que se resalta la función de control y hasta de posesión de la imagen fotográfica es cuando el protagonista busca desquitarse tras ser despedido. Cámara en mano, y a escondidas, "Sy" toma fotos de la niña de su jefe mientras juega en el patio de su hogar, y con toda premeditación las hace revelar en la misma tienda para que éste lo sepa y se sienta amenazado, vulnerable. Mientras toma las fotos, en sus cavilaciones nos revela un dato técnico e histórico poco conocido sobre el origen del término snapshot (término en inglés para una foto espontánea, no de estudio). El término fue utilizado por primera vez en 1808 (tres décadas antes de la invención fotográfica), por un cazador de nombre Andrew Hawker, para designar la forma apresurada, rápida, instintiva en que disparaba para cazar aves. Como muy bien racionaliza "Sy", el término snapshot, tan identificado con la fotografía, no es sino un término de acecho, de caza. Como diría Sontag, la fotografía es caza, apropiación; como diría Jiménez, llevándolo a su extremo, la fotografía cual Medusa, petrifica, mata (Sontag, 2005: 16; Jiménez, 2002: 17).

Digna de resaltar también es la escena cuando el protagonista pasea por un mercado de antigüedades ("flea market") en busca de fotos. En su monólogo silencioso, "Sy", con palabras muy sencillas, desarrolla una soberbia exaltación del noema fotográfico barthesiano. Mirando viejas fotos anónimas en una caja, "Sy" nos dice que la fotografía es un gesto en contra del tiempo inexorable: “la foto detiene el tiempo…si estas fotos dicen algo a las futuras generaciones es esto: yo estuve aquí, yo existí, fui joven, fui feliz…alguien se interesaba tanto por mí que tomó mi retrato”.

One Hour Photo es uno de esos casos en que podemos pasar por alto un filme importante si lo prejuzgamos por lo común de su género, o por la consideración unidimensional de su protagonista principal. Una omisión similar e imperdonable podría ocurrir con su coetánea City of God, si por su trama la trivializamos como tan solo un filme centrado en la violencia de las bandas callejeras de las favelas brasileras. Esta aclamada y premiada producción de Fernando Meirelles está fundamentada en un relato del desarrollo y decadencia de las favelas que conforman el entretejido social de los alrededores de Río de Janeiro. Aborda además cómo éstas comunidades nacen de la migración desde el interior y de cómo el propio estado las margina y las trata de desconectar de la idílica imagen turística que se desea vender de la ciudad y del país (según se critica muy temprano en el propio filme).

Basada en hechos reales, City of God relata el desarrollo de la rivalidad entre pandillas de las favelas a través de la historia y caminos, paralelos pero distintos, de dos jóvenes apodados “Buscapé” (equivalente a cohete, o petardo), y “Li’l Dice” (pequeño topo, o dado). El segundo, desde muy pequeño inicia una vida de extrema violencia hasta alcanzar su anhelo de erguirse como principal jefe del trasiego de drogas en la favela. El primero, principal protagonista, crece en ese mismo entorno, y roza continuamente con el crimen y el vicio, pero irónicamente, un evento de extrema violencia lo lleva a despertar un interés por la fotografía, al ver un fotógrafo tomando fotos del cadáver de uno de sus amigos, recién abatido a tiros por policías corruptos.  

De este punto en adelante la fotografía se convierte en una actividad que, aunque incidental y contingente a las limitaciones de su extrema pobreza, provee a “Buscapé” un medio de “redención”, entiéndase, una vía alterna al círculo vicioso de la violencia y el crimen. Es interesante el hecho de que el hermano de Buscapé fue asesinado por "Li’l Dice" ‘por la espalda, cuando éste ("Dice") era aún un niño. Buscapé nunca buscó tomar venganza. No obstante, en un gesto simbólico que denota su superación sobre el determinismo social de su entorno, al final del filme, cuando "Dice" yace abatido a tiros por un grupo de chiquillos de su propia pandilla, "Buscapé" toma varias fotos de su cadáver en el suelo del callejón. Estas y otras fotos sobre las pandillas de la favela ayudarán al protagonista a conseguir trabajo como corresponsal gráfico en un diario del país. Es inevitable para nosotros el paralelismo y a su vez las grandes divergencias entre esta escena y el decadente personaje de Maguire en Road to Perdition: en "Buscapé" vemos el medio fotográfico como palanca de superación, él fotografía los muertos (shoot the dead) para documentar lo que pudo ser su propio destino; mientras que Maguire utiliza la fotografía como instrumento de muerte y de perdición.

La ambientación, la cinematografía, el uso acertado del recurso de la retrospección, el ritmo ágil y las excelentes actuaciones (tomando en consideración la juventud de los actores y que gran parte del elenco, incluyendo los niños, fueron residentes reales de las favelas), hacen de City of God, sin dudas, una producción fílmica excepcional, razón por la cual muchos críticos la consideran como una de las mejores películas dentro de este género de tema fotográfico.

Culminamos nuestros comentarios sobre este peculiar género, con lo que estimamos sin temor a equivocarnos, como quizás la más hermosa y cuidada producción fílmica sobre tema fotográfico, la cinta Everlasting Moments (2008), del realizador sueco Jan Troell. Al igual que City of God, esta película está basada en hechos reales, y también presenta como tema subyacente pero esencial la forma en que la fotografía puede servir como actividad liberadora y como base a la superación personal del individuo, aún en un entorno de grandes retos y limitaciones.  

Se trata del relato biográfico de María Larsson, una humilde mujer trabajadora en una pobre aldea marítima en la Suecia de inicios del siglo XX. María gana una cámara fotográfica en un concurso, pero la guarda en un ropero por varios años. Sometida a una vida de pobreza y limitaciones por un esposo alcohólico y maltratante, María decide vender la cámara pero es convencida de lo contrario por el fotógrafo del pueblo, quien le regala varios negativos y le enseña los rudimentos básicos del proceso. De esta forma se inicia un largo recorrido en la vida de María y su familia, a través del cual la fotografía juega un papel fundamental en su crecimiento como ser humano, e incluso le capacita para superar sus problemas sentimentales y familiares.

La cinematografía de este filme es simplemente soberbia, incluso las imágenes visuales van evolucionando, desde una ambientación sepia y melancólica, hasta escenas brillantes e inmersas en luz, según se desarrolla la historia. Los aspectos técnicos, el manejo de los primeros aparatos, las fotos de estudio, el proceso artesanal de revelado, el control de las poses —son detalles meticulosos que nos hacen revivir la fascinación y el tedio de las primeras etapas del proceso fotográfico—. La composición estética, no solo de las escenas, sino de las propias tomas fotográficas de la protagonista son exquisitas: desde la imagen de una mariposa reflejada en la mano de María cuando el fotógrafo le explica el principio básico del proceso, su primer intento casero de fotografiar un gato, pasando por las fotos del grupo familiar, hasta una hermosa y delicada foto post-mortem de una adolescente, práctica muy común en aquellos años iniciales de la fotografía. Un inesperado y particular impacto visual y simbólico resulta de una escena exterior, donde la inmensa y silenciosa sombra de un zepelín corta la tranquilidad del pueblo, augurando el inicio de la primera guerra mundial.

Everlasting Moments es un relato muy personal y familiar. De hecho, el origen de este filme surge cuando una de las hijas de la protagonista descubre sus fotos inéditas y las usa de base para escribir su relato de superación. No obstante a su naturaleza testimonial, el filme sirve de plataforma en la que su realizador comparte su personal fascinación con la fotografía y el cinema por igual (el descubrimiento paulatino del mundo por la protagonista a través del nuevo medio visual incluye una deliciosa sesión de cine mudo, cuando el fotógrafo invita a María y sus hijos a ver un filme de Chaplin, primero en privado, y más tarde en una sala pública). Según muy bien destaca el crítico Armond White en un breve ensayo introductorio que complementa el filme, mucho más allá de lo testimonial, y de la función liberadora de la fotografía, Everlasting Moments constituye un acercamiento mucho más amplio a la nueva consciencia (awareness) que significo a la experiencia moderna y a la mentalidad occidental la habilidad de “capturar” el mundo conocido a través de esta nueva invención óptico-química.

La escena final, narrada en tercera persona por la hija de la protagonista, se enfoca en un pasadía familiar en el que toda la familia disfruta en una etapa ya más estable y tranquila. Mientras sus padres bailan y ríen en cámara lenta, la narración nos lleva a la razón del título; “momentos eternos”;  la fotografía no solo ayudó a María a superar su vida de sufrimientos, sino que, al fin y al cabo, también sirvió para inmortalizar, para preservar dichos instantes. Dichas fotos nos atestiguan que “ellos vivieron, bailaron, rieron, lloraron…”. Nuevamente, el noema indiscutible —según Barthes—. La naturaleza incuestionablemetente referencial del medio fotográfico; al menos en su concepción técnica original, sin confundir (como a instancias hace Barthes) lo real con lo honesto y verdadero (Barthes, 2005: 122), ni mucho menos considerando las acepciones modernas de la imagen digital, la cual, parafraseando a Fontcuberta, establece todo un nuevo orden visual y comunicológico —no ya la cultura empírica y referencial del “eso existió”, sino una nueva cultura visual de lo especulativo, una recreación de lo ficticio, del “eso quizás fue así”, o más aún, “eso podría ser así”— (Fontcuberta, 2010: 61).

A través de estos pocos ejemplos podemos apreciar la variedad de acercamientos cinematográficos al tema de la fotografía; unos testimoniales, otros inspiradores, todos provocativos y útiles en el cuestionamiento de este medio tan importante y tan vigente aún en nuestro paradigma de la cultura visual y la llamada sociedad mediática y del espectáculo.

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