Una lectura de 'Ars memoriae' de Miranda Merced y Lynette Mabel Pérez

En Memory and reminiscence Aristóteles formuló que “solamente somos capaces de recordar el pasado, nunca el presente ni el futuro”. En el mismo ensayo el filósofo griego dejó abierta una interrogante: ¿cómo podemos recordar aquello que ya no está presente? ¿Será acaso que la memoria es una invención constante en la ausencia del objeto, el cuerpo, el momento o la experiencia? La respuesta está dada por el mismo Aristóteles cuando propone que “el momento de la experiencia original y el momento de la memoria nunca son idénticos”. Es entonces cuando la memoria, esa capacidad que supone una constancia del paso del tiempo, que los humanos compartimos con los elefantes, los cuervos, los delfines y los chimpancés, entre otras especies, se convierte en un arte, que es, en el sentido aristotélico, un método que suma disciplina y orden a las acciones humanas.

Es el arte de la memoria o, en latín,  el “ars memoriae” imbricado en la zapata de la creación literaria; la literatura es y siempre ha sido la más férrea resistencia contra la amnesia, no solamente por la acción deliberada de los escritores, sino porque el objetivo pragmático de inventar la escritura, tan temprano como en la Edad de Bronce, fue la necesidad de “no olvidar”. La misma necesidad que nos impulsa hoy a “postear” nuestras vidas en Facebook y documentar las fotografías más prosaicas en la red que es, después de todo, una gran memoria externa; escribimos para pensarnos inmortales.

Así se me ocurre estimar que, más que un libro de memorias o testimonios, el Ars memoriae de Miranda Merced y Lynnete Mabel Pérez, escritoras puertorriqueñas, es un manifiesto contra el olvido en sus muchas representaciones y consecuencias. De todos los olvidos que se acusan a lo largo del volumen uno es el más latente: el del sujeto femenino catapultado en el “despiste” de la macharranería cotidiana. Las niñas, las adolescentes, las nietas, las hijas, las madres y las esposas son las narradoras y personajes que transitan por la veintena de historias de Ars memoriae. Estas dan la impresión de fundirse en un sujeto femenino único. A esto contribuye, por un lado, la escasez de descripciones físicas de estos personajes, que son retratados en función de sus estados anímicos y sus circunstancias; por el otro, el predominio de la narración en primera persona en los relatos, del “yo” sin nombre que lo distinga.

Esta técnica apunta hacia “el pacto de lectura” que proponen las autoras al no revelar quién escribió qué, pues los textos no están acompañados con el nombre de su creadora. A pesar de esto, en una lectura crítica es posible identificar la independencia de sus voces, sin que esto cancele el plano simbólico de la escritura o memoria colectiva que supone el libro en su totalidad. Se paladea lo que llamaré, a falta de mejor nombre, una “rabia sabia”, una “paciencia rebelde”, la de Miranda, y los impetuosos desafíos de Lynette Mabel; la sintaxis de los relatos acompasa intensidades de lecturas distintas. Sobre todo se diferencian las voces en el texto “Éramos sabios” en el que dos mujeres describen los hitos de la generación de 1960 y 1980 con referencias a canciones icónicas que marcan las coordenadas temporales. Esta diacronía, que es la perduración de un fenómeno a lo largo del tiempo, subyace en “En construcción”, texto en el que dos personajes revelan alternadamente las peripecias enfrentadas en el cumplimiento y la transgresión del estereotipo de “ser mujer”. Será en estas historias en las que más se desgajen las voces para mirarse de frente desde su individual.

Con todo, la estructura de Ars memoriae está sostenida por la correspondencia entre ambas o, como dice el penúltimo verso del libro, por “el doble filo: eso [que] explica el amor, eso [que] explica la muerte”. Si osáramos leer el libro en reversa, de atrás hacia delante, encontraríamos un clave de lectura en su última oración: “No hay escapatoria posible solo la gravedad empujando el cuchillo”. Agarraditas de la mano las voces de Ars memoriae ya han bordeado el filo de sus memorias, y nos invitan a reconocer nuestro propio límite para abrir e indagar en la memoria personal, que es siempre colectiva. 

Las voces de Miranda y Lynnete eclosionan en dardos poéticos que vienen a penetrar, en un juego cíclico, la memoria del lector: se escriben memorias de las memorias y quien las lea algo memorizará. Un mecanismo propio de la transmisión oral que parece ser la intención de las autoras al incluir en el inicio una cita del teórico Ricardo Piglia que advierte que lo escrito y lo oral son dos formas de acceder a la verdad. Esta idea de la oralidad dentro del texto comulga con la descripción que ofrece una de las voces sobre lo que es la memoria y también el libro: “un collage de momentos a los que volver cuando se cierre el círculo” (96). Dicho sea de paso, el entramado intertextual, como la cita de Piglia, es una característica distintiva del libro que dialoga con una veintena de voces poéticas a través de un sistema de citas a modo de epígrafes.

De acuerdo con la poeta Marlyn Centeno, la narrativa de Ars memoriae está “poblada de poesía”. Efectivamente, la escritura de estos textos trasciende los límites genéricos: tienen la intensidad, tensión y circularidad del cuento, el lirismo, la experimentación léxica y la construcción de imágenes de la poesía y entre lo uno y lo otro se hace espacio la crítica social y la denuncia. En ciertos momentos, pareciera que estamos ante un diario íntimo en el que se da paso a una “Confesión”, título de uno de los cuentos en el que una mujer revela que come papel, hecho que puede interpretarse desde la poeticidad del que se “alimenta de poesía” o desde la miserable hambruna.

También se experimenta con el estilo de la bitácora que sirve para escrutar el dolor de una mujer que debe cuidar a su padre en el lecho de muerte al mismo tiempo que asume a cabalidad sus responsabilidades de madre y esposa, en la narración titulada “Un sábado de julio, un sábado de agosto”. Este último, a mi juicio, es el más conmovedor de los textos reunidos, pues el recurso narrativo de la repetición junto a la mansedumbre de la mujer que lleva cuenta de los últimos días de su padre mientras olvida que tenía deseos de orinar es una representación que, aunque hiperbólica para algunos, es exactamente lo que significa ser una mujer en el marco de una cultura patriarcal: servir a todos hasta dejar que la vejiga propia reviente.

Si bien el título de Ars memoriae y el tono íntimo de las voces dan la impresión de que se trata de una escritura biográfica, Ars memoriae no deja de ser un libro de ficción, de una ficción, eso sí, muy cercana a la realidad. Un verso acusa la ficcionalidad: “Sobre el eco de mi infancia me abrí el vientre para volverme a parir”. El verbo reflexivo “volverme” proclama la autonomía del sujeto que se va descubriendo o inventando en el camino de ida y vuelta a la memoria. Sin embargo, en algunos textos se coquetea con el género de lo fantástico, como en “Resurrección”, en el que una niña es salvada de ahogarse en una letrina por una mano desconocida y en “Conexión rota”, en el que una mujer convence a un espíritu para que no estropee la boda de su hermana.

Son dos las formas de acceder a la memoria: la involuntaria —como la magdalena de Marcel Proust— y la deliberada, aquella que busca concebir el futuro desde la disecación del pasado. Esta última es la forma en que los personajes de Ars memoriae acceden a sus recuerdos con la intencionalidad de la búsqueda o la reconstrucción. Y digo reconstrucción porque la memoria es un invento. Ya lo había dicho Aristóteles y, entre otros, lo ha retomado Rosa Montero: “Nuestra memoria en realidad es un invento, un cuento que vamos reescribiendo cada día […] lo que quiere decir que nuestra identidad también es ficcional, puesto que se basa en la memoria” (2013, 117).

Ars memoria presenta una estructura tripartita y un orden cronológico que confirma que su proceso de creación ha sido un verdadero “arte de recordar”. En la primera parte, Humus, Seminis, Radiix y Gemma, en español, “polvo, semilla, raíz y brote”, se recopilan nueve historias que versan sobre la infancia. Sus títulos encriptan elementos sensoriales: el sonido en “Un susurro”, lo visual en “Grabado”, “A las escondidillas”, “Capullos de colores”, la textura y el olfato en “Resurrección”, “La iniciación” y  “Crecer”, y lo gustativo en “El primer beso”.

La impresión de que es un solo personaje el que merodea por el libro encuentra justificación en el criterio que han usado las autoras para dividir una parte de otra. Así, es el “primer beso”, el resquicio hacia el contacto con la sexualidad, lo que marca el punto final de la infancia y da paso a “Ramalia, Umbrae, Fructus, Eternitate”, en español, “ramaje, sombra, fruto y eternidad”, la segunda parte en la que se observa con recelo la infancia. Así lo pone de manifiesto la cita inaugural de Rosario Castellanos: “No te acerques a mí, hombre que haces el mundo, déjame, no es preciso que me mates”.  

Queda a un lado la nostalgia, se impone el ejercicio de observación y cuestionamiento; las niñas ahora mujeres exhuman los restos de un pasado imperfecto en una decena de historias psicológicamente más complejas que las primeras. Y los títulos encarnan el embrollo de la adultez: “Éramos sabios”, “Deja vu” y “Crimen de odio” son algunos. El último texto de la sección, titulado “El último cuento de hadas”, es una renuncia explícita a la infancia supeditada a los supuestos patriarcales. Ahora la muñeca que un abuelo hacía bailar frente a una niña en “Grabado”, uno de los cuentos de la primera parte, se convierte en un símbolo de la cosificación femenina en “Muñeca de trapo”, un cuento de la segunda parte.

Estas oposiciones se desenredarán en la última parte del libro que las autoras han titulado, paradójicamente, “Hilos”. En términos de la tradición literaria, este es un libro dentro del libro, pero simbólicamente es el ser viviente que nació del desgarrado vientre del que las voces narrativas se volvieron a parir. “Hilos” es una catarsis mesurada en el placer del encuentro de dos voces cómplices que llevan a cabo el juego surrealista de completar la frase que otra ha iniciado; es también surrealista la combinación de imagen y palabra. Se combinan los epigramas, los aforismos y las reflexiones con una denuncia que por valiente resulta hermosa, y se alzan a dúo las acepciones de los verbos que se imponen como signos y significados de la humanidad: “Nacer: venirse en el rostro del mundo”, “Amar: una patada en la cara usurera” y “Morir: irse en la espalda del universo”. ¿Quiénes nace, aman y mueren en este libro? De nuevo, todas las niñas, las adolescentes, las nietas, las hijas, las madres y las esposas; las escritoras.  

En Ars memoriae se encuentran dos voces en tiempos distintos, pero en un espacio que, para la mujer, es siempre el mismo. Miranda y Lynette se unen a otros autores contemporáneos que han echado mano de la memoria y biografía para legarnos una literatura compasiva, reivindicadora y combativa del olvido, que nos acerca cada día más a la inmortalidad, aun sabiendo que: “Solo existe la certeza de que todavía habrá más dolor, más cansancio, la dejadez y después, como un golpe maestro, la muerte. A pesar de todo lo que suceda no renunciemos, nunca, a ser humanos” (79).

Lista de referencias:

Mckeon, R. (1941) The Basic Works of Aristotle. Random House: Nueva York.

Montero, R. (2013) La ridícula idea de no volver a verte. Seix Barral: Madrid.

Pérez & Merced, M. (2014) Ars memoriae. Verde Blanco Ediciones: Puerto Rico. 

Lista de imágenes:

1) Andy Denzler, #3, 2013.
2) Portada de Ars memoriae (Ediciones Verde Blanco) de Miranda Merced y Lynnete Mabel Pérez, 2014.
3) Andy Denzler, Autumn Dew, 2013. 
4) Andy Dnezler, Falling, 2013. 
5) Andy Denzler, Imagine, 2014. 
6) Andy Denzler, #5, 2013. 
7) Andy Denzler, #9, 2013.
8) Andy Denzler, The Last Days, 2012. 

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