Lustrum


1.

 

Nací el 29 de octubre de 1931. No lo recuerdo, por supuesto, pero amá me cuenta que por ser la antepenúltima de los diez hermanos, apenas anuncié mi llegada. No hubo dolores de parto, rompimiento de fuente, ni coronación cráneo-vaginal. No hubo griteríos en nuestro hogar a la vereda de Ayacucho, ni alborotos, ni complicaciones. Mi amá insiste en decirme que fui silenciosa, indolora, sosegada. Apenas me di la vuelta dentro de su panza —cosa que sí sintió, pero sin incomodidades, sin disturbios— y le dieron unas ganas inmensas de pujar. Creyó que se estaba defecando encima, así que se dirigió a la letrina y pujó con parsimonia. Momento de toda calma. Mundo en silencio. Me dio a luz de inmediato.

Caí entre los pocos excrementos que habían depositado los intestinos de mi apá en la mañana. La noche anterior él y los tíos habían vaciado la letrina para hacer estiércol, ya que empezaba la temporada de sembradíos. Amá me recogió del hueco nada profundo, cortó el ombligo, se apretó la panza para expulsar la placenta, me aseó y me vistió. Luego me llevó a que me conocieran mis hermanos y demás familiares. “Llegó la cagada”, expresó mi abuela. Y mi tía pronunció: “Trae buena suerte”.

Fui la última con buena suerte entre los hermanos, según cuentan, porque mi hermana menor, la penúltima, que nació dos años más tarde —el 27 de septiembre— y a quien bautizaron Lina, no trajo ninguna. Eso sí, nació lustrosa, limpiecita. Y aunque tampoco anunció su parto, amá se acuclilló en el río, donde lavaba ropa esa tarde, y con ayuda de abuela y las vecinas la trajo al mundo.

Así las cosas, todas mis hermanas y hermanos nacieron llevándose poco tiempo. Y no todos íbamos a la escuela. Se decía en la barriada que algunos de mis carnales eran idiotas de nacimiento. Yo tuve suerte, sería la mierda, pues. Y es que salí muy lista, muy avispada. Cuenta amá que siempre fui la más curiosa, la más atrevida para las hazañas y aventuras, la más investigadora e incrédula. Que si cómo vuelan las abejas, que si por qué maman las cabras, que si por qué apesta la carne podrida de gato apedreado. Pero todo eso lo desarrollé con el tiempo, no me vino a la cabeza de inmediato. Llegó de a poco.

En el principio fui como la mayoría, toda cándida. Tanto, que gustaba de jugar y hacer bolitas amasadas con la excreta; la mía y la de mis hermanos. Les robaba sus excrecencias cuando cagaban en las esquinas de la humilde casona, si pasaban demasiado tiempo con los pañales de tela sin cambiar, si iban al campo y se hacían en los matorrales. Elaboraba con la masa muñecos, caritas, caballos, perros, gallinas… Yo era inocencia y candidez, y poseía un sentido del olfato que lo toleraba todo. Pienso que precisamente por esa ingenuidad no sospeché nada malo, ni que algo estaba fuera de lugar cuando a mis casi cuatro años le llegó la menstruación a Lina. Pensé que más o menos durante esa edad nos venía aquella sangre a todas las niñas. Aunque a mí no me hubiera llegado, ni a mis otras hermanas, no lo vi extraño. Cosas de mocosa simple. Y por ahí comencé a jugar con los pequeños coágulos de sangre que Lina despedía por su cuevita entre los muslos. Esperaba a que la casa durmiera y ella no estuviera siendo atendida ni por mis padres, la abuela o los médicos. Caminaba a oscuras —cosa que dominé a la perfección, sin velones ni quinqués— y me escurría hasta el cuarto de dormir que apá había construido para dejar a Lina sola. El resto de las hermanas y hermanos compartíamos camastros y literas. Incluso yo dormía con una de mis hermanas, la epiléptica. La sordomuda a veces dormía con alguno de mis hermanos o con la abuela. Pero Lina dormía sola, y nadie, ni siquiera yo, sabía por qué.

Así pues recuerdo que iba hasta su cama, inhalaba el peculiar olor de su sangre, la meneaba con cuidado para que no despertara y le rebuscaba entre las piernas. Allí hallaba los bolines rojos. De vez en cuando Lina lloraba, imagino que por el dolor que le causaba la regla. Entonces venían los médicos, le tomaban la temperatura, recomendaban llevarla al hospital de la capital —dizque para estudiar su condición—, y luego se marchaban tan pronto apá y amá se negaban.

Cuando empecé a asistir al jardín de infantes de la escuela en las afueras de Ica, Lina todavía reglaba mensualmente. De mis hermanas fui la única en ir a tomar clases. “Eres la más inteligente de la familia Medina”, decía amá. De mis hermanos iban todos menos Evo, el retrasado mental. En ocasiones me topaba con él de noche caminando los pasillos de la casa, también sin vela ni quinqué. A veces lo descubría montando a mi hermana la epiléptica o a la sordomuda. Parecía jugar a estar galopando sobre ellas. Se movía torpe encima de sus barrigas, intentando punzarlas por el ombligo con el miembro erecto. En más de una ocasión vi cómo subía sus camisones de dormir, si se acordaba. Otras veces, como no se acordaba, se frotaba encima de las telas, el muy alcornoque. Entonces vertía sobre los vientres o sobre los camisones de cada una aquella sustancia viscosa y blanca con la que no se podían hacer ni esferas pequeñas ni bolitas grandes, ni muñecos, ni caballos, ni perros. Yo la palpé en innumerables momentos, cuando se derramaba y quedaba como residuo en alguna de las superficies, pero nunca tuvo la consistencia ideal. Una sola vez trató Evo de colocarse sobre mí en la noche, pero aún media dormida le di tal golpe que no volvió a intentarlo.

2.

 

El popó de mis compañeros de aula no tenía el mismo olor ni la misma textura que el de mis hermanos. Se me hizo difícil amasarlos. A pesar de que siempre encontraba compañeritos dispuestos a donar mojoncitos, e incluso a jugar con ellos, poco a poco fueron más extensos los intervalos en los que no pude hallar materia prima para mi entretenimiento favorito. Luego, cuando en las aulas se sustituyeron las letrinas por retretes de pozo séptico, me fue imposible. A los siete años cumplidos, y ya hallándome en segundo ciclo de primaria, Lina, quien cumplía un lustro, dejó de menstruar. Nueve meses más tarde nació el último de mis hermanos: Gerardo.

3.

 

El nacimiento de Gerardo fue considerado un misterio por muchos de los habitantes de la Región Huancavelica de Perú, en donde vivíamos. Hubo un poco de revuelo en nuestro barrio por su llegada. Y es que, aunque Gerardo era nuestro hermano, no había nacido de la barriga de amá. Nació del vientre de mi hermana Lina. Mi hermana había dado a luz a nuestro nuevo hermano. Así nos lo explicaron nuestros padres y a todo aquel que preguntara, así se le debía advertir: Gerardo es nuestro hermano, hijo de amá y de apá, punto.

La abuela, las tías y las mujeres de la iglesia comenzaron a llamar a Lina la Virgen de Perú, y compararon el suceso con el de la Santísima Concepción. Los médicos regresaron y permanecieron en la casa unas cuantas semanas —antes de que naciera el niño y después de que Lina lo pariera— para documentar el caso. Al parecer, nunca antes ninguna mujer había estado embarazada a tan corta edad. Si yo tenía casi ocho años, Lina estaba por cumplir los seis. Recuerdo a mi madre aceptando las órdenes de los médicos, contestando preguntas, llorando. Recuerdo lo mal que se sintió cuando después de parir a su hijito pequeño, Lina y el bebé tuvieron que marcharse a Lima, al hospital capitalino con los doctores, para ser ingresados, estudiados y cuidados. Apá estuvo preso unas semanas, al parecer acusado de lo que había ocurrido. Amá y yo lo visitamos todos los días. Hasta tuve que ausentarme de la escuela. Cuando finalmente lo excarcelaron sin encontrar mácula alguna en él, las autoridades exigieron que Evo fuera internado en un asilo para niños con su condición.

Al cabo de unos meses regresaron a la casa Lina y Gerardo. Fueron recibidos con fiesta, pastel y aguas frescas. Las mujeres de la iglesia les hicieron un rosario y la abuela les echó la bendición de nuestros ancestros nativos. Yo pude volver a la escuela, de la que me gradué años más tarde, convirtiéndome, para orgullo familiar, en maestra.

4.

 

Hoy visito a Lina, cuyo domicilio se encuentra en la calle Amberes 510, en la capital de nuestro bello país. Soy apática a los fluidos corporales y rehúyo la saliva, el sudor y las pestes. Nunca me he casado ni he tenido novio, y me parecen tan lejanas e improbables mis memorias de niñez que apenas hablo de ellas. Desde que el autobús me deja en la parada frente al hogar de mi hermana, la veo de pie en el balcón esperándome. Con la palma de la mano me hace un gesto de bienvenida. Está avejentada, como yo. Ha de tener unos sesenta años. Y como yo, ha sido olvidada al fin. Nos han dejado tranquilas los diarios, las radioemisoras, las ferias y sus negociaciones, los circos con sus siempre agotadoras proposiciones de exhibición, el cuerpo médico de algunos hospitales, varios magos, varios presentadores de espectáculos nómadas. Creo que para bien, creo que es mejor así.

Nos sentamos juntitas a tomar chicha y a ver la memorabilia, los álbumes de fotos y los periódicos de época que hemos guardado con el tiempo. Tratamos de olvidar exponiéndonos al pasado, para sanar nuestro recuerdo. Algunos dicen que ha sido una pena no habernos lucrado de lo que le pasó a Lina con apenas un lustro de vida; que hemos desperdiciado oportunidades. Hay personas que aún cuentan que ella es una santa, que es hija de algún dios quechua. Otros no dicen nada. Nos condenan a la calma del planeta. A un mundo que a veces guarda silencio.


Lista de imágenes:

1. Fotokids.
2-4. Sebastião Salgado.


 

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