Lunes, 02 febrero 2015 02:45

Moridero de olas

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YO FUI EL ÚNICO QUE llegó al barco por lo de las pastillas. Fui el primero a bordo bajo aquella condición. Así me lo explicaron. Las razones de los otros eran diferentes. Después de mí, llegó Carolina, también con razones diferentes a la mía. Yo la traje. Tenía nombre de pueblo y un olor a guayabas que no se lo deshacía nadie. Se había criado con sus abuelos entre árboles de flamboyanes y palos de acerola. Había crecido retozando, construyendo sombreros con las cáscaras de las guanábanas. Jugaba a la guerra con encandilados tiros de pepitas de quenepas que te dejaban la piel roja y adolorida. Todo eso nos lo dijo la primera noche, antes de zarpar. Su cabello rojo grifo despedía la esencia de los campos, lo mismo que los vellos de su pubis. Guayaba pura.

La escogí por el desahucio de su rostro y el tic nervioso de la desesperanza que se le salía a flor de piel mientras guardaba fila en la sala de espera de un viejo hospital. Los líquidos que se le mezclaban en las mejillas le tiznaban las arrugas más visibles con desaliento. La rodeaban olores a podredumbre, a putrefacciones, a descomposición no solo de la carne, sino también de la psiquis de quienes, como ella, esperaban veredictos y nuevos diagnósticos allí alrededor suyo.

Pepi, que era el de más tiempo en el barco, y que fungía como capitán, le aclaró más en detalle por qué había sido escogida. Yo también se lo había explicado antes, pero Pepi lo hacía mucho mejor. Fue muy agradecida, muy amable. Pocas veces un tripulante era amable la primera noche. Pocas veces. Yo no lo había sido. Los llamé lunáticos. A todos. En especial a Pepi. Me había puesto violento y Gerald, el linfático, me agarró de los brazos. Marta, “Reuma”, y Santos “el Amarillo” intentaron hablar de nuevo conmigo más tarde, esa madrugada. Quien único logró convencerme y hacerme entender fue Víctor, el del soplo en el corazón. Le dolía el pecho cada vez que respiraba. Sería el próximo capitán del barco; Pepi lo estaba entrenando. Víctor me lo expuso todo con una sonrisa intermitente en sus labios. Su boca se curveaba con cada aspiración. Recogía aire y el rostro se le retorcía de dolor en una mueca pintoresca. Botaba el aire y regresaban sus dientes separados. Su sonrisa, aunque breve y a ratos, era impactante.

EL BARCO TIRÓ EL ANCLA una noche de abril, cerca de las costas de Isla de Cabras. Se podía ver la ínfima línea costera de aquel litoral que compartía flora y fauna con su isla madre. La isla madre a lo lejos, pero tan cerca. La isla madre de taínos antiguos, de acogida de carabelas españolas en tiempos remotos, de fortificaciones con nombres de santos y garitas meadas, y cañones corroídos por el salitre. Isla madre rodeada de islas hijas. Isla de Cabras también era hija: un apéndice de la metrópoli discriminada por los isleños. Muy cerca tiene como vecina una industria de rones que por decenios ha tirado desperdicios a sus anchas en el mar que la rodea, empachándola, envenenándola, convirtiendo las olas en burbujas de licores tropicales y cerveza, donde, a veces, hasta los peces zigzaguean borrachos. El olor a azúcares fermentados es insoportable.

CAROLINA ME CONFESÓ esa vez que nunca antes había visitado Isla de Cabras. Le conté que a mí me llevaban a sus playas de chiquito, a volar chiringas en excursiones de la escuela. Me preguntó por qué estaba yo allí y le conté de las pastillas: Doscientas veinticinco.

ME MIRÓ CON OJOS DE ENTENDIMIENTO y le tocó su turno de explicarme. Se abrió la blusa y me enseñó el pecho con los dos enormes huecos en donde antes habían estado sus senos. Me explicó todo lo demás mientras yacíamos en la cubierta, tirados boca arriba, observando a Casiopea. Horas más tarde no pude entender por qué aquellos pechos vacíos, lacerados y ausentes, rodeados de aristas por los cortes de un bisturí, me habían excitado. No entendí qué tenían que ver aquellos cráteres de carne retirada con la erección que Carolina me había provocado en ese instante.

NOS GUSTABA DESEMBARCAR EN CAJA DE MUERTOS, por el nombre. Y más que por las razones obvias, porque la gente dejaba en esta islita muchas sobras de alimentos, aún en buenas condiciones. Con demasiada frecuencia se cenaba bien cuando anclábamos allí. Hacíamos una fogata y recalentábamos lo encontrado. Como casi siempre teníamos una sola comida al día, agradecíamos aquel infortunio. Dejaban botellas de agua casi completas, litros de refresco con suficiente para todos. En ocasiones, hasta dejaban calderos con restos de algún plato típico. Una vez comimos pavo asado y arroz con gandules apenas manoseado. Fue en Caja de Muertos, en otra ocasión, que encontré unos binoculares y una blusa de encajes que le regalé a Carolina. Esa noche, mientras intentábamos ajustar el foco de mi nuevo hallazgo, divisé a Víctor a través de los cristales. Ello me desconcentró. El linfático movía sus brazos arriba y abajo, mostrando señales inequívocas de que algo había ocurrido.

Cuando nos acercamos, nos dio la noticia. Pepi ya no estaría más con nosotros.

La ceremonia se llevó a cabo como siempre. El nuevo capitán leyó unas líneas a modo de reflexión sobre la vida del fallecido. Luego, escuchamos un mensaje que nos había dejado Pepi. En la carta expresaba su agradecimiento por habernos conocido. Juntos, el tumor de su cabeza carecía de importancia y los dolores de migraña se habían vuelto insignificantes. Mencionó que había escogido a su sucesor, a Víctor, una tarde de verano, la misma tarde que dejó de vomitar. Víctor me tomó de la frente y no dejó que me golpeara la cabeza mientras las arcadas del estómago me viraban los ojos, eso siempre se lo agradeceré. El nuevo capitán lloró durante toda el alba. Al amanecer escogió como sucesor a Santos “el Amarillo” y comenzó con las lecciones náuticas. Después zarpamos y depositamos en alta mar el cuerpo envuelto de Pepi.

NOS FUIMOS PARA LAS AGUAS DEL OESTE y llegamos a un puerto pequeño en busca de un nuevo tripulante. Víctor le repasó los pasos a Carolina. Ella había sido la última en llegar y a ella le correspondería traerlo. Aquello era nuestro regalo al mundo, nuestro agradecimiento por tener con quién pasar el último respiro.

Nos quedaríamos allí anclados, el tiempo que fuera necesario, mientras ella lo conseguía. Se le indicó que podía decidir no volver y lo entenderíamos. Podía arrepentirse de aquella travesía si quería, estaba en todo su derecho. Pero hasta aquel momento, nadie nunca se había arrepentido. Todos siempre habíamos vuelto. Carolina, como cualquiera de nosotros, tenía la libertad de regresar a los suyos, a su vida de maestra de escuela elemental, a sus tratamientos, a los medicamentos para el dolor, a la comida sin moscas y sin residuos. Podía regresar a pagar los deducibles de los planes médicos y a hacer la fila para esperar el resultado de los nuevos laboratorios confirmando la metástasis. O, podía continuar la cadena, visitar un hospital, un parque, una plaza y estudiar algún caso desahuciado e invitarlo a bordo; explicarle las razones, decirle que era un regalo de vida mostrar aquella misericordia con los condenados a muerte: justo como yo había hecho con ella; justo como Gerald, el linfático, había hecho conmigo.

EL ANCLAJE DURÓ MÁS TIEMPO de lo anhelado. La espera por Carolina se hizo lenta. Mientras, nos dedicamos a conseguir alimento para la tripulación convaleciente y a darnos cobijo de la destemplanza y las convulsiones en las noches difíciles. Nos limpiamos los vómitos y el excremento que salía derramado por algún esfínter sin control. Nos secamos los orines de las vejigas hiperactivas y el sudor causado por la fiebre.

NO SIEMPRE NOS DETENÍAMOS EN ISLITAS modestamente acondicionadas con basura comestible. A veces ni siquiera se conseguían desperdicios para consumir. A veces pasamos hambre y sed. Reabastecemos de combustible el barco con el poco dinero que se trajo al aceptar el llamado, o lo mendigamos o lo robamos, aunque esto último ha sido las menos veces. El mejor de todos nosotros en la gesta del robo era Santos. Lamentablemente, su hígado no aguantó lo suficiente y murió muy pronto, antes de lo que prevenimos. Así, de repente, nos quedamos sin un buen ratero y sin aprendiz de capitán. 

COMO PERDIMOS A SANTOS, Víctor le hizo el llamado a Marta, pero a ella le dolían demasiado las coyunturas como para maniobrar. Hizo lo propio con Gerald, pero Gerald en ocasiones se desmayaba del dolor y perdía el conocimiento por días enteros. Finalmente se acercó a mí, y comenzó a enseñarme lo que Pepi le había enseñado a él. Los nudos, la fuerza de olas, el saludo a otras embarcaciones, detectar la borrasca, mover el mástil, girar el timón, recoger el ancla. Nada de radios, nada de bengalas, nada de sirenas o silbatos, ni de marinas o guardacostas. Se hace todo lo posible por evitar tales distracciones. Hay una sola meta. Olas de Mata la gata, Palominos, Mona, Vieques o Culebra. Olas que prometen adormecernos, que prometen eliminar el dolor algún día. Visitarlas alrededor de las costas, tratar de pasar desapercibidos y no meternos en problemas. Vivir con lo que se pueda. Vivir poco. 

CONTAMOS CON UN RINCÓN de madera que hace de cama, una vista al mejor cielo del mundo, el borincano, comida frecuente y compañía. A veces, mientras se agoniza, todos te tocan, te abrazan, te dan la mano. El olor de las babas secas y calientes y las legañas pegajosas de un moribundo son distintos mientras más se acerca la hora de partir. Se vuelven agrios, luego salados.

PERDER PESO, NOTAR LOS GANGLIOS INFLAMADOS, lograr predecir cuánto tiempo de vida tienen algunos, probar la saliva con tuberculosis de otros. Besar los labios atiborrados de llagas con HIV, compartir los escalofríos, oler la peste. Ese es el precio que se paga aquí, en este barquito, moridero, confortable, que se mece en las olas. Así, de ese modo, no morimos como perros en medio de la calle o abandonados en los hospitales, o maltratados o rechazados. Así, nos dejamos llevar por los mares, todos los mares, los mares que nos arrullan hasta cerrarnos los ojos y acostarnos a dormir.

CAROLINA NO REGRESÓ. No quiso ni morir a mi lado, ni verme dejar este mundo. Envió al nuevo tripulante solo y con aquella vaga explicación. Recordé sus besos, sus gemidos, sus caricias llenas de lágrimas, sus agujeros donde mis manos se hundían buscando acariciarle el pecho corroído, las costillas al relieve, el corazón detrás de las pieles. El nuevo navegante llegó al puerto casi sin pulmones. Colmena de cáncer, como abejas asesinas, humo que aún le salía de la boca sin ni siquiera tener nada que encender para fumar. Llegó con los ojos abiertos y rojos, enormes, llenos de agradecimientos por aquel recogido improvisado. Besó nuestras manos y tosió sangre.

DESPEDIMOS A VÍCTOR en octubre. Leímos su carta, nos abrazamos todos, lo cubrimos con una manta y lo tiramos al océano. Llevé el barco por las mismas islitas hijas; lo anclé en diversos lugares disfrutando la vista de la isla madre. Jugué con el timón y las velas. Caminé la proa añorando a Carolina. Escogí un sucesor.

En diciembre, entre unas bolsas de basura con sobrantes de hamburguesas y papas fritas, hallé un frasco lleno de pastillas expiradas. Esta vez no habría lavado de estómago. Empecé a contarlas con el olor a algas sobre la palma de la mano abierta, entre los dedos con uñas mugrientas. Tuve otra vez el perenne e intenso deseo de besar huecos de pechos hundidos, adornos de un pubis con esencia de los campos. Guayaba pura.

Lista de imágenes:

1) Pintura La pelirroja (2010), Ángel Bustamante Collado.
2) Pintura de Macgivera (2011).
3) Foto de la constelación de Casiopea.
4) Pintura Cancer Painting: Star Stuff, Michelle Banks (1996).
5) Foto de Cancer Cell Apoptosis, Sem, por Steve Gscmeissner.
6) Pintura de La ola (2012), por Zaida del Río.
7) Pintura Guava Woman (2012), de Caroline Magerl.

Visto 756 veces Modificado por última vez en Martes, 16 febrero 2016 13:28
Yolanda Arroyo Pizarro

Foto por José Raúl Ubieta.

Yolanda Arroyo Pizarro, escritora puertorriqueña, ha sido publicada en España, México, Dinamarca, Hungría y Francia. Ha participado de los congresos culturales Bogotá 39 del Hay Festival, FIL Guadalajara, Festival Vivamérica en Madrid, LIBER Barcelona, el Otoño Cultural de Huelva en España, la Organización Iberoamericana de la Juventud en Cartagena de Indias, Colombia, la FIL Guadalajara,y el Festival de la Palabra en Puerto Rico y Nueva York. Su reciente producción incluye un libro de poemas bilingüe (inglés y español) titulado Saeta (2011), que explora el tema de resistencia e historicidad en el marco de la mujer afrodescendiente, rebelde y cimarrona. Además, en 2010 publicó con Editorial EGALES en Madrid y Barcelona la primera novela lésbica puertorriqueña Caparazones que se distribuye también en México y por la que acaba de ganar su quinto Premio PEN Club de literatura isleña. Sigue su producción cultural a diario, accediendo a su blog aquí.

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