Elegía de los vencidos


I

 

Jugué, acepté certezas
solo porque así les llamaron.
Iba guiado por esa inocencia resignada, 
concebida como actuar correctamente
sin necesariamente límite de edades.

En el barrio circundaba un aire de abnegación.
Era como una ola invisible
que truncaba cada cuerpo, 
borrando cada rostro sin ninguna distinción
hasta hacerlos lucir a todos por igual,
como con el nombre borrado, 
como si les hubiesen quitado el número de la fecha
o se hubieran diluido los papeles en el agua, 
borrando la historia detrás de cada nombre
tal cual fuesen prisioneros en un campo de concentración.

Fueron como peces observados desde el cielo; 
no hubo Dios por más que se aclamó dentro del verbo
por más iglesias,
por más templos agraciados de oro y de belleza; 
nunca el cemento tuvo tanto poder.

Los templos se encargaron de almacenar la culpa,
una culpa grabada sin borrarse por bautizo, 
una culpa reflejada en la horas del cansancio
y en las cuentas de banco, supuradas de dolor.
En las horas de la quincena,
supurada de dolor.

En el tronche de los sueños de los hijos
quedó resumida la igualdad entre todos.
Toda la igualdad se transformó como una esfinge,
se confundió la consigna:
la igualdad ya era la propia naturaleza.

La corriente se había vuelto tan constante, 
como espejo de la noche siempre lucía igual, 
como un viejo que espera desde hace años
una remuneración por el tiempo perdido.

Mi abuelo agradece la guerra a diario, 
a cambio de un pequeño cheque
de un cifra calculada hace más de 40 años.
Mi abuela agradece, también ese cheque
con su necesidad de hace 40 años.

Como un cualquiera que agradece estar vivo, 
ya sea por los amigos o por los hijos, 
por la carne o por los nietos, 
por Dios o cualquier cosa que aplacara
ver el letargo como una solución.

II

 

De pequeño brinqué charcos, 
intenté constantemente alcanzar el vuelo.
El vuelo de mi cabeza transportada en unas alas
a otros mundos imposibles de conocer.
Hubo otros grandes proyectados en la televisión,
oro haciendo mella dentro de un vacío inmenso,
gritos de imposibilidad.
Una desgracia dibujada permanentemente
y la dificultad conceptuada como norma.

Arraigados a la súplica vivimos, 
dando las gracias antes de recibir, 
sirviendo de bufones en la mesa de la cena, 
recibiendo la lluvia de las nubes
cuando habían de llenar sus cuerpos de plata; 
otros construían castillos sobre ellas, 
mientras nosotros vimos tormentas caer
sobre nuestros lomos
en reinos inmensos de pura ignorancia.

El sueño fue gratis y de gran utilidad.
Soñé con ser adulto, soñé con ser viejo,
todo apuntaba a una exhausta lejanía.
Lejanía transformada en la propia voluntad
y fue esa la que se tradujo a pensar
que me quedaba aún demasiado tiempo de vida.

Mi día era el día siempre, 
pero ahora comprendo
que cada hora es intentar desprenderse,
no necesariamente del suelo.
También del sueño presentado, 
como una ola inmensa, 
confundiendo su cuerpo con el mismo cielo.

Y parece tan dulce en su voluntad azul.

No hay sol que caiga en esta estancia prometida, 
como proseguir a la utopía
hace tanto tiempo

(ahora recuerdo, y no es más que recordar).

Pero hay maneras de encontrar monedas en la basura.
No hay inicio que brinde historia todavía.
Todo es una suposición.
El presagio a veces canta en el sueño, 
pero cae con el día, si es que despertamos.

 


Lista de imágenes:

1-3. Brandon Kidwell, Wisdom For My Children, 2015.


 

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