Monstruos

 


Maybe there is a beast… Maybe it's only us.

—William Golding, Lord of the Flies


 

Asus sesenta y cuatro años don Antonio Morales no esperaba ver mucha acción en su vida. Esperaba la muerte sentado en el balcón, mientras veía las montañas y las casas de sus vecinos. Todos salían a fijarse en el cono de humo que comenzaba a tapar el cielo. “Se jodió la paz”, balbuceó Antonio, cuando vio a Hilda, su cuñada, bajarse de un taxi con dos six packs de Coors Light en la mano.

—“¿Qué estás balbuceando ahí, viejo pendejo?”, dijo Hilda y de alguna forma las palabras sonaron cariñosas para el viejo en el balcón.

—“Tú me vas a matar un día de estos”, respondió Antonio con el mismo cariño.

—“No te ha mata’o ninguno ‘e mis sobrinos, menos te vo’a matar yo dándote cervezas”. Doña Hilda todavía no sabía que el don tenía cáncer en el hígado y una cirrosis severa.

—“¿Qué quieres hoy?”, preguntó don Antonio abriendo la cerveza.

—“Un carajo”.

—“¿Y pa’ qué vienes?”

—“Desde aquí se ven mejor las noticias del día”, dijo refiriéndose al fuego.

—“Del día, del mes, del año. Aquí nunca pasa na’”. Antonio no podía tener más razón. Toda noticia relevante del barrio podía verse venir con meses (y algunas hasta con años) de anticipación. Que si mataron a este, que si arrestaron aquel, que si fulanito chocó estando borracho. Todo estaba escrito.

Al cabo de las siguientes horas se habían bebido las doce cervezas que había traído Hilda. Ninguno se sentía atacado por la borrachera que deberían tener. El olor del humo llegó hasta el barrio, encontró la Calle de los Viejos y barrió el silencio con una ronda de tosidas que decoraban el inicio de la noche.

—“Nos jodimos ahora con estos viejos chochos”, dijo Hilda a nadie específicamente.

—“Mira quién habla, la que le guindan las tetas”.

—“¡Se joda! Al menos todavía sirven pa’ algo”.

Al igual que todo en el barrio, esta discusión sobre la caída de los pezones de Hilda y la impotencia de don Antonio no era algo nuevo. Extrañamente, no habían hablado nada sobre el humo al borde de las montañas.

—“¿Qué tú crees que pasó ahí?”

—“¡Ay, qué sé yo, don Antonio! Lo más seguro un pobre loco quemó su casa o la montaña pa’ bajar a los dioses. Tú sabes cómo están las cosas hoy día. La calle está llena de locos; si es por mí, los encerraría a to’s”. Hilda había sido trabajadora social y había visto lo peor de lo peor en su vida: niños de doce años que habían matado a sus padres y padres que violaban sus hijas diariamente. Lo más grave del asunto era que nadie estaba dispuesto a hacer nada para cambiarlo. Antonio podía ver cómo esas memorias le salían por los ojos y decidió dejar el tema.

El problema era que el tema se acercaba en un auto robado y no pensaba dejarlos ir por el resto de sus vidas.

*          *          *

El problema era que no sabía un carajo sobre cómo robarse un carro. Esa mierda que hacían en las películas de bregar con los cables no era cosa para Junito Morales; menos cuando lo estaban persiguiendo. El humo tapaba toda la calle y le empezaba a joder los pulmones. El sol estaba bajando.

Desesperado, Junito observó la casa que él mismo había prendido en fuego: un pequeño almacén de madera construido en un segundo piso. Dentro, una cama y una pequeña cocina consumidas por el fuego. En el primer piso todavía debían estar las llaves del Corolla verde. Sus opciones eran las siguientes: correr, entrar a la casa en fuego y arriesgar que todavía hubiese alguien vivo allí o aprender a hacer la mierda de los cables. En su mente solo existía una decisión lógica.

Le tomó tres intentos para entrar al infierno por la ventana que daba a la sala. El calentón se apoderaba del lugar y el humo le obligó a gatear. El fuego todavía no había llegado a la planta baja, pero de seguro se estaba regando.

Encontró las llaves y salió como pudo del lugar.

*          *          *

Desde joven don Antonio siempre ha sido una criatura de la noche. Pasaba sus noches en las calles de San Juan buscando problemas o haciendo apuestas en juegos de cartas. Siempre ganaba haciendo trampa. Estaba en su naturaleza engañar. Pero, policía al fin, nadie le peleaba.

Algunas noches don Antonio se arrepiente de su comportamiento; otras, por la borrachera, ni se acuerda. Esta, al igual que casi todas sus noches después del diagnóstico, era una de esas en que se sentía arrepentido. Nunca golpeó a sus hijos, pero casi nunca los atendió. Ahora eran sus hijos quienes tenían que hacerse cargo del policía borrachón retirado.

Don Antonio se levanta de la cama a eso de la una de la mañana, no tenía sueño y sentía que su hígado iba a consumirse a sí mismo. Fue entonces que escuchó el lloriqueo en su sala. Buscó la vieja macana en el clóset y se dirigió cauteloso a la sala sin importarle el dolor. Cuando encendió la luz, encontró a su hijo como las tantas otras veces que lo había ignorado en sus tiempos de alcohólico. Acostado en el piso en posición fetal, susurrando: “no es mi culpa, no es mi culpa, no es mi culpa”.

—“¡Tú me quieres matar de un ataque al corazón es?”, gritó con más alivio que molestia don Antonio. —“La próxima vez que vayas a usar la llave que te di, llama, mijo”.

—“No es mi culpa, no es mi culpa, no es mi culpa”, seguía repitiendo Junito, sin querer percatarse del mundo.

Don Antonio no pudo aguantar el dolor y pegó un grito que lo dejó en el suelo junto a su hijo. —“¡¿Están aquí?!”, pregunta desesperado Junito.

—“Aquí no hay nadie, tranquilízate que ya pasó”.

—“No ha pasado, me van a buscar hasta que terminen de matarme los muy cabrones”.

A sus veinticinco años, Junito “La bala” Morales había tenido más experiencias criminales de las que su padre estaba orgulloso. Desde abuso doméstico por maltratar a una de sus hermanas, hasta robo a mano armada. Su padre había tenido que cubrir casos de uso y venta de drogas, y lo habían mudado de pueblo tres veces por su propia seguridad.

—“¿Quién te manda a volver? Sabes que aquí estás caliente y que ya no tengo el poder para protegerte. Estoy viejo ya, Junito, ¿cuándo lo vas a entender?”

—“Chico, tú todavía tienes contactos. Tú eras un policía sucio, los policías sucios nunca dejan de tener contactos. Yo no me merezco esta pendejá, llevo limpio casi un año y lo sabes”. Todo el mundo sabía que Junito era un tecato malo, era parte de la verdad universal del barrio.

—“¿Cómo carajos tú llegaste aquí?”, estuvo a punto de gritarle por atreverse a decirle “policía sucio”, pero se aguantó.

—“Un carro prestado”.

—“A coger de pendejo a otro. ¿Cómo llegaste aquí?”, dijo pausando en cada palabra de la pregunta.

Sin decir nada, sacó las llaves del Corolla verde y se las extendió a su padre. —“¿Te acuerdas la vez que se metieron a casa y casi matan a Tania? Son los mismos hijos de puta. Te lo juro”. Sus ojos buscaban y rebuscaban las paredes como si dichos hijos de puta fueran a salir de una de ellas. Ninguno lo hizo.

*          *          *

La única forma de parar la tragedia que ocurría en la casa de los Morales fue la fuerza combinada de los hombres más fuertes de la comunidad y de la policía. Lo peor no fue la depresión que causó en Tania, ni los problemas adaptativos que todavía tiene en el presente; lo peor fue que nunca se hizo justicia. Pues los monstruos que habían entrado a la casa eran amigos del niño consentido de papi.

A Junito lo botó su madre de la casa ese mismo día, mientras que a don Antonio le dieron una semana para que buscara dónde vivir por un tiempo. Fue entonces cuando decidió retirarse y encontró la Calle de los Viejos.

*          *          *

—“¿Qué les habrás hecho tú? Siempre están encima de ti”, dijo don Antonio mientras guiaba hacia un hospital.

—“¡¿Cuándo puñetas nos pensabas decir que tenías cáncer?!”

—“Cuando me diera la cabrona gana”, contestó don Antonio, casi cortando las palabras de su hijo. “Ahora cálmate y cuéntame lo que pasó”.

—“No puedo, tú lo sabes. Si te cogen y se enteran que sabes, te vas a joder”.

—“¡No seas mama’o y acaba y dime! El camino es bastante largo”.

Junito empezó a temblar: “m-m-mínimo de-de-be haber d-d-d-dos cadáveres en esa casa”.

Antonio, sin decir ninguna palabra, cambió de ruta. El cáncer podía esperar.

*          *          *

Había empezado hace dos noches de la misma manera que había comenzado la última vez que lo sacaron del país. Deudas en la calle y problemas con drogas. Una vez la dejaron pasar, por respeto a su padre, pero dos veces sería demasiado. Debía entregar el dinero o entregar la vida.

Junito estaba sentado en una silla de playa en el techo de la casa que encendería en fuego, fumándose un cigarrillo. No fue algo que planeó con predeterminación. Ocurrió por puro miedo.

Ellos habían llegado a buscarlo. No sabe cómo llegaron hasta su pequeña casa, pero los podía escuchar, husmeando entre sus cosas. Este se cree que nos va a coger de pendejo. Que se nos puede huir como la última vez. No. Esta vez lo cogemos porque lo cogemos. Gasolina. Voces amenazantes. Un cigarrillo. Tiene sentido, ¿no? Cuando se acueste a dormir le quemamos la casa. “No si yo los quemo primero”, se dijo Junito a sí mismo.

*          *          *

El fuego ya había sido apagado, casi nada de valor se quemó, a excepción de una pequeña estufa de gas, un catre, un par de camisas y unos calzones. No había nadie dentro de la casa. El fuego probablemente hubiese muerto solo hace horas si no hubiese sido por el gas que habían dejado sin cerrar.

Los dueños de la casa estaban de viaje. Sin embargo, era más que obvio que alguien había estado viviendo en la pequeña bodega del techo y haciendo sus necesidades biológicas en el patio.

Dentro del catre encontraron balas y una máscara, pero no una pistola.

—“Jefe, encontramos el punto de inicio”. Un cigarrillo.

*          *          *

Todo pasó demasiado rápido.

Don Antonio vio la pistola antes que su hijo la sacara.

Dio un giro brusco y el carro quedó de lado, encerrándolo entre su hijo, el suelo y el desmayo.

Cuando don Antonio recuperó la conciencia, su hijo ya había salido del carro.

A sus sesenta y cuatro años todavía tenía fuerzas para escalar.

Caminó un poco hasta que escuchó a Junito susurrando palabras incomprensibles. La luz de un poste le iluminaba de tal manera que solo se veía la mitad de su rostro. En sus ojos don Antonio podía observar lo mismo que había visto (e ignorado) el día que golpeaba a Tania hasta casi matarla. Un extraño vacío que consumía su mente y su alma. Justo lo que sospechaba. Los monstruos. Junito no se estaba tomando sus medicamentos.

Trató de buscar su celular, pero luego del choque todo fue algo confuso.

—“¡Junito, escúchame!”

—“Vete pa’l carajo”, dijo casi tranquilamente.

—“Cálmate, por fav…”

—“¡NO ME DIGAS QUE ME CALME! Tú crees que yo no sé pa’ dónde íbamos”. Mientras hablaba, se paraba y señalaba con la pistola el letrero.

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—“Ustedes todavía piensan que estoy loco, ¿verdad? Tú y Hilda. Viejos cabrones. Lo que quieren es joderle la vida a uno”.

Don Antonio se acercaba con las manos en posición de defensa y hablando extremadamente bajo y con voz temblorosa: “Tranquilo, Junito. Todo va a salir bien. Siempre salimos bien”.

—“¡NO TE FUCKING ACERQUES!”, gritó disparando al suelo para alejar al viejo.

—“Está bien, está bien”.

Se quedaron en silencio. Junito volvió a susurrar cosas extrañas y a menear la cabeza hacia adelante y atrás. Luego volvió la mirada hacia su padre y le dijo: “Si te acercas, te mato”.

El silencio nocturno en aquel lugar era el más ruidoso de todos: coquíes, ratas, lagartos e insectos hacían imposible la paz mental; pero no fue hasta que un perro les pasó por delante que Junito perdió el control y empezó a dispararle a todo, gritándole a las voces en su interior que se alejaran. Don Antonio buscó refugio detrás del carro y a través del cristal delantero vio su teléfono.

Necesitaba conseguir su celular de alguna forma, pero ¿cómo? Buscó una piedra por el suelo, sin percatarse que los tiros habían terminado de sonar. Intentó darle al cristal con todas sus fuerzas, lo cual fue la inspiración de una línea blanca. Varios intentos más y haría un roto lo suficientemente grande para meter la mano. Sus esperanzas cayeron al suelo cuando, reflejado en el cristal, vio el rostro sucio y ensangrentado de su hijo con la mano en alto.

*          *          *

A la mañana siguiente, Don Antonio se levantó con un dolor de cabeza terrible y con la esperanza de que todo hubiese sido un sueño. Sus esperanzas decayeron al ver donde se encontraba.

—“Muy buenos días, oficial Morales. ¿Todo bien?”, preguntó la enfermera.

—“Me he visto peor”.

—“Yo te he visto peor”, dijo con una sonrisa.

—“¿Dónde está Junito?”

—“Donde tiene que estar”.

—“Bien”, dijo Don Antonio y volvió a dormir.

*          *          *

A la mañana siguiente, Junito se levantó amarrado a una cama. No podía hablar y los enfermeros que entraban a su habitación no le decían nada. Hijos de puta. Aquí no me encierra nadie. De esta salimos porque salimos. “Salimos porque salimos”, balbuceó. Fuera de su habitación se escuchaban gritos desgarradores y enfermeros corriendo de lado a lado. Sobre las barras que atrapan el pasillo, se podía leer una sola palabra en una placa metálica: Esquizofrenia.

 


Lista de imágenes:

1. Seungyea Park, "Orthodox vs. Southpaw", 2012.
2. Seungyea Park, #25 de la serie Monsters, 2014.
3. Seungyea Park, #13 de la serie Monsters, 2014.
4. Seungyea Park, #19 de la serie Monsters, 2014.
5. Seungyea Park, "The Devil in the Mind", 2013.
6. Seungyea Park, "Escape Into Life", 2013.
7. Seungyea Park, "Bitch Face", 2013.
8. Seungyea Park, #27 de la serie Monsters, 2014.


 

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