A propósito de los 'smartphones'


 

La aclamada película Tangerine (2015), dirigida por Sean Baker, provee un elocuente vistazo a la vida de las personas trans- en el área de Los Ángeles, California. Es una producción visualmente hermosa, y la misma fue filmada con nada más que con iPhones. Porque no hay duda: los smartphones que tenemos a nuestra disposición tienen propiedades más avanzadas que muchas de nuestras computadoras laptop y que la tecnología que permitió al ser humano llegar a la luna. Con este potencial —en nuestras propias manos— da ganas de filmar cortometrajes sobre nuestros viajes y de soñar de nuevo con expediciones interplanetarias.

Aunque la falta de voluntad hacia la exploración espacial, como empresa humana vital, es un asunto complicado por la política y su vertiente más negativa, utilizar nuestros smartphones para filmar la belleza que encontramos en nuestras andanzas me temo que cae en un sinnúmero de malentendidos: "En vez de disfrutar el paisaje, anda texteando" (mucha gente presume que eso es lo que hacemos si tenemos el Smartphone a la mano); "¡Qué pena! No puede vivir si no se toma un selfie" (algo que toma tres segundos). No obstante, si se llevara una cámara tradicional, quizás no habría tanto juicio, fuera de malentendidos, a pesar de que el propósito es el mismo.

Es cierto que se puede llevar una mochila con el periódico, un par de libros, el horario impreso de las guaguas, mapas tipo sábanas que después no son tan fáciles de doblar, un termómetro y una enorme cámara. De vez en cuando me gusta leer el periódico en papel, andar con libros y no tengo nada en contra (¿por qué lo tendría?) de un equipo fotográfico profesional, pero la verdad es que si voy de viaje, el Smartphone, u otro tipo de tecnología portátil, me economiza tanto espacio como peso. Si voy a dar una larga caminata, mi espalda me lo agradecerá. Si voy en avión, dejo hueco para comprar libros o lo que sea, una vez ande pululando por las calles del destino deseado.

Demás está decir que hay gente que deja que la tecnología rija sus vidas. Lo mismo ocurre con ideologías, modas y manías. Hay gente que lleva su Smartphone y parece despistada/o, pero el hecho es que quien es desconsiderada/o lo es con o sin tecnología. A que te has topado con alguno de los siguientes espécimenes: quien al terminar de bajar las escaleras automáticas se detiene y te hace quedar a dos pasos de no tener un accidente; quien termina de pagar la compra y se pone a cuadrar la billetera allí mismo, como si no hubiera nadie más detrás en fila; quien sale de sopetón de alguna tienda, sin considerar que alguien puede estar caminando por ese mismo pasillo o acera en ese momento.

Me parece que el uso y el potencial de la tecnología —en especial los smartphones— requieren de más reflexión y de que nos cuestionemos el por qué de la resistencia que provoca en mucha gente. Cuando vemos a alguien usando su Android, es posible que esté texteando; pues bien. También es posible que esté: enviando un tweet, alertando sobre una persona avistada por la calle exhibiendo comportamiento violento (tipo de tweet que he mandado); mirando su Facebook para recibir un update de un amigo cuyo vuelo se ha retrasado; leyendo una columna de algún periódico; recibiendo un mensaje de que todo ha salido bien con la cirugía de un ser querido; o, simplemente, confirmando que no hay lluvia pronosticada para esa tarde.

Para concluir esta reflexión, ofrezco esta escena para cortometraje o simplemente para considerar que no siempre tenemos el panorama completo:

Real Time
(Escena escrita en otro café y a computadora, desde la imaginación. Personajes sin nombre y sin género, para mayor adaptabilidad.)

En un café, una pareja está sentada a una mesa, habiendo terminado sus sándwiches. Están enfocados —bueno, parecen ofuscados— con algo en el iPhone de uno de estos comensales. En "la mesa del lado", hay un par de personas que no pueden creer que los que han ya terminado sus sándwiches no estén prestándose atención en ese momento, por tener el hocico metido en el teléfono. Desde la barra, una barista buena gente trata de sonreírle a una de las personas en "la mesa del lado" de la ofuscada pareja. Verificando la hora del próximo autobús en "real time", para así no enchumbarse demasiado de camino a la parada, la pareja ofuscada se alista, con todo y paraguas, para salir del local, a tres minutos de la llegada pautada de la guagua. Las personas en "la mesa del lado" —perplejas y sin saber de la existencia del "real time"— disertan sobre cómo ya la gente no se comunica y, peor, que no hay nadie por ahí que verdaderamente preste atención como antes, cuando la gente se reunía a cenar frente al televisor. La barista, decepcionada de que ninguna de las personas en "la mesa del lado" capte que tiene interés en una de ellas, continúa sus labores preparando lattes e imaginando una vida como astronauta. Eso sí, estará pendiente a ver cuándo podrá dibujar una sonrisa que por fin no pase desapercibida y cale hondo. Mañana, lo más seguro, volverán personajes parecidos a este concurrido café.

 


Lista de imágenes:

1-3. Eric Pickersgill.


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