'Los tres golpes' de Luis Negrón: solidaridad, amor y carencia


Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
—César Vallejo

La gente, cuando sabe que uno escribe, comienza a dictarme su vida, para que la cuente.
—Luis Negrón


 

Tres Golpes es un restaurante en Santo Domingo y una crónica que también es el título del nuevo libro del narrador Luis Negrón[1]. Forma parte de la serie de Literatura Hoy de la Editorial del Instituto de Cultura Puertorriqueña, tirada que se le dedica a la crónica exclusivamente. El libro también nos golpea con tres paradigmas que esbozaré: solidaridad, amor y carencia.

Solidaridad

Tiene la mirada dulce, de una persona
a la que el mal de la gente todavía lo sorprende.
Como si fuera algo ajeno a lo humano (36).
 

Los tres golpes nos recibe con un texto muy breve, pero contundente: “Preludio”. Anuncia que lo que nos espera tiene una resonancia con “Preludio boricua” de Luis Palés Matos. Esa hermandad con Las Antillas, que en la actualidad no le ocupa tanto al boricua, es una de las denuncias de este texto que enfrenta el amor de un padre a la incomprensión de su vecina, quien resulta de cierta comodidad social. Frank pierde a su hijo, y su vecina no puede vislumbrar por qué él no puede ir a la República Dominicana a su entierro, pero tampoco hace el esfuerzo por comprenderlo. A pesar de la brevedad, el texto nos expone a la necesidad que tenemos como país de originar miradas desde la empatía. El silencio y el llanto son en este texto los modos de igualarnos y ser solidarios.

Los tres golpes denuncia también la falta de deferencia, pero desde otro paradigma: el conflicto racial de los dominicanos hacia los haitianos, que parece irreconciliable. Lo vemos cuando nos relata, refiriéndose a un chico de madre haitiana y padre dominicano: “Su prejuicio por lo haitiano aparentemente lo hace menos haitiano y eso parece serle importante. Habla de “ellos”, así en tercera persona” (50). Lo más lamentable es que esta dinámica no nos es del todo ajena, hay también en nosotros una especie de código que establece que hermanarnos en el prejuicio supone un modo de sobrevivir. No obstante, ante esto lo opuesto es la solidaridad, la que se ejecuta horizontalmente y es un ejercicio práctico que realizamos, sobre todo cuando nos empoderamos de nuestros espacios y nos vemos desde la equidad. 

Este libro, de modo sutil, nos pide que repensemos cómo "nos" vemos, cómo "los" vemos, y nos exige otra posibilidad de futuro, en el cual la solidaridad es el lazo mayor que tenemos los antillanos. “La 20” es otra crónica que nos plantea la solidaridad como un espacio en el que tejemos eso que llamamos "barrio". La amistad, el arte y la lectura sirven de hilos en este relato, cuya rudeza inherente nos deja muy tristes. Y es que parte de la solidaridad radica en reconocer "el aquí y allá", "el ellos y nosotros"; reconocer, mas no marginar, porque hay siempre una intersección y puntos de encuentro simultáneos en el que todos convergemos. De allí que la portada del libro aluda a un semáforo, esa intersección precisamente cercana a la Parada 20 en Santurce, espacio hogareño que Luis lo homenajea con poesía, fiestas y crónicas (por supuesto).

Leemos del texto: “Aquí la severidad acompaña hasta los favores” (23). "El aquí" es un espacio que la voz comparte, pero desde ciertas distancias: “[…] aquí la gente siempre termina hablando de Dios […] Le digo que no creo” (24). También hay una diferenciación entre "el ellos y nosotros": “Soñar con ser un gran deportista es cosa de los otros muchachos, los que se portan mejor” (25). Ese "ellos y nosotros" converge por el arte. Un muchacho de su barrio tiene un encuentro en el que su poesía lo une con los otros: “Él no baja la guardia al principio, no está acostumbrado a hablar con muchachos universitarios […] Los muchachos del teatro aplauden, y el poeta ríe sin creérselo” (27- 28). La dureza del espacio redunda en una desconfianza que solo a través de la solidaridad se aliviana y embellece.

Otro momento en el que se retrata el sentido de una otredad que se concilia es en “Nubes”, cuando la crónica se traslada a Costa Rica. Aquí "el ellos y el nosotros" se puntualiza por lo regional, y "el nosotros" se vuelve esa masa caribeña que en “Preludio” se añora. Las observaciones son precisas e iluminadoras, cargadas de belleza: “Los ticos viajan en silencio, no hablan entre sí como lo hacemos en el Caribe, que cualquier viaje en guagua se convierte en un coro de opiniones […]” (32). Más adelante hay un acercamiento a la violencia que pone en manifiesto un "nosotros" preocupante: “[…] los ticos siempre andan preocupados por una criminalidad que no se ve, y menos para alguien que viene de Puerto Rico, siempre en las listas de los países más violentos” (35). Esas distancias se disuelven ante actos de solidaridad como servir de guía turístico, compartir anécdotas de la vida íntima, enamorarse…

Amor

Quien quiere amor suele conformarse
con lo que se le parece (43).

Los tres golpes tiene como hilo narrativo el amor: paternal, fraternal, erótico… De la solidaridad se pasa a la sensualidad en “Nubes”, crónica de viaje al deseo, mas al deseo no correspondido. Esta crónica, ubicada en Santo Domingo, es melancólica y hermosa, como los amores que surgen en los viajes a lugares lejanos, y es también la crónica del encuentro de la inocencia perdida. Así como reflejo, el cronista tropieza con un ser al que ve como ingenuo, pero de algún modo dicha pureza le subraya una serie de rasgos que, aunque no cree tener, se manifiestan en todas las crónicas. “Con la seguridad que le da la inocencia tan ajena a mí. Piensa que soy bueno, por razones que hasta yo desconozco” (39). Sin embargo, el texto mismo nos muestra una gran bondad, profunda, superior a aquella que reside en ilusiones y que se presenta con una honestidad tajante. El amor ilusorio ya no es un espacio para explorar ni experimentar el ser, hay un dejo de respeto y amor propios que evitan corresponder al deseo efímero y liviano: “[…] no sé si exponerme a esa felicidad de su entusiasmo” (40). La mirada se nos detiene en ese encuentro como un tránsito entre seres que se (re)conocen y pueden reflejarse desde ángulos distintos. Aunque el amor erótico y fraternal se confunden en leves momentos en Los tres golpes, en esta crónica se muestra el amor como una búsqueda que supone la vida entera y que raya sin duda con la carencia.

Carencia

Está convencido de que podrá cambiar
a la gente con insultos y a gritos.
Es un buen tipo, pero no entiende
que el caos que lo atormenta
no es falta de orden.
Es el orden aquí (47).

Como viajero, Luis se topa con varios hombres cuya soledad puede subrayarse en la marginación por ser homosexuales o por simplemente ser distintos. En el caso de “Nubes” nos presenta un sujeto que se expresa en susurros como para no delatarse, que no cuenta con el apoyo de su familia por su homosexualidad. Es también un sujeto abandonado por su amante, pero hay en él la grandeza de suponer bondad en los demás, aun en su vacío: “No ve su abandono ni su pobreza ni lo dura que es su vida. No se mira así” (40). Así se nos muestra que la carencia en algunos casos es una cuestión de perspectiva. Uno puede empoderarse aun en la carencia, pero para eso hay que tener cierta inocencia y cierta valentía.

De otro modo, el académico en Los tres golpes decide quedarse en Santo Domingo, donde es, al menos, apreciado y deseado sexualmente. Apadrina a un chico con la real intención de cuidarlo. Ese tipo de atenciones, aunque hermosas, subrayan la carencia que tenemos todos, pero que en esta dinámica del Caribe se repite desde muchos sintagmas: amor, estabilidad social y económica, sobrevivir. Ticos, haitianos, cubanos, uruguayos, dominicanos y puertorriqueños se debaten a golpes por la solidaridad, el amor y las carencias que los hermanan por los esquemas en los que son sometidos.

Pienso en todos mis vecinos, que trabajan en Puerto Rico pero guardan lo mejor para cuando estén aquí [en Santo Domingo]. En los cuentos que hacen, repitiendo una y otra vez lo felices que fueron. De acá salieron para ser felices y acá quieren regresar para que se sepa que ya lo son. (51)

Entonces el silencio

Los tres golpes nos golpean con esa extraña belleza de la tristeza que nos da la carencia y con el poder de la esperanza, de la solidaridad y del amor, pero con el escape que supone el silencio. Me parece increíblemente elocuente que esta colección de crónicas transite desde la calle Hipódromo en Santurce, pase por Costa Rica, llegue a Santo Domingo y regrese a Santurce mismo, para concluir con el silencio como espacio de escape. Luis nos lo dice de ese modo decisivo y hermoso que lo caracteriza: “[…] recuerdo que cuando alguien está en problemas, lo mejor es no hacer muchas preguntas” (29) y la más evidente: “[…] guardo silencio cuando quiero escapar” (52). Así desde el silencio nos abrazamos a este texto que podemos leerlo en un momento, pero que se nos queda por largo rato y nos deja sin duda con un moretón.


Notas:

[1] Negrón, Luis. Los tres golpes. San Juan: Editorial ICP, 2016.


Lista de imágenes:

1-2. Tienda ICP
3. Ángel L. Matos, Taller de Fotoperiodismo


 

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