Entre una novela corta y un poemario breve: 'Adán' (1992)


Di la orden de comer y comimos.
Metí la cuchara en el ojo derecho de mamá
y lo vertí en el plato hondo…
y me lo llevé a la boca.
—Yván Silén

A Gilberto y sus hermanos
que subieron el ataúd de su mamá
en una yola que iba rumbo a Puerto Rico
—Frank Báez

Una suela de zapato...
es un testimonio…
o sea…
es una novela...
—Nick Quijano


  

Entre una novela[1] que “realida” (del verbo “realidar”, neologismo del mismo autor) y un poemario[2] que viaja (sobre todo en un sentido metaturístico), la literatura del Caribe hispano del nuevo milenio —en este caso, Puerto Rico y la República Dominicana respectivamente— sacude, por un lado, el patriarcado cristianocéntrico y, por el otro, el turismo emblemático de la tardomodernidad neoliberal. Literatura en llamas, sin tiempo muerto: por un lado, novela que se escribe frente al espejo de la narración; por el otro, poemario que se fuga hacia la prosa.

Finisecular, como una atalaya al cabo del siglo XX, Adán (1992), primer hombre hecho de basura[3], hace de bisagra. Puente; enlace. Entre el viejo siglo y el nuevo. Primer hombre reciclado del imaginario boricua, en una isla que casi no recicla; hombre hecho de suelas de zapatos que llegan al mar del Viejo San Juan como detrito postindustrial:  “Caminante no hay camino, se hace camino...”[4] al flotar, en la playa, como basura que termina en la orilla de La Perla. Mal de una sociedad de consumo que es necesario contestar; basura que el arte transforma en reflexión crítica: Adán, primer hombre hecho de suelas plásticas (detrito).

Novela corta[5] en la que la prosa “realida”, es decir, "alucina"; la biografía se mezcla con la autoficción; el sueño se cruza con la literatura y la metaficción; la política (soberanía/anexionismo) matiza la intersubjetividad. La relación entre el hijo y la madre, el poeta y la mamá, se entrecruza, confundiéndose espiritual y carnalmente: “Cuando me enteré de la muerte de mamá no pude contener la risa”[6]. Apetito; voracidad. Espacio onírico, neofantástico, en el que comer y escribir se mezclan con el poder de la mujer/madre sobre el hijo/poeta: “Pero mamá, acostumbrada a gobernar, a realizar su voluntad de poder, no cedió ni en un solo gesto la organización y la dirección de la cena”[7]. Novela maldita, en la cual, en principio, el hijo se come, después de muerta, a la mamá. Antropofagia narrativa; poética, demasiado poética. Libidinosidad. Pegote entre el niño artista y la mamá despótica: “mamá era terrible”[8]. Narcisismo poético; incesto literario.

Desde una imantación invisible, La muerte de mamá gravita hacia Adán, cuyo periplo a pie, descalzo, como “arquefacto” en pelotas (basura y arqueología, neologismo de Quijano), seduce a la novela del escritor autoproclamado “antiyanquista” y “antinihilista”[9]. Intertextual. Mientras Adán, cubierto de andanzas ajenas y viejas, reescribe la tradición del Génesis desde su corporalidad zapatera, y le muestra a la novela el vacío de la costilla ontológica. Breve paréntesis, entre suelas de plástico, por el que se mete La muerte de mamá para sacudir el protagonismo cristianocéntrico de esa masculinidad, particularmente, en el contexto de la última cena, tantas veces resignificado en el imaginario artístico, como en la película de Tomás Gutiérrez Alea, La última cena[10], donde los esclavos hacen de discípulos sentados a una mesa, cuyo centro, en vez de Jesús, lo ocupa el Conde, amo de los esclavos.

A partir de la suela que le falta a Adán, entrada a una dimensión “metaesquizofrénica,” La muerte de mamá voltea la masculinidad cristianocéntrica de la última cena": “Antes de morir —dije— antes de ser hospitalizada, mamá dio las indicaciones de que debía ser comida por nosotros”[11]. ¡Vértigo! La madre reemplaza al padre en el banquete antropofágico. Es decir, será el cuerpo de ella, y no el de El Señor, por voluntad de ella, el que será comido por última vez: “—¡Este es el cuerpo de mamá que por nosotros es partido!”[12]. No por los apóstoles, sino por los familiares de la mamá, particularmente el hijo poeta, opíparo, demasiado opíparo, quien, por un lado, se da el gustazo de comerle el ojo a la madre autoritaria, algo que ella no había prescrito; y por el otro, obediente, demasiado obediente, se da también el panzazo de escribir, como ella, despótica, siempre despótica, se lo exige, el banquete caníbal: “!Escribe! ¡Escríbelo todo —dijo”[13]. Metaficción: “Mi escritura estaba delante de mí como un escándalo. Abrí la libreta y puse el título del cuento que escribía: ‘La muerte de mamá’”[14].

Adán se busca la costilla que le falta; se pone nervioso, zapatea como si fuera el “trashumante peregrino” de Pales Matos[15], a su manera, como el poema antropófago: “rabo de costa en caldo de mar vivo”[16]. En su devenir exaltado y extasiado, Adán se desplaza con hambre por la antillanía poética de Palés, donde se interseca, en el Canal de la Mona, con Postales[17], poemario dominicano que también se regodea en la metáfora del viaje y del turismo caribeño como "metaturismo". Poemario que, como Adán, camina descalzo, en pelotas, mostrándolo todo, en un periplo que lo lleva del verso, en las dos primeras partes, a la prosa, en la tercera y última. Tríptico. Tridente.

Más allá de los viajes a Chicago, Nueva York o Praga, más allá de las estampas dominicanas, “un madero / flota tiernamente en las tibias aguas del Ozama”[18], de las referencias literarias, entre otras, a Kafka y Roberto Bolaño, más allá de un poema como “La Marilyn Monroe de Santo Domingo” y “Los Beach Poets,” Postales es también un viaje a la subjetividad, a la materialidad del lenguaje y a la cultura popular.

Metaturismo. Literatura de un poeta escribidor, proclive a la metapoesía: “Mientras escribo en el papel / a las tres de la mañana / una musa me escupe la cara…”[19].

Saliva.

Postales. Viaje hacia la subjetividad, donde abreva el poeta que escribe frente a la poesía: “si digo tú me refiero a ti / pero cuando escribo tú / ya no me sigo refiriendo a ti / sino más bien a un tú platónico / que tiene que ver más conmigo / que contigo”[20].

Grafómano.

Estro.

Subjetividad que se escribe el cuerpo a quemarropa, a calzón quitado o en arroz y habichuelas, frente al espejo de la literatura eurocentrada: “Robert Frost cuenta de camino que tomó en un poema…”[21]. La poesía se ve en el reflejo de una subjetividad que se mira a sí misma en el proceso de escribirse: “He tratado de escribir un poema de amor / pero los poemas nunca dicen lo que uno quiere decir”[22]. Carnalidad: “La quise desnuda en mis poemas”[23].

El lenguaje se muerde la cola (o se sodomiza): “Por cierto, no les hagas caso a los críticos / ni a las profesoras de literatura que te dirán / que esto no es poesía”[24].

Postales. Materialidad de un lenguaje pulido, afilado, que, muchas veces a través del humor y la autocrítica, le saca poesía a la realidad más venida a menos. Mundano y autorreflexivo; lenguaje de un poeta que le pone palabras a las vueltas de la cotidianidad. Escritura que, al final de la segunda parte, se lanza al abismo en la tercera: del verso a la prosa.

Cambio de piel.

Primera postal de la tercera parte: “A tía Milagros que la enterraron en una tumba ajena del cementerio Cristo Redentor y que al día siguiente la desenterraron para sepultarla en el nicho que le correspondía”[25]. Tercera y última parte. 88 postales, escritas en prosa, todas de una sola oración, a veces corta, otras larga, que empieza con una dedicatoria y queda sin punto final: “A Benito que se lo desayunó un tiburón”[26]. Postales abiertas, alejadas del narcisismo metapoético de las dos primeras partes, ese donde el poeta se mira a sí mismo en todo lo que escribe y en el que la poesía acontece en todo lo que pasa: “he ahí un mosquito del tamaño de un caballo / que va entrando poco a poco / por mi oído”[27].

Cambio de subjetividad.

Desplazamiento del yo poético al él, ella, ellos y ellas de la tercera persona. Intersubjetividad. 88 destinatarios a quienes el poeta envía un fragmento de escritura que conmemora lo concreto de la realidad, a veces trágica, otras tragicómica, que les ha tocado vivir desde una dominicanidad limítrofe, cuya presión desinfla la dimensión amortiguadora de la cultura popular: “A Mala Cara, adicto a la gasolina”[28].

Entre una novela corta y un poemario breve, Adán, primer hombre reciclado del arte puertorriqueño, reafirma, frente al espejo de la literatura, sus andanzas a pie, descalzo y en pelotas: “Lo lindo es que en ese camino hay una belleza intrínseca de la forma que tiene ese objeto [la basura] y eso es lo que me seduce, lo que me cautiva”[29]. Adán zapatea, como si estuviera apagando una colilla o aplastando un caculo; se cura en salud: “Cuando yo me pongo a pensar, yo me pongo a pensar plásticamente. Yo no me preocupo por lo que implica. No tengo una oración previa a dejar que esa imagen me llegue y lo acepte. Es como un acto poético”[30].


Notas:

[1] Silén, Yván. La muerte de mamá. Charleston, S. C.: Editorial Orfeo, 2015.
[2] Báez, Frank. Postales. Santo Domingo, R. D.: Ediciones De A Poco, 2011.
[3] Instalación plástica de Nick Quijano.
[4] vox populi, Antonio Machado.
[5] Silén, Yván. La muerte de mamá. Charleston, S. C.: Editorial Orfeo, 2015.
[6] Ibid, 9.
[7] Ibid, 60.
[8] Ibid, 16.
[9] Idem.
[10] La última cena. Dir. Tomás Gutiérrez Alea. La Habana, Cuba: ICAIC, 1976.
[11] Silén, Yván. La muerte de mamá, Charleston, S. C.: Editorial Orfeo, 2015.
[12] Idem. 
[13] Ibid, 99.
[14] Ibid, 59. 
[15] Palés Matos, Luis. “Menú”. Tuntún de pasa y grifería. Edición de Mercedes López-Baralt. San Juan, P. R.: Instituto de Cultura Puertorriqueña y Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1993.
[16] Silén, Yván. La muerte de mamá. Charleston, S. C.: Editorial Orfeo, 2015, 196. 
[17] Báez, Frank. Postales. Santo Domingo, R. D.: Ediciones De A Poco, 2011.
[18] Ibid, 30 .
[19] Ibid, 39.
[20] Ibid, 19.
[21] Ibid, 38.
[22] Ibid, 19.
[23] Ibid, 18.
[24] Ibid, 67.
[25] Ibid, 75.
[26] Ibid, 84.
[27] Ibid, 44.
[28] Ibid, 83.
[29] Soto de Jesús, Diana. “De la basura y el amor”. 80grados, 2012. http://www.80grados.net/de-la-basura-y-el-amor/
[30] Idem.


Lista de imágenes:

1. Nick Quijano, Adán, 1992 
2. Peter Strausfeld, Estate
3. Literofilia


 

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