Presencias inquietantes


…signos que insinúan terrores insolubles.

—Alejandra Pizarnik


Es imprescindible, para muchas almas alejadas del conflicto, que fotos de niños sufriendo la guerra sean estéticamente bellas. ¿Quién, entre estos amantes de lo hermoso, negaría la exquisitez de una solitaria playa del Mediterráneo con suaves, lentas y brumosas olas besando la límpida arena, donde solo el detalle de un pequeño niño sin vida es capaz de interrumpir el delicado espejo de las aguas en retiro? En su menudencia, el inerte cuerpecito acentúa, para beneficio del apartado tribunal, la multiplicada arena y su encuentro con dunas cubiertas por el fragmentado verde opaco de la grama. El azar regala a estos geómetras de la armonía, la perpendicularidad de unas piernitas que, en recta normal con el contorno de la blancuzca orla de las olas besando la orilla, humanizan la destreza del océano que carga el profundo rojo de la encogida camisita y, con delicadeza, lo coloca, en perfecto anacronismo, junto al difuminado azul del mar.

Pasivos observadores, con solo una mirada, entienden, sin notas al calce, que el niño está muerto. La información que pueda acompañar la fotografía añade detalles de la guerra, huida y desprecio del destino. Pero es el esplendor artístico del retrato —el anonimato de una discreta carita que esconde su yerto semblante y, con civilizada prudencia, ofrece su especulativa nuca—, lo que permite a los espectadores de gradas, en su presente jactado de paz y bonanza, abrazar una esterilizada imagen que facilita la apropiada y ponderada condena. La acicalada audiencia —desde la imaginada pulcritud de su mundo, protegida del despreciable escenario de masas cerebrales fluyendo en cascada por agujeros craneales, producto de la metralla, o del rostro gris violáceo de niños que, en brazos de atormentados padres, bambolean al ritmo mortuorio de una huida que grita buscando razones— siente que así está mejor preparada para dictar sentencia. Lo contrario sería un innecesario malestar que, según ellos, existe infame en unas redes y prensa adictas al sensacionalismo imprudente. Estos elevados espíritus encuentran pertinente, y reiteran, que cuando de movidas morbosas se trata, es preferible suspender la sanción a la contienda armada y enfilar los esfuerzos correctivos hacia aquellos que, en excesiva falta de delicadeza, importunan su tranquila cotidianidad con la enfermiza presencia de innecesarias perturbaciones.

Sentado ante el trasfondo de un delicado gradiente de anaranjados, coqueto despliegue geométrico donde cuadriláteros escoltan un hospitalario asiento, otro niño, embadurnado en grisácea ceniza que autónoma despliega sus tonos, espera ayuda médica. Cubierto en sombrío residuo de lo que fue un edificio destruido por el bombardeo, y en silencio, ofrece la relajadora certeza de estar vivo, evitando a los de sensibilidad gástrica, el desagrado de ver su cuerpo inmóvil y fallecido, escarbado de entre los escombros. La criatura tiene un ojito parcialmente cerrado y, rodeado por una sangre coagulada, brinda una seductora mezcla de carmín y borgoña, liber-ando a aquellos que nausean viendo el color vino brotando por las heridas. El golpe en el temporal izquierdo es evidentemente fuerte, haciendo que la admiración que muchos sienten por la espera estoica del niño, aumente. La parte alta del respaldo del asiento muestra una mancha que parece haberse dibujado cuando sentaron al niño, sugiriendo una herida en el área trasera de su cabecita. Se desconoce la gravedad de tal herida, y piensan los comentaristas a distancia que es mejor así, pues cualquier apertura en esa parte de la cabeza, además de altamente peligrosa, rompería la serenidad de la composición, añadiéndole un sobrante elemento de malestar a la escena.

La quietud del niño aguarda paciente una ayuda que momentáneamente lo abandona, tal vez como resultado de desagradables urgencias cercanas, y el prudente fotógrafo, ahorrándoles a los comentadores de salón la angustia, le hace pensar que, a pesar de la espantosa experiencia, todo sugiere un futuro de recuperación y el triunfo del rescate con el cual se solidarizan, proclamándole que, al final, todo saldrá bien. Evitan estos "sacerdotes de lo general", con intensa disciplina, sumergirse en las partes de prensa y análisis que intentan descifrar el conflicto. Les parece un ejercicio intrascendente, un peligroso precipicio para la meditación, entender a cabalidad las diferentes permutaciones, agentes y tradiciones entremezcladas en tan remotas disputas, viendo solo una amalgama ancestral de incomprensibles odios que insisten en lo irrelevante de cualquier intento personal de influenciar o mediar la guerra. Determinan que lo sabio, para cualquier observador lejano, es simplemente dejar que los atlantes en altas esferas del estado intervengan como mejor les parezca, pues para eso los eligieron; y, si su desempeño resulta insatisfactorio, agradecen ser parte de una sociedad que permite el proceso electoral que posibilite los adecuados cambios. Sin embargo, el idealizado mundo acomodado, principado de la mitomanía, vive el constante miedo de verse sorpresivamente apuñalado en los ijares, desmantelada su realidad. Incapaces de abandonar el terror amenazante de la derrota, enfrentan un morbo, alimentado por la naturaleza de la comunicación contemporánea, donde los que se entienden portavoces de una narrativa correcta se razonan capaces y responsables de lanzar al mundo sus visiones y, de paso, ir gradualmente atosigando y acorralando a los residentes en las praderas de bucólica belleza, con una lectura que ofrece la fealdad como centro y la destrucción como fin, desarmándoles con la presentación del lado oscuro de su estética, su cultivada civilización.

Esta contracultura exige, forjada en la exposición cruda de la tragedia, el derecho universal a una vida libre de conflicto armado, usando el despliegue amplio de atrocidades, como evidencia de la falta de inocencia de los que se autodenominan ajenos a los hechos. Es sin duda una estrategia extraña, pues busca arrancar belleza y paz de entre las manos de los poderosos, mostrando lo feo, usando la exhibición del dolor como instrumento para erradicarlo y obligando a los maestros en la pantomima de la mesura a tomar posturas que hubiesen preferido no asumir, las cuales ahora, en indeseado acto de opinión, acarrean una superficialidad patética que nada explica. Pues la victoria del ínclito adinerado no estriba en arreglar lo destruido, sino en preservar lo que posee y su mundo, el cual entiende y promueve como el mejor, tomando como afrenta el sentido y bienestar común, cuando alguien o algo intenta perturbar su apropiado orden: un universo amurallado que, en la reparación de cada cascadura que los de afuera hacen, solidifica y acrecienta las divisiones entre ellos y los otros. Les importa poco si los de afuera son mayoría, pues siempre lo han sido, además de que es por naturaleza el garante de su posición de privilegio.

La batalla por la utopía de la época que oriente la agenda, alterna entre las altas y bajas de ambas culturas en conflicto. En su juego de cucaña, están atrapadas persiguiendo espejismos que afectan el futuro de todos, y ambas sostienen una lógica de dimes y diretes que, en sosegado deleite de acaudalados e incesante frustración para desposeídos, yerra en su intento de cambio. Los poderosos celebran, descubriendo inmunidad en una campaña de horrores que deja todo igual, mientras la oposición lamenta el precio de subestimar la caridad incondicional al necesitado, habiendo pensando, erróneamente, que la transformación política era la única capaz de modificar el mundo. La abatida muralla, preocupante para los residentes de la ciudadela, no lo es para el espíritu que preside la desigualdad: ser etéreo que desde la cima de las ideologías rige sobre ambos campos, asegurando su continuidad, independientemente de las circunstancias. Redacta este su póliza, perseverando latente en las formas operacionales de los de afuera, esperando reactivarse en la aparente disolución de lo establecido, listo para inspirar a los nuevos habitantes de la poderosa ciudad, resguardándose un nicho en la nueva moral. Una novedosa deontología que termina como visión reciclada de la vieja. El fin del autoengaño revela una mentalidad compartida, destruyendo la dicotomía entre adentro y afuera. Pues desde la carencia, la resistencia agoniza obsesionada por las formas del enemigo, planeando, aun en sueños, cómo sustituirlas, arriesgando albergar un dolor que luego no encuentra escapatoria, cultivando una estrategia que, al mostrar las repugnantes consecuencias de la acumulación de riquezas y la legalidad del poder, arrastra su fatal imitación en su intento por desplazarlo. Pues señalando monstruosidades, se desarrolla tolerancia por la violencia repetida, en el paradójico pretexto de impedir que el pasado vuelva al poder.

La denuncia que desnuda el horror de nuestros tiempos es, para los propulsores del cambio, traicionera actividad enfocada en la maldad del sistema, desapercibida del contagio, que desestima la ilimitada práctica de bondad. Falla en intuir el poder político como una trampa y en buscar una mirada redentora hacia sí misma, como forma radicalmente diferente de hacer las cosas que, rehuyendo de la idea de inevitabilidad del actual estado jurídico y la inservible palestra electoral, reconozca el poco valor que tiene en el avance de la justicia. Desacierta en la divergencia de un nuevo modelo en el que la sabiduría del pasado se libere de rendirle culto a la pesada promesa de la continuidad. Dilata la afirmación de un presente que, por su reciente invención, demanda una inteligencia y creatividad de trabajo al máximo y aplaza la llegada de una actividad humana que prioriza el despliegue de amor y servicio, la cual tornaría obsoleta la dominación y su red de instituciones y costumbres, destinándolas al abandono e inmutable olvido.


Lista de imágenes:

1-4. Saiful Huq Omi, 2009

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