¡Viva la vida! ¡Viva la inteligencia!

El 12 de octubre de 1936 el general fascista José Millán Astray se enfrentó a Don Miguel de Unamuno en el aula magna de la Universidad de Salamanca en un incidente tan famoso como infame. Cuando las legiones del general mutilado (le faltaba una pierna, un brazo, varios dedos de la mano que le quedaba, y un ojo, entre otras cosas) comenzaron a gritar “¡Viva Astray!”, él respondió que no lo vitorearan a él sino a España, y, acto seguido, gritó “¡Viva la Muerte!” Inmediatamente, el rector de la Universidad don Miguel de Unamuno, le respondió que él, hacedor de paradojas, rechazaba aquella, tan necrófila. Esto encandiló las huestes del general que ahora gritaron, “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!” Unamuno escapó con su vida gracias a la intervención de Carmen Polo, la mujer de Francisco Franco, luego de contestar que su consigna era “¡Viva la vida!”

Este mes, 75 años después del infame pronunciamiento del tuerto de vista y alma, y la consigna que es casi paradigmática de las derechas extremas de que la inteligencia (y los intelectuales) debe morir, tenemos a un ex presidente de la Universidad de Puerto Rico pidiendo la pena de muerte en un arrebato de aparente orgullo herido, parte de una reacción histérica contra “las izquierdas”.

Orgullo herido porque una noche hace mucho tiempo los estudiantes de la Universidad de Puerto Rico no lo dejaron entrar al teatro de la institución, acto que le ha atribuido, no simplemente a malcriados desalmados, sino aparentemente a una conspiración de las izquierdas contra su persona. Si esos estudiantes sabían o no que él era el presidente o el ex presidente universitario, no lo sé. Orgullo herido porque tal parece que los últimos dos gobernadores populares no le hicieron mucho caso. Tanto así que, el una vez Popular de vuelta y media, declaró públicamente que votaría en contra del señor Aníbal Acevedo Vilá por haber atacado de verbo y hecho a los norteamericanos.

Sin embargo, es evidente que los mayores enemigos del ex presidente de la Universidad son los estudiantes, esos “malditos chupadores, vividores y garrapatitas” que se "enriquecen" con sus becas Pell, y que debieran darse con piedras en el pecho porque tienen que pagar una matrícula más costosa para cubrir los déficits que los presidentes universitarios y el gobierno han dejado tras de sí.

Además, según él, son esos quienes, junto a los profesores de tendencias “izquierdistas”, promueven el independentismo, el nacionalismo y la revolución. Son los que alimentan el “nido de comunistas y socialistas” donde se fermentan, de seguro, todos los males del país y de donde han emergido a través de los años todos los que se oponen a la pena de muerte y son izquierdistas “histéricos”. En su oposición a la pena de muerte, dice el ex presidente, esos están a favor de los asesinos que han causado la matanza de ciudadanos más grande en la historia de este país. En ese ex presidente se ha hecho realidad el deseo de Millán Astray y sus desalmados: la inteligencia ha muerto.

A ese grito entre nosotros de “¡viva la muerte!”, se ha añadido otro más peligroso. En la nación que una vez representaba los derechos humanos y la justicia para todos, y que nos posee como colonia, también hay regocijo por la muerte. Durante los debates entre los aspirantes a candidatos a la presidencia de los Estados Unidos, el público aplaudió a uno de ellos cuando dio a entender que alguien al borde de la muerte debía de sufrirla por no tener seguro médico, por ser un chupador, vividor y garrapatita.

Eso le pasaba, dijo el candidato a presidente, por vivir de las dádivas del gobierno y no responder por sí mismo. Y aplaudieron con la violencia que una vez se usó para presenciar y aplaudir muertes de “brujas” y “pecadores” en la hoguera. La imagen de alguien condenado a morir por su condición social parece haber provocado un orgasmo de venganza en la mentalidad de los que se creen superiores a otros y les importa un bledo el bien común. No se detuvo ahí la manifestación de “¡viva la muerte!”

 

El nuevo favorito de la derecha y el Tea Party, el gobernador Rick Perry de Texas, ha ejecutado 234 prisioneros desde que comenzó su “mandato” hace once años. Eso representa poco menos de la mitad de todos los ejecutados en Texas entre los años 1976 y lo que va del 2011. De hecho, el estado donde revolotean las alas de esta ave de rapiña es responsable de 37% de todas las ejecuciones en la nación norteamericana en ese periodo de tiempo. Cuando con voz estentórea de vaquero farisaico dijo que el que mate en su estado será ejecutado, la audiencia volvió a entrar en erupción de aplausos y vítores, me imagino, como lo hizo el ejército de Astray hace 75 años en Salamanca; como lo hacía la plebe en el circo romano.

Perry quien, entre otros disparates también ha reclamado que el programa de seguro social es un esquema Ponzi, es víctima también de la maldición de Astray: en él la inteligencia no sólo se ha muerto sino que se manifiesta en una sarta de mentiras que ni a un político puertorriqueño se le ocurrirían: “los incentivos de Obama no crearon un solo empleo”, dijo en el debate. Cierto. Crearon más de tres millones de empleos, y, sólo en uno de los años que cubrió, más de los que creó bush (siempre con letra minúscula) en sus ocho años de presidente, en un momento en que la economía agonizaba al borde del precipicio de la depresión. Una depresión parcialmente ayudada por el verdadero esquema Ponzi de Bernard Madoff, a quien los republicanos como bush y Perry no quisieron regular ni investigar, mucho menos cobrarle impuestos.

"Viva la muerte y muera la inteligencia" parecen también ser deseos implícitos entre nosotros. Hemos sufrido el exhibicionismo en la televisión de cabezas cortadas y las tontas y banales “excusas” de sus perpetradores, descabellados con menos inteligencia que la que quedaba en la cabeza que exhibieron en su acto macabro. La policía apalea a los “revolucionarios” que el ex presidente de la Universidad quiere suprimir a toda costa cerrando la institución y rediseñándola para, aparentemente, salir de los estudiantes y poder asistir sin molestias a las actividades que allí se desarrollen.

Mientras el crimen se multiplica en cada esquina de la Isla, no se le ve un pelo a la uniformada (poco más de 18,000 miembros) que, en vez de patrullar y prevenir para reducir la matanza, sólo parece acudir a la escena del maceteo y el riego de los gases pimienta, o cuando alguien ya está muerto. Mientras Puerto Rico sufre, los que la valoramos debemos repudiar cualquier acto que atente contra la vida y que insulte nuestra inteligencia. Debemos repetir con don Miguel, "¡Viva la vida! ¡Viva la Inteligencia!"

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