¿Hay que estudiar para aprender? ¿Un examen mide el aprendizaje?*

He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
-Antoine De Saint-Exupéry

Enseñar niños es sumamente complicado. Hay una gama de gente a la que se tiene que complacer y a la que hay que guiñarle el ojo (padres, directores, colegas, agentes del Estado y de la cultura…) mientras, con una agenda casi subrepticia, enseñamos. Asimismo, como padres sentimos el agobio de un sistema que mide sistemática, estandarizada y equitativamente, y esto en los métodos de evaluación funciona mal, sobre todo cuando sabemos de entrada que lo que impera es la diversidad.

Los estándares, las pruebas y otros mecanismos institucionales deciden de manera higiénica quién aprende y quién no. Tan sencillo como si a un estudiante se le dificulta aprender a la misma velocidad o del mismo modo que el resto, tiene un problema de aprendizaje, y si un estudiante tiene problemas para autorregularse, hay que ver si necesita medicación. No digo que nunca sean necesarios los diagnósticos ni las terapias ni los medicamentos, pero ciertamente esa nubecita estresante agobia a los padres tanto como a los maestros. Hace un tiempo atrás publiqué en mi blog una carta que les envié a los padres de los niños con los cuales trabajo. Decía así:

 

Saludos, padres:

Les escribo porque estoy preocupada por algo que veo que se está repitiendo a lo largo del curso. Aunque es muy estimulante ver que se interesan por el trabajo académico de sus hijos, es importante que les permitan a ellos realizar sus asignaciones. La única forma en la que sus hijos podrán desarrollar su expresión escrita es mediante la experimentación propia, son esos acercamientos al lenguaje los que les permitirán desarrollar una voz y una conciencia lingüística normativa, así como el pensamiento crítico.

Recuerden que nunca hay una manera correcta de decir las cosas, sino que hay múltiples formas de: escribir una carta, redactar un párrafo descriptivo, explicar una lectura, pero dentro de toda esa multiplicidad la única que nos compete en el curso es la del niño. La manera sencilla y simple; refrescante de expresarse, la carencia de un vocabulario rebuscado, la repetición de adjetivos e incluso, la falta de coherencia y cohesión son propios de los escritores novatos (como los niños, pero esa es la base de una búsqueda de cómo decir, cómo expresar, cómo mirar, que es fascinante…).

Entiendo que surge de su interés por que su hijo tenga un buen trabajo, pero sé que les doy clase a niños, y espero cartas, párrafos y oraciones infantiles. Además, coartarles la propia expresión es en cierta medida limitarles su creatividad y derecho a construir su aprendizaje. Cuando les doy una tarea para realizar en la casa no espero que realicen un texto muy elevado ni grandilocuente… sino un texto sencillo de niños. Entonces en el salón les sugiero, les pregunto y así poco a poco van desarrollando unos mecanismos de escritura que solo se dan cuando son ellos los que aprenden de sus logros y errores.

No se preocupen que por trabajos escritos jamás penalizaré a sus hijos (a menos que sea que no los realicen, pero ya esas son otras circunstancias).

Llevamos tiempo confundiendo qué es aprender, confundiendo el producto o resultado del proceso… creemos que el resultado es lo que se busca y no entendemos que es el proceso de aprender lo que realmente vale en la enseñanza. Lo valioso es que el niño descubra a lo largo de su vida escolar cómo aprende, qué quiere aprender, qué debe aprender y qué estrategias les resultan más efectivas para resolver sus problemas (matemáticos, escriturales, lectores, sociales….). Los estudiantes van descubriendo y construyendo sus modos de aprendizaje en la medida en que van enfrentando los retos escolares, y que se dé en efecto ese proceso es de lo que debe asegurarse el sistema. La metacognición, el que descubramos nuestros métodos para entender y comprehender, es algo que sin importar el estilo de vida, el tiempo que pase, o a lo que nos dediquemos, es una herramienta que usaremos siempre. Y no debemos culpar a los padres ni a los maestros cuando olvidamos que lo que debe importar es el proceso, al final en el sistema educativo lo que cuentan son los puntos que se reflejan, los porcentajes de las evaluaciones… A veces me parece que incluso el que a un estudiante le guste la escuela y sienta entusiasmo por sus labores académicas no vale nada en los reportes… irónico porque con eso puedes aprender a desempeñarte en otras áreas de tu vida social y laboral.

Una maestra de muchos años en el magisterio, a quien admiro mucho, me cuestiona: ¿tú no das exámenes? Sentí cierta culpa, sentí de pronto que toda la emoción constructivista y toda mi filosofía educativa habían quedado al desnudo y solo me quedaba taparme, pero es que veo innecesarios los exámenes. Insisto en que lo que nunca olvidamos de todo lo que hemos aprendido en la escuela es el proceso, son las destrezas que se adquieren, lo que aprendemos verdaderamente son los mecanismos, y lo que se va a la memoria de largo plazo es lo que practicamos de forma habitual. ¿Cómo vas a medir lo que se aprendió en gramática?, me apuñala en un gesto de honesta preocupación por el aprendizaje de los estudiantes de cuarto y quinto grado. Pensé que preguntaría en términos de conceptos porque lo que se aprende gramaticalmente solo se mide en el habla y la escritura. ¿De qué me vale que un estudiante pueda identificar al sujeto y al predicado si aún conjuga “un grupo de gente corrieron por la calle”?

Claro, en las pruebas estandarizadas se mide eso y por tanto, hay que asegurarse que lo puedan trabajar en un ejercicio de selección múltiple. Nuevamente hay algo que falla porque lo que queremos es que lean, y que comprendan lo que lean, que más tarde cuando escriban sepan usar la puntuación y escriban textos sólidos porque a fin de cuentas esto nos ayuda a entendernos mejor como seres humanos; el dominio de la expresión escrita redunda en una expresión verbal más fluida. Si puedo leer textos complejos y entenderlos, podré comprender también a nivel de la escucha. 

Soy adicta a las teorías fundamentadas en el constructivismo orgánico y la psicología cognitiva, y cuando la maestra me cuestionó, la sobria realidad de la experiencia longeva se enfrentó con mi idealismo. Acepté la puñalada con mucha sumisión ante la experiencia de mi amiga y bajé la cabeza diciendo: sí, les daré exámenes. Sí, hay que obligarlos a estudiar día a día, a que se lo tomen en serio, me remata. Calladita, muy triste y consternada… En el sentido escolar, ¿hay realmente que tener que estudiar para aprender? ¿Todo lo que se aprende es medible mediante un examen? ¿Qué es tomárselo en serio? ¿Tomarse en serio qué? ¿Será esta actitud de la medición y de la seriedad la que lleva a los padres a hacer los trabajos de sus hijos? ¿Será la visión adulta la que nos ciega del mundo y necesidades de los niños? ¿Qué queremos que aprendan?

Una madre molesta me peleó con desdén y cierta condescendencia. Su hijo no merecía la C, siempre había sido niño de A, alegaba. Cuando saqué mi rúbrica holística, se resistió a mirarla. ¿O sea que usted incluye la conducta en la nota?, me reprocha. Porque yo pienso que una cosa es lo académico y otra es la conducta, alardea simulando ilustración. La destreza de la escucha no se mide normalmente, los acuerdos del salón (que son un pequeño laboratorio de lo que será la convivencia) no valen en las notas… ¿qué realmente debe constar como aprendizaje? “Us, e, um, i, o” eso es lo primero que me viene a la mente cuando pienso en la clase de Latín. Es más, eso es lo que pienso cuando el latín como lengua se asoma por mi mente. Me tatué las desinencias en la memoria, saqué A en el examen… y lo único que recuerdo es eso: “us, e, um, i, o”. Jamás me atrevería a decir que tengo un conocimiento básico del latín, pero saqué A.

Esa cosa de la disección de asuntos, de ver el aprendizaje como un producto y un medio de consumo nos entorpece, nos aleja del objeto real que es guiar a los alumnos a generar estrategias de aprendizaje significativo y pensamiento crítico. Esa insistencia lleva a los maestros a crear evaluaciones descontextualizadas (pero irrebatibles) que si bien miden la adquisición de conceptos, se convierten en jueguitos para crackear (como memorizar “us, e, um, i, o”, escribirlo en la esquinita del papel y hacer los ejercicios). Si mi mayor estímulo en la escuela es lograr memorizar unidades temáticas, mi mayor logro será encontrar formas para memorizar fácilmente, y así aprenderemos a obedecer y someternos, a pintar dentro de las rayas de un dibujo reproducido miles de veces, a tener A, pero seremos descomprometidos, enajenados… en juegos así lo que vale es ganar. De allí que listo sea también quien sabe engañar.

Sí, es un juego, lo académico se debe tomar tan en serio como un juego con reglas, y se aprende mejor cuando lo estamos jugando. La cosa está en modular las reglas, en ajustarlas al estudiantado, pero que el juego sea arbitrado por el goce y que el que gane sea el que aprenda de modo integral y significativo (en ese sentido pragmático: que lo que haga en la escuela me sirva para cuando esté en la falda de mi abuelita leyendo el periódico, por dar un ejemplo romanticón)… escritura, lectura, modos de funcionar en grupo, saber discriminar los contextos, inferir, argumentar y cuestionar, aprender a construir en las experiencias que me dé la vida espacios en los que pueda ser, vivir y aprender. Un poquitín complejo; está bien, daré exámenes, pero mi meta es que amen, se amen, lean, se lean y escriban, se escriban, escuchen, se escuchen, hablen, se hablen… mi meta es que vean en los libros y en el aprendizaje un juego, pero un juego valiosísimo en el que las trampas no sirven de mucho.

En última instancia enseñamos para que los niños aprendan… “aprendan a aprender”… esta frase es un cliché pedagógico, pero más que eso también enseñamos para que los niños disfruten de las tareas de aprendizaje. A veces lo que medimos son las fallas del niño, ustedes empiezan con A y van perdiendo puntos, me dijo un profesor. Lo que pasa es que si medimos los logros nos cansaríamos, los niños logran tanto, aprenden tanto, se mejoran cada día… más fácil es destacar dónde fallan y de allí saco los puntos… algo así es el sistema.

Mis conocimientos callejeros me enseñan que más sabe el diablo por viejo y que del dicho al hecho y que del agua mansa… Al final, las pruebas PIENSE, las Pruebas Puertorriqueñas, el Learning Aid, College Board, etc. nos indican que parte del juego es hacerlos estudiar, memorizar y contestar un ejercicio de selección múltiple. El día que hagan un instrumento que de manera efectiva y concienzuda mida el aprendizaje probablemente descubriremos que es cuestión de ver la enseñanza de otro modo, lejos de la noción de productividad, consumo y del simulacro de tedio con la cual la adornamos para hacerla inaccesible a los que no pueden jugar el juego de Memory®, Scrabble®, Monopoly® o Jeopardy®. El día que veamos que es otro juego y que es un juego que va cambiando y se va modulando por quienes lo juegan, y que lo más divertido es ver lo que se logra de modo integral, se sumarán al desempleo y a la bancarrota todas esas agencias evaluadoras y acreditadoras, todo ese negocio que nos nubla la noción de lo que es aprender y consecuentemente, lo que es enseñar. Lo verdaderamente valioso que se aprende es algo así como la trillada cita de El Principito que sirve de epígrafe en este escrito: “invisible a los ojos”.

* Este artículo se redactó bajo la visión del proceso de enseñanza-aprendizaje del Español como materia en los grados primarios, y de allí que los ejemplos se circunscriban a ese ámbito. Sin embargo, las nociones sobre el proceso de aprendizaje y la mirada a los métodos de evaluación se extienden a todos los niveles y todas las disciplinas.

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