“The Winner Takes It All”

 

Soy uno de los tantos fanáticos del ya desaparecido grupo ABBA. La combinación de las dos voces femeninas, el piano y los violines al estilo “disco”, y sus melodías tan sencillamente hermosas aportaron felicidad a aquellos días de mi recién estrenada adultez. Sé que no soy el único. La música de este grupo sueco, que tuvo su apogeo en la década de los ochenta, fue utilizada a manera de homenaje en películas como “Muriel’s Wedding” (1994) y, más recientemente, “Mamma Mia!” (2008).

Fíjense que hablo de la música y no de la letra. Soy de los que valoran las canciones por la música y no por las letras. Aprecio la lírica si es buena, pero no es imprescindible para que me guste una canción. Aquí, el sine qua non es la magia del sonido. Racionalizando a posteriori, reconozco en ello una elusión del logocentrismo, es decir, del imperio del significado sobre la sonoridad.

Después de todo, las letras de las canciones de ABBA, como la mayoría de la música popular, suelen ser romanticonas y proponen metáforas dramáticas para representar el amor. En la balada titulada “The winner takes it all”, por ejemplo, se erige la metáfora del juego para sustituir lo que, en efecto, puede acontecer entre dos personas que se aman. De manera que el amor se figura como un juego en el que se producen ganadores y perdedores: “I've played all my cards”. Podríamos, de hecho, pensar en algún elemento de la relación amorosa que sea compatible con el juego de naipes, pero habrá también muchas diferencias entre ellos. Aún así, la metáfora oculta esas diferencias y simula una correspondencia conceptual absoluta entre amor y juego. 

Sin embargo, en el amor no hay ganadores ni perdedores. En algunos aspectos, puede parecer un juego de cartas, pero no lo es. En esta canción, el hablante poético se reprocha haber jugado siguiendo las reglas cuando su pareja le era infiel, lo que la llevó a la derrota (“But I was a fool playing by the rules”). En la mejor tradición “cortavenas”, este argumento sirve para ubicarse en el lugar de la víctima, aunque lo maldisimule: “The loser has to fall. It's simple and it's plain. Why should I complain?” El hablante poético se resigna (o simula resignarse) al orden del juego.

La metáfora del juego se ha convertido en una moneda de uso amplio que sirve para representar muchas otras relaciones o modos de intercambio. Hablamos del juego de los signos o del juego de la vida (“la vida es una tómbola”), así como de tantos otros juegos. En algunos contextos, la metáfora funciona mejor que en otros. Tengo la impresión de que, con el desarrollo del capitalismo, dicha metáfora representa cada vez más convincentemente las relaciones sociales.

El sujeto capitalista es un apostador que sabe dónde ubicar su dinero para obtener mayor ganancia. Por otro lado, en la oferta televisiva estadounidense, la imprecación más recurrente, tanto entre personajes adultos como adolecentes, es la de “loser”. Aún así, todavía no se ha extendido entre la población isleña el uso de ese calificativo. Nosotros, llegados a la situación de establecer ganadores y perdedores, más generosamente preferimos referirnos al casi ganador como si pretendiéramos compartir la victoria y el botín. Ciertamente, es de esperarse que el afán de lucro y acaparamiento continúe extendiéndose entre nosotros y que nuestros jóvenes, de un momento a otro, comiencen a llamarse “losers” a la hora de insultarse o mofarse, hasta convertir a los perdedores en un tipo social. 

Pienso que la sentencia “The winner takes it all” y la metáfora del juego sirven como ideologemas que procuran normalizar la creciente desigualdad social que se extiende junto a la llamada globalización. En el contexto salarial, se traduce en que los gerenciales reciben cuantiosos sueldos y bonos, mientras que los empleados regulares se reparten las sobras del presupuesto. La consecuencia obvia de este razonamiento es que hoy día, aproximadamente, el 10% de la población acapara un 50% de la riqueza del país y el 90% restante se reparte el otro 50% de la riqueza, lo que disminuye la capacidad adquisitiva de cada vez más gente.

El consuelo que les queda a las personas es seguir esperando un golpe de suerte (un A de diamantes) que les transforme en adinerados; por ahí va el llamado sueño americano. El culto al rico y la fe en la posibilidad de convertirse en millonario, “so freaking bad”, como dice otra canción de más reciente éxito radial, es uno de los dispositivos ideológicos que asegura la continuidad del sistema, aún en medio de crisis como la que estamos ahora.

En el escenario universitario, la extrema desigualdad en la distribución de la riqueza se traduce en que el presidente de la UPR recibe en salario cerca de $100,000 al año, un doctor con plaza (catedrático auxiliar) se gana alrededor de $55,000 y un doctor que ofrece tres secciones cada semestre se gana poco más de $12,000 al año. En este caso, el principio de igual salario por igual trabajo no se aplica. Un problema de semántica surge de que a estas secciones sueltas se les llame compensaciones.

Este término puede ser correcto cuando se trata de un profesor que tiene una jornada completa y se le asignan secciones adicionales, pero no en el caso de que el profesor no tenga esa jornada a tiempo completo. Este último tendría que ofrecer catorce secciones al año, lo que es igual a siete secciones al semestre, para ganar $28,000 al año. Dichas siete secciones equivalen a una jornada completa de cuatro secciones más tres compensaciones, mientras que los $28,000 corresponden a casi la mitad de lo que gana un doctor con plaza por ofrecer sólo cuatro secciones al semestre. Otra vez, “the winner takes it all”. Sin hablar de la suma que gana el presidente, la cual multiplica esta desproporción.

Opino que el pago por una sección suelta a un profesor que trabaja a tiempo parcial debe corresponder a una cuarta parte del sueldo semestral de un profesor con el mismo grado académico que trabaja a tiempo completo. La distribución de la riqueza se asemejaría menos al juego de azar.

En fin, seguramente, en muchos aspectos, tanto la economía como el amor se parecen al juego, pero no lo son. No obstante, la aplicación de la metáfora del juego a la organización económico-social parece más engañosa y cruel que su aplicación en el ámbito amoroso. Después de todo, al cabo de un tiempo más o menos breve, siempre aparece otro amor que nos ayuda a superar la “derrota” anterior.

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