De economismos e imperceptibles aves en estado de gestación

"Take your instinct by the reins
Better best to rearrange
What we want and what we need
Has been confused, been confused (blow your horn)."
Finest Worksong
R.E.M.

I

Puede que su consagración en el firmamento farandulero (y farfullero) local se produjera como secuela a la escandalosa revelación de que la gestión pública durante el último año de la Administración de Sila Calderón fuera financiada a fuerza de préstamos, lo cual a su vez condujera a la reclamada imposición del impuesto de venta y uso (IVU). Lo cierto es que desde entonces la vida en este rincón del Caribe conlleva mantener el equilibrio al mismo tiempo que  se admira, al borde del precipicio, el inevitable abismo fiscal que suponen las finanzas públicas.

Vale la pena preguntar, sin embargo, si de ello depende vivir en la “desgastada colonia” que consistentemente pintan los principales protagonistas de la partidocracia en Puerto Rico. No debe olvidarse que para rojos, azules y verdes el presente es un problema en tanto y en cuanto no se logre alcanzar una solución “al centenario problema del status.”  Por tanto, el estancamiento económico es sólo un síntoma más de la enfermedad: el desgastado modelo político de la colonia con nombre perfumado.

Lo que en principio lució como una apuesta más a un modelo desgastado de construir el discurso político, ha logrado convertirse en una verdadera “tecnología del yo” capaz de reavivar el vetusto ejercicio de la política bajo la partidocracia. El emerger del “economisto” como profeta y chamán de la eminente hecatombe fiscal, le ha brindado un enorme impulso a esta reconversión de lo político de cara al nuevo siglo. El culturalismo popular, la igualdad estadista y la dignidad independentista han migrado a nuevo terreno a causa de éste. Ahora se trata de cuál fórmula es capaz de revertir o impedir la eminente hecatombe: estadidad, independencia o quién sabe qué.

Esta reconversión, sin embargo, no es ni obra ni (mucho menos) gracia de los capos de la partidocracia. Este proceso ha dependido en gran medida del “economisto,” quien ha provisto a los mercaderes de lo político las herramientas lingüísticas necesarias para tal lexicalización de lo real.

II

No es nada nuevo el empleo del Apocalipsis como tecnología del yo a modo de adelantar causas y procesos políticos. De igual forma, estos desarrollos siempre han estado acompañados de profetas chamánicos encargados no solo de dibujar el tétrico cuadro de la inminente debacle, sino también de reconducir el ejercicio de lo político por caminos y senderos específicos. En este sentido, identificar el origen de la disciplina del economismo es lo de menos: se le puede atribuir tanto al culto logarítmico y/o al empuje anti-regulación de los últimos treinta años. Ello no impide enfocar la mirada tanto en su discurso como en las prácticas que acarrea, para lograr descifrar aquello que persigue con anhelo.

De hecho, el economismo parece ser más una tecnología del yo que una disciplina propiamente dicha. Presupone de entrada que el humano ha logrado trascender su etapa de homo sapiens para devenir en homo oeconomicus. Claro, este último es solo una versión chabacana del sujeto del capitalismo según Marx. Para los economistos, la actividad humana es concebida desde una hoja de balance; no se trata ya de explotación, plusvalía, fetichismo ni valores de uso. El homo oeconomicus es aquel que piensa y actúa racionalmente; su toma de decisiones está gobernada por un acto reflexivo a priori, donde las necesidades aparecen felizmente casadas con los recursos disponibles. No hay aquí espacio ni para el deseo ni las sensaciones. Es por ello que el economismo tiene muy poco de ciencia y mucho de discurso moral.

Paul Krugman ha advertido del rol que los economistos jugaron en la burbuja inmobiliaria de la pasada década y la crisis financiera que le acompañó.[1] Pero ni la injuria ni el descrédito fueron lo suficiente como para que estos duendecillos del caos desaparecieran. En todo caso, y gracias a la debacle que ellos/as mismos/as ayudaron a crear, su rol ha cambiado de gestores de la autorrealización individual a profetas y chamanes del Apocalipsis.

Puede afirmarse que la Gran Recesión se sintió en Puerto Rico mucho antes que en el resto del mundo. La desaceleración económica inauguró el nuevo siglo, y ello ayudó a que los economistos pasaran a ocupar el vacío dejado por el envejecido y desaparecido doctor Claudio “como guía y consejero de un mejor bienestar.” Así se ocuparon de señalar, con el obligado dedo acusatorio, todo lo que estaba mal en el país.

De guías y consejeros rápidamente migraron a agentes de autoayuda, para luego convertirse en profetas del caos. Hurgaron su espacio dentro de la maquinaria que logró hacer que hordas populares reclamaran a gritos la imposición del impuesto de venta y uso. Su ascenso al estrellato coincidió con una crisis provocada por el pulseo y el careo político (y cuyas consecuencias reales, a fin de cuentas, poco importaron en términos económicos).

Así, los economistos le explicaron a los televidentes, en lenguaje coloquial y terminología sencilla, cómo fondos gubernamentales se habían evaporado en un cerrar y abrir de ojos; como el retiro de miles estaba comprometido, como el valor de los activos gubernamentales se desplomaba cada día que transcurría el impasse.

Pasado el trauma inicial, y con el IVU  cuestas, el economisto devino profeta, repartiendo culpas por igual a todo aquel que se había comportado irracionalmente; recordándole a aquellos que se habían dejado arrastrar por las pasiones partidocráticas que la miseria diaria de un Estado reducido a sus propias ruinas era su total responsabilidad por no haber votado con conciencia. De este modo, la naturaleza económico/política de la gran recesión boricua quedó reducida a discurso moralista, acompañado del usual repartimiento de culpas y responsabilidades. La crisis, después de todo, es resultado de las actuaciones irracionales de unos sujetos que debieron haberse comportado, en todo momento, racionalmente.

De este modo, los cañones moralistas del economismo, de a poco, empezaron y continúan enfocándose no solo en la aterradora descripción del presente, sino en aquello que debe hacerse de cara al futuro. Acompañado de la mano, claro está, de la ineludible imposición de su discurso como la única forma viable de abordar la realidad.

Ahora que, oficialmente, Puerto Rico debe más de lo que produce y que el déficit gubernamental continúa en la vecindad de los $1,000 millones, el país necesita volcar su capital intelectual y humano hacia la discusión económica, instó ayer el presidente del Centro para la Nueva Economía (CNE), Miguel A. Soto-Class.[2]

De aquí que los problemas del país solo puedan ser estrictamente abordados desde la óptica del economisto.

En lugar del análisis tradicional, Marés propone que se construya un estado de situación para cada gobierno y se calcule el patrimonio neto gubernamental.[3]

No basta que la situación política, social y económica sea reducida a una hoja de balance entre activos y débitos; las consecuencias de no abordar y/o construir la realidad bajo los preceptos del economismo conlleva incluso a conclusiones lógicas que solo el economista puede explicar. La verdadera responsabilidad de la debacle cae enteramente en sujetos que no se han sabido comportar racionalmente, creando así una insostenible situación irracional.

La realidad es que el déficit del gobierno de Puerto Rico ha crecido a lo largo de múltiples y sucesivas administraciones, no de una; y ha sido agravado por la extrema politización del sistema y la renuencia colectiva a aceptar la dura verdad y sus consecuencias.[4] (énfasis nuestro)

Esto conlleva que la crisis social que “se avecina” será producto del descuadre de la hoja de balance, de la inmoralidad de haberse comportado irracionalmente; una situación que por haber sido manejada “sin razón,” se puede racionalmente concluir que creará conflictos sociales. O sea, es un oprobio moral el que ha empujado al país al borde del cataclismo fiscal.

Dado todo lo anterior, es bastante probable que las obligaciones incurridas por el gobierno de Puerto Rico excedan los recursos que se estimar estarán disponibles para satisfacerlas. Es inevitable que esta situación produzca conflictos sociales. Y de la resolución efectiva de los conflictos entre bonistas, contribuyentes y pensionados dependerá la paz social en Puerto Rico a mediano y largo plazo.[5]

¡Al carajo los deseos y anhelos de cada cual! ¡A cuadrar cada uno sus respectivas chequeras!

No puede, claro está, faltar la receta salvadora por parte de los economistos. Ante el descuadre en la hoja de balance del Estado, producto de un acto irracional, es necesario devolver racionalidad a todo el sistema. Si las consecuencias de todo esto se traducen a un aparato económico disfuncional, asediado por el desempleo y la falta de oportunidades, será necesario corregirle, aún con medidas extremas. Por tanto, se necesita realinear la preparación de futuros trabajadores de acuerdo a las oportunidades y, sobre todo, las necesidades del capital.

De acuerdo con el economista Francisco Catalá,  la pérdida de empleos en la manufactura y el sector financiero ha coincidido con el aumento de plazas en el sector comercial, que no requieren grandes destrezas y muchas son a tiempo parcial. “Esto provoca que aumente el desempleo estructural, que es cuando el peritaje de las personas no corresponde con  las plazas disponibles para trabajar.”[6]

No basta aquí con reducir conocimiento a pericia. ¡Tal parece que el pecado originario de toda la miseria económica presente es haber comido del fruto del conocimiento!

A tono con ello, Catalá y Toro sugieren que “debe haber más y mejores institutos tecnológicos y carreras cortas para así adiestrar más ágilmente a las personas que no aspiran a obtener un bachillerato.”[7] De este modo, la receta de los economistos implica un empobrecimiento de la clase trabajadora a costa de obtener un empleo, y así recuperar el balance soñado (pero perdido) en el estado de cuenta del país. La mejor manera de pedir perdón al economisto, entonces, es renunciar a la inteligencia como reconocimiento del pecado original.

III

El discurso del economismo no es exclusivo de estos lares. La disciplina fiscal que la troika europea ha impuesto en Grecia, España, Portugal, Italia e Irlanda no se limita a controlar el nivel de endeudamiento de estos países. Bajo la rúbrica de la competitividad, ésta ha establecido políticas que eliminan derechos adquiridos, protecciones, e incluso rebajan sustancialmente el salario de las clases trabajadoras en estos países. Todo ello cobijado bajo un discurso excesivamente moralista (“los vagos del sur”) que persigue reinstalar viejas formas de poder y sumisión en la periferia, cubiertas bajo un manto de supuesta “reaccionalidad.”

No sorprende que se persiga un principio similar acá en el trópico. Lo que llama la atención es que dicho proceso opere produzca a una escala menor (micro si se quiere, siempre en función de una macro). Y, sobre todo, lo que realmente asombra es que se utilice este discurso para reproducir (y reavivar) las vetustas estructuras de poder de la partidocracia.

Sorprende, pero no extraña. Pues para los economistos, la única forma viable de mantener vivo su discurso, es volver a tiempos pasados, aquello anterior al pecado original. Que Mefistófeles los coja confesados.

Notas: 

[1] Krugman, P. (2009). How economists get it so wrong? New York Times, September 6, 2009, p. MM36.

[2] González, J. (2012). Debemos más de lo que producimos. El Nuevo Día, miércoles 13 de junio de 2012, p. 43.

[3] Marxuach, S. (2012). Bonistas, contribuyentes y pensionados. Revista Negocios. El Nuevo Día, domingo 6 de mayo de 2012.

[4] Soto Class, M.A. (2012). Fiao. El Nuevo Día, miércoles, 26 de septiembre de 2012, p. 69.

[5] Marxuach, S., Ibid.

[6] Tellado Domenech, R.A. (2012). Mucho título profesional pero poco trabajo. El Nuevo Día, 24 de junio de 2012 (versión electrónica). http://www.elnuevodia.com/muchotituloprofesionalperopocotrabajo-1285933.html (Recuperado el 13 de octubre de 2012).

[7] Ibid.

Lista de imágenes:

1. Mark Bryan, 2006, Saving the Chrysler.
2. Chris Holden, 2007, All Empires Fall
3. Mark Bryan, 2006, Dick.
4. Mark Bryan, 2005, The Mad Tea Party.
5. Mark Bryan, 2012, Ship of State.
6. Mark Bryan, 2010, Mad Tea Party part Duh.
7. Mark Bryan, 1997, The Train to the Edge of the World.
8. Mark Bryan, 2001, To Each his Own.
9. Mark Bryan, 2009, The Republic of Amnesia.

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