De la Yulinmanía al Yulingrado

(O de como la izquierda bella y suave
se embarró una vez más en el mundo
de la política partidista)

I.

Pasado más de un año de la victoria improbable, del llanto incontrolable del derrotado, de las caravanas, las alianzas multisectoriales y del advenimiento de la “ciudad patria,” la Yulinmanía yace natimuerta, condenada a ocupar el espacio más que merecido de una nota al calce accidental en el relicario/anecdotario/anuario oficial de las elecciones del 2012. Si acaso mereciera un capítulo, estaría condenada a compartir el espacio con aquellos que 20 años antes tachaban de farsa el ejercicio electoral, pero que hoy se empeñan en validar.

Y es que la historia de cómo la Yulimanía desembocó en Yulingrado tiene como protagonistas a todos y todas aquellos/as que, cansados de no haber alcanzado el poder, vieron en Carmen Yulín la posibilidad de finalmente llegar a el. Siendo Yulín la candidata que nadie quería en su partido, la “underdog by a far stretch” que debió enfrentarse no a una si no a dos maquinarias (la popular y la de la ciudad-capital-convertida-en-comité-de-campaña-del-alcalde-en-funciones), la posibilidad de crear una alianza que diera la impresión de ser inclusiva fue su mejor opción.

Así nació la Yulimanía: presentándose como el negativo de todo lo que le rodeaba. La Yulín no era parte de: el paternalismo de los jeques y caciques de su partido, del modelo-cabecihueco convertido en macharrán populista, del conservadurismo pro-ELA que apoyaba al candidato a la gobernación; de aquí que la Yulín fuese: abierta al diálogo, soberanista, feminista “soft,” outsider. Una escueta pero crítica mirada a sus “compañeros de papeleta” (su plancha para la asamblea municipal) hubiese revelado que la Yulín humilde y campechana estaba siendo respaldada por una facción del Partido Popular encontrada con el Soberano venido a menos. ( Que es lo mismo que decir: “same old, same old…”)

Desde la distancia sin embargo, esta resultó ser atractiva y viable para una facción de la izquierda en franca oposición al populismo macharrano de Santini. Aunque claro, es de suponer que el apoyo a Yulín debió estar basado en mucho más que eso. Quizás en o a través de ella se entreabría la puerta que propiciase una radicalización del Partido Popular desde el margen (dado lo hueco e insipiente de su discurso a lo largo del presente siglo). Lo cierto es que el radicalismo soft (esa parte que la hacía una outsider, con dejos feministas y de un soberanismo poco lastimoso) debió ser una razón sustancial para que se diera ese obtuso pero nada extraño maridaje entre una parte de la izquierda y lo que algunos/as vieron como una facción minoritaria pero importante del Partido Popular.

Mucho del descalabro a nivel de imagen y palabra que ha sufrido la Yulinmanía tiene que ver con esta copulación fortuita. Sin embargo, el paso a Yulingrado habla más de la incapacidad de esa izquierda de comprender los confines de la política en el presente siglo, además de revelar lo exiguo que resulta su discurso al momento de articular formas específicas de ciudadanía que se ajusten a las dinámicas del presente.

II.

No es que la Yulín no haya hecho nada. Ella tiene a su cargo algunas acciones prosaicas y ramplonas que tímidamente apuntan a un espacio político más abierto e inclusivo. Pero todo ello ocurre a la sombra de su antecesor. Santini está muy lejos de ser un innovador en términos de la política en Puerto Rico, pero su implementación de la doctrina rosellista logró efectivamente reterritorializar a San Juan como ciudad y como ente político, además de alterar la percepción de la idea de “ciudadanía” entre los sanjuaneros.

El éxito de Roselló, en sus ocho años como gobernador, fue reconfigurar la subjetividad política en el país. Al extender la experiencia de clase media mas allá de sus confines económicos (gracias a la tarjeta de salud, todos tuvieron un plan médico de “libre selección”; la verjas y muros alrededor de los residenciales públicos los hizo estéticamente similares a los walk-ups de clase media), y reconstituir el imaginario de la estadidad a través del consumo (gracias a los Chili’s, Uno’s, Applebee’s y Macy’s de este mundo hiperreal), éste logró construir su base política a partir de la experiencia más que de principios de ciencia política y/o de economía. No es que el país fuera mejor en la década de los noventa, es que fue experimentado de forma diferente. Todo ello sazonado con grandes proyectos de infraestructura que contribuyeron a la idea de que el Estado estaba construyendo, en efecto, el país del futuro.

La “obra” de Santini es una extensión de estos mismos principios: escuelas bilingües, natatoriums, walkable cities. Mas allá de una aplicación vulgar y barata del if you build it, they will come, inscribir el imaginario de la estadidad en el territorio le brindó a muchos la oportunidad de masticar el inglés, al tiempo que se recodificaron actividades cotidianas (como caminar) en acciones y actividades icónicas sobre una prospectiva vida bajo la estadidad. De otro lado, el exalcalde reintrodujo las dinámicas de clase en la ciudad, neutralizando así cualquier ambigüedad que sus antecesores pudieran haber registrado en el territorio.

Una expansión (inconclusa, por cierto) del complejo deportivo cerca del residencial público, correspondida por un natatorio en la proximidades del barrio clasemediero de Miramar: baloncesto para los pobres; tenis y natación para los no tan pobres (siguiendo así los delineamientos de raza y clase de la cultura deportiva estadounidense). Parques para que mascotas (de raza e inscritas) fueran a defecar en el centro de la ciudad suburbana; columpios y demás amenidades para urbanizaciones de clase media venidas a menos, reforzando de este modo las diferencias entre el ocio de los que tienen y los que no tienen. Un Walmart, acompañado de Walgreens y Always 99 en la infraestructural (y siempre fea) Fernández Juncos, y un Sam’s a las afuera de la “ciudad” para la clase media periferal y profiláctica. Se devuelve de este modo la pobreza al margen, al tiempo que se extiende la ciudad al incorporar las dinámicas suburbanas guaynabeñas.

Es precisamente en el pedazo infraestructural de la avenida Kennedy donde mejor se perciben las formas en que se reinscribe la clase sobre el territorio (todo ello a la sombra discursiva de la estadidad). En las alturas del promontorio que una vez fuese vertedero se yergue un golf range, apartado del bullicio, rodeado de barreras que permiten reconocer las formas específicas en que el ocio y el gasto de energía productiva se articulan de acuerdo a la clase. Así el golf range se convierte en copia fiel y exacta de las dinámicas previamente inscritas en el Parque Central: la ubicación del ocio de acuerdo a criterios de clase. Es por ello que Sam’s se localiza no muy lejos de allí. La excepción a todo esto viene a confirmar la regla: el “Museo de Vida Silvestre” (MVS), que yace entre ambos.

Construido y concebido como burda imitación de algún museo genérico estadounidense, el MVS le permite a los “menos afortunados” pasar dos veces por la experiencia del turista. Primero, al poder transitar el intersticio entre el margen de la ciudad y el paraíso suburbano que tanto distingue a la clase media; segundo, transitar, por medio de la simulación, floras y faunas totalmente ajenas a su cotidianeidad. De allí que el MSV no necesite ni de una arquitectura monumental ni de una mejor localización. Todo está articulado de acuerdo a la experiencia de inscribir la clase en el territorio.

Es precisamente ante todo esto que la Yulimanía se queda corta.

III.

Yo entiendo que René es un tipo que estudió
y no es un rapero tan común. Sabe lo que está diciendo
y comparto sus posturas sociales y el estudiantado.
Ojalá hubiese habido un Calle 13 cuando yo estudié
aquí[.]
-Asistente al concierto de Calle 13 en Río Piedras, 25 de febrero del 2014

Uno solo puede imaginar la cara de sorpresa de esta pareja al enterarse al día siguiente que René se reunía con el gobernador de turno en la mansión ejecutiva dizque para discutir la crisis que experimenta el país. Acostumbrados a un mundo blanco y negro (el de la guerra fría y los nacionalismos condicionados que esta produjo) y marcados por una visión maniquea de lo real (el us and them que popularizara Pink Floyd en la década del setenta), la caída en desgracia de René solo supondría para estos un soldado menos en la larga lucha por la independencia y el imaginario socialista. Es así como se acostumbra, desde esa lado mustio y ya casi olvidado del espectro político local, organizar lo real: René fue uno de los buenos siempre y cuanto cantara a favor de la causa justa. Que vale lo mismo que decir: un pequeño tropiezo y “pa, fuera.”

Claro esa solidaridad con el René pre-encuentro es quizás un poco más compleja. Pasa también por el nivel de cafrería (que por esas latitudes es casi sinónimo de “campesino urbano”), tipo de la calle y del pueblo (el Pablo Pueblo de Rubén Blades), representante del “verdadero” sentir del “verdadero” pueblo. Que, de igual manera, es decir que los demás reggetoneros no son tipos de la calle, no cantan el “verdadero” sentir del “verdadero” pueblo. Es aquí donde aparece el verdadero anquilosamiento de la vieja izquierda, aquella que día a día lucha por reinventarse a modo de poder capitalizar no solo sobre el descontento generalizado del país, sino también de la quiebra sistemática de la clase política local.

Moverse hacia René y Calle 13 no es más que otro ejemplo de las formas en que esa izquierda al borde de la irrelevancia intenta mostrarse más a tono con lo actual y los retos que convoca el presente. Allí donde antes se denunciaba la ilegitimidad del status y las estructuras políticas que lo sostenían, ahora hay partidos políticos moderados (soberanistas) o de dogmatismos mas light (de los trabajadores). Para otros resulta suficiente evocar la patria, aún cuando esta quede cobijada bajo un populismo pseudo semiótico y se limite (territorialmente hablando) a una ciudad.

Si Yulingrado existe es gracias a la presencia entre sus huestes de una izquierda suave, menos dogmática, enraizada en el mundo del arte (de ahí que sea bella) y tiznada de fuertes rastros de realismo socialista. Ello no impide que esta quiera imponer una entumecida lectura de lo real de acuerdo a las líneas estrictas del us and them.  En esto, la alcaldesa es lo de menos. Quienes realmente importan aquí son aquellos/as que le dan sostén a estas ideas.

Así, la “ciudad patria” no es otra cosa que una manera “semiótica” de contrarrestar el avance del estadista en territorio sanjuanero; celebrar la navidad sin adornos que evocan el norte es un ejercicio igualmente de reinterpretación semiótico, al igual que hacer de las fiestas de la calle San Sebastián una celebración de “pueblo.” Esta quizás es la parte menos problemática del asunto; son, a fin de cuentas, estrategias de desterritorialización y reterritorialización que, aunque terriblemente débiles, persiguen reconstituir el territorio, darle un nuevo significado. Su debilidad estriba en limitarse al acto de nombrar sin necesariamente construir y constituir eso que sería la “ciudad patria.”

Queda, sin embargo, descubrir cómo esta izquierda suave construye la ciudadanía. La mejor respuesta se encuentra en las formas en que se abordó la seguridad tanto en las pasadas fiestas de San Sebastián como en el concierto de Calle 13: segregando al “pueblo” de aquellos otros elementos/sujetos que no constituyen el pueblo y que, en esencia, amenazan su existencia. Es necesario recordar que para esta izquierda el pueblo puede parecer cafre, pero en realidad no lo es. Es reggetonero siempre y cuando siga a Calle 13 y no a los demás.

Que es lo mismo que decir: es un pueblo pensante, educado, de clase media (que, después de todo, es la extracción de clase de René). Así la jaula que rodeaba al Viejo San Juan en la víspera de las fiestas no estaba allí para encerrar a nadie; su función era segregar lo “puro” de lo “impuro”; a ello también respondía el llamado “cateo patrio.” Y por ello también había una unidad de “vigilancia” en Río Piedras durante el concierto de Calle 13.

Yulingrado se constituye en el momento en que la clase, como tecnología de inscripción de ciudadanos sobre el territorio, es sustituida por un populismo clasemediero que persigue segregar mas que aunar; imponer barreras mas que derribarlas, purificar antes de ensuciarse. Busca reencontrar el espíritu campesino en sujetos urbanos a modo de recolocarle como sujeto protagónico de la inconclusa gesta separatista y soberana. Se pretende así construir un urbanismo, una ciudad patria, basada en la exclusión, ya no tanto de aquellos elementos de derecha, sino de todo aquello que no represente los “valores” del pueblo de esta izquierda. Se habrá nadado mucho (probablemente en el Natatorium y no en el Escambrón), pero no parece que se haya avanzado mucho.

Yulingrado, entonces, no es el resultado de una defectuosa administración tecnócrata de tendencias liberales. Es mas bien, el producto de una izquierda que una vez llegada al poder intenta desesperadamente ejecutar el plan miles de veces soñado pero nunca logrado y que, en el proceso, le da la espalda a las diferentes maneras en que se constituye la ciudadanía en tiempos de la multitud.

Desde acá, en las afueras se la ciudad, en el borde entre la “ciudad patria” pseudo soberanista y el “Guaynabo City” del estadoismo, nada de esto luce bien. En realidad, apesta. Y feo. 

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