De las representaciones de la niñez

"Medea About to Kill her Children", F.V.E. Delcroix, 1838

En la Grecia y la Roma antiguas, los niños fueron prescindibles. Si nacían con malformaciones o ya eran demasiados los hijos, se dejaban en la basura. Recordemos que Edipo, por precederle un oráculo espantoso, fue enviado a morir. Por otro lado, si bien es cierto que la paideia griega perseguía desarrollar integralmente al novel ciudadano para la vida en la polis, también lo es que la educación mayoritariamente se limitó a preparar al niño en un oficio para la vida adulta. El niño era un pequeño hombre.

Esteban Tollinchi supuso que, en la Edad Media, la incompatibilidad entre el pecado original y el estado de inocencia fue una traba para la valoración cristiana de la infancia. Ya en la época moderna, tenemos que a Pulgarcito (la versión de Perrault), igual que a Hansel y Gretel, sus padres les abandonaron en el bosque por no tener qué darles de comer.

"El pequeño salvaje", François Truffaut, 1969

El mito del buen salvaje fue clave en la historia de la representación de la niñez. Juan Jacobo Rousseau propugnó la representación de la infancia como un periodo de no ser adulto y civilizado, en el que se debía desarrollar la imaginación, la inocencia y el instinto mediante el juego. Afirmaba que el niño requiere experimentar su propia evolución sicológica, lo cual se propicia otorgándole libertad. Los románticos le hicieron eco, por ejemplo, el personaje Werther idealizó a los pequeños vecinos de Carlota en su diario. Baudelaire, por su parte, definió el genio artístico como la infancia recuperada. El mismo Nietzsche se figuró al niño como metáfora de la última etapa de las transformaciones del espíritu.

La literatura infantil se vio impulsada por el interés creciente en los cuentos fantásticos y la tradición folklórica durante el siglo XIX. Las aventuras destacaban la alegría infantil, el sentido de asombro, el instinto sano y la sensibilidad. En cambio, otra vertiente literaria moderna observó la crueldad que mueve en ocasiones a los jóvenes. Tollinchi argumenta que Freud liberó la representación del niño de la dicotomía bueno / malo al replantearse la sexualidad infantil.

En el contexto del nacimiento de las naciones modernas, el niño se vio como un sujeto nacional, futuro ciudadano de la República. Para fines del siglo XVIII, el estado francés comenzó a hacerse cargo de la educación pública, desplazando a la Iglesia de ese rol. No obstante, en el siglo XX, el capital consolidó su poder a través de los medios masivos de comunicación, desde el cine y la radio hasta la red electrónica, desplazando al sistema público de enseñanza en la reproducción de subjetividades.

Los publicistas aseguran que buscan formar a los niños como consumidores inteligentes, motivados por el ahorro y conscientes de sus deseos. Simulan representar la utopía moderna del sujeto autoconsciente. Sin embargo, saben que la publicidad y el consumismo se relacionan más con el deseo y los mitos, que con el racionalismo con que pretenden reducir el lenguaje a su función informativa.

La sicóloga brasileña Juliana Gueiros destaca que la ofensiva publicitaria dirigida hacia la niñez se ha convertido en uno de los negocios lucrativos de las sociedades modernas. Los jóvenes son expuestos a miles de horas de propaganda. Cuando a éstos se les pregunta qué prefieren: jugar o comprar, la respuesta casi unánime es comprar.

Según Piaget, los infantes expuestos a altos niveles de consumo, se comportan como si fuesen adultos, sin embargo, son inmaduros y su desarrollo sicológico se altera, lo que implica que, contrariamente, se produce una infantilización del adulto. El ejemplo emblemático es Michael Jackson, quien se casó vestido de príncipe al estilo de Disney y se construyó una mansión que llamó Neverland. El jingle comercial “Yo no quiero ser grande, yo no quiero” recoge sucintamente la mentalidad de Peter Pan que se propaga masivamente.

En la sociedad de consumo, se estimula la erotización precoz, el estrés familiar, la desigualdad social y la banalización de la violencia. Se expone a los niños a información que requiere de la madurez, es decir, capacidad de distanciamiento y sentido de la ironía.

Los medios de comunicación producen diversas subjetividades, por las que el consumidor pagará más de lo que tiene; en el caso del niño, más de lo que tienen los padres. Una de las subjetividades más difundidas entre los niños y jóvenes es la del rapero, cuyo impacto en la cultura es más que visible. Para abordar esta subjetividad, suelo oponerla a la de los jóvenes rebeldes.

Si en los sesentas y setentas, el comecandela y el hippie proclamaron el amor libre de las convenciones sociales y religiosas, podemos decir que el joven rapero reivindicó la comercialización de la sexualidad infantil. Para uno, la mujer es compañera, para el otro es la perra-objeto del deseo a la que le habla gritando. La voz del rapero suele ser como la de un niño, a veces muy cerca al tono de los chipmunks, como si a Alvin le diera con cantar bellaquerías. En cuanto a la representación machista, la música urbana es sucesora de la salsa y el merengue, aunque su sexismo es más exacerbado.

La contracultura de los sesentas repudió el consumismo (claro está, que no fuera el de los paraísos artificiales). Vestían mahones gastados y chancletas, llevaban barba y pelo largo. Se proponían vivir en consonancia con la naturaleza. Soñaban con una utopía de paz, solidaridad e igualdad. Por su parte, en el atuendo del rapero, no faltan la gorra de pelota mal puesta, la camisa de baloncesto o de pelota sobre una t-shirt blanca, por fuera ambas, el mahón por debajo de las caderas, visible el calzoncillo, toda la ropa varios tamaños más grande, los tenis inmaculados sin medias y con los gabetes sueltos.

Ese look en los setentas podría encontrarse en un niño al que la ropa le quedara grande y se le cayeran los pantalones. El rapero lleva un blin-blín que recuerda al pequeñín que juega a ponerse todas las prendas de sus padres a la vez o que exhibe el pendant plástico que se compró en la máquina por una peseta. El sujeto rapero es un echón. Como los chamaquitos, presume agarrándose los genitales y es el más jaquetón. En fin, es un gran consumidor que sueña con andar en limosina y tener un cuarto con una gran pantalla plana y una buena consola con los últimos juegos electrónicos.

"Platano Pride", Miguel Luciano, 2006

Algunos de sus padres son exhippies o excomecandelas que hoy son ejecutivos, o sueñan con serlo. Participan en el juego del consumismo como víctimas y victimarios. Quieren darle a sus hijos todo lo que ellos no tuvieron y una educación en un buen colegio que les abra la puerta del ascensor social. “Porque hoy día no se puede vivir con menos de $100,000 al año”. El consumo funciona además como diferenciador social.

La publicidad desmedida propende a que las personas vivan por encima de sus posibilidades económicas, tanto a nivel individual como colectivo. Obsérvese la forma en que el endeudamiento se ha elevado a nivel de política económica: Pagar un préstamo con otro, sucesivamente. Las familias y el país se desangran con el consumo superfluo, pero que aseguran es necesario. Los medios reproducen incasablemente programas de niños que viven en hogares de clase acomodada, sin carencias económicas serias y cada vez más orientados hacia el consumo de la moda, la tecnología y el sexo. Ciertamente, el consumismo pretende ocultar el desasosiego y las carencias.

"Little Adults", Anna Skladmann, 2011

Pienso que un hombre nunca deja de ser niño, que el hombre siempre juega y mal disimula su egocentrismo original. El hombre es un niño envejecido y la mujer, una niña mayor de edad a quienes el capital manipula mediante campañas publicitarias millonarias que perpetúan la inequidad y el inmovilismo político.

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