Dejad que los niños... las generaciones desechables de Puerto Rico (parte 1)

El severo CLANG penitenciario del enorme portón de acero enfatizaba el aire correccional de la instalación. La verja de alambre de siete pies, el ribete de alambre de navajas en concertina coronándola, los pelos de alambre de púas cerrando los varios hoyos que sucesiones de desaforados habían abierto para robarse...¿qué? Un gulag con algunos afiches en la paredes. ¿Cárcel? Pudo haber sido cualquier escuela de barrio de clase trabajadora en San Juan.

“Cual bandadas de palomas que regresan al vergel...” cantaba el viejo himno de celebración del regreso a la escuela. Si los niños son el futuro de los países, en Puerto Rico parece haber muy poco interés en el futuro. 

La Biblia nos advierte que “por sus frutos los conoceréis”; así también por los nuestros nos daremos a conocer nosotros. Porque ¿qué siembra esta sociedad para sus frutos más preciados, sus niños? ¿En qué campos los siembra; en qué comunidades, en qué barrios, en qué familias? ¿Con cuánto amor?

No para todos, claro; porque los hijos de los acomodados tienen su futuro hecho. Quizás sólo esos se supone que sean el futuro.  En sus escuelas de clase social segregada se les derrocha atención y recursos. Cuentan con libros, tutores y juegos y viajes educativos, tiempo de reflexión y deporte. Su desempeño académico justifica el gasto y a los que cojean de alguna pata intelectual se les provee lo que haga falta para realizarse. 

Pero los hijos del resto no son parte de ese futuro. Son desechables. No serían ni siquiera un presente si no fueran tantos, tan visibles, tan ruidosos. Pero están ahí y hay que hacer algo con ellos. En ellos también se gasta mucho pero parecería que por cumplir con gastar, no por fabricar futuro y mucho menos por amor. 

El entredicho es que no llegarán al futuro, que se quedarán por el camino. Además el gasto que se les dedica lo paga otro. Viene de allá, de los dioses del Olimpo, quienes nos dicen cómo gastarlo siguiendo una pauta forjada en otra parte y para unos resultados que aquí simple y llanamente no se dan. Pero no parece importar, aunque se niegue.

Porque la cosa, a fin de cuentas, no es educarlos sino almacenarlos en un tanque de contención hasta que tengan edad suficiente para ir presos, o para perderse en la economía informal y unirse al lumpen que le hace la corte a los partidos políticos. Además justifican que de allá nos manden la plata, que aunque sea con amarres es plata y siempre circula. 

Esas generaciones desechables sobreviven como pueden en un marasmo de deterioro escolar, familiar y comunitario donde unos docentes héroes y algunos padres se lanzan empecinados en medio de un barullo diz que educativo y contra viento y marea logran rescatar a algunos. Para eso viven, explican esos maestros, para sacar del torbellino con alicate y mucho esfuerzo al uno que otro alumno sobresaliente. El resto sencillamente se pierde.

Se pierde ante la constreñida indiferencia de los puertorriqueños que pudieran hacer algo y que a veces calman su culpa en comisiones y voluntariados y galas para recaudación de fondos donde por quinientos pesos compras la tranquilidad de tu alma y cumpliste con la patria y chau.  Porque esa mogolla no la resuelve nadie. Sálvese el que pueda... y yo, que rayos, yo sí puedo salvarme.  

Desde Los Paseos no se ven las verjas con alambre de púas. La cerca que cierra mi urbanización es bonita, y cumple su cometido de dejar fuera a los desarrapados que tratarían de quitarme lo que a duro esfuerzo me gané con el sudor de mi frente... o como dicen los mexicanos, con el sudor del de enfrente. 

Porque para la mayoría en este país de la eterna adolescencia farandulera/deportiva /partidocrática sólo el hoy cuenta. Quizás porque a fin de cuentas el futuro no está en nuestras manos sino que lo deciden otros en otras partes. Además dice también la Biblia que los pobres siempre estarán con nosotros. Y si lo dice la Biblia, pa’qué hacernos problema. Estos nunca van a sacar los pies del plato. 

Mantengámoslos ocupados mientras son niños en esas jaulas escolares y despúes manejemos como podamos su transición al mundo de la gastronomía de salario mínimo (si tienen suerte y pocas ambiciones) o del desempleo, de la dependencia pública, de la ilegalidad, de la penitenciaría o de la muerte prematura y violenta. Mientras, Dios mío, manténmelos lejos. Y los gringos, por favor mándennos cosas para darles y mantenerlos entretenidos.

De paso, by the way, algo se filtra a las arcas de los favorecidos, ya sea por la capacidad tan enorme de consumo que tienen estos infelices con la plata que se les manda, o porque en lo que el hacha va y viene se cuelan unas comisiones y regalías off the top para los que o reparten el pastel de los benefactores o reciben sus primeras tajadas administrativas. A fin de cuentas, el sistema funciona; jodido, pero estable. 

Y así puede pasarse cien años más de disfunción si no de soledad. Hasta que se acabe de desplomar por su propio peso, acaben de irse los de Los Paseos a Houston u Orlando y los gringos pierdan la paciencia y cerquen la isla completa como un Detroit sin suburbio de escape con verja de siete pies coronada con alambre de concertina con navajas. Wow.

Es fácil echarles la culpa a los pobres, o por lo menos pensar que los pobres son el problema y que si los pobres desaparecieran no habría complicación. En una época se pensó que exportándolos resolveríamos el problema. Como quien exporta la basura tóxica a países del tercer mundo o a enterrarla en el desierto de Nevada. Se hizo todo lo posible por empaquetarlos a otra parte. 

Así se fue la mitad al norte. Se las chupó amargas primero y luego prosperó por allá, pero acá el problema empeoró. Ahora los pobres de acá reciben cosas mandadas de allá, pero cada vez quieren más. Y se ponen anti-sociales si no las tienen. Y así le seguimos pidiendo al Santaclós del norte que nos mande más cosas para darles. Para que se tranquilicen.

Pero la culpa no es de los pobres ni son los pobres el problema; la enfermedad es mucho más grande. Puerto Rico está enfermo, todo; a los llamados pobres es a quienes primero les dan los síntomas. Los gringos pasan un subsidio gigantesco que sostiene al menos a la mitad del país y ayuda a un montón más vía contratos para servicios públicos e infraestructura. 

Como la leyenda de Sísifo, condenado por la eternidad a empujar una piedra cuestarriba, la supervivencia de Puerto Rico no es sustentable sin el empujón permanente. Es inflar un globo por un lado mientras se desinfla por otro. Se desinfla porque el espacio de oportunidades no se abre y las generaciones no se renuevan. El redrojo que va quedando como residuo de una historia de desigualdades, de una parte pequeña del país que crece y la otra más grande que no, se acumula en una costra abajo que el país de arriba hace lo posible por no mirar. 

Pero como cuando Narciso se paró dentro del río y vio por primera vez lo feo de su trasero, la cara abandonada de Puerto Rico ya no se tapa con parrandas de algarabía neurótica y forzada, aturdidos con concursos de belleza insoportablemente inocuos, de pendejísimos juegos televisivos, de triunfos deportivos como sustitutos de un propósito de país. ¿Quiénes somos? No somos los creadores por nuestro esfuerzo colectivo de logros que mostrarle al mundo. Somos los que “ganamos” la medalla de oro en volibol porque un grupo de muchachas boricuas demostró tener tesón mientras el resto del país las miraba despatarraos desde su sofá subvencionado. 

¿Y cómo se construyen esos logros? Qué deberíamos poder mostrar al mundo en tecnología, en investigación en la salud, en conservación del ambiente, en las artes, en innovación industrial, en la calidad de vida y —sí, también— en los deportes? ¿Quién se encarga de hacer eso en otros países? Lo empieza haciendo la juventud que se aúpa; con el respaldo de una sociedad que los alienta e invierte en ellos. Bill Gates y Steve Jobs a los 20 años; incentivados a inventarse un mundo que no existía. Sólo que aquí no se aúpa. Ni se alienta. 

Aquí se le alcagüetea si es pudiente o se la deja tirada si no. Y se le entretiene dándole cosas para que se defienda sola y no fastidie. Y al que es hijo de pobre se le encierra en escuelas que parecen cárceles, hasta tanto se dejan encerrar. Y se les trata de enseñar a sentarse en filas en pupitres y levantar la mano para pedir ir al baño, pero no se les enseña a pensar. 

Porque pensar y creer en sí mismos no está en el currículo de las pruebas puertorriqueñas. Nada out of the box.  Forguetéalo.  De allá no nos mandan cosas para que seamos innovadores; nos las mandan para acatar, no para complicar. Innovamos en vez en las formas de hacerle trampa a los gringos... o a nosotros mismos. El jaiba buscón es nuestro superhéroe nacional. Mándennos más. 

Y mientras los pudientes se jartan y mandan a sus hijos a escuelas buenas los pobres no se educan. Porque aunque algunas necesidades inmediatas se puedan aliviar dando cosas, para la educación no basta con “dar”. Porque la educación no consta sólo de edificios, de cosas o de recursos. Ni tan siquiera de libros ni horas de maestros. No se trata de una bolsa que hay que llenar echándole cosas como carrito de supermercado. Llevamos un siglo de dar como sustituto de educar, y los resultados han sido desastrosos. Porque la educación cuando ocurre en cualquier parte ocurre en las comunidades más que en las escuelas. 

*La segunda y última parte de este artículo será publicado el lunes, 13 de febrero de 2012.

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