Del ataque policial del 21 de agosto de 2009 y de algunas de sus consecuencias

 

A cada instante de su existencia, la policía recuerda al Estado la violencia, la trivialidad y la oscuridad de su origen. 

–Tiqqun, Introducción a la guerra civil

La noche del 21 de agosto de 2009, la Avenida Universidad en Río Piedras fue escenario de un ataque policial que afectó a comerciantes, residentes y consumidores principalmente universitarios. Entre la multitud que desborda la Avenida los fines de semana se encontraba una diversidad de jóvenes, algunos familiarizados ya con el ambiente hostil del área metro, y otros provenientes de diferentes lugares de la isla y que, a una semana de haber comenzado el semestre académico, se iniciaban en la interacción con el entorno urbano.

Y esa fue su bienvenida, el espectacular y violento acto policial que pretendía controlar el espacio y los cuerpos que en él se mueven. Pero esa brutal movida policial, reflejo de un Estado al que sólo le queda un vacuo poder sin autoridad, logró más bien desatar una cadena de sucesos que se extendieron más allá de esa ruidosa noche y de los contornos de la Avenida. 

A dos años de este acontecimiento vale la pena recordar y repasar algunas de las consecuencias que tuvo, pues este semestre que comienza es uno que, en palabras de El Comité Invisible, “augura bellas revueltas”, ya que los jóvenes universitarios, así como el resto de las personas posicionadas fuera del bloque de poder, seguimos estando bajo ataque. De este suceso hay mucho que rescatar, pues el mismo provocó, entre otras cosas, que jóvenes tradicionalmente evasores del activismo político se movilizaran por primera vez, dándole así un nuevo matiz al escenario de la acción social en Puerto Rico.

Los hechos de ese 21 de agosto pueden ser resumidos más o menos como sigue:

Agentes de la policía municipal de San Juan intervinieron con un joven que bebía una cerveza entre los desaparecidos locales La Torre China y el Café 103. Según varias versiones que circularon en la calle y en los medios sociales, al percatarse de la presencia policial, el joven botó la cerveza y entró a la Torre China, donde los policías entraron a buscarlo y lo sacaron violentamente hasta la acera. Esto fue el detonante de una desproporcionada movilización de fuerzas que desembocó en macanazos, arrestos y gases lacrimógenos que dejó a varios heridos.

Pero al menos también se reportó que patrullas fueron dañadas y que algunas personas no tuvieron miedo a defenderse. Lo que posibilitó el acto de represión fue la ordenanza municipal que prohíbe el consumo de bebidas alcohólicas fuera de los locales y de áreas designadas. Dicha ordenanza es un mecanismo legal más amplio y se basa en el discurso del miedo y la seguridad y en nada ha ayudado a bajar la incidencia criminal.

Contexto y algunas consecuencias del ataque

El policía corrupto y asesino ya estaba en la siquis general posiblemente antes de los linchamientos del Cerro Maravilla, y esta generación no sólo tiene en la memoria esos sucesos sino también la imagen viva del ex policía Javier Pagán Cruz asesinando a Miguel Cáceres. Así que, en general, por esas y muchas otras razones, ni siquiera el arma de reglamento ni mucho menos su placa le asegura respeto a ningún oficial. Los hechos del 21 se produjeron cuando apenas se empezaba a sentir los primeros golpes de un nuevo estilo estatal de ejercer el poder, nuevo al menos para esta generación, el estilo hardcore del neoliberalismo republicano, la forma dura, algo diferente al estilo soft con que nos clava el neoliberalismo cuando es agenciado por el Partido “Popular” “Democrático” (PPD).

El momento, el lugar y las víctimas del acto fueron factores determinantes para sus consecuencias. Pensando el contexto específico del área universitaria de Río Piedras, todo se desarrolló cuando el desaparecido restaurante y barra Café 103 de la Avenida estaba en pleno apogeo. El Café era refugio de jóvenes de las más variadas corrientes culturales del área metro; ahí jangueaban (y algunos prácticamente vivían) estudiantes, artistas, escritoras, junkies del cine la música y otras sustancias, miembros de bandas, turistas, poetas, gays, lesbianas, transexuales, bisexuales, o simplemente personas aburridas de la mediocridad creativa de la barra el Vidys y del folclor patriota cervecero de El Boricua.

Pero esa noche esa pequeña multitud fue removida a la fuerza de uno de los pocos espacios de goce y expresión donde podían sentirse a gusto. Grave error. Esto provocó no sólo la violencia de esa noche sino que activó el movimiento de una juventud hasta ese momento inamovible por la política, un grupo de personas no necesariamente pobres ni obreros sino más bien, como los describió Juan Duchesne Winter al comentar este suceso en Diálogo Digital: un “proletariado de producción afectiva, sensorial, simbólica, intelectual e imaginaria”.

Si se considera el conjunto de actividades políticas en las que luego muchas de esas personas participaron, algunas relacionadas al acto de abuso policíaco y otras que lo trascienden, se podría considerar entonces que lo sucedido esa noche fue sólo el primer choque de lo que fueron meses de exquisitas movilizaciones-confrontaciones que se extendieron hasta el año 2010 y parte del 2011. Lo exquisito fue, en parte, la diversidad de las personas implicadas. Desde ese atentado policíaco del 2009, rostros nuevos comenzaron a asomar por parcelas de las que sólo se ocupaba la militante izquierda tradicional (las organizaciones políticas).

Las movilizaciones

La primera movilización de protesta por lo sucedido fue al día siguiente del ataque, cuando un grupo de estudiantes que se encontraba reunido en el campus riopedrense de la Universidad de Puerto Rico llegó a manifestarse frente al cuartel de la policía estatal en Río Piedras. Allí se piqueteó, se pintaron graffitis en la acera y paredes exteriores del cuartel y se verbalizó la furia que, si no fuese por el control ejercido por algunos de los mismos manifestantes, se hubiese tornado en una confrontación física con la policía.

Pero fue en otra manifestación, en repudio a los mismos hechos y que tuvo mayor publicidad, donde se pudo notar mejor la nueva configuración política que surgió en parte como consecuencia del ataque del 21 de agosto de 2009. La manifestación tuvo lugar el martes 25 de agosto frente al cuartel general de la policía en Hato Rey. Hasta allí llegaron no sólo las organizaciones tradicionales como el M.I.N.H, el M.A.S, la F.U.P.I o la U.J.S, sino una retahíla de jóvenes no encausados y difíciles de encausar.

Entre las barbas, las banderas de Puerto Rico y las camisas del Che, se vieron camisas de bandas de rock, banderas rojinegras, bicicletas, máscaras teatrales, disfraces…. Y se escuchó la tradicional plena a través de la ruidosa tumba-coco, pero también se escucharon las carcajadas que arrancaron a más de uno los discursos que desde una plataforma gritaban viejos militantes y sindicalistas. Ese día se pudo notar que nos encontrábamos ante un nuevo y prometedor paisaje político de acción y resistencia, un paisaje multicolor, polifónico y refrescante que encontraría un lugar común en la Universidad Tomada durante la huelga de la Universidad de Puerto Rico en el 2010.

Apenas dos días después de esa manifestación, el 28 de agosto, se llevó a cabo otra actividad. Con el nombre “Paz en la Avenida Universidad”, un grupo de estudiantes organizó y convocó a un acto pacífico donde se presentó una obra de teatro en la acera, se pintaron obras alusivas al abuso policíaco y se presentaron grupos musicales exactamente frente al Café 103 y en los espacios donde tuvo lugar la afronta policial. Después de las 12 de la media noche, hora en que se supone llegara el “señor sereno” a mandarnos a dormir, la gente permaneció en la calle, obstruyendo el tránsito, bailando, cantando y bebiendo fuera de los locales, retando así a la autoridad, recuperando el lugar que se les pretendía arrebatar. Y no sólo era un reclamo al legítimo derecho de beber y joder, sino también una manifestación en contra de la violencia estatal y la represión; fue la reivindicación y recuperación de un espacio, de los vínculos y de las confabulaciones que el mismo posibilita.

 

En esas y en subsiguientes movilizaciones se fue forjando un nuevo estilo de lucha y resistencia que hizo posible la participación conjunta de consistentes sectores militantes que siguen la tradición de la organización política ideológica y de aquellos y aquellas que desconfían tanto del poder organizado a través del estado, como de la organización política que gira entorno a un dogma. Aquí se empezó a fraguar un movimiento donde las distinciones de clase, de pertenencia o de género importaban nada en comparación con el repudio y el rechazo hacia el autoritarismo y el paternalismo estatal que impera.

Pero, ¿será posible volver a articular a todas esas singularidades en un movimiento, o en muchos pequeños movimientos, micro-insurrecciones que no sólo respondan a la violencia burda del ataque físico, sino también a la violencia subrepticia, diaria y dispersa, aquella que no se condensa en un lugar y a una hora específica sino que acosa día a día a nuestra vida cotidiana? Por ejemplo, movimientos que respondan a la violencia de los despidos y el desempleo igual que a la del empleo explotador, a los recortes de ayuda social, a la mediocridad de la prensa corporativa y a los medios chatarra, al ataque a la educación y a la expropiación del conocimiento. En fin, que haga cuenta de todas las barreras que se nos levantan para llevar una vida más o menos deseable.

La situación actual es la del estado de excepción, de guerra civil generalizada como la describe Giorgio Agamben, así que la violencia estatal, los arranques de fuerza bruta dirigida directamente hacia un grupo específico como el que sucedió la noche del 21 de agosto del 2009, volvieron a suceder y pueden volver a suceder en cualquier momento. Hay que estar siempre preparados y, si se quiere, evitar la confrontación directa, pero también estar listos para la autodefensa. Y sobre todo, no dejarse intimidar.

*Fotos tomadas por Joel Cintrón Arbasetti. 

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