El cuerpo en guerra

(Para Charlene y para las miles de mujeres de nuestra patria/matria que sufren en sus cuerpos las guerras del machismo)

Me desperté convertida en una bandera

hecha girones de carne
ondeando en las fronteras de una patria que no me reconoce 

confusa

con franjas rojas por la sangre
de mis hermanas, de mis hijas,
de las mujeres que vinieron antes que yo 

estrangulada con la blancura falsa
de valores
que anulan con el verbo y la acción
mi propia humanidad 

aferrada a una estrella que me quema

el cielo no es azul para mí

Y decido recoger mis pedazos
arrancarlos de las manos de quien me ha roto el cuerpo
ser mi propia bandera
ser un cuerpo en guerra
y no el campo de batallas ajenas 

Me levanto
me defiendo
y reclamo mi vida
y con ella
            mis manos
            mis tetas
            mis piernas
                        mi vagina 

Y me reconozco
            me reconozco
            me reconozco
y la estrella ardiente ya no me quema
enciende mi corazón y me convierte
            en mi propia bandera
la que no se rinde
la que ama la vida
la que está dispuesta a defender su cuerpo
            nuestros cuerpos
            los cuerpos que se niegan a verse como pecado
la que no teme
la que se sabe con el derecho a defender su territorio humano
y lo defenderá 

Soy mi propia matria.

(poema de la rebelión corpórea)

Escribo esta columna (y este poema) desde Turquía, mientras junto a otras dos compañeras de Matria, participo del Foro AWID 2012. Un foro en el que el tema del cuerpo de las mujeres está muy presente y ha tenido que ser parte de las discusiones que estamos llevando a cabo sobre el tema del desarrollo y los derechos económicos de las mujeres del planeta.  La escribo, además, desde la indignación que siento ante todo lo que está pasando en nuestra Isla con nuestros cuerpos, los cuerpos de las mujeres.

No sólo hemos tenido que sufrir los titulares de la prensa en los que se reseñan las más recientes agresiones sexuales cometidas contra mujeres, jóvenes y niñas, sino que además, y para completar el cuadro de opresión que vivimos, ahora nos toca defender, a través de una estudiante universitaria, nuestro derecho a poseer, usar y definir nuestro cuerpo individual y colectivo. El juicio social ha sido duro. Jueces, periodistas, políticos, policías... todos han justificado las agresiones, han culpabilizado a las víctimas y han recurrido a la acción liviana, fácil y cómoda que les permite despachar estas batallas campales sobre nuestros cuerpos como eventos inconexos que sólo son interesantes desde el punto de vista del sensacionalismo y el morbo mediático.

Sé que no digo algo nuevo cuando hablo de los cuerpos de las mujeres como campos de batalla. Unos campos que, desde nuestra lamentable tradición judeo-cristiana, son considerados como sucios, pecaminosos y escandalosos.  Somos un instrumento, además, de control económico y social. A quién le parimos, a quiénes parimos, cómo y cuando parimos... es algo que está más allá del control real de muchas mujeres porque dar a luz al resto de la humanidad define la manera en la cual se distribuyen las riquezas y el poder.

Somos una tierra deseable, objetos de mercadeo y venta y a la vez unas demonias a quienes se debe someter a la obediencia.  El cuerpo de las mujeres sigue siendo definido en función del pensamiento patriarcal y de las necesidades de un sistema económico que se escuda tras las principales religiones del planeta y manipula la fe de sus creyentes para hacerles creer que nosotras y nuestros cuerpos estamos al margen de la divinidad y de la bondad.

Si nos compran en una calle, si bailamos en un tubo, si nos exhibimos en un anuncio de automóviles, si terminamos en un póster en un taller de mecánica, inmediatamente se nos ubica en una categoría humana inferior, de servidumbre y hasta de ilegalidad, pero ese comprador, ese observador, ese hombre que con su dinero y auspicio nos "compra", se mantiene en un estado de superioridad moral y económica que imposibilita toda idea de equidad y de justicia social. En la medida en que se nos considera objetos, se nos resta la posibilidad de ejercer una ciudadanía plena.

¿Podemos decir que tenemos una patria cuando esa patria no nos reconoce? ¿Podemos defender una patria que no nos defiende? Cuando un país y sus instituciones sociales eligen criminalizar el cuerpo de las mujeres -tal y como hizo al arrestar a la estudiante Charlene González De Jesús- está dando la espalda a nuestra existencia plena. Nos encierra en un armario de prejuicios del cual sólo tenemos derecho a salir cuando el amo (¡o los amos!) nos da permiso. Eso equivale a convertirnos en unas apátridas: Mujeres sin derecho a sentirse parte de un país, exiliadas de nuestros cuerpos y de nuestras vidas.

En Puerto Rico al día de hoy, los cuerpos de las mujeres son campos de batalla devastados por el fundamentalismo religioso, el conservadurismo gubernamental y la hipocresía de los líderes políticos que seguramente disfrutan plenamente de sus propios cuerpos y que prefieren guardar silencio con una mojigatería que les debería avergonzar. Acuso a esos líderes, a las iglesias cuyos discursos sólo contribuyen a reprimir el cuerpo humano y a verlo como pecado y a las empresas que se lucran de la venta de nuestra sexualidad, de todas las agresiones sexuales, la violencia en relaciones de pareja y la represión de expresiones políticas legítimas que hoy nos avasallan. Pero también asumo parte de la culpabilidad, y creo que el resto del país debe asumirla. Porque en la medida en que guardamos silencio, miramos a otro lado o nos sentimos con demasiado trabajo como para apoyar las acciones de defensa de nuestra humanidad, nos hacemos cómplices de quienes nos agreden.

Más allá de ser campos de batalla, las mujeres debemos reafirmarnos como guerreras. Hablar de guerra, desde un discurso de paz puede resultar contradictorio pero la realidad es que hay muchas maneras de librar batallas. Las guerras pacíficas pueden librarse desde la palabra, la resistencia pacífica, la desobediencia civil... pero, ¿qué hacer en medio de un ataque violento?  Defenderse con todos los medios a nuestro alcance aunque esa defensa obligue a actuar desde la violencia. Y cuando eso ocurre, la legítima defensa debe ser validada por la sociedad.

¿Tenemos patria las mujeres de Puerto Rico? Yo me niego a contestar que sí cuando sé que vivo en un país que no me ve y que no ve a las miles de mujeres que día a día viven despojadas de sus derechos humanos, de su dignidad y de sus propios cuerpos. Sin embargo, no crean que estoy haciendo un llamado a renunciar a la patria. Al contrario, mi llamado es a reivindicarla por todos los medios que sean necesarios. A reclamarla desde las mujeres y desde los hombres que nos respetan, nos ven y nos aman, más allá de luchas binarias. Yo quiero sentir que amo a una patria que me pertenece y que también es una matria.

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