Más allá del lelolai. Memoria y folclor.

De un plumazo se acabó la “puertorriqueñidad.” El Departamento de “Educación” de Puerto Rico hace ya dos años convirtió los festejos de indios y pasteles en las escuelas en una dedicatoria a los Estudios Sociales, guatever dat mins. El año pasado pensaron en la tecnología, y este año se la dedicaron a los “valores” como la famosísima y reveladora “Promesa de hombre” de Fortuño, para enseñar a nuestros niños a que la cumplan como él. Aunque, por supuesto que no estoy de acuerdo con que los únicos espacios que hay en nuestras escuelas para relacionarse con la tradición cultural de Puerto Rico se eliminen, creo que quienes vengan detrás de este temporal estacionario que vivimos pueden aprovechar la calamidad para empezar con un proyecto nuevo.

Debíamos debatir si la fecha más indicada es precisamente cuando empezaron nuestras milenarias tragedias nacionales o si por ejemplo, una fecha como el 23 de septiembre va más de acuerdo con enseñar a las nuevas generaciones de ciudadan@s una visión más urgente: la de un país que, muy a pesar de su historia, tiene referentes de digna resistencia y clara reivindicación. Como sospecho que esa idea no tendrá much@s adept@s entre quienes podrían advenir al poder, imagino que aún desde la recordación del 1493 se pueden hacer cosas interesantes.

Podemos dejar atrás las veladas de niñ@s vestid@s de indígenas, estampas de jibarit@s e incursiones en la mal llamada poesía “negroide.” En su lugar podríamos armar un proyecto  que dejara de crear una nacionalidad “light”, festiva e irresponsable que nos permite levantar el puño en una noche de bohemia y luego salir corriendo a decir que la colonia es “un estado mental”.[1] Ese festejo puertorriqueñista muere donde mismo nace. Por eso, necesitamos una propuesta fresca, que bien puede comenzar por el reconocimiento e impulso de un folclor que, en Puerto Rico, ha sido injustamente escondido y negado.

El estudio del folclor, equivocadamente se sigue viendo por much@s como un afán de coleccionar aquello que ya no tiene uso, aquello que, nostálgicamente nos ata al pasado, como algo que siempre fue mejor. Para quienes estudiamos el folclor, la folclorística es una disciplina y se basa en el reconocimiento de que el folclor comunica el conocimiento de los grupos. Proporciona referentes diferentes y, a la vez, promociona y produce un conocimiento alternativo: entre otros, el de los subyugados, para usar el término de Foucalt (en Sturken 6). Igualmente, el estudio y el reconocimiento del folclor nos pueden alejar del razonamiento hegemónico que, en nuestro caso se ha incrustado en la mente de un amplio sector de nuestro pueblo. Es sensato pensar que este proceso ha tenido en el acoso a la memoria un aliado poderoso.

El teórico poscolonial Ng?g? wa Thiong’o, en su visita a Puerto Rico,[2] nos recordó la teoría de Spenser para sofocar al pueblo irlandés: “atacar la memoria del pueblo”, receta que no es difícil comprobar que se ha usado en nuestro país. Atacar la memoria es echar al olvido que hemos sido un pueblo abusado, maltratado y que la vuelta a esa memoria es un ajuste de cuentas que nos debemos para reencontrar las tristezas, los dolores y los abusos, pero también las estrategias y la voluntad que nos han permitido sobrevivir y que explican lo que somos hoy.[3]

Relegarlo es poner de manifiesto que nos tenemos miedo a nosotros mismos.[4] La memoria, nos ha dicho  Marita Sturken, se puede definir como aquello que “forms the fabric of human life, affecting everything from the ability to perform simple everyday tasks to the recognition of the self [...] As the means by which we remember who we are, memory provides the very core of identity” (1). Otra característica de la memoria es que “is the means  by which its divisions and conflicting agendas are revealed“ (refiriéndose a la cultura) (Sturken 1).

Mis relaciones afectivas y académicas con el cuento folclórico puertorriqueño me han mostrado las consecuencias de ningunear un material cultural que nos pertenece a tod@s. Contamos con colecciones, bastante inaccesibles y problemáticas,[5] pero suficientes, para que podamos afirmar que entre esos cuentos hay pistas para contarnos otra narrativa de la cultura puertorriqueña, un relato inclusivo y abarcador que contenga los recuerdos y memorias de los sectores más empobrecidos y más resistentes. Pero no basta con que existan esos materiales, porque existen sólo para quienes saben que existen, para quienes tienen medios o educación formal suficiente para ir a buscarlos. Podría decirse que, en ocasiones, ha sido parte del discurso oficial.

Pensemos, por ejemplo, en los dos o tres archiconocidos cuentos de Juan Bobo. Esta narrativa se ha incorporado al canon popular, pero no se ha contextualizado a la par con las investigaciones que existen para entender este personaje de manera subversiva.[6] Al descartar ese “conocimiento subyugado”, por no tener “autoridad” o pertenecer a los sectores supuestamente “ingenuos” no se les concede espacio de legitimidad. Al enfatizar en Juan Bobo como un personaje tonto e inofensivo, al ocultar ese conocimiento que se derrama a partir de nuestra memoria popular, al sustituir nuestros productos culturales con los ajenos y al desinfectar nuestro folclor, tanto que hasta las grandes corporaciones, megatiendas y comercios se sienten cómodos usándolos, se ha obstruido el flujo de esa memoria.

La experiencia de repetir muchas veces la misma conferencia sobre los cuentos de tradición oral afropuertorriqueña me ha convertido en aprendiz de cuentacuentos. Sin gracia, pero con conciencia, he contado algunos cuentos de la tradición oral ante audiencias benévolas y entusiastas: en los portones de la huelga estudiantil de mi Recinto, por ejemplo. En todas he visto las mismas caras de incredulidad ante el material y en la celebración del Centenario de don Rafael Cepeda, una mujer joven espontáneamente verbalizó lo que dicen esas caras consistentemente:

“¿Dónde he estado yo todos estos años?, ¿por qué nadie nunca me había hablado de esto?” Una maestra que estaba en el público al oírme contar el cuento de la apuesta entre el caballo y la jicotea[7] con voz de epifanía me dijo algo así: “se me hará más fácil explicarles a mis estudiantes que la tortuga ganó la apuesta con la colaboración de sus hermanas jicoteas, que por arte de magia como es en el cuento que siempre se cuenta”.

Los personajes de la narrativa afropuertorriqueña nos muestran que ante la injusticia y la desigualdad que provoca el poder, el ingenio, la sagacidad y la solidaridad entre iguales es una salida eficaz.[8] La historia de la humanidad da frecuente cuenta de que lo que nos propone la ficción en la realidad es perfectamente comprobable. Igualmente la narrativa folclórica nos ofrece referentes sobre personajes que se rebelan con su situación y encuentran salidas para cuestionar y cambiar su realidad.[9] De igual forma, la memoria popular puertorriqueña guarda manifestaciones folclóricas que de conocerse y revivirse representarían genuinos foros para la reflexión colectiva de las narrativas que nos han impuesto.[10] Es la memoria la que le da coherencia y continuidad al presente (Lawless 129), por eso atacarla es interrumpir el flujo que le da sentido y contexto a lo que somos hoy. 

Mientras en Puerto Rico la escuela se entretiene con el power point y las promesas de hombre, en otros lugares se debate la función de la escuela, la complicidad de la educación, el peligro de la estandarización y su institucionalidad como promotora de la homogeneización (Meyer and Alvarado, passim). Igualmente, en otros países proponen la gestión comunitaria y sus valores como procesos alternativos para la educación. Si en otros espacios puertorriqueños la gestión comunitaria está dando sus frutos contra viento y marea, por qué la escuela no puede ser parte de ese cambio de paradigma. La representación de los cuentos de tradición oral, por ejemplo, fueron, en sí mismas, manifestaciones comunitarias y  nos prestan otra mirada. 

L@s puertorriqueñ@s tenemos muchos asuntos sin discutir, tenemos una agenda inconclusa: la de reconocernos en otro espejo que no sea el de la descomposición, la desidia, la dependencia y en último extremo, el espacio del no ser. Nuestra memoria folclórica, en lo que a cuentos se refiere, contiene muestras de personajes que se enfrentan a la desigualdad, que se nutren de la solidaridad, que rechazan el abuso, que cuestionan las políticas sociales y que nos enseñan a celebrar la cultura como algo inclusivo, que nos relaciona con nuestros ancestros y que nos habla desde y para nosotr@s mismo@s. Al mirar hacia atrás, y hay que mirar hacia atrás, nuestr@s estudiantes deben saber  dónde encontrar los referentes  que nos muestren como un pueblo creativo, resistente y vigoroso.

*Las imágenes pertenecen a lxs artistas Joe Cepeda y María Antonia Ordóñez.

Notas:

[1] Mientras la opinión pública debatía quién sería el candidato a comisonado residente en Washington, uno de los mencionados, Eliseo Roqué, respondía así a la pregunta de si el ELA era una colonia.

[2] El profesor wa Thiong`o visitó el Recinto Universitario de Mayagüez en abril de 2009 para la celebración de la Semana de la Lengua.

[3] Elaine J. Lawless ha escrito sobre el papel del folclor en la recuperación de los conflictos y traumas personales y familiares (véase bibliografía).

[4] Uso la frase un poco partiendo del contexto en que la usa Fernando Picó en su ensayo del mismo nombre:”Siempre el afán de restringir la libertad de movimiento, de mantener bajo control y sobre todo de segregar las clases sociales y los sectores ideológicos[...] A todos los miedos históricos, desde los caribes hasta los filibusteros, desde los cimarrones hasta los comunistas, hemos añadido el miedo a nosotros mismos” (en Leer para escribir, 322.).

[5] Por las técnicas que se usaron para recopilar los materiales, entre otras razones.

[6] Lillian Guerra dedica algún espacio a una lectura inteligente y provocadora sobre los cuentos de Juan Bobo y su papel como contralectura de los planteamientos de la intelectualidad puertorriqueña perteneciente a la generación del treinta.

[7] Se refiere al cuento africano de la carrera entre un caballo y una jicotea. La jicotea vence al caballo cuando logra que sus hermanas jicoteas se coloquen en lugares estratégicos hasta el lugar de la meta. (Julia Cristina Ortiz Lugo. De arañas, conejos y tortugas, Presencia de África en la cuentística de tradición oral en P.R. San Juan: CEA, 1995).

[8] Por ejemplo, los personajes afropuertorriqueños de la Araña, el Conejo y la Jicotea resuelven sus asuntos recurriendo a la astucia, a la agudeza y a otras “tretas del débil.”  Pueden verse: “Compay Araña y el buey,” “La jicotea y el caballo,” “Compay Conejo y el tigre” (en Ortiz Lugo).

[9] Tenemos cuentos de esclavos en los cuales los esclavos utilizando la sutileza, la majadería y la negociación cuestionan y se enfrentan a la desigualdad del sistema esclavista (“El esclavo y la mina”, “La venta del esclavo.” Narración de la tradición oral contada por Loida Figueroa, 1978,  sin publicar). Igualmente contamos con el personaje de una mujer negra trabajadora que recurre al engaño y al encantamiento como medios para lograr la equidad negada por su raza: ”La palomita.” ( Rafael Ramírez de Arellano. Folklore portorriqueño. Madrid; s.e, 1920).

[10] Es a este tipo de memoria, la que se enfrenta a los discursos oficiales a la que Foucalt le llama, contramemoria.

Lista de referencias:

Alvarado, Lois Meyer and Benjamín Maldonado. Indigenous Resistance. San Francisco: City Lights Books, 2010.

Lawless, Elaine J. «Folklore as a Map of the World: Rejecting ’Home’ as a Failure of the Imagination.» Journal of American Folklore (2011): 127-144.

Ortiz Lugo, Julia Cristina. De Arañas, conejos y tortugas. Presencia de África en la cuentística de tradición oral en Puerto Rico. San Juan: CEA, 1995.

Picó, Fernando. «El miedo a nosotros mismos. Ritos de reclusión y encerramientos.» Arroyo, Elsa y Jullia Cristina Ortiz Lugo. Leer para escribir. Río Piedras: Plaza Mayor, 1994. 318-322.

Ramírez de Arellano, Rafael. Folklore Puertorriqueño. San Juan: s.e., 1926.

Sims, Martha and Martine Stephens. Living Folklore. An Introduction to the Study of People and Their Traditions. Logan: Utah State University Press, 2005.

Sturken, Marita. Tangled Memories. Berkeley: University of California Press, 1997.

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