Nueva York, memorias de otros

“This happened to me the first week I was in New York (Brooklyn), over fifty years ago”.[1] Es una expresión que puede ser pronunciada por diversos inmigrantes establecidos en Nueva York desde hace más de cinco décadas. Sucesos habituales, anécdotas reconocibles, recuerdos de la urbe neoyorquina. Las escribió el puertorriqueño Jesús Colón (1901-1974), cayeyano, negro, quien durante su niñez emigró con su familia al Viejo San Juan, de donde se trasladaron a Nueva York en el 1917.

De niño comenzó a escuchar las crónicas de los tabacaleros y la lectura de textos clásicos de la literatura universal y la obrera socialista en su pueblo natal. En la adultez, pasó a ser un intelectual autodidacta y protagonista de las luchas comunitarias de la diáspora como organizador sindical, fundador de organizaciones cívicas y culturales, miembro del Partido Comunista y escritor prolífico desde la perspectiva de la clase obrera. Pero, esencialmente, fue un cronista de la memoria histórica colectiva.

Otros boricuas también escribieron crónicas o memorias de sus peripecias en ese ámbito social. Son harto conocidas las Memorias de Bernardo Vega, editadas por César Andreu Iglesias.[2] Cabe aseverar que Jesús Colón y Bernardo Vega compartieron no sólo el lugar de nacimiento a inicios del siglo XX y la práctica de los oficios de la industria del tabaco, también los afanes de los obreros organizados y la vocación de cronistas de la comunidad puertorriqueña en Nueva York.

Ambos legaron textos significativos para la comprensión del quehacer histórico y cultural de ellos y tantos otros. Igualmente podemos afirmar de la autoría de Joaquín Colón, hermano de Jesús.[3] El hilo conductor en todos los casos es la memoria personal que registra el devenir de la identidad colectiva, no como recuerdo, sino “para garantizar que algo ocurrió antes de que nos formásemos el recuerdo de ello”,[4] en palabras de Paul Ricoeur.

 

Gracias a la labor archivística e investigativa generada por el Centro de Estudios Puertorriqueños, Hunter College, depositada en los Archives of the Puertorican Diaspora,[5] ha sido posible reconstruir esas memorias de otros. Juan Flores, Edna Acosta Belén, Virginia Sánchez Korrol, Carmen Teresa Whalen, Edwin Karli Padilla, Félix Matos y Pedro Juan Hernández, entre otros académicos, han investigado y publicado al respecto. Estudios todos que ahondan en los significados explícitos e implícitos en las crónicas, y otros documentos, redactados tanto en inglés como en español, por épocas y siguiendo objetivos guiados por el compromiso con la comunidad inmigrante, en el caso de Jesús Colón, para demostrar así la intensa vida de los emigrados.

Dicho género literario adquirió en Nueva York características peculiares denominadas por Edwin Karli Padilla “la democratización de la crónica”. El periodismo de clase obrera se alimentaba de aquel contexto social donde la ciudad, al principio inhóspita para los recién llegados, propiciaba los espacios alternos para el discurso obrero de entonces. Colón y Vega vivieron y escribieron intensamente a partir de un activismo político siempre ligado al vecindario, la clase obrera, la marginalidad, la patria ausente no como un referente añorado y anquilosado en el recuerdo, sino como país todavía por hacer, y la construcción de un imaginario de la identidad puertorriqueña en suelo extraño.

Incluso, la relación solidaria entre ambos emigrados encontró expresión ideológica en los trabajos publicados en el semanario Gráfico, del cual Vega fue propietario y Jesús Colón colaborador frecuente entre los años 1927 a 1929. Desde sus páginas reflexionaba gráficamente a la vez que exhortaba a entender la vida como aprendizaje en la universidad de la vida: “La vida es la eterna universidad… Vivir luchando es vivir aprendiendo y olvidando que a veces es una manera de aprender”.[6]

Probablemente, el aporte de las Memorias de Bernardo Vega es más conocido por la difusión que ha tenido la edición de César Andreu Iglesias desde la primera aparición en 1977. Han sido, como hemos dicho, los estudios sobre la diáspora puertorriqueña los que llaman la atención sobre otros actores. Digo captar la atención no en el sentido de adoptar un enfoque biográfico. Me refiero al quehacer de ellas y ellos en el proceso de las experiencias pioneras de los inmigrantes puertorriqueños en New York durante las primeras décadas del siglo XX. Sí, se trata del entendimiento imprescindible de las vivencias y sobrevivencias inherentes a la realidad diaspórica para trazar la historia de la comunidad puertorriqueña en suelo estadunidense.

La memoria de ese otro, de esos otros, se encuentra en las crónicas inicialmente moralizantes de Jesús Colón en Gráfico, Vida Alegre (1931) y El Curioso (1934-35) -preocupado por las costumbres de los boricuas, a los cuales intenta educar- como los temas de orden sociopolítico que amplían sus miras más allá, hacia la comunidad hispana en general, publicados en Pueblos Hispanos (1943-1944).

Y para la comprensión de la evolución de su pensamiento político sobre el tema de la independencia de Puerto Rico o su visión internacionalista obrera, escritos que guardan vínculos estrechos con el contexto político mundial de la época, no solo el neoyorquino o la realidad puertorriqueña, figuran las aportaciones periodísticas a Liberación (1946), The Daily Worker (1955-57), Mainstrean (1957-1959), The Worker (1958-68) y The Daily World (1968-74). La mayoría de los artículos están contenidos en las recopilaciones ya citadas: The Way it Was and Other Writings A Puerto Rican in New York and other Sketches y “Lo que el pueblo me dice”.

Por otro lado, recomendamos, además, el ensayo panorámico gráfico de Félix V. Matos Rodríguez y Pedro Juan Hernández para la colección Images of América, titulado, Pioneros: Puerto Rican in New York City [1896-1948], edición bilingüe.[7] Obra que expone eventos de la vida de los llegados a esa ciudad y el desarrollo de las raíces culturales que abrieron paso a otras generaciones de puertorriqueños hasta el presente.

La memoria y el olvido frecuentan los mismos lugares al mismo tiempo. Quienes plasmaron sus memorias y crónicas en páginas periodísticas desde la diáspora fueron deudores de otros con quienes anduvieron, lucharon, amaron y aprendieron que no es la apatía la actitud idónea para abrir caminos y romper el cerco del aislamiento cuando se es extranjero en cualquier lugar. Escribieron para recordar, pero, sobre todo, para que otros no olviden que en el territorio de donde se emigra o a donde se llega “los cambios tienen, sin embargo, su largo, despacio y muchas veces inadvertido proceso de desarrollo”.[8] Es mejor no olvidarlo.

 Notas: 

[1] Jesús Colón, The Way it Was and Other Writings (Edited and introduced by Edna Acosta-Belén and Virginia Sánchez Korrol) (Houston: Arte Público Press, 1993), 33.

[2] César Andreu Iglesias (Editor), Memorias de Bernardo Vega: contribución a la historia de la comunidad puertorriqueña en Nueva York (Río Piedras: Ediciones Huracán, 1977).

[3] Otro trabajo importante de Jesús Colón es: A Puertorican in New York and other Sketches (New York: International Publishers, 1961), Edwin Karli Padilla (editor), “Lo que el pueblo me dice…” (Houston: Arte Público: Press, 2001); también puede consultarse la obra de su hermano Joaquín Colón López, Pioneros puertorriqueños en Nueva York (1917-1947) (Houston: Arte Público Press, 2002).

[4] Paul Ricoeur, La memoria, la historia, el olvido (México: Fondo de Cultura Económica, 2008 [segunda edición en español]), 23.

[5] Hunter College, Center for Puerto Rican Studies, Archives of the Puertorican Diaspora, online.

[6] Jesús Colón, Edwin Karli Padilla (editor), De la universidad de la vida, en “Lo que el pueblo me dice…” (Houston: Arte Público: Press, 2001), 59.

[7] Felix V. Matos Rodríguez y Pedro Juan Hernández, Pioneros: Puerto Ricans in New York City (1896-1948) (Charleston, SC: Aradia Publishing, 2001).

[8] Jesús Colón, Edwin Karli Padilla (editor), El mundo avanza, en “Lo que el pueblo me dice…” (Houston: Arte Público: Press, 2001), 146.

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