Salir del clóset: borrador de auto-ayuda 3

Al fin y al cabo, son ellos los que nos han metido en el armario y el cabreo es comprensible. Es una liberación, como salir de la cárcel, y para ello no hay que pedir permiso. Es un acto revolucionario. Nada de contemplaciones con el carcelero ni con quienes silenciaban nuestra prisión, la incentivaban o promovían como fuera. El factor sorpresa es fundamental. Para romper el hielo es suficiente. Luego, poco a poco, sin bajar nunca la guardia, se puede ir llegando a un tono de conversación habitual, sin perder la naturalidad ni la espontaneidad nunca (a estas alturas convendría haberse quitado ya el disfraz de Rambo). Y sin mostrar flaquezas, debilidades ni miramientos.
-Ricardo Llamas y Paco Vidarte, “Cómo salir del clóset sin patetismos: entre la ironía y la revolución”.

¿Cuándo puede ser revolucionario?

En la entrega pasada comentaba cómo a una no le da la vida para salir del clóset. Cuando una piensa que ya lo ha hecho demasiadas veces y se frustra e indigna porque nadie debería verse obligadx a “salir” si no lx hubieran encerrado allí en primer lugar, se presenta otra ocasión en la que hay que salir o callar. Todavía recuerdo la primera vez que salí del clóset frente a mi madre, mi hermana y mi hermano. Pensé, ingenuamente, que sería la primera y última vez: si mi familia inmediata lo sabía, ¿quién más me importaba? Pero me equivoqué. Siguió y sigue ocurriendo, muchas más veces. Sin embargo, cada vez ha sido distinto, aunque no mejor ni más fácil necesariamente.

Aquella primera vez mi salida del clóset se debió a la violencia homofóbica más mezquina: un tío iracundo y resentido le había reprochado a mi madre tener dos hijas con una moral cuestionable a propósito de una discusión por dinero. Mi madre nos defendió a capa y espada y aseguró que aquella acusación era una vil y simple calumnia. Entonces se dio a la tarea de argumentar que “eso” que decía mi tío a medias, cobardemente, era una mentira. Nos lo contó temblando de rabia. ¿Cómo se atrevía su hermano a difamar a sus hijas? ¿Quién era él para decir tamaña falsedad?

Mi hermana y yo, después de ponderar las consecuencias, decidimos hablar con mi madre en formato de cumbre familiar, como le llamamos, para despejar dudas de una vez y por todas y para atajar la afrenta del tío. Convocamos a mi hermano y a mi madre. Iniciamos un diálogo razonable en el que insistíamos en que mi madre no se dejara ningunear por su hermano bajo ninguna circunstancia. Él ni nadie tenía derecho a maltratarla por nada. Al principio, la cumbre parecía un diálogo de clan solidario. 

Pero en el momento en que mi hermana se adelantó a decir que “eso” que mi tío insinuaba era verdad, mi madre se puso doblemente iracunda. De pronto, su pobre hermano era profeta y nosotras unas sinvergüenzas que le ocasionábamos el dolor más grande. Lloró, gritó, reclamó. Deseó que fuéramos cualquier otra cosa menos “eso”. Y, finalmente, se enojó y calló.

El proceso de salida del clóset con mi madre duró varios años. A ratos pienso que no ha concluido, pero ciertamente los términos se han redefinido. Ya no se trata de una reacción a la homofobia ajena, sino de una afirmación decidida y firme que se niega a volver al silencio y al oprobio. Ya no se trata de una mentira tras otra cuya cadena concluye en una escena melodramática y patética, sino de un grito dignificado y asertivo que reclama derechos negados. 

Como proponen Llamas y Vidarte en el ensayo citado en el epígrafe, salir del clóset no debe suponer una humillación más. Por el contrario, debe ser un contra-ataque, una bofetada a esa sociedad indecente que recluye lo otro, aquello que estorba su frágil lógica normativa. Salir del clóset puede ser un acto revolucionario si se configura a partir de nuestros términos, condiciones y medios. Pero si no es a nuestra manera, no debe ser. Si no ocurre cuando nuestras circunstancias lo permitan y lo decidamos nosotrxs, entonces puede convertirse en una violencia aun mayor.

Salir del clóset puede ser revolucionario cuando se articula como ataque a las convenciones sociales más estériles y falsas. Puede también serlo cuando se orquesta como iniciativa colectiva, a lo Fuenteovejuna, contra la homofobia institucionalizada. Puede ser revolucionario cuando ocurre y es posible tal como lo describen Llamas y Vidarte. Pero no siempre puede ser así. No puede serlo en todas las ocasiones ni para todas las personas.

¿Cuándo no debería ser?

Salir del clóset puede ser terriblemente demoledor si no ocurre según nuestros designios y bajo ciertas condiciones. Puede significar mayor persecución y discrimen. Puede significar perder la escasa seguridad material con la que muchas personas cuentan; quedarse en la calle; perder la manutención de las madres y de los padres. No podemos perder de vista que salir del clóset tiene un perverso eje de clase. No es lo mismo salir del clóset cuando se tiene autonomía material y hasta riqueza, que cuando no se tiene.

Salir del clóset implica también otros ejes de cuya consideración no podemos prescindir. No es lo mismo salir del clóset en el campo que en la ciudad. No es lo mismo si se nació en un género o en otro o si se nació con un cuerpo que no nos corresponde. No es lo mismo salir del clóset en la universidad que en tantos otros escenarios.

En una palabra, salir del clóset es tremendamente coyuntural. Puede o no ser revolucionario. Y sabemos que no todxs nos vemos obligadxs a hacerlo. ¿Quién tiene una cumbre familiar para declarar que es heterosexual?

A fin de cuentas, salir del clóset debería no ser. Nadie debería tener que “salir” porque nadie debería ser metido nunca. Esxs que nos meten en el clóset deberían verse iluminadxs por una revelación justiciera: el deseo tiene su propia lógica y, entre iguales, no hay nada escrito. Salir del clóset debería ser una experiencia en desuso por innecesaria pues ya nadie estará en ningún clóset.

Mientras llega ese día, tengamos la mesura de no recetar la salida del clóset a nadie. Respetemos los procesos de cada quien y seamos solidarios. Trabajemos, desde nuestra esquina y como nos sea posible, para que algún día, muy pronto, nadie tenga que ser mártir, heroína ni víctima. 

Ver vídeoBabel en TVE - Reportaje: Sin miedo a salir del armario

Lista de imágenes:

1. Jamis Coda, Coming Out of the Closet, 2012.
2. Sherisse Álvarez, Cracked, 1997. 
3. Sherisse Álvarez, You Remind Me of Light, 1997.
4. Sherisse Álvarez, Self-Portrait in the Mirror, 1997. 

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