Sochal Uelk

I

Es una peligrosa mezcla de tendencias, olores, poderes, voluntades y costumbrismos, rezagos todos de pasados remotos aún presentes. Eso es lo que anida en el actual sandungueo comunitario que, concurrentemente con la crisis, afecta al país. Es imposible no evocar una Alicia venida a menos, ahora sumida en la tierra de las pesadillas, risueña, tratando de salvar al mundo un “huerto urbano a la vez”.

Tampoco escapa de la vista la más que evidente expiación de culpas, sea en clave católica-romana-apostólica o (la menos chic pero igual de tentadora) versión judía. Pero sobre todo, esta corriente comunitaria parece tomar como punto de partida una incesante crítica a la creación y producción de conocimiento teórico y filosófico, y su alegada falta de “contenidos prácticos”.

Esa es la base de su crítica. En realidad: esa es su única crítica, propósito, objetivo o meta: una suerte de “instrumentalización del saber” (como advirtiera en su momento Horkheimer junto a Adorno). Es por ello que este saber post-teórico/crítico debe recurrir a toda una plétora dispar de discursos menores para poder armar su parloteo, menores dada su débil capacidad de explicación.

Pero, por supuesto, ni siquiera se puede precisar si los interlocutores de este “dispositivo de saber” tienen conciencia de las bases teóricas y filosóficas de su hablar y proceder, y que también le ofuscan sus maneras de pensar. Entre estos no existe la duda. Es un estreñido acto de buena fe sazonado con ingenuidad, que le permite a los integrantes del combo post-teórico/crítico dar por bueno el legado de otros (sin siquiera preguntar por qué). Ello no impide, sin embargo, su puesta en escena como dispositivo que aspira a producir “verdad,” y así desbancar todo aquello que no tenga ni posea “valor práctico” (esto de acuerdo a las coordenadas que estos mismos, sin saberlo, imponen).

Dada su debilidad conceptual y la ingenuidad de quienes lo practican, es posible entender este saber post-crítico/teórico como una de esas armas de que, sin quererlo, Mandrake activa en Dr. Strangelove. Pero esta tiene doble filo/cara.

II

Al abordar lo que algunos han llamado la crisis de la crianza en Puerto Rico, Lara señala como causantes el proceso de migración de la montaña a la ciudad, la industrialización, y la aparición y eventual consolidación del Estado benefactor.

Con el fenómeno del urbanismo y el Estado benefactor, es el gobierno quien se encarga de todo. De momento nadie tiene las competencias para educar a los niños, no saben cómo hacerlo, y existe un temor de cometer errores porque el Estado puede entrar y quitarte a los niños. Así que surge un estancamiento, todo el mundo debe tener la responsabilidad, pero nadie sabe a quién le toca criar a los niños.[1]

De este modo, queda la montaña no sólo como referente sino también como origen. ¿Dónde comienza la debacle? Con el fenómeno del urbanismo. La posterior llegada del Estado agrava todo y, como resultado de ello, el sujeto pierde su capacidad de actuar de acuerdo a parámetros predispuestos (aunque nunca especificados). 

Es común, dentro de algunos discursos de izquierda, tomar como referente el campo y la montaña como punto de partida en vías de denunciar la “estadounidización” de la cultura. Así (y quizás sin quererlo), terminan haciendo eco de las palabras de Belaval, quien planteaba que la puertorriqueñidad fue producto del encuentro entre el hombre blanco europeo y el jíbaro en la hacienda. José Luis González, en su País de cuatro pisos, no solo torpedeó esta postura, sino que tenazmente reveló la naturaleza problemática, desde una perspectiva de clase (además de racista), de localizar el “origen” en la economía de plantación de la segunda parte del siglo XIX.

Pero Lara ni siquiera está cerca de este mundo. Para ella el origen se sitúa en la economía de sustento: el tiempo de los cimarrones y esclavos libertos; del mulato salido de la mezcla entre taínos y africanos. Es un mundo idealizado, montaña adentro, de una vida al margen del estado colonial (y de la historia).

Esta noción del origen se vale (conceptualmente hablando) de la idea de Durkheim sobre la solidaridad. Valida la solidaridad orgánica sobre la mecánica, la cual vislumbra como raíz (u origen) de lo que anda mal. Apartarse de la solidaridad orgánica (en el movimiento pendular que describía Durkheim) equivaldría a dejar de ser; permitir que el ser sea producido mecánicamente es afín a aceptar un sujeto fruto del artificio. En otras palabras: es no ser.

De aquí se deriva el hecho de que la comunidad solo puede ocurrir (ser) al amparo de la solidaridad orgánica. Y en ello no hay contemplación alguna: la comunidad ocurre allí donde existe la familia extendida, al margen del “urbanismo” y del ojo avizor del “Estado” (benefactor o no). No hay espacio ni posibilidades para que la comunidad se reproduzca gracias a la solidaridad mecánica, puesto que en ella el vínculo entre sujetos es una imposición (o sea, del entorno urbano o la figura del Estado).

Claro, si a lo común y la posibilidad de la comunidad le antecede, ontológicamente hablando, la solidaridad orgánica, de igual forma no existiría la posibilidad de que la comunidad se produzca (y reproduzca) bajo la solidaridad mecánica. Siguiendo el argumento, sería una tautología pensar en dicha posibilidad. Por tanto, no puede evitar pensarse que Lara (al igual que otros), en su crítica al presente, pretende moverse en sentido contrario las manecillas del reloj y deshacer todo el “mal” que ha “producido” el urbanismo y la figura del Estado.

En otras palabras, para algunos sería suficiente echar atrás el impecable paso de la historia y convencer a Eva de que ignore a la serpiente. Con ello se enderezaría la siempre maldecida historia de la humanidad. Pero quizás sea suficiente con reconocer la debilidad conceptual de pensar (y empeñarse) en echar para atrás, para así tratar de elaborar conceptos con mayor poder explicativo.

III

Es poco probable que pueda justificarse desde el ámbito conceptual la noción que Lara adopta de lo común y la comunidad. Si se puede, sin embargo, reconstituir el contexto histórico del cual surge esta “añoranza” por un mundo naturalizado al margen del entorno urbano y de la figura del Estado (y podría hasta pensarse, de la historia). Ello es subproducto de las políticas culturales del muñocismo y una reacción al triunfo de las fuerzas anexionistas en las elecciones de 1968 en Puerto Rico.

La esquizofrenia cultural que caracterizó al Partido Popular Democrático (PPD) en los tiempos de Muñoz jugó un papel fundamental tanto en elevar la figura del jíbaro/campesino como protagonista de una historia débil del país, como crear los cimientos de lo que sería el movimiento anexionista de finales del siglo pasado. La constitución de la ciudad como eje del mal, como un ente (imaginario y discursivo) capaz de corromper el espíritu bonachón y siempre afable del jíbaro, permitió localizar (ideológica y espacialmente hablando) la urbanización (el suburbio) como síntesis perfecta de la nobleza campesina y la voluntad a la modernización.

La urbanización, entonces (llegada a la fuerza como parte de las ayudas del Nuevo Trato en las décadas del treinta y el cuarenta; y parte fundamental del fordismo en los Estados Unidos de la posguerra) convertida en ícono de modernización por el PPD, abrió las puertas a una lenta pero progresiva asimilación, más que cultural, espacial. Así, de a poco, y junto a toda una plétora de dispositivos y tecnologías del yo, el Estado Libre Asociado de Muñoz encaminó, cual destino manifiesto, a un deseo de estadounidización, que más que expresarse políticamente, se conformó en los contornos culturales, espaciales y sociológicos de un proyecto de Estado venido a menos.

Claro, la mejor manera de caracterizar la modernización puertorriqueña es añadiendo el calificativo de desigual. De este modo, mientras una clase media modernizada intentó producir y reproducir constantemente el american way of life como arquetipo de modernidad, el arrabal devino en contrapeso del progreso, en marca indeleble de la traición muñocista. Si para el PPD fue recordatorio de promesas inconclusas, para aquellos que resintieron la perfidia (nacionalistas de bolero y militantes por igual) el arrabal se convirtió en portaestandarte de todos los vicios y excesos de una modernidad muy afín con el inglés. De aquí se derivan las “categorías de análisis” de Lara.

El abierto desprecio por el urbanismo provendrá de equipararle al arrabal. El rechazo al Estado vendrá por este haber propuesto como solución única el residencial público al problema de los arrabales. Mientras el arrabal produjo formas de asentarse en el territorio propias de la dinámica económica de la época (y no por lazos de sangre), el Estado instituyó la solidaridad mecánica como base del proceso de subjetivación, acrecentando y agravando los problemas inherentes al primero. De aquí que, en su origen, la psicología social comunitaria (PSC) prefiriera “impactar” la comunidad de Buen Consejo, donde aún no se reproducía el proceso de “arrabalización” y la presencia del Estado era, a lo sumo, débil. Allí fue donde la PSC encontró la “comunidad”.

IV

A pesar de que esta apreciación de la comunidad y lo común aún habitan la esfera pública, su poder tanto de explicación como de convocatoria es, cada vez, más débil. Mucho tiene que ver su flaqueza conceptual. Pero de igual forma, aquello que algunos se empeñaron en ver como síntoma de estadounidización, hoy día es muestra de una globalización dispar y avallasadora que ha transformado significativamente el terreno de lo político y lo social. El campesino y el proletariado, como protagonistas de la Historia, han cedido terreno a la multitud, la suma de singularidades; mientras que los focos de lucha, cada día, se expresan en escala global, de forma altamente mediatizada.

Por tanto, se precisa crear categorías de análisis que permitan abordar los retos que estos escenarios de confrontación suponen para el análisis crítico. Es por ello que sorprende el que nuevas generaciones insistan en utilizar categorías e instrumentos de tan pobre alcance teórico y tan localizados en un pasado remoto idealizado.

Bueno, en realidad no sorprende. En una cultura donde la compresión del espacio y el tiempo coloca al sujeto en un estado perpetuo de inmediatez, algunos optan por fiarse de cualquier fantasía que les ayude a “situarse” y ganar así un falso sentido de “seguridad”. El desdén por lo teórico, a favor de un conocimiento centrado en los aspectos prácticos, aparece como consecuencia ilógica de la bobera referencial que crea la inmediatez. Así, algunos optan por adoptar premisas conceptuales de fácil aplicación pero de endeble poder explicativo. Claro, poco importan las bases epistemológicas u ontológicas de las mismas, siempre que se pueda medir la efectividad de la “intervención.”


Todo ello facilita que temas irrelevantes sean abordados como si realmente importaran. El eterno retorno al casco urbano como “problema urbanístico;” posicionar la arquitectura vernácula como referente y reducto de verdad; reintroducir la “autoconstrucción,” devenida ahora como tecnología de yo, para así reavivar al cuerpo del especialista al inyectarle salud pericial (al tiempo que rescata su capacidad de recatar la verdad a través de la mirada y el libre ejercicio de discernir); regresa, de este modo, la historia archivista, la arqueología imperialista estilo siglo XIX, el crudo orientalismo denunciado por Said.

Se abren también avenidas sin peaje que le permite a este nuevo especialista pericial cruzar sin tapujos ni obstáculos el escabroso trecho entre la academia y el arrabal (ahora reconvertido en idílico foco de solidaridad orgánica, ante la más que aparente desaparición de la montaña), para así “ayudar y asistir”. Pretenden así librarse de toda culpa de clase, raza o credo que aún aguanta su camino al margen de la multitud y demasiado cerca del Imperio.

El paso de la filantropía al trabajo social fue determinante a la hora de comprender y entender las consecuencias del proceso de integración y proletarización de las minorías étnicas y raciales en el Estados Unidos de principios del siglo XX. Esto hace que, como disciplina, el trabajo social genere conocimiento muy valioso sobre las formas en que se articula la relación entre los sujetos y el Estado. El sochal uelk, sin embargo, no llega siquiera a generar conocimiento. Se limita a recuperar datos a favor de las fantasías de un cohorte intelectual en plena decadencia. O, peor aún: su quehacer solo busca complacer alguna estratagema Imperial para la apropiación de la producción inmaterial de otros.

* Todas las fotos fueron tomadas por Jack Delano en la década del 1940 en Puerto Rico.

Notas:

[1] En López Alice, K. (2013). Hijos de otros, hijos de nadie. El Nuevo Día, domingo 4 de agosto de 2013, pp. 4-5.

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