Ya no escribo de graffiti

A un poco más de cinco años de haber publicado en varios medios el ensayo académico Olviden el Graffitti, y de su adaptación para lo que fuera—entre algunos circulitos—una infame conferencia en la Escuela de Artes Plásticas por invitación de Elizam Escobar, me parece desafortunado que aún estemos hablando de graffiti como si fuera algo nuevo, refrescante o innovador.

Como casi todo acontecer de dimensiones sociales en Puerto Rico, con el graffiti ocurrió lo que cuentan (y aparenta) que ocurre hoy con las bicis: se acaban reproduciendo todos los defectos, vicios y manías que caracterizan las instituciones de la colonia. Desde la jerarquización macharranil, a la sumisión a la voluntad de grupo, la inclusión condicionada a la tribu, la superioridad de lo costumizado, etcétera. Ni hablar de la disidencia: un día un “graffitero” que orinaba mi barrio me ofreció “partirme la cara” y hoy sin duda me ofrecerían lo mismo por cualquier observación similar. Aquello era supuesto lío de faldas, y el distinguido es hoy mi amigo, pero whatever. La máquina abstracta del coloniaje funciona como el tacto del Rey Midas, se reproduce estructuralmente a todas las escalas y en todo acontecer.

Pero, volviendo al graffiti, en los tiempos de aquel revuelo donde todo estudiante de artes plásticas tenía que ponerse gorra de graffitero para poder chichar (c.2004), se le trató de enjorquetar al “nuevo género” todo tipo de gran discurso que pudiera darle alguna continuidad con la “historia del arte puertorriqueño”: algunos hablaban de la agotada “tradición del cartel puertorriqueño”, otros traían el “muralismo mexicano” tirado de los pelos, y otros reclamaban (hasta hoy) el disparate del “rescate de espacios urbanos”. Todo traído a ustedes por ese eterno descubrir generacional de la ciudad que, como perro persiguiéndose el rabo, aparece cíclicamente en los títulos de las exposiciones.

Cada generación descubre que existe una ciudad afuera del carro y, como no existe un depósito centralizado de memoria en Puerto Rico, todos la miran “por primera vez”. Ignorantes de las gestiones del pasado, todos repiten el peregrinaje al barrio para mejorarlo: el ghettonauta es hoy un periodo de formación forzado.

Un par de años después le pasó lo peor que le pudiera haber pasado al graffiti en Puerto Rico—al menos para aquellos que le veían algún potencial de libre expresión subversiva—fue cooptado por el mismo aparato institucional del que tanto se jactaba de estar escapando. Me refiero a la titánica gestión de Graphopoli, La Primera Bienal de Arte Urbano (y al momento la última) en Puerto Rico. Con todos sus aciertos y desaciertos, sin duda representó la cúspide de ese acontecer y, simultáneamente, su sepultura bajo el mármol del oficialismo.

El evento, lanzado con bombos y platillos en el MAPR, no solo contó con el aval de UBS Financial Services—que ya desde entonces daba de su hard earned money  para las artes—sino que también se apuntaron en la lista de auspiciadores varios municipios de la Isla. Sin duda, fue el último threesome público entre las artes, el sector privado y el gobierno.

De aquello quedaron varios murales memorables (sobre todo en Río Piedras), buenos y malos recuerdos, más de un mal entendido y otra franquicia dejada huérfana por la crisis. Ni hablar de la vendetta entre el artista Bik-ISMO y el Municipio de San Juan, cuyo alcalde, tal y como nos tiene acostumbrados, aprovechó la ocasión para robar cámara y de paso perseguir al famoso autor de la tostadora que lleva su nombre.

Tras el bajón escénico, el graffiti ha sobrevivido notablemente entre la actual gentrificación santurcina de la movida del arte joven, que fue a parar allí huyendo de los macanazos riopedrenses y de un viejo San Juan gentrificado hace ya rato. Por las calles cangrejeras se codean todavía hoy el poder institucional con el hambre del auspicio corporativo por convertir en simulacro todo lo que va quedando de lo realmente alternativo. El Municipio de San Juan le pone el logo a todo lo que le interesa domesticar y se apresura a atropellar todo lo que caprichosamente ve como un rasgo de oposición.

De la misma manera opera el gobierno central, tras el “financiamiento” del Distrito de las Artes y su anuncio por el propio gobernador, se van otra vez de threesome —pero a puertas cerradas— la autogestión, el estado y los auspiciadores corporativos. Es algo que va más allá del bien y el mal. Se trata de otro capítulo más de la misma orgía incestuosa entre la supervivencia y la cooptación que es Puerto Rico entero. Quizá el espejismo de la pureza nunca existió: bienvenidos a la ciudad de los apartamentos sin vender. La escena en Santurce durará tanto como duren vacíos sus monumentos a la especulación.

De ahí que del graffiti no hayan quedado más que los mismos egos garabateados en sobrenombres que se ven en todas las ciudades del mundo, y un puñado de sobresalientes como Nepo, La Pandilla, o El Corográfico (por nombrar algunos): cada cual procurándose su supervivencia según sus contactos y lo mercadeable de su trabajo. Con sus gestiones han hecho quizá más por la ciudad que doce años de la misma administración.

Por lo demás, los tags de graffiti, como las teorías de conspiración, son meras marcas que intentan reclamar desesperadamente un pedacito del mundo, una onza de apoderamiento sobre una realidad que se nos escapa diariamente de la conciencia y de la voluntad. Y quizá eso sea mucho decir, el graffiti en Puerto Rico ni siquiera ha osado aparecer con toda la fuerza de la normalidad con que ocurre en los espacios urbanos de las grandes metrópolis. Precisamente porque no somos tal cosa, siguen limpios los vagones del tren y las paredes de Plaza las Américas.

Por todo eso me extraña que aún hablemos del graffiti. Yo había apostado por el sticker art pero llegó Scion con su campaña de guerrilla. Había apostado por el stencil art pero solo obtuve una estrella roja de Heineken. Hoy me consuelo mirando por youtube el Antics Roadshow de Banksy. Mis amigos graffiteros, que tuvieron hijos o se fueron a Estados Unidos, indiferentemente, le dedican ahora el tiempo a cosas más rentables. La notoriedad del estereotipo del “graffitero” es hoy una variante más de la cultura del Hip hop (como siempre lo ha sido) y de quien sea que asuma ese disfraz (de entre tantos que usamos a diario).

Ocurrieron el Free Parking para Río Piedras y el detournement de la búsqueda del Presidente de la UPR, pero fuera esos gestos, el mayor desarrollo de la gráfica en el espacio urbano parece haber ido en retroceso: el pleito tras la destrucción por el Municipio de San Juan del mural hecho por el Movimiento Amplio de Mujeres es el vivo ejemplo de cómo el poder acomoda lo inofensivo y destruye lo que se opone (el graffiti en Puerto Rico es obediente).

Cuando empezaban las ocupaciones en las ciudades del mundo, La Perla ya estaba ocupada acá: antes que ver el colapso de la economía mundial, viviremos en un paraíso de banqueros que vendrán huyendo de la cacería de brujas. Quizá acaben viviendo frente al mar, en algún desarrollo en La Perla, con todo y playa de arena sacada de Loíza. Después de todo, algo similar ocurrió tras las guerras de independencia: fuimos recibiendo toda la escoria reaccionaria que huía de las nuevas repúblicas. Hoy, a través de la Ley para incentivar el traslado de individuos inversionistas a Puerto Rico, damos los primeros pasos para facilitar que se repita la historia.

Un panorama distinto sería ver el cuartel móvil que han instalado frente a la entrada de La Perla intervenido o vandalizado creativamente. Pero esas son cosas que nunca pasarán, meras fantasías ficcionales de alguien que escribe tirado en su cama. Quizá, al final, se trate de dejar de leer, dejar de escribir y sencillamente, hacer. Por todo eso ya no escribo de graffiti, y guardo mi respeto y admiración para los pocos que, no empece todo, siguen haciendo cosas que me sorprenden, aunque sea antes de irse.

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