¡Sonó... sonó una balacera y desaparecieron el cuerpo! (parte 1)

Alcance

Hemos visto probablemente el mejor especial navideño del Banco Popular desde el inicio de esa tradición hace más de quince años. Aunque podría ser fácil y caprichoso objetar la selección musical a partir de lo excluido—y cómo no sería así tratándose de una obra tan abarcadora como la de Curet—, la exquisitez y calidad tanto de las canciones producidas para el especial como de las transiciones sonoras entre éstas y los clips de música utilizados serán muy difíciles de superar en futuros especiales.

Habiendo dicho esto, cabe mencionar varios asuntos que no serán tratados en este texto y otros que sí. Las cualidades de “documental” del especial de 1 hora 26 minutos (en su versión completa por Vimeo) plantean de por sí algunas dificultades sobre qué se nos presente en el género cinematográfico. A su vez, casi cualquier falta en el trabajo podría ser justificada con lo que éste es: un especial navideño producido por Popular Inc. para difusión televisiva en primetime.

Otro aspecto problemático considerado aquí, aunque tangencialmente, es la relación del Presidente de la entidad productora con el consabido CAREF y con el panorama económico en que está sumido Puerto Rico al momento. Es decir, se examinará lo que ha aparecido, no lo que pudo parecer, pero no desde una mirada descontextualizada y exclusivamente estética del trabajo (tal cosa ha sido resumida en el primer párrafo), sino de una ubicada dentro del contexto que lo hace aparecer: la controvertible campaña del banco, Echar Pa’lante.

En todo caso, “¡Sonó... sonó, Tite Curet! ubica precisamente en esa tensión entre lo que es, lo que quisiéramos que fuera y lo que vemos o pensamos que es. Esta tensión se resuelve mediante un violento enfrentamiento, de miradas y de codificaciones sucesivas, desde dos trincheras opuestas, aunque ubicadas en el mismo campo de batalla: el rostro incorpóreo de la negritud. Ese territorio para el desencuentro es definido explícitamente en la mitad del especial, en palabras de Juan Otero, “el orgullo de la negritud trasladado [sic] del cuerpo, hacia la cara”.

En esta mirada, el éxito o fracaso de cada lúcido instante de un trabajo épico dependerá de la trinchera desde donde se esté observando y de la dirección que tenga cada intercambio de esta balacera entre atrincherados: de un lado encontramos una identidad corporativa que impregna, con absoluta claridad, cada espacio en más de una instancia y del otro encontramos un equipo de trabajo (Rojo Chiringa) comprometido con la entrega de una visión íntegra a pesar de y no gracias al otro bando. Al final, es difícil saber quién ha adelantado más su posición.

Ambas trincheras trabajan ese rostro decapitado con igual ansiedad, como si se tratara de darle voz, de hacer que hable desde afuera. Tratándose de un homenaje al difunto Tite Curet, parecería que no fuera posible de ninguna otra manera, por más que escuchemos su voz en distintas instancias gracias a la cuidadosa incorporación del material fílmico histórico al material nuevo de la producción (dirigida por Gabriel Coss e Israel Lugo).

Sinopsis

La operación sobre ese cuerpo, que se va desvaneciendo hasta quedar sólo su rostro, comienza al inicio del trabajo cuando se describe a Curet como un “negrito chévere, buena gente, un alma de Dios”. La pobreza y la negritud de “mi gente linda” parecerían equipararse a lo largo de toda la entrega, alternándose indistintamente como si una cosa necesariamente implicara la otra en toda instancia, hasta la intervención de Calle 13 cuando a esa operación se le añade una mayor complejidad (como veremos más adelante).

 

Ese maridaje se va tejiendo a través de las secuencias iniciales y de los primeros dos montajes musicales. Estamos ante un bufete visual tan extenso como en ocasiones empalagoso, pero nunca falto de calidad. Es, incluso, análogo a otras producciones del colectivo para Calle 13 (“La Perla” y “Vamos a portarnos mal”) y cuya estructura narrativa—performance musical intercalado con tomas de la cotidianidad de los alrededores—se repite rítmicamente para casi todas las canciones a partir de la primera, “De todas maneras rosas”, interpretada por Roberto Roena y su Apollo Sound junto a Jerry Medina en la Fundación Ismael Rivera en Villa Palmeras.

En una de las movidas inesperadas de la entrega, somos momentáneamente llevados al cerro San Agustín del Sur en Caracas, donde hace un par de años se re-inauguró el sistema Metrocable (teleférico) hasta ese sector “popular” de difícil acceso. El montaje de imágenes que acompañan la interpretación de Trina Medina de “Lamento de concepción” guarda una doble lectura de la pobreza y la negritud donde se vuelve evidente la función de la imagen en este tiroteo entre las fuerzas enfrentadas.

Por un lado, se logra exponer al público a otra pobreza que es, a todas luces, muy similar a la nuestra (y que lejos de erradicarse, empeora), y, por el otro, se hace eco del regaño consolador de siempre: “mira otros países para que tú veas cómo vive la gente”. La representación de la vida cotidiana à la Gran Combo y su “¡Qué bueno es vivir así, con ganas de trabajar!” es repetida explícita y peligrosamente cerca del mismo cliché, cuando Medina repite el mantra de la campaña (que es parte de la letra de la canción): “echa pa’lante”.

La hermandad en la pobreza y la negritud caraqueña son re-codificadas en ese instante, a través de la música de Curet, por la maquinaria publicitaria del pensamiento positivo, eje central de la campaña “Echar Pa’lante” y de la misma idiosincrasia corporativa que nos llevó al actual desbarajuste. Los pobres a sentirse felices de que lo son y los no tan pobres a decir gracias de aún no serlo.

Independientemente de la realidad del proceso de producción (que si mal no recuerdo, eliminó la palabra “cobarde” que sigue “echa pa’lante”, o la redujo al olvido), cada lado de la trinchera verá distinto el logro de exportar esta canción a—de todos los lugares—la Venezuela de Hugo Chávez. En la historia que cuenta Medina después, se relativiza la pobreza aún más puesto que “pobres hay en todo el mundo”, como si se tratara de una condición más aceptable cuanto más común—Juan Albañil como constructor de centros comerciales—, such is life.

* La próxima parte de este artículo será publicada la semana entrante.

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