Adiós, Plaza Las Américas

 


  Any man that seeks power
isolates himself and tends
naturally to exclude himself from
the
dimensions of the others [.]

—Paul Virilio, The Aesthetics of Disappearance


 

I

Si algo urge, a raíz del más que evidente final de Plaza Las Américas como “centro de todo,” es revisar los hilos conductores que mueven el relato de la historia presente. Precisa este proceder, pues la pugna existencial entre The Mall of San Juan y Plaza muy bien pudiera quedar reducida en una nueva puesta en escena de la “suprema definición” albizuista: capital “boricua de pura cepa” versus el descaro estadounidense. Pero ello solo respondería a un discurso de la historia cuyo centro gravitacional descansa en la figura del rey, sus príncipes, y el cúmulo de “grandes hazañas” de estos.  Es la historia a la que estamos acostumbrados, venga de donde sea. Pero es también símbolo inequívoco del ocaso y decadencia de lo que fue. Plaza es una parte integral del relato del país que se soñó; y es también evidencia contundente de su desplome y eventual desvanecimiento.

Una historia como la de Plaza, entonces, requiere de una narración al margen de los relatos grandilocuentes, donde no aparezca letra mayúscula alguna; que esté despoblada de héroes y figuras de alto calibre público (en cuyo estante habita más de un esqueleto). Precisa resistir la tentación de subsumirse a la desgastada fábula de David versus Goliat. Todo lo contrario: esta historia obliga una lectura cuyo centro gravitacional esté más próximo a lo cotidiano y banal (la mierda, si se quiere). Cualquier esfuerzo que intente circunvalar esta consigna corre el peligro de reproducir instancias narrativas cuyo fin no es otro que dejar intactas las relaciones de poder implícitas de aquel mundo que se viene abajo.

II

 

Plaza nació en medio del colapso de “Operación Manos a la Obra,” y enfiló sus rimbombantes cañones mediáticos a capitalizar sobre una nueva cepa de la clase profesional/gerencial y su poder adquisitivo, dependiente del nuevo capital ausentista. Fue erigida sobre los vestigios de una economía agraria venida a mierda y, de a poco, se convirtió en ícono de modernidad y modernización. Plaza fue en esa época síntesis de lo nuevo y lo que siempre estuvo aquí: de un lado JC Penney y el mundo del consumo masivo clasemediero (al estilo Mad Men); del otro, González Padín (y su “Velasco”) como vestigio de un siglo diecinueve que se negaba a morir. Lo mejor de dos mundos: el encuentro entre capital trasnacional (la JC Penney de Plaza Las Américas fue la primera fuera de territorio estadounidense) y un modesto capital local que se conformaba con las migajas que dejaban tras sí las nuevas empresas ausentistas de uso intensivo de tecnología y poca mano de obra (altamente cualificada, por cierto). Se replicaba entonces a nivel de consumo lo que caracterizaba la economía en tiempos de crisis por venir: un capital empeñado en extraer riquezas (dejando tras de sí un insolente rastro de migajas convertidas en salarios) y un capital local a medio hacer, parasitario de salarios.

Que Plaza se haya convertido en “centro de todo” antes de que se autoproclamara de esa manera, es señal de lo terriblemente macabro que resultó ser la transición a un capitalismo que ya no se conformó con ejercer el mando al interior de la fábrica y comenzó a fagocitar el corpus social. Su estacionamiento no sólo se trocó en símbolo de progreso; también fue palestra pública y hasta tierra santa. Allí Muñoz le anunció al mundo que “no iba más,” mientras el Papa ofició misa. Fue Plaza, entonces, un microcosmos de las formas en que el capital comenzó a articular el deseo sobre una compleja madeja de objetos y experiencias territoriales. Apareció así Plaza como destino: quizás Juan García (el de la popular serie de los setenta) nunca llegó allí; pero eso no significa que su deseo de progresar estuviese estrechamente vinculado a la posibilidad de “comprar” en Plaza y, de paso, saberse “realizado”.

Quizás los setenta fuesen terrible para casi todos. Pero en medio de la debacle pre-936, Plaza creció. Logró a su vez concentrar más su poder de articulación entre la experiencia del consumo y el ser. La historia económica del país desde finales de los sesenta no es más que una sucesión de crisis cuya génesis parece ser la misma: las exenciones contributivas locales y federales como régimen de excepción. Saber (o quizás, conocer de antemano) las formas en que cada una de esas crisis fue discurrida, formó parte integral del “éxito” de Plaza Las Américas. De aquí su transición de la exclusividad a la “inclusividad”. El motor económico de los años ochenta fue una combinación entre transferencias federales (principalmente de las becas Pell) y depósitos corporativos (de las 936) cuyo efecto se dividió en dos: por un lado, mayor nivel de liquidez para una nueva camada profesional/gerencial en ciernes, y por el otro, acceso a crédito barato para los trabajadores del nuevo régimen de acumulación flexible. Astutamente, Plaza se abrió a los dos mundos: amplió su oferta de entretenimiento e incorporó una nueva tienda por departamentos. El “centro de todo” tomaba así un nuevo cariz: capaz de agrupar, bajo un mismo techo, diferentes niveles de consumo sin la necesidad de construir barreras que separan las clases sociales.

III

 

Basta mirar los cambios ocurridos en Plaza en la última década del presente milenio para entender el mundo que emergió tras la caída del Muro de Berlín. No debe olvidarse que el boom nacionalista de la posguerra fue propiciado por la propia guerra fría. Una vez acabado el conflicto, el capital experimentó un nuevo proceso de expansión y consolidación comparable solo con la experiencia del siglo XIX. El nacionalismo que le presidió se constituyó sobre la base de nuevas líneas de fuga que no siempre supusieron resistencias a este ciclo expansivo. Así, al interior de Plaza se consolidó el dominio de un nuevo capital ausentista dispuesto a acaparar el consumo. No sólo desapareció González Padín; su rastro fue borrado con un nuevo proyecto de expansión que le abrió las puertas a la mítica Macy’s; he aquí el infeliz final del matrimonio entre capital foráneo y local. Poco a poco la huella provincial comenzó a reducirse, abriendo paso a cadenas capaces de crear y recrear divisiones de clase basadas en acceso al consumo y, sobre todo, extraer valor de ellas. De aquí el trinomio Old Navy/Gap/Banana Republic.

Plaza sirvió entonces como atisbo de lo que estaba por venir: un realineamiento de fuerzas dirigido a facilitar una mayor concentración de riqueza por medio de la conformación de límites (a veces reales, como entre Israel y Palestina, otros menos constatables como la división entre ricos y pobres). Esto a costa de una contradicción que, inicialmente, pareció ser lo suficientemente inocua para ser plenamente percbida, pero que al final probó ser demasiado perniciosa: como empresa local, Plaza facilitó que el capital foráneo (ya global y líquido) tranquilamente liquidara su contraparte local. Esto no es nada nuevo. Lo que sorprende es la ingenuidad de pensar que no le fuera a ocurrir lo mismo a Plaza. Es decir: si Plaza sirvió de plataforma para la penetración de este capital a costa del local, ¿cuánto tiempo pasaría antes de que ese mismo capital se hiciera de la plataforma?

Plaza recibió el nuevo siglo en dos frentes de batalla: de un lado, la proliferación de malles, a manos de compañías globales; del otro, la conformación de un mercado de lujo a tono con la concentración de riqueza y la consolidación del narcotráfico como fuerza productiva. Un mercado, por cierto, que siempre insistió en el límite como condición de recrear diferencias. Al primero, Plaza batalló en el terreno legal, confiada de prevalecer no por argumentos y sí por maridaje político. En el segundo, decidió incorporar un pasillo dedicado al lujo. Fue en este momento que Plaza determinó repetir (mientras se miraba atenta al espejo) que era el “centro de todo”; precisamente en el momento que lo dejaba de ser. Y es que el pequeño y simulado universo de Plaza, con oficinas, tiendas de lujo, quioscos, baratillos, y fast foods, se basó en un ideal de armonía entre las clases que había dejado de existir hacía ya demasiado tiempo.


La política espacial de estos tiempos ya no crea armonía; expulsa y excluye con el objetivo de separar y diferenciar. Por ello, el espacio de lo público (que no es lo mismo que el espacio público), el de la Multitud, aquel que le permite al sujeto reconocerse como singularidad en medio de la multiplicidad, se encuentra asediado por lógicas de expulsión que la ven como una amenaza. Hoy día Plaza se encuentra acechada por estas mismas lógicas. Si bien en un principio ayudó en la articulación de esas mismas lógicas al interior del territorio, en la medida en que las voluntades del capital líquido se propagaron viralmente, Plaza se convirtió en un obstáculo más. El lujo huyó de Plaza y fue a anidar al espacio intermedio entre la línea de fuga (el aeropuerto) y allí donde se entroniza la miserable quiebra del pacto del 1952 (donde alguna vez yació la “villa panamericana”).

Caminar por el Plaza post-Mall of San Juan es tropezarse con quincallas; contemplar lo que ya no está; constatar como lujo, extravagancia y riqueza devienen en marcas de ausencia. Es de esperarse que, ante tal estado de situación, Plaza apele a un discurso centrado en “lo de aquí… ¡como el coquí!” (últimamente, todo el mundo lo viene haciendo). Esto con el objetivo explícito de retornar a un pasado feliz donde las divisiones de clase eran reproducidas simbólicamente a su interior. Esta estrategia, sin embargo, sería la más clara señal de su colapso.

Si la pataleta pseudonacionalista funcionara, se deberá a la terrible deuda de una generación que lucha inocua y desesperadamente contra las manecillas del reloj y que falla, consistentemente, en dar cuenta de cómo el presente es una circunstancia más del pasado que alguna vez procuraron. Para esta generación, Plaza es uno de los pocos iconos que aún subsisten del pasado promisorio en el que todavía creen pero que hoy yace espantosamente liquidado. Al final del camino de este desesperado ejercicio de clamar por lo que ya no está, se encuentra un nacionalismo terriblemente light y absurdamente decimonónico que terminaría por implosionar cualquier camino a la felicidad. Y será en este preciso instante que la hegemonía de Plaza dentro del universo del campo simbólico de la distinción habrá terminado.

IV

 

Plaza cometió el mismo pecado que suele caracterizar al urbanismo local de fin de siglo: asumir que concentrar es sinónimo de centralizar, cuando en realidad comprende crear y recrear límites. Si algo explota el Mall of San Juan es la necesidad de la élite económica y política de inscribir instancias de distinción en el territorio. En ello no sólo se asemeja sino que imita a la pequeña burguesía decimonónica y su particular interés en distinguirse al interior de la ciudad. Claro, el campo de acción trasciende la mera puesta en escena en el espacio citadino. Y en esta época de quiebras anunciadas y la bancarrota del pacto político del 1952, el espacio se reconfigura de acuerdo a lógicas de expulsión y exclusión que persiguen mayores concentraciones de capital a costa del bien común. Bajo estas circunstancias, no es suficiente que objetos cotidianos, mundanos y pedestres se conviertan en materia de distinción (como un iPhone 6 hecho en oro macizo recubierto de diamantes); es necesario levantar muros (algunos evidentes, otros no tanto) que inscriban las distinciones por venir en el territorio (entre los que tienen y los que no tienen), al tiempo que restringen el libre movimiento a través del mismo. 

 


Lista de imágenes:

1) Seph Lawless, Rolling Acres Mall, Ohio, 2014.
2) Foto de la página web de Plaza Las Américas: The center of it all.
3) Seph Lawless, JC Penney, Ohio, 2014.
4) Toma del nuevo Nordstrom en The Mall of San Juan, 2015.
5) Seph Lawless, Rolling Acres Mall, Ohio
, 2014.



 

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