Retro nacionalismo


Lo que se encuentra al comienzo histórico
de las cosas, no es la identidad aún preservada
de su origen —es la discordia de las
otras cosas, es el disparate.

—M. Foucault, Nietzsche, la genealogía, la historia



I

Quizás la arquitectura sea, después de todo, augurio del futuro inmediato. Al menos de ese que yace a la vuelta de la esquina. Pues la proliferación viral de lo que solo puede calificarse como el neo-neo (una especie de neo modernismo al cuadrado; esto es, un regreso al regreso previo del modernismo, o si se quiere, la vuelta de la vuelta) raya en anacronismo fronterizo: fe ciega en un mundo constituido en lo “universal” dispuesto a superar las diferencias individuales (diferencias que, por cierto, fueron reducidas a meros “hechos contextuales”). De ahí su incisiva (y obsesiva) voluntad a la abstracción, su premeditado abandono de todo lo que pudiese estar contaminado por lo local o particular (que fue entendido, a su vez, como algo divisorio). Yace aquí la más que evidente deuda de algunos pensadores de lo moderno con la idea de una sola Europa, gente como el neo-platónico M.H. Schoenmaekers (fuerte influencia de Mondrian y los neoplasticistas holandeses) y Paul Scheebart (que sirviera de inspiración a Bruno Taut y los expresionistas alemanes). En ambos, esta voluntad hacia la abstracción fue vehículo de superación de lo particular/individual y el camino hacia la obtención de una experiencia colectiva universal.

Pero la historia de la arquitectura moderna es muy elocuente a la hora de pasar factura sobre esta arrojo hacia la abstracción. Con la frase estilo internacional (acuñada originalmente por Russell Hitchcock) toda discursividad política y social quedó rezagada, dando paso a un nuevo vocabulario que, como señala Frampton, resaltaba las cualidades formales de la arquitectura (superficie, volumen y espacio, entre otros) en abierto prejuicio de otros parámetros como “las técnicas constructivas y su potencial expresivo”.[1] Se producía de este modo un quiebre al interior de ésta entre los elementos formales y estilísticos (abstraídos tanto en términos de su presentación como de su representación) y su naturaleza material. No debe olvidarse que esta última, en la arquitectura no se limita a la materialidad, tecnología y/o técnicas constructivas; implica abordar la relación del entorno construido con las prácticas y los discursos donde esta toma forma. James-Chakraborty sin embargo advierte que los discursos que se tejieron para dar cuenta de la arquitectura moderna, a lo sumo, limitaron la naturaleza material a la forma en que el “contexto” dio forma al estilo de esta arquitectura.[2] Por tanto, lo que comenzó como un proyecto con líneas cuasi políticas salpicadas de idealismo metafísico, terminó convirtiéndose en estilo; esto es (siguiendo a Viollet-le-Leduc), manifestación material de una idea. Dicho de otro modo: al final se impuso su rostro metafísico sobre el carácter inmanente del discurso moderno al interior de la arquitectura de principios de siglo XX.

La llegada de la arquitectura moderna a Puerto Rico tiene más que ver con las medidas novotratistas implementadas a partir de la PRRA (y la continuidad que a ellas le diera Rexford Tugwell) que con la “visita” o la invitación de tal cual personaje, como suelen sugerir con frecuencia los historiadores de la arquitectura en Puerto Rico y en el Caribe.[3] Al momento de ser implementadas la arquitectura moderna como “catálogo de soluciones” (ya no como movimiento) era una parte integral de los proyectos dirigidos a combatir el problema de la vivienda que la Gran Depresión había producido, en particular desde la Federal Resettlement Administration y la Farms Security Administration.[4] No es este un detalle menor, pues ello implica que la expresión arquitectónica de la clase profesional-gerencial nacida a partir del Nuevo Trato sería el estilo internacional, en su variante de la Nueva Objetividad. Esto es: edificios socialmente relevantes regidos por principios científicos. Y va ser precisamente sobre este punto que se gestó la unión entre esta clase profesional gerencial y la arquitectura moderna: en su fe ciega en la ciencia y, sobre todo, en la enorme influencia que ejerció la ingeniería sobre este imaginario.[5]

Será esta, precisamente, la definición de progreso que asistirá en la conformación del imaginario soberanista de Muñoz, dadas sus fuertes inclinaciones novotratistas. Pero de igual manera, la adopción del estilo internacional tuvo mucho que ver en sus aspiraciones de caudillo populista, muy a la Trujillo y Batista, como también la manera en que este este estilo se había adoptado como política nacional en la Brasil de Getulio Vargas. De aquí entonces esa con-fusión tan propia de la modernidad puertorriqueña: parte proyecto técnico científico, enlazado a una camada de profesionales modernizantes (como les llama Quintero Rivera)[6] dirigida a imponer límites al capital monopólico y crear estructuras de redistribución de riqueza[7]; parte proyecto de Estado fundamentado en un nacionalismo a medias, en gran medida formado por las políticas propias de la guerra fría. Por esto “progreso” fue definido como profesionalización de los sectores medios (de ahí el proyecto universitario del PPD) y autonomía con respecto al capital monopólico de la caña. Siguiendo estas líneas, también se definiría el lugar del estilo internacional en el imaginario del país: fundamentado tanto por su atractivo aspiracional como por su apelativo seudo nacionalista. 

II

 

Aquí quizás radique la mayor contradicción que enfrenta el neo-neo; ante un presente quebrado y torcido, con un porvenir truncado, repleto de incertidumbre, y una clase media cuyo única aspiración es salir corriendo antes de ser expulsada, una recuperación del imaginario del estilo internacional parecería ser una broma macabra de muy mal gusto. Y sin embargo, el neo-neo aparece por doquier.

Visto de este modo, el neo-neo no puede resultar más que, en palabras de Rodríguez Casellas (haciendo referencia a la obra de Nataniel Fúster) “una nostálgica búsqueda, que aunque elegante, no deja de ser revisionista en sus intenciones”.[8] Y es que hay demasiada reverencia al pasado muñocista en los ejercicios neo-neos. Desde la forma hasta su materialidad. Puede que la superficie aparezca ahora revestida de béton brut (en clara alusión al brutalismo de antaño), cubriendo de ambivalencia la forma derivada del carácter abstracto del estilo internacional. Pero el brutalismo del cual se desprende esta movida quiso, en su momento, atrapar el espíritu de una cultura popular aferrada al consumismo, pero cuya extracción de clase seguía siendo en esencia trabajadora. En el neo-neo solo sobrevive la entrega total al mundo del consumo como utopía. Se pretende trazar así trazar una tenue línea que vincule el espíritu aspiracional del proyecto muñocista con la panacea consumerista en la que devino el mismo (que se puede apreciar en el mundo que Plaza Las Américas construyó). Pero el presente traiciona cualquier rescate, revisión o regreso a un pasado soñado e imaginado perfecto: pues cada día, el mismo se revela como vil consecuencia de los desmanes de esa misma clase profesional gerencial, devenida ahora en agente político al servicio de la perpetuidad del Estado muñocista a medio hacer. 

Es por ello que el neo-neo si bien no remite al posmodernismo en términos formales, si le recuerda en términos ideológicos, muy en línea al argumento que esboza McLeod respecto a la relación entre posmodernismo (en todas sus variantes) y el conservadurismo de los años Reagan.[9] Para McLeod, el retorno a la forma como el objeto de la arquitectura vino acompañado de un desdén hacia los aspectos sociales y culturales que distinguió a la arquitectura del movimiento moderno. De aquí que el posmodernismo descansara sobre el “poder comunicativo” de la arquitectura y su naturaleza cultural. Sin embargo, en su proceder dependió de la libre utilización de elementos históricos que, a la fin y a la postre, recayó en simulacro y nostalgia de tiempos pasados. Donde mejor pudo apreciarse esto fue en el movimiento de conservación y en sus iniciativas en el entorno urbano.

Es precisamente en estos aspectos donde mejor se reflejan los paralelismos entre el neo-neo y la arquitectura posmoderna, pues en el culto a la forma abstracta, los primeros buscan recrear (y regresar) al tiempo donde la arquitectura pareció gozar de cierta relevancia social y cultural. De hecho, puede especularse que en ello radica su “exploración formal”. Pero la deuda de dicha empresa con el proyecto muñocista impone otra lectura: su relación con el estado fallido. Así, el neo-neo aparece como un anacronismo o, mejor aún, como otro aspecto de ese discurso retro nacionalista que fecunda a raíz de la crisis-nuestra-de-cada-día.

III

Argumentaba hace ya algún tiempo Héctor Jiménez Juarbe, pasado director ejecutivo de la Asociación de Industriales de Puerto Rico, que la aplicación del salario mínimo federal era una “barrera para un desarrollo económico autóctono que, junto a otras […], constituyen una camisa de fuerza a nuestro crecimiento”.[10] Si bien esta aseveración pasó sin pena ni gloria, desde entonces se ha ido cuajando toda una serie de aparatos de captura dirigidos a desplegar dispositivos disciplinarios a la sombra de un nacionalismo temerario. Este nacionalismo aparece cobijado bajo la figura de la competitividad, anunciando el despliegue de toda una serie de medidas disciplinarias contra trabajadores públicos, mientras expulsa sectores medios profesionales. Todo ello con el propósito fagocitar la producción de trabajadores precarizados. Esto se puede apreciar desde el debate sobre el salario mínimo hasta la híper regulación de la psicología y su práctica; desde el establecimiento de campañas publicitarias dirigidas a desplazar la disensión, hasta el apareamiento de la élite política y los llamados fondos buitres.

Así la arquitectura neo-neo resulta ser síntoma de los cambios culturales, políticos y económicos que incita la crisis. Claro, al decantarse a favor de ese pasado idealizado se puede apreciar con mejor precisión de qué lado queda la arquitectura. Quizás el mejor ejemplo sea el desfase entre la mano de obra y la intención arquitectónica que queda retratado en el desmadre típico de las superficies en hormigón expuesto. 


Notas:

[1] Frampton, K. (1995). Studies in Techtonic Culture. Cambridge, Mass.: MIT Press.

[2] James-Chakraborty, K. (2000). German Architecture for a Mass-Audience. New York: Routledge.

[3] En el caso del Caribe, el mejor ejemplo es Segre, R. (2003). Arquitectura antillana del siglo XX. Colombia: Universidad Nacional de Colombia. En el caso de Puerto Rico, la lista es interminable; pero ejemplos a notar son: Vivoni Farage, E. (2000). San Juan siempre nuevo: arquitectura y modernización en el siglo XX. San Juan: ACCUPR; y Vivoni Farage, E. (2007). Klumb: una arquitectura de impronta social. Río Piedras: Editorial UPR; Mignucci, A. (2012). Modern urbanism in Puerto Rico: from abstract doctrines to concrete landscapes. En Lizardi Pollock, J.L. y Schwegmann, M. (Eds). Espacios ambivalentes: historias y olvidos en la arquitectura social moderna. San Juan: Ediciones Callejón.

[4] Frampton, K., ibid; Gelernter, M. (2001). A History of American Architecture: Buildings in their Cultural and Technological Context. New England: University Press of New England; Wright, G. (2008). USA: Modern Architecture in History. London: Reaktion Books.

[5] Frampton, ibid. Aronowitz, S. (1990). On Intellectuals. En B. Robbins (Ed.) Intellectuals: Aesthetics, Politics, Academia (pp. 3-56). Minneapolis: University of Minnesota Press. 

[6] Quintero Rivera, A.G. (1980). La base social de la transformación ideológica del Partido Popular en la década del ’40. En G. Navas (Ed.) Cambio y desarrollo en Puerto Rico: la transformación ideológica del Partido Popular Democrático (pp. 73-102). Río Piedras: EDUPR.

[7] Ehrenreich, B. (1990). The Professional-Managerial Class Revisited. En B. Robbins (Ed.) Intellectuals: Aesthetics, Politics, Academia (pp. 173-85). Minneapolis: University of Minnesota Press.

[8] Rodríguez-Casellas, M. (2011). Puertorricanism, or Living at Ease in the Surface. Harvard Design Magazine, 34, 138-47. Traducción del autor.

[9] McLeod, M. (1989).  Architecture and Politics in the Reagan Era: From Postmodernism to Deconstructivism. Assemblage, 8, 22-59.

[10] Jiménez Juarde, H. (2015). Un salario justo. Sección de Negocios, El Nuevo Día, jueves 26 de marzo, p. 46.


Lista de imágenes:

1. Javier Santiago Lucerna, "Casa Delphín de Nataniel Fúster", 2015.
2. Javier Santiago Lucerna, "Discontinuidad", 2015.
3. Javier Santiago Lucerna, "Disyuntivas", 2015.


 

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