La meta de toda clase

De niño jugaba con mi primo a que éramos adultos. Recuerdo que lo hacíamos con Legos y Ferraris y Lamborghinis de colección. Nunca soñamos con ser abogados o doctores, o bueno, sí, en lo que era nuestro contexto utópico, ese contexto que no se acercaba en lo más mínimo a la realidad que veíamos. Recuerdo que admirábamos a los chamacos del caserío que estaba frente a la casa, y precisamente, en nuestros juegos imitábamos lo que hacían ellos. Éramos bichotes, o cantantes, y teníamos mucho dinero, pistolas y prendas. Admirábamos que desafiaran la ley, y que se dieran a respetar de la forma en que lo hacían. De ellos, se puede decir, que recibimos una educación basada en la intimidación, como con mis padres. Estos chamacos, al igual que nos trataban bien, que nos daban chavos por hacerles mandados, y jugaban baloncesto con nosotros, también se sentían en la potestad de darnos un cocotazo cuando hacíamos algo mal.

Luego los juegos cambiaron un poco. Ya no jugábamos a ser adultos con Legos, sino que nos encerrábamos en un cuarto y hacíamos un escenario imaginario. Simulábamos nuestras armas con pistolas de chupones. Hubo una que pintamos de negra con Magic Markers. Yo me la enganchaba en la cintura porque la culata simulaba una 45 de verdad. Había una consumación de la alegría mediante fantasías de ganar dinero bajo un riesgo inminente. La violencia era nuestro juego. Teníamos mujeres, también imaginarias, que vivían con nosotros y no trabajaban; mujeres que se conformaban con lo que los bichotes imaginarios les podíamos suplir. Recuerdo un verso de una canción de Baby Rasta que decía “dime tú si me prefieres sin un centavo, trabajando en Burguer King y llegando a pie a tu trabajo”. Nuestras mujeres imaginarias eran así, se conformaban con que las lleváramos al mall, les compráramos ropa, tacos y prendas, y que las lleváramos a comer. Para nosotros eran ellas unas especies de “gatas gansters”, y a nosotros simplemente nos complacía que estuviesen a nuestro lado, tal cual y fuesen un adorno.

A medida que fui creciendo, continuaba la escisión entre la realidad que querían mis padres y mi realidad utópica. No sé de qué manera lograba consumar ambos aspectos para mi satisfacción. En la vida real me conformaba con mantenerlos contentos sacando buenas notas y ayudando a mi papá en sus labores. El trabajo con él era una contradicción directa a la vida que jugaba con carritos de colección y Legos. Era mi jefe doblemente. Una relación un poco kafkiana. Lo sentía presente en todas partes. En cierta medida quería zafarme un poco de ello mediante la vida que imaginaba. No siento que perdí la niñez, pero el trabajo pesado constituyó demasiado de ella. Tampoco me conformaba con el hecho de no hacer nada, y de vivir como todos los niños, ya que por el hecho de trabajar me sentía un poco más adulto. Yo quería ser su orgullo, ya que era su primer varón, y quería hacer alarde de toda esa hombría que él esperaba de mí. Yo era una contradicción, ya que me sentía maduro por trabajar con mi padre, mas mis juegos circundaban en soñar a ser bichote.  

Volviendo a la violencia del contexto, mi primo y yo asumíamos con normalidad el simple hecho de que tirotearan. No me parecía extremadamente violento, por ejemplo, la anécdota de Doña Gloria del por qué cerró su balcón. Esas cosas pasaban. Un día Doña Gloria encontró a un tipo tirado en el piso de su balcón con rifle en mano; una bala perdida encontró la entrada perfecta por el techo de la casa de mi tía luego de una balacera. Cuando tiroteaban, la calle se volvía una especie de guerrilla. Sin embargo, cuando fui creciendo pude realmente contextualizar lo que era la violencia y lo que no. Aún no se han ido los recuerdos de aquel que chocó en la entrada del caserío y terminó siendo rematado por un hombre que se trepó con un arma en el bonete del carro, o el otro que en el puente yacía con los dientes en la acera, y una buena suma de dinero regado a su alrededor. O lo que me contaron de aquel otro, que sacó una patrulla del caserío él sólo, con un rifle. En gran medida la hombría y el respeto se probaban por cuán capaz eras de desafiar la policía.

Fue una extraña escisión entre la calle y la crianza, ya que, como contaba, sabía lo que me correspondía hacer en mi contexto real, pero no podía parar de pensar en mis juegos. No sé a qué se debía. Me sentía genuinamente feliz con aquello que observaba como normativo. No sé si me explico. Era lo normativo, pero no lo correcto.

Por otra parte, en otro aspecto de la hombría en mi vida, en el trabajo con mi padre tenía que hacer alarde de mi fuerza, ya que era un trabajo totalmente físico, y cuando no podía colaborar en ciertas tareas, sentía una frustración que me consumaba, precisamente, porque no sentía que podía llenar las expectativas del hijo varón. Para colmo era medio llorón. Una vez fuimos solos a hacer un trabajo, y él contaba con que yo podía ayudarlo. No tuve la fuerza para lo que me pedía. Unos minutos más tarde, lo escuché hablando por teléfono diciendo que yo no le servía para nada en ese momento. Comencé a llorar desmedidamente. En ese momento, pareció recordar que yo solo tenía unos nueve años, y me trató de consolar.

En cierta forma, esos juegos que ejercía con mi primo, eran como la liberación de toda la impotencia que se manifestaba en las distintas facetas de mi contexto real. Conocí la violencia de diversas formas, mas como dije, la violencia era el juego. Escuchábamos reguetón y rap. Siempre estábamos al día con los últimos títulos porque el hermano de mi primo, o sea, mi primo mayor, nos mostraba los nuevos hits de Tempo, MC Ceja o Héctor y Tito. Reproducíamos las canciones como grabadoras. Yo las escuchaba a escondidas de mis padres, porque para ellos aquella no era la música indicada para niños como nosotros.

Lo cierto es que, sin darnos cuenta, había una internalización de la música en nuestro performance. En cierta forma, fuera de la escuela, fuimos hijos del contexto, del juego y la música. Reproducíamos las canciones en nuestros escenarios imaginarios. Teníamos siempre más de una mujer, teníamos que tener dinero para suplirles lo que quisieran o necesitasen. Desde pequeños nos conceptualizamos como suplidores. Así se fue desarrollando ese machito dentro de mí. Ese que se contrariaba con su performance de niño sobresaliente en la escuela, educado y trabajador.

La negación de la realidad dirigida por los mayores era mi pan de cada día. Se me vetaba de muchas cosas, como por ejemplo, la música que ya había mencionado, pero estoy seguro de que si mi madre hubiese sabido el tipo de juegos que jugaba con mi primo, se habría molestado igual. Era paradójico el hecho de que se me vetara de escuchar canciones que simplemente eran la reproducción del contexto en el que vivíamos. Para mí, mi madre era violenta en ocasiones, me parecía absurdo el hecho de que quisiera alejarme de dicho contexto de forma violenta también. Mi padre era violento en la forma en que caminaba sobre mi rostro al decirme en distintos contextos, y de distintas maneras, que era muy poco hombre, o que no servía para muchas cosas en el trabajo. Me parecía violento el hecho de que me mandara a gritar sandeces a las muchachitas bonitas que veíamos por ahí. Era violento también el hecho de que me privara del juego muchas veces por tener que trabajar. Todo en camino a volverme un hombre.

La concepción de la hombría se fue desarrollando en distintos aspectos de mi vida, mas nunca hubo una escisión de la violencia. La representación de un hombre hecho y derecho, recaía en la fuerza, el cortejo a las mujeres, la agresividad y el trabajo. Aunque mis padres me intentaban dirigir hacia lo que ellos conceptuaban como una vida digna y decente, la concepción de la hombría era un factor común con mi realidad utópica de bichote y cantante de reguetón, y lo que ellos me trataban de inculcar. Generacionalmente, podía ver el mismo estigma duplicado. Toda la vida vi que mi abuela nunca trabajó, y que mi abuelo era el proveedor, e igual lo veía en mi casa. Por ejemplo, cada vez que se me sancionaba, mi madre amenazaba con llamar a mi padre. Fungía como intimidación en cuanto hacía referencia a su fuerza; por tanto, la sanción sería peor. Tenía otro primo que no era el machito común, su conducta ni siquiera era lo que se consideraría "afeminada", solo era un poco más delicado y tenía gustos distintos a lo acostumbrado en nuestra área, y sin embargo, por ello lo calificaban como el "pato" de la familia.

Haciendo una visión binomial de la realidad que pretendían proyectarme mis padres y la que veía en el caserío, el único factor que las diferenciaba era el trato con las drogas. En ambas, los hombres eran los proveedores, los que trabajaban en la calle, y a los que les tocaba mantener el respeto, así fuese a cuestas de la sangre. Igual se me enseñó a defenderme. Nunca se me sancionó por pelear, ya que tenía que darme a respetar. Mi padre constantemente se enfurecía, y muchas veces lo escuché haciendo alarde de lo violento que podía ser, o contando con orgullo sus peleas de joven. La macharranería estaba imperceptible en el discurso de la educación. Entonces, no había una línea directa de diferenciación en la educación y los valores de la casa, y lo que me quedaba vetado. Tal vez la conceptualización de las metas en el caserío, y en la casa de lo que suponía ser un niño de buenos valores, era distinta, pero aquellos factores comunes que veo ahora, se han manifestado en distintas vertientes.

Cuando estuve en la escuela intermedia, desarrollé la mayoría de mi carácter. Tuve que fajarme a los puños con unos cuantos, y cumplir con el estereotipo de niño rebelde que requería el contexto para ganar la aceptación de los demás. Entre esas conductas, también se incluía ser el “player” de las nenas... Tú sabes... Todo eso aumentaba el nivel de testosterona. En la escuela superior, se repitió lo mismo. En ambas también estaba el factor de vestirse bien y simular tener dinero. Eso atraía a las “gatas”. De nuevo se reflejaba lo que vi en mis dos realidades: el hombre tiene que tener dinero para ser el proveedor y la mujer responde a las provisiones y al cuidado del mismo. La única diferencia radicaba en que “el hombre digno” trabajaba fuertemente para traer el pan, y los otros lo hacían de forma ilegal. No eran honrados.

Aún se siguen reflejando todas estas conductas, sin tomar en cuenta que los paradigmas de los valores y los roles se implementan de igual forma, a través de distintas realidades y contextos. No fue hasta mucho tiempo después que pude visualizar las cosas de forma diferente. Durante mucho tiempo, ya cuando dejé de ser un niño, continué siendo un seguidor ciego de todas esas creencias que se manifestaron en mí a través de diferentes vertientes. Nunca a mí, como a casi nadie, se le enseñó a mantenerse fiel a sus convicciones más genuinas. No sé si decir que se me enseñó, más bien, nadie lo aprendió, ya que todo el compromiso con el contexto, en realidad se lo crea uno mismo, por esas ganas de aceptación, ese miedo a la soledad que se presenta como un monstruo gigante, mucho más gigante cuando se es tan joven.

Entre todas estas memorias, concluyo que esas realidades, todo el esfuerzo con uno mismo, y la propia negación del ser, venía de la imposibilidad de cumplir con los márgenes de la hombría. No reconocía que todas esas manifestaciones conferían a la violencia, todo lo que suponía ser un hombre. Sin embargo, este paralelismo no fue reconocido por mis padres, del mismo modo en que no es reconocido por muchos. Es como si los valores obtuvieran la catalogación del bien o el mal dependiendo del contexto en que se ejercen. Se ha manifestado tanta violencia por el simple cumplimiento con los patrones, y esto no solo se manifiesta a grandes rasgos en el mundo, sino que influye todos los márgenes de desarrollo. Y lo que es peor, coarta las posibilidades de lo auténtico. Ya lo había dicho Freud, pero con tantos renglones, diría yo, que solo somos reales, tristemente, en la inconciencia.  

 


Lista de imágenes:

1) Duane Michals, The Illuminated Man, 1968.
2) Duane Michals, Disposable Obliqueness, 1970. 
3) Duane Michals, Kafka Is Dead, 1971. 
4) Duane Michals, Who Am I, 1995.  
5) Abe Frajndlich, Duane Michals, 2001. 
6) Duane Michals, The Boogeyman, 1970.
7) Duane Michals, Primavera, 1984.    


 

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